No es una Sara como las demás
¡Sara! ¿Otra vez? Por el amor de Dios, hija, ¡eres un verdadero desastre! Pero, ¿cómo es posible?
Mamá, no sé, se ha roto solo
Mi madre me quitaba la chaqueta mugrienta, los botines calados y el gorro al que ya le faltaba el pompón.
Todos los niños normales, pero la mía ¡Sara! ¿Hasta cuándo, eh?
Yo miraba el bajo rasgado de mi vestido y suspiraba.
Y eso que nos lo habíamos pasado genial El trenecito había salido perfecto. Lástima que Manolo tirara tan fuerte del vestido. Por eso se rompió. Y la señorita Catalina dijo que remendarlo no le tocaba, que bastante tenía, que se lo dejaban a mi madre. Con razón. Pero la cuestión es que pasé la merienda y toda la tarde sentada en la esquina, sin atreverme a moverme. ¡No iba a enseñar las bragas a los chicos! No es propio, eso siempre me lo dice la abuela. Y ella de estas cosas entiende.
Por ejemplo, ella sí acepta que yo soy así. Mi madre no lo piensa, pero a mi abuela le sale natural.
Déjala en paz, mujer, ¿qué forma de educar es esa?
Madre, si tú me educaste igual. ¿Por qué ahora todo está mal? Si yo no enderezo a Sara, ¿qué va a ser de ella?
Será tan lista y guapa como tú. ¿Y eso te parece poco?
Ay, por favor ¡Que estoy agotada con vuestras tonterías! Sara, ve a cambiarte. ¡Y corre!
Suspirando de alivio, me iba a mi cuarto, mientras la discusión entre las dos mujeres que más quiero proseguía ahora sin mi presencia. A fin de cuentas, ahí sobraba.
A veces, preguntaba a la abuela que por qué discutían, y ella se reía:
Pelearse por nada no tiene gracia, niña, solo por algo importa.
¿Y yo soy ese algo?
Eres lo más importante. Como eres hija única, nos preocupamos por cómo vas a ser de mayor. Cada una a su manera. Tu madre es seria porque piensa que así tiene que ser, y yo pues terminé todo mi genio con tu madre; contigo solo me quedan los mimos. Hay que inventar otros métodos… ¿Te valen más caramelos en vez de regaños?
¡Mucho mejor el dulce, abuela!
Eso está hecho. Oye, ¿tú crees que tu madre no te quiere?
Entonces, ¿por qué no para de reñirme?
Por eso mismo
Vaya amor más raro. Tú me quieres igual y no me riñes.
Porque soy tu abuela, el papel de madre es otra cosa. Ya lo verás.
No lo entiendo
Cuando toque, lo verás, ya lo creo.
Aunque ese cuando nunca parecía llegar.
Los años pasaban y mi madre era cada vez más exigente.
¿Qué voy a hacer contigo, Sara? ¿Esperar a que traigas algo bajo el vestido?
Oía esa frase casi cada semana, sin haber entendido qué significaba hasta mucho después. Siempre me acordaba del vestido roto de parvulitos y quería preguntar cómo iba yo a traer nada en un vestido con un agujero, pero mejor lo callaba: a mamá los chistes le sentaban fatal y me regañaría el doble.
Pero, en realidad, los miedos de mi madre eran infundados.
Yo, pequeña, del montón, me veía más bien del montón; que la abuela dijera que era guapa era cariño, el espejo no mentía.
En el espejo, solo veía cosas normales: ojos pequeños, una coleta que apenas era coleta de lo corto, y la nariz salpicada de granitos. Para qué me iba a preocupar por la moda; con unas zapatillas viejas sobrevivía casi para todo, salvo para el teatro con la abuela.
Amaba el teatro, aunque ir era un lujo. Los euros no daban para entradas. La abuela iba ahorrando parte de la pensión, pero por eso, desde Segundo de la ESO, fui ayudante de una vecina, cuidando a sus mellizos. Me divertía, y ganaba mis primeras monedas. Los niños eran alocados, pero me lo pasaba bien, a falta de hermanos.
Al fin y al cabo, genial: iba, jugaba, les daba un par de cucharadas de puré y de vuelta a casa. Sin peleas, ni dibujos en las libretas, ni compartir habitación, ni nada.
No es que fuese egoísta, pero entendía desde pequeña que para tener hasta dos hijos hacen falta euros, y muchos. Y nosotros vivíamos de la nómina de mi madre, que era enfermera de Urgencias, y la pensión de la abuela. Mi padre, del que nunca tuve noticias, tampoco hacía falta, la verdad.
