Vuelve y cuida de mí

¡Teresa, abre la puerta inmediatamente! ¡Sabemos que estás dentro! ¡Carla ha visto la luz en la ventana!

Teresa acababa de terminar de atar con cuerda una rama de lisianthus a un soporte de madera. Tenía las manos manchadas de verde por los tallos, el delantal salpicado de tierra. Levantó la cabeza y miró la puerta de cristal del taller. Detrás, había dos figuras. Una la reconoció enseguida, incluso a través del vaho en el vidrio. Hombros anchos, pelo teñido de rojo granate. Pilar Rodríguez. Su suegra. Bueno, exsuegra.

Teresa no se dio prisa. Dejó el lisianthus en un cubo de agua, se quitó los guantes, los colgó de un clavo junto a la mesa de trabajo. Finalmente, fue a abrir.

Buenas tardes dijo, apartando el cerrojo.

Pilar entró la primera, sin esperar invitación. Detrás se escurrió Carla, la hermana de Roberto, con los ojos hinchados y una bufanda mal puesta, medio colgándole.

¿Buenas? ¿Tú crees que esto es un buen momento? espetó Pilar, recorriendo el taller con la mirada como buscando algo que criticar. Lo encontró enseguida. Aquí oliendo flores mientras hay una persona que se muere.

¿Quién? preguntó Teresa, serena.

¡Roberto! exclamó Carla, tapándose la boca con la mano. Roberto está en el hospital. Tuvo un accidente. La columna.

Teresa las miró en silencio. Algo se encogió dentro de ella, pero ya no como hace un año, cuando escuchar el nombre de Roberto le retorcía el estómago. Era distinto. Callado, precavido, como quien ya se ha quemado una vez y ahora se distancia del fuego por instinto.

Sentáos dijo, señalando dos taburetes junto a la mesa.

No estamos para sentarnos cortó Pilar, pero aún así se dejó caer pesadamente en el taburete. Teresa recordaba lo mal que tenía las piernas. Varices, tensión alta.

Carla permaneció de pie, jugueteando con la bufanda.

Contadme bien pidió Teresa.

Le contaron. Por turnos, interrumpiéndose, contradiciéndose en detalles. Tres días atrás Roberto iba por la autovía bajo la lluvia, se fue el coche y chocó con la mediana. El coche, dicen, hecho un amasijo. Él sobrevivió, fractura vertebral por compresión, operación, y los médicos prudentes: podría andar, o quizá no. Necesita cuidados, alguien cercano.

¿Y Paula? preguntó Teresa.

El nombre lo pronunció tranquila, para su propia sorpresa. Hace un año era como una astilla bajo la piel: Paula, veintiocho años, comercial, por la que Roberto se marchó tras dieciocho años de matrimonio.

Pilar apretó la boca.

Paula se ha ido.

¿Dónde?

A Valladolid, con su madre dijo Carla, ahora con rabia más que con pena. En cuanto supo que a lo mejor no volvía a andar, en tres horas hizo dos maletas y se largó. No coge el teléfono.

Teresa calló. En el taller sólo se oía el gotear de un grifo mal cerrado y el aroma a tierra húmeda y algo dulce, como de lirio.

¿Y qué esperáis de mí? preguntó al fin.

Pilar se enderezó en el taburete.

Teresa, habéis vivido juntos dieciocho años. Eso no se borra. Lo conoces mejor que nadie. Sabes cómo cuidarle. Te escucha. Ahora necesita a alguien que

Pilar la cortó Teresa, habláis del hombre que se fue con otra mujer. De alguien que hace un año dejó fuera de su vida todo lo que habíamos construido juntos.

No digas eso intervino Carla. Eso fue el pasado. ¡Ahora está en juego la vida de una persona!

¿La vida?

El médico dijo que sin cuidados constantes puede tener úlceras, infecciones ¡Le han operado la columna, Teresa, no es un resfriado!

Teresa cerró el grifo y miró sus manos. Cincuenta y dos años. Sabían hacer ramos que la gente colgaba en marcos, amasar pan, poner inyecciones cuando su hijo tenía fiebre alta, vender flores, cambiar enchufes, cargar bolsas del mercado. De todo. Y nunca se había preguntado si quería hacerlo, o simplemente lo hacía porque era lo normal, porque tocaba.

Se secó las manos y se volvió:

Me lo pensaré dijo.

