¿Por qué todo es así?

¡Por qué todo es así!

Cuando Lucía salió con sus amigas al concierto de un cantante famoso, no imaginó cómo cambiaría su vida. No le gustaban los eventos ruidosos, pero las entradas ya estaban compradas, y sus amigas no paraban de hablar del espectáculo.

Resultó que escuchar música en vivo era mil veces mejor que en los auriculares. Contagiada por la emoción, Lucía aplaudió, cantó y se divirtió como nunca.

De regreso a casa, las chicas discutían animadas sobre el concierto. A Lucía, la verdad, le había gustado más el grupo telonero que el cantante principal. Pero sus amigas no compartían su opinión. Molesta, se quedó un poco atrás.

Mientras cruzaban la calle, dos motos aparecieron de la nada, rompiendo la calma de la noche. Sus amigas corrieron gritando hacia la acera, pero Lucía se quedó inmóvil. Su padre siempre le decía que, si te sorprenden en mitad de la calle, no corras. Mejor quedarse quieta, así el conductor puede esquivarte.

Lo hizo. Permaneció quieta, mirando con horror cómo las motos se acercaban. Ni siquiera oyó los gritos de sus amigas desde la acera.

Los dos motoristas frenaron bruscamente junto a ella.

—¿Te asustaste? —preguntó uno.

No veía su rostro tras el visor oscuro del casco, pero su voz era joven.

—Sube, te llevo a casa.

—No, gracias. Estoy con mis amigas —Lucía retrocedió.

—No tengas miedo. No es seguro que las chicas anden solas de noche.

Lucía corrió hacia sus amigas, pero los chicos las siguieron a poca distancia.

—Qué emocionante. Yo sí me subiría —dijo Marta, la más atrevida del grupo.

—¿Y si son unos psicópatas? —susurró otra—. No les vemos la cara. ¿Por qué no se van?

—Nos están escoltando —adivinó Lucía.

Las chicas cuchicheaban, lanzando miradas furtivas a los motoristas. Así llegaron hasta su portal. Al entrar al edificio, los chicos se detuvieron.

—¿Qué pasa, se acobardaron? —gritó Marta, ya más valiente.

—No quieren despertar a todo el vecindario —dijo Lucía.

Las chicas les hicieron un gesto de despedida y se dispersaron. Lucía se quedó un momento bajo la farola, escuchando cómo el ruido de los motores se perdía en la distancia.

Su móvil vibró en el bolsillo.

—¿No ha sido genial? ¿Los conocías? —preguntó Marta.

—No, ¿de dónde iba a conocerlos? —contestó Lucía.

—Qué pena —Marta suspiró decepcionada y colgó.

En casa, Lucía intentó estudiar, pero no podía concentrarse. La música seguía resonando en su cabeza, y la imagen del motorista con casco no se borraba. Cerró el libro de golpe. Se acostó, pero tardó en dormirse, repasando mentalmente lo ocurrido. *¿Cómo será su cara?*

Dos días después, volviendo de la universidad, lo vio en el parque. Lo reconoció por la chaqueta de cuero con detalles rojos. Esta vez iba solo y sin casco, llevándolo en la mano.

—Hola —dijo él, sonriendo.

—Hola.

Era exactamente como lo había imaginado: pelo oscuro, ojos expresivos y piel morena. Guapo.

—¿Quieres dar una vuelta?

—No estoy segura —admitió Lucía con sinceridad.

—¿Me tienes miedo?

—No pareces un psicópata. Más bien todo lo contrario.

—Me llamo Javier. Estudio Medicina, último curso. ¿Y tú?

—¿Vas a ser cirujano? —preguntó Lucía.

—¿Por qué lo dices?

—Todos los chicos quieren eso, ¿no? A nadie le gustaría pasar consulta para abuelitas con hipertensión.

—Te equivocas. Un amigo mío quiere ser pediatra. Su hermana pequeña murió el año pasado por un error de diagnóstico. Pero sí, en mi caso, cirujano. Sin duda.

—¿Por qué tan seguro?

—Porque mi padre es cirujano. Crecí entre libros de anatomía y conversaciones médicas. ¿Y tú qué estudias?

—Filología inglesa. Quería ser traductora, pero sin enchufe era imposible. Seré profesora, como mi madre. Oye, lo de la moto… mejor otro día, ¿vale? Ahora no tengo tiempo.

—No hay problema. Dame tu número y quedamos cuando puedas —propuso Javier.

Lucía dudó, pero al final se lo dio.

—Hasta pronto —dijo él, colocándose el casco antes de arrancar.

En cuanto se fue, Marta apareció como un rayo.

—¡Era él! ¿De qué hablabais?

—De nada. ¿Por qué no te acercaste?

—No quise interrumpir. Está buenísimo. ¿Su amigo tiene novia? Qué suerte tienes… —Marta soltó en un suspiro.

Javier llamó al día siguiente y quedaron. Esta vez no llevaba la moto, sino una rosa.

—¿Dónde está tu moto? —preguntó Lucía.

—Mi padre me la ha quitado. Dice que paso demasiado tiempo con ella.

Sin la chaqueta y el casco, parecía un chico normal, aunque muy guapo.

Empezaron a salir y, tras graduarse, se casaron. Dos años después, nació su hijo David.

Lucía, sin haber trabajado apenas, se quedó en casa cuidándolo. Javier llegaba agotado, pero con los ojos brillantes, contando sus avances en el hospital. Al fin le dejaron operar sola. Ahora pasaba más noches fuera.

—¿No te aburres encerrada? Cuida yo a David y tú date una vuelta —le propuso su madre un día.

Lucía, emocionada, salió. Pero en vez de ir de compras, fue al hospital. Hoy Javier no tenía cirugías.

Subió al quirófano, intentó abrir la puerta de la sala de guardia… cerrada. No había nadie para preguntar. Quizá ya se había ido. Frustrada por no poder sorprenderlo, ya se marchaba cuando la puerta se abrió. Javier salió rápido, cerrándola tras él, pero Lucía alcanzó a ver a una mujer dentro.

—¿Qué haces aquí? ¿Pasa algo? —preguntó él, nervioso.

—Quería hacerte una sorpresa. Te echo de menos… Veo que estás ocupado —respondió ella, conteniendo las lágrimas.

—No, para nada. Espera, me cambio —entró de nuevo, cerrando con fuerza.

Lucía dudó unos segundos, luego abrió la puerta de golpe. Javier se quitaba la bata. En el sofá, una chica se retocaba el maquillaje con un espejo. Miró a Lucía sin inmutarse.

Lo entendió todo. Salió corriendo. Sabía que los médicos tenían fama de ligar con enfermeras, pero nunca pensó que Javier fuera igual.

Él la alcanzó en las escaleras.

—No ha pasado nada.

—¿Y yo te he preguntado algo? ¿Tu padre también engaña a tu madre con las enfermeras? —espetó Lucía, furiosa.

—No digas tonterías. Solo te quiero a ti.

—Pues menuda forma de demostrarlo. Si no llego a aparecer, seguiría siendo una ingenua.

—Escucha…

—No, escucha tú. No puedo olvidar esto. No puedo confiar en ti. ¿O es que discutíais una operación y por eso ella tenía el pelo revuelto y el rímel corrido?

Oyó pasos en la escalera. Lucía bajó corriendo.

En casa, se calmó un poco. Pero cuando Javier llegó, le dijo que no podían seguir juntos. Que se fuera él, o se iría ella con David. Discutieron. Se culparon. NoCon el tiempo, aprendieron que aunque el amor no siempre es suficiente, la vida sigue, y a veces, el perdón llega cuando menos lo esperas.

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