Querido diario,
Hoy he tenido uno de esos días que parecen llenos de señales, como si la vida quisiera enseñarme algo. Todo comenzó con un inesperado visitante al llegar a casa: un enorme gato atigrado naranja, sentado al otro lado de la puerta como si fuera el dueño del portal.
¿Y tú de quién eres, peludo? le pregunté, quedándome quieta para observárselo bien.
Por supuesto, el gato no contestó. Ni siquiera bostezó o cambió de posición. Solo movió, levemente, su oreja desgarrada, como diciendo ¡Te oigo, te oigo! Pero responder, va a ser que no. Me ofendí un poco, para qué negarlo, y rebusqué las llaves en el bolso, buscando no dar importancia al asunto.
El gatosete, como si entendiera bien lo que hacía, se apartó un poco del felpudo, sin moverse del todo, vigilando cada uno de mis movimientos con esos ojazos amarillos. Por fin di con las llaves y conseguí abrir el portal, sin dejar de lanzar miradas curiosas al extravagante invitado.
A este piso llevamos apenas unos meses. No es gran cosa, una modesta vivienda de dos habitaciones en una planta baja de un bloque antiguo en Chamberí. Pero para mi marido, Pablo, y para mí, era un sueño cumplido. Algunos dirán que son ambiciones cortas, que hay que aspirar a más, a edificios nuevos en barrios de moda, pero en nuestra historia aprender a apreciar lo pequeño ha sido siempre lo más grande. Hace solo medio año compartíamos cuarto en casa del abuelo de él, en una corralita vieja, y aún así agradecíamos el primer rincón propio.
Aina, sobre todo, no os peleéis con los vecinos me dijo mi suegra, Lourdes, cuando vino a ayudarnos a limpiar el día antes de la boda. No son mala gente, aunque beban más de la cuenta.
¿Y eso qué mérito tiene si encima beben? solté, escurriendo el estropajo mientras me apartaba el flequillo rebelde.
Lo del pelo ha sido mi cruz; Pablo siempre lo alaba y yo lo detesto a ratos, sobre todo cuando me enfrasco en faenas del hogar. Por mucho que intentara domar estos rizos indomables, siempre terminan como una nube loca frente al espejo, y yo, con esos pelos, más cerca de un diente de león cabreado que de una novia.
No es fácil de explicar Lourdes negaba con la cabeza. La vida les ha puesto demasiadas trampas. Y muchos, Aina, no saben gestionar ni lo bueno ni lo malo.
Y eso yo lo entendía demasiado bien. Yo, huérfana criada en familia de acogida, que me despidió en cuanto cumplí los dieciocho. Me acuerdo perfectamente de cómo la gente puede compadecerse de sí misma, olvidando los daños colaterales en los que caen los que dependen de ellos.
A mí mi madre me dejó cuando tenía apenas tres años. Me dejó sentada en un banco de la estación de Atocha, con una nota en el bolsillo del abrigo y un conejo de peluche de una oreja, Gastón. Me quedé allí, como ella ordenó, esperando y reprimiendo las ganas de hacer pis, porque la certeza de que si me levantaba mi madre se enfadaría era absoluta.
Mi madre nunca volvió. Al cabo de un buen rato apareció un agente de policía con el uniforme azul. Me habló, pero yo negaba con la cabeza, incapaz de decir palabra. El frío, el hambre y el miedo ya no me dejaban ni llorar. Él me acarició la cabeza, primero al conejo y luego a mí, y cuando me preguntó cómo se llamaba mi peluche, respondí en voz muy baja:
Gastón
Entonces me eché a llorar a pleno pulmón. Los adultos no entendían, pero el rezo de mi alma aquel día me pareció más real que cualquier recuerdo posterior. Durante años me repitieron que solo era una niña, que no podía acordarme de aquel andén lleno de desconocidos y maletas, pero jamás olvidé la sensación de abandono.
La razón de aquel abandono la conocí muchos años después. Un día, antes del final de curso de bachillerato, una mujer extraña se me acercó a la puerta del colegio gritando:
¡Hija mía! ¡Te he encontrado! ¡Dame un abrazo! ¡He añorado tanto a mi niña!
Ya entonces vivía en una nueva familia de acogida, una casa grande donde compartíamos techo con otros seis chavales, todos con historias parecidas y corazones reservados. Los padres hacían lo que podían: nadie pasaba frío o hambre, pero el cariño era un lujo que no se repartía. Sabíamos que al cumplir la mayoría de edad, nos tocaba dejar paso a nuevos inquilinos.