¡No hay tiempo! Pilar se incorporó con una autoridad casi amenazante. Mientras tú piensas, él está solo. Sin esposa, sin nadie. Carla trabaja todo el día, yo no puedo con mi espalda. ¡No puedes quedarte aquí entre tus flores fingiendo que no es tu asunto!

¿Y de quién es? susurró Teresa.

Silencio.

Detrás de la puerta del taller era ya completamente de noche. Octubre, anochecía temprano. Teresa miró a la calle, el farol amarillo, el asfalto mojado, el banco vacío donde en verano a veces esperaban los clientes.

Una historia real, pensó. Aquí está: no una película, no un libro. Dos personas delante exigiendo que vuelvas a ser quien ya no eres.

Está bien, dijo. Iré mañana por la mañana. Miraré cómo está. Pero no prometo nada.

Pilar exhaló con alivio. Carla, emocionada, la abrazó, y Teresa no correspondió, sólo esperó paciente.

Cuando se fueron, permaneció un buen rato sentada en el taburete, aquel donde poco antes estaba Pilar. Miró las flores. Lisianthus en el cubo, rosa, delicada. Crisantemos en cajas de madera. Fisalis con farolillos naranjas. Ese lugar lo había creado ella después de que se marchara Roberto. Lo alquiló a los tres meses, pintó las paredes en gris y blanco. Un vecino, Ignacio, le colgó las puertas de los armarios a cambio de una buena botella. Lo llamó Tallo Cortado. Contactó con proveedores, aprendió a hacer fotos a las flores para el catálogo online.

Un año. Un año construyendo una vida para sí misma. Vivir para una, después de todo, no es egoísmo ni capricho. Es natural.

Y, ahora, esto.

Apagó la luz sobre la mesa, dejó sólo la lámpara de la entrada encendida, como siempre. Y se fue a casa.

El hospital era grande, antiguo, de largos pasillos con olor a lejía y comida de comedor, y ese otro olor que sólo tienen los hospitales. Teresa encontró la planta, preguntó en recepción.

¿Familia?

Exmujer contestó.

La enfermera alzó una ceja, pero sólo le indicó el camino.

Roberto estaba solo en la habitación. Tapado hasta la cintura, las manos sobre la manta. Delgaducho, ojeroso. En la mesilla, un vaso con restos de zumo y el móvil boca abajo.

La vio y algo se suavizó en su rostro. No alegría, sino calma al verla.

Teresa.

Hola dejó una bolsa con manzanas y agua. No era un gesto especial, sólo que se va al hospital con algo.

No se sentó en la cama. Eligió la silla junto a la ventana.

¿Duele? preguntó.

Soportable. Dan pastillas calló. Has venido.

He venido.

Mamá me llamó. Dijo que vinieron a verte.

Sí.

Miró al techo, luego a ella.

Pensé que no vendrías.

Yo también lo pensé.

Silencio. Llovía tras la ventana. Noviembre estaba a punto de llegar antes de tiempo.

Paula se ha ido dijo Roberto.

Lo sé.

Así son las cosas sonrió torcido. Como en una peli. Cuando truena, algunos se persignan. Pero siempre tarde.

Teresa no respondió. Ni iba a compadecerlo ni a rematarlo. Solo lo observaba: dieciocho años, un hijo, veranos en la misma casa de campo, discusiones por dinero, reconciliaciones, y la idea instalada de que eso era la vida real.

Teresa cambió la voz; más baja, más dulce. Reconoció esa entonación de cuando quería conseguir algo y se puso alerta. He pensado mucho estos días. Cuando uno no se puede levantar, da para pensar. Me he dado cuenta de que fui un imbécil. Que todo lo genuino que tuve, eras tú. El hogar, la familia. Paula Bueno, ya sabes. No pido perdón, es tarde. Pero eres la persona más cercana, la única de verdad.

Escuchaba esas palabras como si las oyera desde fuera: la más cercana, la única, me equivoqué, sólo tú. Todo para convencerla. No por ella o por recuperar algo auténtico, sino por comodidad. Alguien para cambiarle el suero, hablar con médicos, traerle comida buena de casa. Cosas que sabe hacer Teresa.

Estas son las relaciones tras un divorcio, pensó. Ni dramáticas ni idílicas. Prácticas. Cuando te buscan por necesidad, no por amor.

Roberto dijo, me alegro de que estés vivo, de verdad. Y de que la operación saliera bien. Pero no volveré. Ni para cuidar ni de otra forma. Estamos divorciados.

Lo sé, pero

Déjame terminar.

Se calló, sorprendido.