Nunca compartí con mi madre mis pensamientos sobre mi padre. Bastante tenía con el día a día. Y encima, la abuela cada vez peor de memoria; ya ni su nombre recordaba, salvo a ratos.
Por suerte, llegó a contarme la historia de mi padre antes de olvidarlo todo.
No la necesitaba tu madre, niña.
¿Por qué?
Era un mujeriego. Se lo tenía dicho. Pero se enamoró, y ya sabes decía que se casaría, que las otras eran errores de juventud.
¿Se casó?
Sí, tu madre consiguió lo que quiso. Pero en cuanto supo que estaba embarazada, desapareció, como por arte de magia. Ni se supo a dónde. Dejó solo una nota.
¿Qué nota?
No es asunto tuyo, Sara. Lo importante es que tu madre soñaba contigo como nunca. Fue todo el embarazo flotando, con más miedo que otra cosa. Luego tampoco se tranquilizó. Por eso te regaña hasta por respirar.
¿Por eso?
Claro, te quiere, y mucho, aunque no lo entienda ni ella. Te he visto muchas noches mirarte mientras dormías, acariciarte el pelo, a punto de llorar. Si le preguntas, se enfada. Eso es suyo, personal. Te adora.
Ya, ya me entero Abuela, ¿a mamá también la regañabas así?
Pues claro. Las madres somos todas iguales. Actuamos por el miedo, después nos arrepentimos.
¿Por qué hay que tener miedo por un hijo?
No sé explicarlo, Sara. Eso solo se entiende cuando te toca ser madre.
Yo no dije nada, pero por dentro decidí que nunca sería tan mandona con mis hijos. Ay, qué ingenua ¿Quién no lo es a esa edad?
Pero lo de tener hijos aún quedaba muy lejos. Además, ni siquiera veía probable que alguna vez los tuviese.
¿Quién iba a fijarse en alguien como yo? Pequeña, fea y terca. Si una vez se te pega, ten paciencia.
Al terminar la Formación Profesional, empecé en el hospital donde también trabajaba mi madre. Y ahí empezó el lío.
Todo mal: demasiado implicada, demasiado amable con los pacientes, demasiado de todo. Que así no, que si te pasas, se te suben a la chepa, que no sirve para nada, que vienen y van enfermos, que no te dejes la vida.
Pero yo no quería oír nada. Sentía pena por todos, de verdad; si bastaba con un gesto, una palabra amable, ¿por qué no hacerlo?
Hasta mi madre me avisó:
Cariño, no te metas en líos. Aquí no gusta ser diferente. Vas a discutir y entonces, ¿a quién haces un favor? ¿A ti? ¿A mí? ¿A la abuela? Sabes que el dinero que traes nos va justo para no enviar a la abuela a un asilo. Una cuidadora cuesta un dineral. Así que trabaja tranquila y déjate de historias.
¡Mamá, no puedo! Muchos chillan a los pacientes, son antipáticos
Hija, es un trabajo muy duro y no todo el mundo está hecho para tratar con paciencia a los enfermos. Ojalá. Pero así estamos. En tu planta, sois tres así de excelentes, y ya es mucho. Me ha dicho la jefa que te aprecia, pero que seas más calmada, que el ejemplo se da mejor despacio y poco a poco.
¡Es muy lento!
Ay, Sara, ¿de quién lo habrás heredado, esa cabezonería?
De ti, supongo.
¡Sara!
¿Qué?
¡Nada! Hazme caso y punto.
No me apetecía discutir, pero tampoco hacer siempre lo que decía mi madre.
Quizá tuviera razón, pero en la tercera habitación había una señora, doña Carmen, tan cabezota como cien cucarachas, que sin embargo a mí me sonreía siempre. Nunca se quejaba de mis cuidados, aunque de las otras enfermeras sí.
Y como ella, muchos ancianos o enfermos, cansados, peleados con su familia veías las visitas, y todo era hablar del testamento o cualquier tontería. Luego ellos lloraban y claro que se entiende.
Pero mi madre solo quería mi bienestar. ¿Es posible estar bien si el de al lado está mal?
No puedes ayudar a todos, pero a alguno sí.
Y aunque las otras chicas se rieran y me llamaran la beata diciendo que debería meterme en un monasterio, a mí me daba igual. La abuela decía que el carrusel tiene que seguir, pese a todo.
Así iba caminando yo, cargando con mi pequeña caravana, a veces sin aliento, porque es duro sentirte incomprendida y, más aún, cuando tu única confidente, mi abuela, desaparecía en el olvido. Mi madre solo suspiraba y no paraba de decirme que tenía que pensar en mí.
