Había una vez una señora mayor que tenía un perrito.

Querido diario:

Hoy he vuelto a pensar en la historia de mi madre y su perrita. Mi hermano le regaló una perrita pequeñísima, casi diminuta, tras su infarto. Quería que mi madre se distrajese, que tuviese algo bonito que la mantuviera ilusionada y le acompañase en los días grises. Y funcionó. Mamá, aunque mayor bueno, hay que admitirlo, es toda una abuelita empezó a mejorar. Se encontraba mucho más animada.

Salía a pasear casi a diario con Chiquina, como la llamamos porque parecía más pequeña que un granito de arroz. Llevaba a Chiquina con su correa finita o a veces, en un bolsito especial que mamá colgaba con mimo del brazo. Chiquina es muy cariñosa, siempre obediente, juguetona un verdadero encanto.

Un día, mientras paseaban por un parque de Salamanca, un coche se detuvo junto a ellas. Dentro iban un chico y una chica jóvenes, que se interesaron enseguida por Chiquina y le pidieron a mi madre si podían acariciarla. Sé que a mamá no le hacía gracia, pero le dio apuro negarse. Se acercó al coche para que pudieran verla mejor, y en ese instante, la chica la agarró y el chico arrancó el coche bruscamente.

Mamá salió corriendo tras el coche, llorando y gritando. En esa desesperación tropezó, cayó al suelo y perdió el conocimiento tras hacerse una herida fea. Los vecinos llamaron a una ambulancia y se la llevaron al hospital. Cuando llegué, la encontré recostada en la cama, pálida, con los labios casi morados, susurrando solo el nombre de su perrita: Chiquina Lágrimas de esas que duelen de verdad le corrían por la cara arrugada.

No me resigné. Gracias a la descripción del coche y la ayuda de los vecinos, dedujimos por dónde vivían aquellos gente, si es que se les puede llamar así. Consulté a unos amigos míos de la Policía Nacional y en poco tiempo supieron quién era el propietario del coche: vivía en un chalet enorme en las afueras, nada de apuros económicos, todo lo contrario; el coche, de esos de alta gama que se ven desde lejos.

No dudé. Me presenté en aquella casa y, bueno… logré entrar. Fue entonces cuando vi a Chiquina: estaba fatal, no comía ni bebía desde que la robaron, lloraba fuerte los primeros días, ahora solo gemía débilmente. La rescaté, no importa cómo la traje de vuelta a casa. A los ladrones ya les estorbaba, querían un juguete y acaban de llevarse una responsabilidad enferma, una criatura que solo lloraba y ensuciaba.

Con el tiempo, mamá mejoró, y Chiquina también. Ahora salen juntas de paseo, siempre con cuidado, y Chiquina se esconde a la mínima en su bolsa si alguien se acerca. Todo acabó bien, por fortuna.

Y yo, querido diario, pienso mucho en esto: nunca hay que arrebatarle a nadie aquello que le hace feliz. Cada uno vive de su pequeña gran dicha: puede ser una persona, un cochecito viejo, quizás un huerto modesto en las afueras, o una copa en un concurso que a nadie más le importa… Son esas pequeñas cosas las que mantienen a flote a las personas. Arrebatar para divertirse una perrita minúscula y ajena no da la felicidad. La felicidad robada nunca es verdadera. Perdona la repetición, pero es así. Por algo tan pequeño, tan insignificante, puede uno destruir la vida de alguien. Y la vida es frágil, como la propia alma. Dicen que pesa solo unos gramos, pero ahí dentro cabe toda nuestra existencia.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

8 − 1 =

Había una vez una señora mayor que tenía un perrito.
Papá de los domingos