Averiguaré lo de una cuidadora. Profesional y buena. Yo pagaré el primer mes porque entiendo que no puedes ocuparte. Pero es lo único que haré. Ah, y aquí están los papeles. Sacó una carpeta del bolso. La partición la pospusimos mucho. No lo he hecho porque no quería removerlo todo, pero ahora te pido que firmes.

Roberto miró la carpeta.

¿Lo dices en serio?

Totalmente.

Estoy en la cama tras una operación y me traes papeles.

Sí. Mañana quizá alegues que no estabas en tus cabales. O que tu abogado diga que estabas bajo presión. Ahora estás lúcido; el médico lo puede certificar.

La miró largo rato. No bajó la mirada.

Has cambiado dijo.

Sí.

Antes no habrías podido.

Posiblemente.

Cogió la carpeta y la hojeó. Teresa le facilitó un boli.

En ese momento, apareció el médico. Un hombre de unos cuarenta y cinco años, bata gris y una carpeta bajo el brazo. Rostro tranquilo, algo cansado, como el de alguien que ha dejado de fingir energía donde no la hay.

Buenas tardes saludó, mirando a Teresa con educación. Soy Andrés Muñoz, el médico responsable.

Teresa se presentó.

¿Usted…?

Exmujer respondió, por segunda vez en el día. Iba cogiendo costumbre.

Andrés asintió, girándose hacia Roberto.

¿Cómo fue la noche?

Bien, dormí.

Perfecto anotó algo. Hoy intentaremos levantar un poco el respaldo, a ver qué tal. El proceso va bien, pero no es posible prometer nada; la recuperación es larga.

Doctor intervino Teresa, ¿puedo hablar un minuto?

Salieron al pasillo.

Quiero buscar una cuidadora explicó. Dígame exactamente qué requisitos debe cumplir, experiencia y lo que necesitará.

Andrés la observó unos segundos.

¿No cuidará usted?

No.

Bien. Le diré una cosa: suele ser lo más sensato. No se ofenda, pero los familiares que cuidan por obligación suelen añadir tensión. Un paciente necesita calma y constancia. Una profesional lo sabe hacer. Cuidadores improvisados, no siempre.

¿Eso se lo dice a todos?

Solo a quienes lo preguntan.

Ella esbozó una sonrisa, casi.

Apúnteme lo que hace falta pidió y abrió el móvil.

Él le explicó lo necesario. Después le pasó contactos de agencias. Teresa agradeció.

Solo una cosa más añadió él. Su recuperación puede ir mejor de lo que cree. Es joven, la operación fue bien. En seis meses quizá ande, pero no es inmediato ni seguro.

Lo entiendo.

La clave será que lo entienda él.

Regresó a la habitación. Roberto tenía la carpeta cerrada sobre el vientre. El bolígrafo al lado.

¿Vas a firmar? preguntó.

Él miraba al techo.

¿Y si digo que quiero pensármelo?

Roberto.

Vale, firmo. Lo harás de todos modos. Ahora eres así.

Siempre lo fui. Solo que antes lo escondía. No sé por qué.

Firmó las tres páginas. Teresa las guardó.

Tendrás cuidadora antes de final de semana. Avisaré a Carla y abonaré el primer mes. Después, ya os apañáis.

Teresa la detuvo mientras cerraba el bolso.

¿Sí?

Gracias por venir.

Le sostuvo la mirada. Sin lástima ni rencor. Simplemente, mirando aquello que fue tu vida y ya no lo es.

Cuídate dijo.

Y se marchó.

En el pasillo se detuvo ante la ventana. Afuera, el patio del hospital, árboles sin hojas, un banco mojado de lluvia. Un hombre mayor, en bata, se sentaba mirando a saber dónde, simplemente respirando el aire.

Teresa también respiró hondo.

Algo soltó. No todo, pero algo importante. Como dejar una bolsa pesada en el suelo: no tirada, sino dejada, con cuidado. Y erguirse.

Cómo soltar el pasado, habría escrito si llevara un diario. No lo sé. No pasa en un solo día ni por una sola decisión. Son muchos pequeños pasos. Uno de ellos acaba de ocurrir.

Encontró cuidadora en cuarenta y ocho horas a través de una agencia. Una mujer de cincuenta y ocho, Carmen, gran experiencia, formal, con un archivador repleto de cartas de recomendación. Se citaron en una cafetería. Carmen hacía las preguntas adecuadas: carácter del paciente, tolerancia al dolor, interacción con la familia.

