Dónde reside la felicidad

Dónde vive la felicidad

Cristina estaba sentada sola en la cocina, sujetando con ambas manos una taza de café caliente. El café estaba tan ardiente que tenía que beberlo con pequeños y cuidadosos sorbos. Cada vez que acercaba la taza a los labios, el vapor le acariciaba suavemente la cara, pero no conseguía darle calor; por dentro, todo seguía frío y vacío.

Al lado, en la mesa, el móvil no paraba de vibrar. Sonaba una llamada tras otra en la última hora había intentado hablar con ella casi todo el mundo que conocía. Amigos, parientes lejanos, compañeros de trabajo, vecinas… Parecía que de pronto el universo había decidido que debía saber cómo se sentía Cristina y qué estaba ocurriendo en su vida.

La razón de tanta atención era una: su divorcio con su marido. Hasta hacía nada, celebraban juntos las bodas de cristal: la mesa puesta, las risas, las felicitaciones, los ojos resplandecientes de su esposo, cuando brindaba por sus quince años juntos. Entonces parecía que aquello sería para siempre. Que aún quedaban por venir muchas más celebraciones felices, viajes compartidos, noches acogedoras frente a la chimenea. Y ahora vivían en pisos distintos, hablaban el uno del otro con distancia, casi como completos desconocidos. ¿Cómo podía haberse derrumbado todo tan rápido?

Al principio, Cristina contestaba con paciencia a las llamadas. Se esforzaba por sonar tranquila, elegía bien las palabras para no herirse ni a sí misma ni a quien preguntaba.

Ha sido una decisión de los dos repetía con voz templada. Ambos vimos que era mejor así. Seguir juntos no funcionaba.

Pero sus explicaciones parecían no llegar a nadie. Siempre le devolvían las mismas preguntas, a veces con preocupación, otras con reproche y en otras ocasiones con ese falso tono de cariño tan reconocible:

¿Y qué será de Lucía? ¿Pensasteis en la niña? ¡Ella necesita a su padre!

Cristina cerraba los ojos, conteniendo las lágrimas. Sabía que no lo decían por maldad; simplemente no entendían cómo se podía romper una familia cuando había una hija. Pero también sentía que jamás lograría explicar todo en un par de frases. No se puede resumir en palabras meses de silencios pesados, el desgaste, la sensación de estar al lado de alguien y a la vez sentirse irremediablemente solo.

El teléfono vibró de nuevo. Cristina miró la pantalla: otro pariente más. Dio un largo suspiro, llevó la taza a los labios, tomó otro pequeño sorbo de café y, despacio, estiró la mano hacia el móvil.

Ella podría haberles respondido que toda su atención estaba centrada precisamente en su hija. Podría contar cómo pasaba las noches en vela, dándole vueltas a diferentes opciones, cuidando cada posible consecuencia. Podría aclarar que ni un solo minuto lograba dejar de pensar en qué sería lo mejor para Lucía. Pero guardaba silencio. Comprendía que no todos pueden cambiar de opinión. Sobre todo si creen tener toda la razón y sólo ven la situación desde un lado.

Una y otra vez le venían imágenes de sus últimos meses juntos. Su marido llegando tarde a casa, oliendo a un perfume extraño. Él cortándole en seco cada vez que intentaba hablar de lo que no iba bien. Sentados a la mesa compartiendo algo parecido a una cena, pero rodeados de un frío muro de silencio. Y Lucía, esa niña tan dulce, notándolo todo. Viendo sonrisas forzadas, sintiendo la tensión en el ambiente como una niebla espesa.

La noche en la que todo se hizo evidente, Cristina no la olvidará nunca. Empezaron a discutir primero en voz baja, luego cada vez más alto. Lucía, que hacía los deberes en su habitación, apareció de repente en el marco de la puerta. Su rostro pálido, los ojos llenos de lágrimas.

Mamá, papá, por favor… no discutáis más suplicó con la voz temblorosa.

Cristina se petrificó, miró a su hija primero y a su marido, que ni se había dado cuenta de la presencia de la niña, y de repente lo entendió: esto no podía seguir así. No podía consentir que su hija viviera cada día en ese caos, escuchando peleas, sintiéndose responsable de los errores de los mayores.