La mujer se acercó con los brazos tendidos, pero ni su llanto ni el temblor de su voz lograron hacerme dar el paso que de pequeña tanto anhelé en silencio. Es cierto: me había pasado los años deseando que mi madre me encontrara, me reconociera y me quisiera como las madres que veía en mis amigas, pero llegado el momento, no sentí nada.
Mi hermana Lidia, compañera de clase y la única que parecía entenderme, se interpuso entre nosotras.
Aina, ¿quién es esta? dijo firme, sujetándome la mano.
No sé yo solo deseaba desaparecer.
Lidia se plantó ante la señora y le espetó:
Se ha confundido de persona. Esta es mi hermana. Váyase.
Aquel día volvimos a casa cogidas de la mano. Nunca hubo mucha confianza con los padres de acogida, pero desde ese momento tuve al menos una hermana verdadera.
Lidia, que también fue abandonadaen su caso por un padre ausente y alcohólicosoñaba igual que yo con formar algún día una familia propia de verdad, aunque no fuera de sangre.
Finalmente, accedí a hablar con mi madre biológica, por consejo de Lidia.
Hazlo. No pierdes nada. Pregunta lo que necesites, aunque sea solo para dejar de culparte.
¿Y si la odio? confesé avergonzada.
Todas pensamos que fue culpa nuestra me respondió Lidia, seca. Yo también.
Recuerdo bien la conversación con mi madre, porque no me aportó nada nuevo, salvo una seguridad definitiva: nunca volvería a permitir a nadie decidir por mí.
Desde entonces, la vida siguió. Compartí piso con Pablo y acepté la ayuda de su familia a regañadientes. Su abuelo, Don Ramón, fue el que más me sorprendió. A Lourdes, su madre, la miré siempre de reojodemasiado generosa, demasiado ruidosa, demasiado decidida a ayudar aunque no se lo pidieran.
Un día quiso que la acompañara de compras, y yo ni me enteré de que la mitad de las cosas que compró eran para mí: un abrigo, botas, un bolso Siempre encontraba el modo de tapar mi resistencia bajo un te pega mucho más a ti, hija, yo ya estoy mayor para estos colores.
Con el tiempo, esa insistencia dejó de desconcertarme y, gracias a los consejos de Lidia, aprendí a dejar paso y aceptar, aunque fuera solo a ratos, las bondades ajenas.
El abuelo Don Ramón fue clave en mi proceso de aprender a aceptar la compasión. Un día me preguntó por qué insistía tanto en no dejarme ayudar, y me soltó una reflexión sobre el significado profundo de tener lástima:
Antes, niña, que te quisieran era lo mismo que que te tuvieran lástimame explicó sorbiendo el té. Lástima de la buena, que se traduce en cuidar y no dejar que el otro se pierda.
No quiero que me tengan pena protesté, pero él me miró bonachón.
A ti no te tengo pena porque seas pobrecita, sino porque te quiero de verdad. La lástima es buena si viene desde el cariño.
Hoy he recordado esa conversación. Porque ese gato, tras desaparecer escaleras arriba, regresó con un minúsculo cachorro en la boca: una bolita naranja idéntica a él. Me quedé de piedra, y con mucho mimo los metí en casa. Y, en unos minutos, apareció con otro más, un pequeño torbellino pelirrojo que se resistía a ser transportado, haciendo que me riera a carcajadas.
Cada gesto del gato era tan maternal que no pude evitar hablarle entre risas:
Vaya, menudo padre/madre estás hecho Anda, pasa, que aquí no os faltará nada.
Le preparé un rincón con una vieja bandeja, el periódico y algo de leche. Aquella noche, llamé a Lourdes para un consejo urgente:
No sé qué hacer, suegra le confesé. No pienso echarlos a la calle, son tan pequeños Si no te importa, los quedo al menos hasta que encuentren hogar.
A Lourdes, en vez de molestarle, se le iluminó la cara. Cogió al más pequeño y me sonrió:
Esta es tu casa, Aina. Vosotros decidís a quién compartirla. Anda, cuéntame: ¿cómo pensabas alimentarlos?
Con leche, menos mal que ya saben lamer
Uno me lo quedo yo cuando crezca, si quieres. El resto, entre todos, buscaremos buenas familias. Aunque el padre deberías quedártelo; ese os puede enseñar mucho.
¿El qué? preguntó Pablo, asomándose al comedor, con esa sonrisa que tanto me calma.
Respiré profundo y busqué las palabras, porque llevaba una semana guardando un secreto:
A cómo ser una buena madre. Porque bueno, dentro de poco los tendremos no solo de cuatro patas
No pude evitar llorar de emoción cuando Lourdes me abrazó. Y sentí, de pronto, que por fin, de verdad, ya no estaba sola en el mundo.