A veces los familiares entorpecen más que ayudan dijo Carmen. No es culpa suya, es así.

Lo sé admitió Teresa.

Concretaron condiciones, hizo la transferencia. Llamó a Carla y lo explicó. Carla al principio protestó, que Roberto lo que quería era gente cercana, pero Teresa la cortó con mansedumbre, lo que a ella misma le sorprendió. Antes, o no cortaba, o acababa gritando. Ahora era otra cosa, mucho más pesada: tranquilidad.

Carla, puedes ir cada día si quieres. Carmen no te molestará. Yo no volveré. Tengo mi propia vida, y no tiene que adaptarse a lo vuestro.

Carla se calló. Al final solo dijo:

Vale.

Simple «vale». Sin reproches. Quizá ella también estaba cansada, quizás entendía que Teresa tenía razón.

Pilar la llamó ella misma una semana después. Su tono era otro, más mayor, más pausado.

Teresa, Carmen es muy buena mujer, Roberto se va haciendo a ella. Gracias por ocuparte.

Nada, Pilar.

No desaparezcas del todo, ¿eh? A veces llama.

Teresa ni sí ni no. Sólo se despidió y guardó el móvil en el bolsillo del delantal. Porque estaba en el taller, como casi siempre. ¿Cómo se olvida el pasado?, le preguntarían, y ella contestaría: sólo sigue viviendo. Sin heroicidad, ni postureo. Levántate, ve a trabajar, haz lo que amas y lo que sabes. Los tóxicos y los exs no desaparecen, solo dejan de ocupar el centro de tu vida.

Ese año llegó pronto el invierno. En noviembre ya nevaba, y para sorpresa de Teresa, le gustaba la nieve. Antes no. O, mejor dicho, nunca se lo había planteado. Pensar si te gusta la nieve no era habitual cuando a tu lado había un Roberto siempre renegando del frío y pidiendo té a una hora concreta. Ahora podía mirar simplemente el blanco tras la ventana y pensar: es bonito. Y ya está.

En diciembre empezaron a llover los encargos. Ramos corporativos, regalos, centros navideños. Teresa contrató a una ayudante, Nuria, de veintitrés años, estudiante por las tardes, alegre y despistada, pero aplicada. Trabajaban bien juntas. Teresa le enseñaba a mirar la flor no como producto sino como materia de artista. Nuria escuchaba y a veces creaba composiciones que sorprendían a Teresa.

¿De dónde sacas esas ideas? le preguntó un día.

Pues, miro al cliente que la pide y pienso: ¿qué flor se le parece? O a quien la quiere regalar.

Es un buen método.

Me lo enseñaste tú. Dijiste que un ramo debe estar vivo.

Teresa no recordaba haberlo dicho, pero seguramente sí.

Enero, febrero: la vida seguía su ritmo. Teresa se apuntó a un taller de arte floral, a pesar de que Nuria decía que ya no le hacía falta aprender más. Teresa explicó que siempre hay algo nuevo, y que se aprende no por ignorancia sino por curiosidad. Era la primera vez que encontraba ese motivo en su vida: hacer las cosas porque le interesan, no porque hay que hacerlas.

Vivir para una, dicho en voz alta suena egoísta, pero en realidad es elegir cosas tan simples como un curso de flores, una tarde de libro y sofá sin que nadie te lo reproche, o un viaje de fin de semana a Segovia solo para admirar edificios viejos.

En febrero llamó Carla. Roberto mejoraba. Ya podía ponerse de pie con muletas. Carmen le ayudaba con paciencia, sin dramas. A Teresa le alegró de veras. Sólo eso, sin culpa ni tristeza.

En marzo llegaron los primeros encargos de primavera: tulipanes, jacintos, anémonas. Teresa adoraba ese cambio en el aire, cuando las composiciones invernales de algodón y eucalipto daban paso a lo vibrante, a lo impaciente.

En ese marzo, entró él.

Teresa estaba embalando una caja de ramo, amarillo y blanco, narcisos y margaritas, sencillo y sincero. Sonó la campanilla, entró un hombre. No levantó la vista, liando la cinta.

Buenas tardes dijo.

Buenas respondió.

La voz. La reconoció antes de mirarle. Tranquila, sosegada.

Andrés Muñoz estaba en la puerta, contemplando el taller como quien observa un lugar en el que nunca ha estado, pero ya imaginaba. Sin bata. Abrigo oscuro, bufanda discreta. Sin carpetas.

¿Usted? dijo Teresa.

Yo asintió él.