Y mis amigas una detrás de otra casándose, lanzándome los ramos.
¡Ni lo dejo! Toca que vayas tú al altar, Sara, toma.
Los ramos los aceptaba por educación, pero el indicado no aparecía por ninguna parte. ¿Se habría perdido por el camino? ¿O simplemente no estaba destinado para mí? Hay gente que está entera, gente que camina sola.
Me resigné. Ni siquiera esperaba ya nada romántico. Ser una heroína tipo Penélope no cuadraba conmigo.
Andaba entre el hospital, el refugio de animales donde ayudaba a mi amiga Cristina y la cama de mi abuela, que cada vez me reconocía menos. Mi madre quería que saliera, pero lo cierto es que yo ya iba tirando de solterona sin querer saber nada ni de amor ni de novios.
Mamá, si quieres nietos, dilo claro. Los tengo por encargo, que ahora es fácil.
¡Sara! ¡Qué cinismo!
¿Y qué problema hay? Príncipes hay muy pocos y no para todas. Es la ley de la vida. ¿Qué más pides?
Solo quiero que seas feliz.
Entonces, deja de decirme que tengo que buscar pareja. No me va. Estoy bien así. No empeñes en eso, por favor.
Y mi madre callaba, pensando con quién me podría emparejar. Los hijos de sus amigas ya estaban todos repartidos y solo quedaba esperar que el destino dijera algo.
Y, de pronto, el destino dijo, pero de la forma más inesperada.
Yo esperaba que mi héroe aparecería al lado y simplemente esperaría. Pero nada fue así.
La protagonista inesperada fue doña Carmen, la señora más difícil del hospital. Aparecía cada año, una o dos veces, y siempre ponía en jaque a todo el personal con sus quejas.
¡Otra vez la pesada! Venga, Sara, a ti te quiere, ve tú.
Doña Carmen sonreía al verme y me saludaba:
¡Mi niña! Menos mal que hay una cara humana entre tanto monstruo.
No diga eso, si aquí todos son muy buenos.
Dices eso porque eres joven, aún no sabes de qué pie cojea cada uno. Cuando seas vieja, hablamos.
Pues venga, vayamos a la habitación, que está revolucionando usted a todo el hospital.
¡Que se asusten! Les viene bien.
Usted sí que es un poco diablillo, doña Carmen.
Y tú no conoces a mi gata. Eso sí que es genio con bigotes.
Me reía, pero olvidé el comentario enseguida. Y no debí.
Esta vez, doña Carmen vino silenciosa, extrañamente tranquila.
No reñía, ni discutía ni analizaba a nadie. Caminó detrás de mí hasta la cama y se recostó dándonos la espalda. A mis preguntas, solo alzó la mano con hastío.
Vete, Sarita Después.
Al cabo de unas horas, ya sabía del diagnóstico y que doña Carmen había pedido voluntariamente el ingreso.
Discutió con sus hijos, por eso está tan triste. Así pasa, que si enfrías a los hijos, luego cuando eres vieja, ni el vaso de agua te traen.
No indagué más, nunca sabes lo que pasa en otras casas. Mejor no juzgar.
Al terminar el turno, entré en su habitación.
¿Le acerco algo? ¿Quiere que le traiga algo?
Me miró y tardó en responder.
Sara, necesito pedirte un favor No suelo pedir, soy de mandar, mi madre era de esas, y yo igual. Si quieres algo, muévete, nadie lo hará por ti. Pero, y cuando no puedes, ¿qué?
Pídame, no tenga miedo.
Tengo hijos, nietos, pero ya nadie me escucha. Los he malcriado, y ahora no sé ni dónde estoy. He vendido todo para ayudarles. Fui su muleta, su chequera y ni agradecida ni pagada. Pero lo que más me duele es mi gata, Maruja ¿Te la puedes llevar?
¿La gata?
Sí, es un poco bruja, pero lista. Sabe todo. El día que vine, se puso a maullar, como si me entendiera.
Me quedé corta. Me encantan los animales, pero en casa nunca los tuvimos. La abuela imponía muchos límites y no era plan de añadir gastos.
Pero no fui capaz de decirle que no. Era su única alegría.
Al acabar el turno, lo hablé con mi madre y fui a buscar a Maruja.
Solo será mientras, doña Carmen, en cuanto esté bien se la devuelvo.
Sí, sí, claro…
De camino, parada ante su puerta, estuve dudando. Tenía las llaves, pero entrar sola en una casa ajena me daba reparo. Llamé a la primera puerta.
