Por la mañana, mi mujer me sorprendió con la noticia de que íbamos a tener nuestro cuarto hijo. Y añadió, con el aplomo de quien te anuncia una mejora laboral cuando viene una inspección de Hacienda:
Comprar piso, imposible: no hay ni un duro. Así que como buena española, vamos a por el piso público. Como tú eres incapaz de luchar por nada, cada año traeré al mundo una criatura: si tu carisma no ayuda, probaremos con cantidad. ¡A ver si nos dan el piso por pesados!
Nada más llegar al Instituto, inspiré hondo, hinché pecho para parecer valiente y empujé tímidamente la puerta con el cartel: Dirección. Dentro aquello parecía una reunión de familia numerosa; el director, don Pelayo Balamonte, y su fiel lugarteniente, el subdirector Garcinuño, estaban en una junta rodeados de medio claustro. Hablaba don Pelayo, los brazos en alto, como si convocara una manifestación:
Nuestro prestigio está en juego, señores. ¡Este año hay que superar a todos los institutos en resultados deportivos! Eh, ¡mirad, esa es nuestra esperanza! me señaló, qué bochorno.
Me encogí como un caracol tras ver a un niño con salero.
Yo de esperanza nada… Quería hablar… del piso…
El edificio se entrega en una semana sentenció Garcinuño, solemne. Usted es el primero en la lista. Un saltito… ¡y estreno de casa!
¿Un saltito? dije, con media sonrisa.
Con paracaídas. Mañana, competición.
Sonreí con ganas de llorar.
¿Y… dónde hay que saltar?
Al suelo, hombre, ¿dónde va a ser?
¿Pero por qué?
¿No ves la televisión? me miraba el director, ojiplático. Ahora está de moda: actores bailan sobre hielo, cantantes hacen equilibrios en el trapecio del circo… Y nosotros, los intelectuales, ¡pues a marcar récords! El profesor Dueñas boxeó ayer señaló al pobre Dueñas, con narices y cara decoradas con tiritas, parecía haber peleado contra un jamón ibérico. El doctor Requena, lucha grecorromana… Ahora está ingresado en la UCI. Y usted… su turno. Le ha tocado el paracaídas.
Con la palabra tocado, a mí casi me da una pájara.
¿Cuándo hay que saltar…? susurré, o eso creo.
Mañana, en el Día de las Aves anunció Garcinuño con entusiasmo de cotorra.
Busqué defensa en don Pelayo.
¿Y los pájaros qué culpa tienen de que yo me estampe?
El director me dio una palmada en el hombro, paternal.
El piso como familia numerosa lo tiene seguro. Pero hay pisos con terraza y otros con vistas al parque… o al polígono industrial. A la hora de repartir, miraremos el compromiso institucional.
Hubo un silencio tenso. Me tragué medio comprimido de valeriana y pregunté:
Y si no llego a tierra, o paso de largo… ¿mi familia tendrá vistas al parque igual?
Garcinuño sonrió de oreja a oreja.
Ya conoce la regla: viudas y huérfanos, prioridad máxima. ¡Y no se altere tanto! me dio un golpecito de ánimo. ¡Irá con pareja experimentada! señaló a un chavalín pálido con gafas escondido bajo la ventana.
Es el becario dijo, iban a despedirle de cualquier modo.
Tengo vértigo desde los tres años, me mareo solo con pensar en subirme a una banqueta. Decir avión y ponerme verde es todo uno. Por la noche, en casa, me entrené: salté varias veces de la cama al suelo, para calentar.
Al día siguiente, el becario y yo fuimos transportados en una furgoneta negra y alargada, idéntica a un coche fúnebre, que me quitó las ganas de vivir (y de saltar). Detrás, en el coche oficial, don Pelayo; tras él, en el tranvía, un pelotón de catedráticos, doctores y profes a nuestro apoyo.
Nos recibió Garcinuño y un orquesta contratada a propósito nos amenizaron con la marcha fúnebre. Era una orquesta de entierros, así que aquello de amenizar fue un decir. Al piloto se le humedecieron los ojos. Metieron a tres músicos al avión con nosotros, para animarnos durante la caída libre.
El instructor, hombre prudente y amable, nos miraba con cara de funeral, o de quien ve la cuenta del gas. Al ver mi tripa, ordenó que me pusieran otro paracaídas. Así que me colgaron otro macuto: si el becario parecía un dromedario, yo uno de esos camellos de dos jorobas de los belenes.