Breve pausa. Nuria había salido, quizá por papel de regalo. Estaban solos en el taller.

Roberto está ya en casa, desde hace diez días informó Andrés. Siguen con la cuidadora. Va mejorando.

Lo sé. Me lo dijo Carla.

Bien. Yo… realmente no iba de paso. O no del todo. Busqué Tallo Cortado en internet y vine.

Teresa apartó la cinta.

¿Quiere comprar flores?

Sí. Y algo más.

Silencio. Olor a jacintos y tierra húmeda.

¿Qué quiere entonces? preguntó Teresa.

Él se acercó a la esquina de las anémonas, violetas, granates, blancas con centro oscuro.

Estas de aquí. Tres. O cinco, ¿qué es mejor?

Número impar dijo Teresa. Tres o cinco. ¿Para quién?

Todavía no sé la miró. Tal vez me ayude a decidir.

Teresa eligió tres, luego añadió dos más, muy oscuras, casi negras.

Cinco. Se llevan bien juntas.

Mientras envolvía, él habló:

Teresa dijo.

Sí.

¿Le importa si soy directo? No sé hacerlo de otro modo.

Sea directo dijo sin dejar de embalar.

Me gustaría verla alguna vez. No en el hospital, ni por un asunto, sino porque sí. Tomar un café, ir al teatro si le gusta. O pasear. Puede sonar raro, pero pensé que los adultos pueden hablar sin fingir que solo vienen por flores.

Levantó los ojos.

La miraba sereno, sin forzar, como quien dice algo importante y espera con calma.

¿Cuándo lo decidió? preguntó Teresa.

Hace tres meses. En aquel pasillo, cuando me pidió que le apuntase los datos de la cuidadora.

Teresa recordó el ventanal del hospital, los árboles secos.

Entonces aún estaba casada. Oficialmente.

Lo sé. Por eso he esperado.

Fuera, la primavera insistía: marchando el hielo, sólo charcos sucios junto al bordillo. Gorrión y banco, el farol encendido aunque ya era de día.

No sé dijo Teresa.

¿El qué no sabe?

Cómo se hace esto. Dieciocho años casada, después un año aprendiendo a estar sola conmigo. No entiendo muy bien cómo va ahora.

Sinceramente, tampoco lo tengo claro. Me divorcié hace seis años. Mi hija, diecisiete años, vive con su madre. Nos llevamos bien. Al principio trabajaba todo el día para no pensar. Luego aprendí a pensar. Más tarde, pensé que quizá se podía hacer algo más.

Entró Nuria con el papel, vio al cliente, sonrió.

¿Te ayudo, Teresa?

No, Nuria, gracias.

Ella se fue, feliz por el cotilleo.

Teresa tendió el ramo a Andrés.

¿Cuánto es?

Espere respondió.

Esperó.

Ella miró el ramo: anémonas en la mano de él, carnosas, profundas. Siempre le gustaron porque eran como amapolas, pero más sobrias. No gritan, pero tampoco se esconden.

Así era su historia: construir la vida entre flores le había sanado. Ahora, otra persona entra. No irrumpe, ni exige. Simplemente, entra. Con flores y una pregunta honesta.

Vale dijo Teresa.

Él arqueó una ceja.

¿Vale el qué?

Ir al teatro. Hace siglos que no voy.

Andrés sonrió, francamente.

Me alegro.

Pero no hoy. Tengo tres pedidos por entregar.

Claro. ¿Quizá el sábado?

El sábado.

Le dijo el precio. Pagó y no tenía prisa por irse.

Teresa, ¿puedo preguntar algo?

Claro.

¿Hace mucho que te dedicas a esto?

El taller, un año justo. Las flores, toda la vida. Antes era afición, ahora es trabajo.

Es un privilegio que lo que te guste sea tu oficio.

Sí, lo es.

Se despidió, cogió el ramo y fue a la puerta.

Hasta el sábado, Teresa.

Hasta el sábado, Andrés.

Una sonrisa leve.

Andrés.

Hasta el sábado, Andrés.

Se fue. Teresa siguió su silueta mientras avanzaba por la acera. Pantalón oscuro, bufanda, anémonas. No volvió la cabeza.

Nuria apareció del fondo.

¿Quién era ese? preguntó, fingiendo indiferencia.

Un cliente.

¿Un cliente que charla quince minutos?

Nuria

¿Qué?

Ve a envolver los crisantemos de doña Mercedes. Viene a las cuatro.

