Unos conocidos se apuntan a nuestro viaje en coche prometiendo compartir gastos. Al llegar, nos dicen: «¡Si vosotros ibais igual!»
Todo comienza como la típica planificación de unas vacaciones de verano. Mi mujer y yo, nuestro fiable SUV, más de mil kilómetros de ruta en dirección sur, y ese dulce cosquilleo previo al viaje por carretera. Siempre nos ha gustado viajar en coche por la sensación de libertad: marcas tu propio ritmo, te detienes donde quieres, cambias de plan sobre la marcha. Nada de horarios de trenes, ni niños llorando en el compartimento, ni vuelos retrasados.
Pero este año cometimos un error de novatos: hablamos de nuestros planes en público.
En una cena con amigos, entre diversas charlas, mencioné por descuido que en un par de semanas nos íbamos al sur en nuestro coche.
¿En qué fechas? preguntó enseguida la pareja sentada enfrente.
Eran Pablo y Jimena. No éramos grandes amigos, solo nos veíamos de vez en cuando en quedadas grupales.
Salimos el quince respondí, ni imaginando lo que vendría.
¡Pues justo vamos en las mismas! Pablo se animó dejando hasta el tenedor. Nuestro descanso empieza el dieciséis, queríamos ir en tren, pero no quedan billetes decentes, solo literas pegadas al baño. ¿Nos lleváis? Pagamos la mitad de la gasolina, se hace más ameno el viaje, somos de buen rollo.
Miré a mi mujer. Su cara lo decía todo: ni pensarlo. Empecé a excusarme, que llevábamos el maletero lleno y solemos viajar despacio y parando mucho.
Anda ya, si solo llevamos una maleta entre los dos insistió Pablo. Además, menudo ahorro; la gasolina está por las nubes. Venga, hacednos el favor, que no somos unos desconocidos.
Al final, caímos. El argumento de repartir gastos pudo con nosotros, y también nos dio corte negarnos. Esa debilidad se pagaría durante las siguientes dos semanas.
«Si quieres evitar líos, no hagas favores»
Quedamos a las cinco de la mañana en nuestro portal. Nosotros ya estábamos abajo con las maletas ordenadas: ropa, agua, herramientas y mantas. Pablo y Jimena llegaron casi cuarenta minutos tarde.
El taxi daba mil vueltas dijo Jimena, sin disculparse apenas, arrastrando una maleta gigante y varios bolsos de picoteo.
Habíamos quedado en traer lo justo protesté.
Es que ella es una chica, y necesita cambiarse soltó Pablo entre risas.
Hubo que reorganizar todo el maletero para encajar sus cosas.
Nada más arrancar, empezaron los problemas. A Jimena le daba calor, así que pusimos el aire al máximo; a los diez minutos, Pablo se quejaba de frío. Mi música no les gustaba. Luego vinieron las paradas constantes: baño, café, estirarse, fumar.
Arruiné mi itinerario pensado para evitar atascos. El viaje, en vez de con pocas paradas, fue como de línea de autobús.
La escena de la gasolinera fue el clímax.
Llené el depósito, 70 euros. Vuelvo al coche, Pablo desayunando un sándwich.
¿Vamos repartiendo? le pido.
Mejor al final, así hacemos las cuentas de una y ya, me responde despreocupado.
Eso no me gustó, pero mi mujer me calmó: Tranquilo, ya pagarán luego. Peajé de autopista también lo pagué yo, y ni preguntaron cuánto fue.
Durante el viaje comieron sus bocadillos desmigando medio coche. Al pedirles que fueran más cuidadosos, respondieron sonrientes:
No pasa nada, luego lo aspiras.
Acabamos llegando de madrugada, agotados más por la compañía que por el trayecto.
«Solo íbamos con vosotros»
A la mañana siguiente, ya en la cocina común del hostal, saqué mi libreta con los gastos.
A ver, dije serio. Gasolina 240 euros, peajes 50, total 290. Mitad de gastos, 145 euros.
Pablo casi se atraganta, y a Jimena se le abren los ojos.
¿Ciento cuarenta y cinco euros? ¿En serio? pregunta.
Sí, lo que acordamos contesto.
Pablo deja la taza y suelta:
Pero tú habrías venido igual, con nosotros o sin nosotros, así que esos gastos ya los ibas a tener. Nosotros solo aprovechamos los asientos libres.
Habíamos dejado claro antes las condiciones. Yo he aguantado molestias, he llevado vuestras cosas y hemos parado cuando queríais. Lo lógico es que se compensen los gastos, le respondo, conteniéndome.
¡Pero si ha sido divertido! replica Jimena. Nosotros pensábamos que era entre amigos. Si lo llegamos a saber buscamos un blablacar.
Otro conductor os habría dejado tirados en la cuneta por las migas y las quejas saltó mi mujer.
Mira, como mucho te damos cincuenta euros, por compromiso. Pero pagar la mitad de lo que habrías hecho igual es absurdo. Nuestro presupuesto ya está cerrado.
Me levanto.
Quedaos el dinero. Considerad que os invito. Pero la vuelta la hacéis por vuestra cuenta.
¿Cómo? ¡No tenemos billetes! ¡Quedamos en hacerlo ida y vuelta!
Quedamos en repartir los gastos. Como no habéis cumplido, que os vaya bien.
Vacaciones por separado y vuelta en paz
Los siguientes diez días casi no cruzamos palabra, aunque estábamos en el mismo pueblo. Coincidimos dos veces en la playa y nos dieron la espalda.
La víspera de marcharnos me llega un mensaje de Pablo: Venga, no seas cabezón. Te damos sesenta euros por el viaje de ida y vuelta. Vámonos juntos, no hay billetes y Jimena se marea en bus.
Ignoré el mensaje.
Recogimos, cargamos el coche, revisamos el aceite y salimos de madrugada. El viaje de vuelta fue una delicia: nuestra música, nuestras paradas, el ansiado silencio.
Más tarde nos enteramos por amigos comunes de lo mala persona que soy: Nos dejó tirados en pleno sur por un puñado de euros. Ellos tuvieron que hacer trasbordos de autobús y gastarse un dineral, y ahora les encanta criticarme.
Eso sí, nosotros aprendimos la lección. Ahora, cuando alguien insinúa: «¿Vais fuera? ¿Me lleváis?», contesto con una sonrisa firme: «Lo siento, preferimos viajar solos».