Ya en el aire, el instructor repasó con detalle las situaciones en que el paracaídas suele no abrirse y, de propina, nos dio tres besos a cada uno. Luego, alzando la tapa de la puerta, me miró con media culpa y susurró: Es tu turno.
Le entregué mi sobre, solemne.
Para mi esposa. Si es niño, que le llame como a mí.
Intentó calmarme:
Solo da miedo al principio, luego ya… no se siente nada.
¡Valor, kamikaze! bramó el piloto.
La orquesta empezó con No nos rendimos ante el enemigo, valiente Numancia. Cerré los ojos y salté.
Cuando los abrí, la mitad superior de mi cuerpo seguía en el avión; la otra mitad pendía del vacío: me había atascado en la escotilla. El instructor y el becario empujaban qué te empuja, pero nada.
Yo creo que habría que enjabonarle sugirió el becario.
El instructor, de tan zen, empezó a alterarse:
¡Déjele pasar, que van a parar la competición!
¿Cómo me suelto? grité, oyendo ya misa de réquiem.
¡Suelte el aire!
Así que solté un uuuhhh larguísimo, me desinflé y por fin caí. Tiré del anillo de emergencia casi en el avión, el paracaídas enganchó con el tren de aterrizaje y allí me quedé colgado.
El piloto, haciendo eses y figuras para sacudirme como si fuera un chorizo de Cantimpalos, no lo lograba.
¡No sea gamberro y suelte el avión! gritaba el instructor.
Pero yo, ni caso.
El instructor, medio fuera de la escotilla, intentó soltarme, pero se resbaló y cayó también. Llevó consigo al becario, que le sujetaba fuerte de las piernas. El instructor me agarró a mí; el becario a él. Sobrevolábamos el campo como una familia del Circo Price en hora punta.
La orquesta amenizó con Volad, palomas, volad.
El instructor chillaba que el becario le estrujaba las arterias de las piernas, ¡que se iba a quedar sin riego sanguíneo!
Por amistad, le ofrecí al becario mis piernas; total, no las usaba para nada allí colgado. Pero prefirió las del instructor, que eran más delgadas y cómodas de sujetar.
Aterrizar con semejante cadeneta humana era imposible. El avión daba vueltas sobre el aeródromo bajando a lo loco, en plan helicóptero de película, para que fuéramos soltándonos uno detrás de otro, comenzando por el becario. Volábamos tan bajo, que el muchacho arrastraba ya los pies por la hierba, pero no soltaba las piernas del instructor ni con agua fría. Así que, justo al final del campo, el avión remontaba, y nosotros allí en el aire, como si tal cosa.
El instructor ya blasfemaba contra sus propias piernas y las del pobre becario.
La orquesta versionó El cielo es nuestro hogar.
La gasolina se agotaba. Sacaron un palo con una cuerda desde el avión y pescaron al becario como a una lubina, lo arrastraron al interior, después al instructor, y por último a mí. Pero me quedé atascado otra vez: cabeza dentro, piernas fuera. Ya no daba miedo: el avión ya estaba aterrizando. Me tocó recorrer medio kilómetro así, arrastrado por el asfalto con el avión.
No hubo víctimas: todos contentos.
La orquesta nos obsequió con la marcha fúnebre más alegre jamás oída.
Solo el instructor no podía caminar: el becario no soltaba sus piernas ni aunque le pagaran. Tuvimos que despegarle los dedos con unos alicates de electricista.
Al fin, de pie, descubrimos que los pantalones del instructor se le habían acortado tanto que iba con shorts. Pero resultó que los pantalones no: eran sus piernas, que se le habían estirado del tirón como a una avestruz.
Mañana, repetimos anunció Garcinuño.
Con eso, el instructor se puso pálido, como mi paracaídas defectuoso, y salió corriendo con sus nuevas patas hacia el teléfono. ¿A quién llamó? Misterio. Pero a mí me declararon ganador. Campeón de ese salto, de los próximos y de todos los que vengan en la próxima década.
Y encima me computaron récord en velocidad de carrera: ¡corrí lo que corría un avión! Si bien, como la mitad de mi cuerpo iba volando y la otra corriendo, partieron la marca por la mitad.
¡Pero récord fue, oyes!