Nuria se fue contenta de la escena. Teresa reanudó el trabajo. Todo familiar: papel de estraza, agua, olor a jacintos.

Sábado. Cuatro días. Cuatro días normales, con los pedidos, preguntas de Nuria y llamadas de proveedores. Días iguales a los de ese año tranquilo y propio.

Teresa no pensaba en el sábado. Trabajaba. A veces, rumiaba aquel diálogo: voz pausada, anémonas en manos ajenas, hasta el sábado, Andrés.

Los adultos, dijo él, pueden hablar claro.

Quizá sea verdad.

No sabía qué ocurriría el sábado. Ni si estarían a gusto conversando, si repetirían. Ignoraba todo salvo lo fundamental: ahora decide ella. No la exsuegra, ni Roberto, ni la obligación, ni el miedo a quedarse sola. Solo ella.

Esa sensación era nueva. No embriagadora ni de novela, solo firme. Como el suelo seco tras andar sobre nieve.

El viernes, ya con el taller cerrado y Nuria fuera, Teresa puso en un vaso varias anémonas sobrantes. De esas solo para sí, no a la venta. Las dejó sobre el alféizar, junto a la caja. Miró.

Bien juntas, dijo. Era cierto.

Apagó y fue a casa. Mañana sería sábado.

El sábado llegó con cielo gris y el aroma del café de una máquina nueva que Teresa se había regalado medio año antes. Nada de ¿y para qué quieres eso?. Ese tipo de frases se arraigan en el matrimonio como malas hierbas tapan las flores, y acaban por matar el resto de palabras: quiero, me apetece, me gusta, lo haré.

Tomó su café mirando la ciudad mojada, una paloma en la cornisa, el tráfico lento.

El móvil tenía mensaje. No recién llegado, sino de una hora antes, como de quien madruga, duda, pero escribe:

Buenos días. El teatro empieza a las siete. ¿Te apetece cenar algo antes? O como prefieras. Andrés.

Teresa sonrió ante el buenos días sin la s. Respondió:

Perfecto. Tomamos algo a las seis.

Enviado. Dejó el móvil.

Terminó el café.

Fuera, marzo cumplía su rutina. Goteras, viento, un gorrión ahuyentando a la paloma. La ciudad seguía, indiferente a los pequeños o grandes cambios, sin darse cuenta de las decisiones importantes. Simplemente, continúa.

El móvil vibró. Una palabra:

Perfecto.

Se puso en pie, dejó la taza, se enfundó el delantal, porque hasta que llegase la hora aún quedaba todo el día, y el taller no se abría solo. Cogió las llaves.

Ya fuera, antes de cerrar, miró su piso: luminoso, un vaso con anémonas, porque ayer también cogió unas para sí. Su piso. Su café. Sus flores. Su sábado.

Salió.

La puerta se cerró tras ella con ese golpe tan discreto de lo que queda cerrado para siempre.

Andrés ya estaba junto al café a menos veinte. Esperaba un poco apartado, hojeando el móvil. Guardó el teléfono al verla llegar. Abrigo oscuro, bufanda. Sin flores.

Buenas tardes saludó.

Buenas respondió Teresa.

Se miraron dos segundos, ni más ni menos. Dos adultos en la calle mojada de marzo, allí porque así lo habían querido. No porque tocara ni porque no hubiera otro remedio. Porque sí.

Bueno dijo Andrés, ¿entramos?

Vamos respondió Teresa.

Y entraron.

A veces, cuando nos atrevemos a soltar el pasado y a poner límites por nosotros mismos, la vida nos regala un nuevo comienzo. Lo importante es recordar que la libertad para decidir nuestro camino es una flor que sólo crece cuando aprendemos a cuidarnos a nosotros mismos.