¿Acaso era mejor para Lucía crecer en una casa donde lo normal era el malestar, donde el padre ni siquiera disimulaba que amaba a otra mujer? ¿Donde las mañanas arrancaban entre frases cortantes y reproches mudos? ¿Por qué una niña iba a tener que crecer creyendo que eso era lo normal en una familia?

No, Cristina no podía permitirlo. Tras mucho pensar, sopesar pros y contras, imaginar cada escenario… finalmente tomó la decisión: divorciarse. Con calma, sin escándalos, con el propósito de mantener el respeto mutuo. Por Lucía, ante todo.

Cuando se lo comunicó a su marido, hubo un larguísimo silencio. Al final, él sólo dijo:

Yo también lo creo.

No había rabia ni reproche en su voz. Sólo cansancio y una extraña sensación de alivio. Hablaron un rato más, acordaron cómo sería todo a partir de entonces, cómo organizarse con la niña.

Y por primera vez en mucho tiempo, los dos respiraron tranquilos. Como si al fin se quitaran de encima ese gran peso que hacía tiempo que no les permitía respirar con libertad. Tocaba empezar de nuevo, cada uno por su lado, pero sabiendo que el paso se daba no a pesar de nadie, sino por el bien de una hija que merecía crecer con serenidad, sin miedo a enfrentamientos ni reproches.

Cristina sabía que por delante tenía mucho trabajo: reconstruir la cotidianidad, aprender a vivir diferente, explicarle a Lucía lo que estaba sucediendo. Pero, por primera vez en mucho tiempo, sentía que iban en la buena dirección.

Hoy doy un pequeño paso hacia una nueva felicidad susurró Cristina casi para sí misma, mirando al alféizar. Allí un gorrión andaba de un lado a otro, moviendo graciosamente las patitas, inclinando la cabeza como si escuchara algo, batiendo las alas para acomodarse. Cristina se quedó mirándolo, encontrando en su naturalidad una calma reconfortante.

En ese momento la puerta de la cocina se abrió de golpe, haciendo volar al gorrión asustado. Lucía apareció en el umbral, coloreada, despeinada, los ojos chispeantes. Desprendía tanta energía que parecía a punto de saltar.

¡Mamá, ya he metido todas mis cosas en la maleta! exclamó, corriendo a la mesa. ¿Cuándo llega el taxi?

Cristina miró el teléfono intentando que no se le notara la sonrisa. Lucía parecía un muñeco de cuerda; en cualquier momento parecía que empezaría a saltar de puro nervio.

En media hora contestó con serenidad. ¿De verdad quieres mudarte a una ciudad nueva?

Lucía dudó un instante, luego hizo un gesto decidido con la mano:

¿Y qué pierdo? dijo con una seriedad impropia de su edad. ¿Mis amigas? Sí, me dará pena, pero podré escribirles siempre sacó un yogur de la nevera, lo bebió de un trago. La abuela tampoco me quería mucho, la veía sólo en las fiestas. Nada va a cambiar.

Cristina apretó instintivamente el borde de la mesa; aquella conversación le costaba. Aún dudaba si hacía bien sacando a su hija del entorno conocido.

¿Y tu padre? preguntó, conteniendo el aliento.

Lucía dejó el vaso, se puso seria.

Papá… esbozó una sonrisa triste. Papá ya tiene otra familia. No creo que la nueva esposa quiera verme mucho. Iré a visitarle en vacaciones.

Se hizo el silencio. Cristina la miraba: ¿cómo había crecido tanto en tan poco tiempo? En sus ojos no había rencor ni rabia; sólo una madurez precoz.

Eres muy sabia, hija musitó Cristina, conteniendo las lágrimas. Se levantó bruscamente, abrazó con fuerza a Lucía, apoyando la cara en su pelo suave. Lo entiendes todo…

Lucía no quiso apartarse. Al contrario, la envolvió con sus brazos, acariciándole la espalda como si la mayor fuera ella.

Los dos merecéis ser felices dijo en voz baja. Papá ya lo ha encontrado, ahora te toca a ti.

Cristina la abrazó más fuerte, sintiendo una calidez nueva en el pecho. Comprendió entonces que, a pesar de los miedos, estaban eligiendo bien. El futuro era incierto, pero juntas lo lograrían…

********************

Ciudad nueva, trabajo nuevo, caras nuevas… Todo era extraño, pero esa actividad constante ayudaba a Cristina a no dejarse arrastrar por la tristeza. No tenía tiempo para quedarse quieta, ni lamentarse ni mirar atrás. Cada día aparecían tantas cosas por hacer que los pensamientos se orientaban solo a lo inmediato.