¿Sí?Una señora joven y sonriente me miró con su bebé al brazo.
Mire, soy Sara, la enfermera de Carmen. Vengo a recoger a su gata, solo tengo que entrar y cogerla, ¿le importa vigilar la puerta mientras?
Haz bien en no entrar sola, Carmen tiene fama de rara.
A mí me parece bien… somos como somos.
Tienes razón, adelante, te espero.
Nada más abrir, Maruja salió disparada, negra, rápida como una sombra, y bajó las escaleras. Apenas la vi.
¡Que no se escape!gritó la vecina, pero ya era tarde. Bajé de dos en dos las escaleras.
La puerta del portal, abierta, y allí unos mudanceros descargando cajas.
¿Han visto a un gato?pregunté.
Uno señaló los árboles junto al portal.
¡Arriba!
Me reí por no llorar; Maruja estaba encaramada, maullando desde las alturas.
¡Maru, ven aquí!llamé. Miau-miau.
Ella contestó con rabia, bufando.
En el vacío del parque, la lluvia repiqueteando, tragué saliva. Tocaba trepar al árbol. Me quité la mochila e intenté recordar de pequeña cómo se subía.
Subí una rama, otra y otra. Entre zarzas y hojas mojadas, sentía a Maruja a escasos centímetros, un relámpago negro enfurecido.
¡Maruja, me vas a matar!
Al final la pude agarrar, enfriada y temblando, y metí bajo mi chaquetón. Mejor no amenazarla, por si verdaderamente entendía las palabras, como decía su dueña.
Pero al mirar abajo me paralizó el miedo. ¡Qué alto! No podía bajar.
El móvil vibraba en el bolsillo, seguro que mamá llamando.
No grité, me pudo la vergüenza. Yo me metí, yo saldría.
¡Oye! ¿Se está bien ahí arriba?
Una voz de chico, burlón, me asustó.
No, estoy fenomenal. ¡Me quedo a vivir!
Lo pilló en broma.
Aguanta, traigo una escalera.
Y desapareció.
Muy bien, Sara, pensé. Eres única. En vez de dar las gracias, te burlas del que te salva.
Regresó, trajo la escalera, la plantó junto al tronco:
¿Bajas o te hago café ahí arriba?
Bajé despacio, como si me fuera la vida. El muchacho me sujetó la cintura.
Ya está, ya has pisado tierra.
Maruja intentó huir, pero fui más rápida, bien agarrada bajo el anorak.
¡Quietecita, que lo he prometido!
Eres valiente, ¿eh?
El chico, flaco, de cara simpática, me miraba divertido.
¿Te acompaño a casa?
Ni falta haceseguí con el genio, pero enseguida me di cuenta del feo.
Se había empapado por una completa desconocida y ni las gracias había dado.
Lo siento de verdad, gracias. Sin ti no bajaba de ahí ni en toda la noche.
¿Por qué subiste entonces?
Por la gata. Bueno, tengo que irme; mamá me va a matar.
Y deja el usted, que después de salvar tus posaderas mojadas, puedes tutearme. Me llamo Álvaro, ¿te puedo acompañar al metro?
No está muy lejos
Y me di cuenta de que no tenía frío, sino algo cálido recorriéndome por dentro. Caminamos juntos, y Maruja ni maulló ya para no espantar esa pequeña felicidad.
Ese fue el inicio. Álvaro me esperó al día siguiente, después me acompañaba a comprar pienso para Maruja, que, como era de esperar, tenía gustos exquisitos.
Maruja solo estuvo en casa una semana. Luego la hija de doña Carmen vino a buscarla.
Mamá le echa mucho de menos. Mejor juntas.
¿Se lleva a Carmen?
Por supuesto, es mi madre. Ya bastante ha peleado por evitarnos.
Le entregué la gata, que ronroneando se despidió apenas.
Me quedé pensando en lo poco que se sabe de las vidas ajenas, que no conviene juzgar, que todo puede ser más complejo de lo que ves.
Y que, en fondo, en vez de analizar a los demás, lo mejor es ir haciendo nuestro propio camino, sobre todo si encuentras a alguien con quien hacerlo. El verdadero amor o amistad aparece cuando menos lo esperas, exactamente cuando necesitas que alguien te tienda la mano, o la escalera, sin preguntar si eres demasiado rara o no eres como las demás.
Aprendí que quien de verdad importa nunca te hará sentir rara, sino única. Porque para él, en todo el mundo, nadie será mejor que tú.