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Vuelve y cuida de mí
No quería, pero lo hice Vasilisa nunca había aprendido a fumar, pero creía firmemente que aquello le ayudaba a calmar los nervios. De pie en el patio de su casa, observaba la calle del pueblo, mientras sus pensamientos navegaban oscuros, sombríos y agitados. Últimamente, su vida se había llenado de serias preocupaciones. Vivía sola en la casa de su abuela fallecida; sus padres residían en la aldea, a siete kilómetros de distancia. Había decidido independizarse, tenía veintitrés años y deseaba ser autónoma. Trabajaba en Correos. No logró terminar el cigarro, lo apagó y lo lanzó lejos: — No me gusta fumar, y mira que Verónica no para, una detrás de otra… fue ella quien me lo aconsejó, decía que calma los nervios, pero lo dudo… —pensaba Vasilisa. En ese momento, pasó por su casa el nuevo guardia rural, Anton, recién trasladado de la comarca vecina. De esto se había enterado a través de sus compañeras de la oficina de Correos. Observó su coche hasta que desapareció y luego entró en casa: empezaba a oscurecer y tenía hoy algo importante y peligroso que hacer… El día anterior, la oficina de Correos había estado tranquila, aunque de vez en cuando entraban vecinos. —Mañana esto va a estar lleno —dijo doña Ana—, hoy sólo es la calma antes de la pensión. Doña Ana lleva en Correos desde sus años jóvenes; los vecinos ni recuerdan cuándo empezó, y ella suele decir: —Ya treinta años llevo aquí, todo el mundo me conoce y ni me imagino dónde hubiera trabajado si no fuera aquí. —Claro que sí, tía Ana —sonreía la joven Verónica—. Mi madre dice que sin ti ni existiría esta oficina. Todo se sostiene por ti. —Bueno, tampoco exageréis, cualquier sitio tiene sustituto, cuando me jubile… —Buenas tardes —saludó Marina, una mujer corpulenta de cuarenta y dos años—. ¡Uf, qué calor hace hoy! Vengo porque mi vecina, la abuela Glafira, quiere que le renueve la suscripción a la revista, le encanta leer. Y como mañana nos vamos a las costas, a Turquía nada menos… me pidió el favor, porque se le acaba el plazo y teme quedarse sin revistas. Pobrecilla, como no anda, lee mucho, dice que así pasa más rápido el tiempo. —Caray, Marina, ¿no te da miedo viajar tan lejos y en avión? —preguntó doña Ana—. Turquía está bien, os vais a tostar al sol —comentaba como si también ella acabara de regresar de allí. —No, para nada. El primer día subo fotos a internet, me he comprado un bañador nuevo, ¡para que lo vean! —prometió Marina y se marchó. —¿Cuánto hay que gastar para irse con toda la familia a Turquía? —puso los ojos en blanco Verónica. —Pues hay quien tiene dinero, el marido de Marina es agricultor —afirmó doña Ana. Vasilisa permanecía callada, sentada junto a la pared, mirando el monitor y escuchándolo todo con atención, pensando… Al rato, entró Anton, el guardia rural, alegre y saludando: —Buenas tardes, creo que tengo un aviso por aquí —dijo dirigiéndose a Verónica, y entonces divisó a Vasilisa y la observó fijamente. —No sabía que aquí trabajan chicas tan guapas… aunque muy triste, eso sí… Doña Ana siguió su mirada. —Ah, Vasilisa. Hace poco enterró a su prometido. —Vaya… —dijo Anton, y Verónica le informó que aún no había llegado nada a su nombre. Tres semanas atrás, el prometido de Vasilisa, Denis, había aparecido muerto en la capital de la comarca, en un descampado. Decían que era jugador clandestino y frecuentaba un club ilegal. De todo esto Vasilisa no sabía nada. La policía no encontraba culpables, pero de pronto, una noche, dos jóvenes de la ciudad llegaron a su casa. Vasilisa les había visto alguna vez con Denis. —Tu prometido nos dejó una deuda gorda. —Pero ha muerto… —balbuceó Vasilisa, aterrorizada. —Ja, las deudas no mueren, así que tú tendrás que pagarlas —Lorenzo, uno de ellos, dijo una cifra grande: trescientos mil rublos. —¿Dónde voy a sacar ese dinero? —Ese es tu problema. Por cierto, en vuestro pueblo hay gente pudiente, así que piensa. —Pero no sé quién tiene dinero… —No mientas, trabajas en Correos, conoces a todos —afirmó Lorenzo—. Y necesitamos el dinero. En dos semanas venimos a por él, si vas a la policía, acabarás mal, tú y los tuyos. Aquí tienes unas ganzúas. Podrás abrir cualquier cerradura —dijo, entregándole el set de llaves falsas. Al irse, Vasilisa cerró la puerta con rapidez. Tenía la cabeza a punto de estallar, la casa estaba silenciosa, y afuera era noche cerrada. Al día siguiente, en plena madrugada, Vasilisa decidió colarse en casa de Marina. Sabía que se habían ido de vacaciones y que no tenían perro, sólo el portón cerrado. Pero eso no era problema, trepó la valla. No sabía cómo entraría pero, tal y como prometió Lorenzo, pudo abrir la cerradura con las ganzúas. El corazón se le salía del pecho, sabía que estaba cruzando la línea —convertida ahora en delincuente, igual que aquellos matones que la obligaron a delinquir. Buscó mucho, la habitación se iluminaba con la luz del farol de la calle que entraba por la ventana. —Dios mío, ¿qué estoy haciendo? —pensó—. Las ganas de vivir… ¡¿qué hiciste, Denis?! Estás ahí enterrado y ahora tengo que pagar por ti, incluso delinquir… Sabía que debía ir a la policía, pero tenía miedo—ese Lorenzo brutal podría alcanzarla en cualquier sitio. Sólo encontró quince mil rublos y, en un cajón, el anillo de oro y una pulsera de Marina. Vio el portátil sobre la mesa y lo metió en la bolsa. Salió silenciosa, la mochila al hombro, mirando por todos lados, ninguna ventana encendida, solo algún perro ladrando a lo lejos, ni una sola alma—nadie vio nada. Temblaba, estaba asustada. En casa, escondió la bolsa en el viejo baúl de su abuela, bajo mantas y cosas viejas. Esa noche no dormía, la cabeza no le dejaba descansar. Al trabajo fue con dolor de cabeza. Cerca del mediodía, salió de Correos y fue al comedor del pueblo. —Buenas —saludó Anton, el guardia rural, al verla, y Vasilisa se estremeció, él sonrió—. No te asustes, sólo coincidimos, yo también como aquí. —Hola… —respondió ella en voz baja, pensando febril: ¿sabrá ya mi crimen? ¿Me esperabais? —Eso es, te esperaba —bromeó Anton. Ella le miró a los ojos alegres y se tranquilizó; vio que iba de broma. Desde ese día, comían juntos, y a veces la acompañaba por la tarde o se quedaba con ella. Los rumores circularon rápido por la aldea: —¡Mira a Vasilisa, se agenció al guardia rural antes que nadie! —rezongaba Tamara—. A mi hija Tania le gustaba Anton, pero esta chica se lo llevó… —Va, que se nota que a Anton le gusta Vasilisa, se ha enamorado. Lo suyo era mutuo, el amor surgió, aunque algunos vecinos la criticaban: —Hace nada que enterró al novio y ya tiene otro… —Y qué, ¿acaso debe sufrir sola toda la vida? —la defendían otros. Vasilisa no tenía paz; se acercaba el día en que vendrían por el dinero. Temía que pudieran encontrar allí a Anton… deseaba confesarle lo sucedido, y el tiempo volaba. Ya no aguantó más; a falta de dos días, se armó de valor: —Anton, tengo que confesarte algo —empezó, y él se echó a reír. —Ya lo sé, yo también te quiero mucho… —No, no es eso… Anton la escuchó atento y serio; no podía creer que aquella joven tan delicada y bella se hubiera atrevido a tal cosa. Pero la justificaba: la habían amenazado. —Madre mía, Vasilisa… tendrás que responder por ello. ¿Dónde está lo robado? Qué ingenua eres, tenías que haber acudido a mí… Ella sacó la bolsa y se la dio. Él le habló largo rato, prometiendo ayudarla. Y justo, dos noches después, llamaron a su puerta. Vasilisa abrió temblando. Era Lorenzo, acompañado por su cómplice, y exigieron el dinero. —No pude encontrar nada, pero intentaré buscar otra solución —dijo Vasilisa, asustada—. Denme más tiempo. Lorenzo la agarró del hombro y la apretó fuerte. —¿Más tiempo? No, o me das el dinero o ahora mismo… —y tiró de su camiseta hasta rasgarla. Pero en ese momento vio a su compañero caer detrás, y seguido, él mismo cayó. Ya estaban los dos en el suelo, Anton les ponía los grilletes y otro policía levantaba al cómplice. —Todo ha terminado —dijo Anton—. Ahora pagarán por sus crímenes. Mañana ven a comisaría, aclararemos todo. Vasilisa fue interrogada y confesó todo al inspector. Marina y su familia volvieron de vacaciones y les devolvieron sus cosas, pero Anton pidió discreción al inspector para proteger a Vasilisa. Como fuese, el asunto se resolvió. Nadie imaginaba que aquella joven tan reservada fuera capaz de aquello. Todos pensaron que había sido Lorenzo y su cómplice, que además eran los asesinos de Denis. Fueron condenados por muchos años. Anton le pidió matrimonio y se casaron. El amor de Anton borró todos los pecados de Vasilisa y curó sus antiguas heridas. Ahora crían juntos a su hija Olguita.