El piso, en una décima planta, las recibió con aire limpio y mucha luz entrando por unos ventanales enormes. Al principio todo le resultaba ajeno: la disposición, el silencio tras las paredes, los vecinos desconocidos. Pero poco a poco empezó a hacerlo suyo: colgó sus cuadros preferidos, ordenó libros en las estanterías, puso en la ventana una pequeña planta. El piso empezó a ser un hogar.

Una tarde, al cruzar la puerta, Lucía soltó sin preámbulos:

¡Mamá, quiero apuntarme a la academia de baile!

Los ojos le brillaban de emoción, tenía el color subido; era evidente que llevaba tiempo queriéndolo decir.

Está aquí al lado insistía Lucía, gesticulando y las clases no son nada caras.

Cristina sonrió. Le encantaban esos arranques suyos, esa facilidad para ilusionarse. Pero aún así preguntó:

¿Estás segura? Tienes el colegio, las clases particulares… ¿Vas a poder con todo?

Lucía sacó una libretita de su mochila, la abrió solemne y se la pasó a su madre:

¡Puedo! Lo he planeado todo. Mira señaló las líneas marcadas. Lunes y jueves tengo clase con la profe de matemáticas, los miércoles tengo actividades hasta tarde. Quedan martes y viernes. Justo los días que hay ensayos en la academia. No voy a bajar mis notas, te lo prometo.

Cristina revisó el horario. Estaba cuidadosamente escrito, hasta con dibujos. Lucía se lo había tomado muy en serio. Mentalmente la felicitó por su responsabilidad y organización.

De acuerdo dijo al fin, cerrando la libreta. Si realmente lo quieres, mañana vamos juntas y, si nos gusta, te apunto.

¡Genial! pegó un brinco Lucía, abrazando a su madre. ¡Eres la mejor!

Cristina se rió y la abrazó. En ese instante recuperó una sensación casi olvidada: alegría. No estridente, sino tranquila, serena, pero tan real como necesaria. Quizás, pensó, realmente las cosas estaban mejorando.

La academia de baile era, efectivamente, estupenda. Su primer día, Cristina y Lucía encontraron una sala luminosa, con espejos de pared a pared y el suelo reluciente de madera. Olía a limpio y a trabajo bien hecho. En las paredes colgaban fotos de espectáculos y diplomas de concursos.

El profesor era don Álvaro Muñoz, un hombre de mediana edad, elegante, siempre impecable, con pantalón de chándal negro y camisa remangada. Se movía con precisión, su voz era tranquila pero firme, dejando claro que allí se tomaban las cosas en serio. No elevaba la voz ni imponía con gestos, pero su autoridad era innegable.

En su primera clase, don Álvaro observó a Lucía atentamente, sin alabanzas fáciles ni reproches por detalles. Explicaba, corregía suavemente; si algo no salía, repetía pacientemente hasta que lo conseguía. Esa exigencia serena resultaba inspiradora.

¡Es estupendo! le contaba Lucía a Cristina, de camino a casa, los ojos como la plata. No trata distinto ni a los nuevos ni a los que llevan años. Pero si te esfuerzas, te ayuda siempre, te lo explica mejor o te coge la mano para indicar cómo hacerlo bien.

A veces hablaba tan deprisa que se le cortaba el aliento. Y luego añadía, todavía más emocionada:

Tiene un hijo, Pablo. Bailamos juntos, hacemos muy buena pareja ¡y ya casi nos sabemos la coreografía! Pablo cuenta que su padre es genial, le apoya en todo, nunca grita pero tampoco le deja vaguear.

Cristina veía claro por dónde iba aquello. Lucía y Pablo se buscaban en los ensayos, se hacían confidencias, y al regresar a casa Lucía no dejaba de elogiar lo bien que don Álvaro trataba a los niños, cómo se preocupaba por Pablo, cómo sabía entender a todos.

Estos dos nos quieren juntar, pensaba Cristina, mirando la cara iluminada de su hija. Y, la verdad, le gustaba la idea. Don Álvaro de verdad era una buena impresión: calmado, fiable, con mucho humor. Pero Cristina no quería adelantarse. Disfrutaba viendo a su hija feliz, con nuevos amigos, ilusionada con lo que hacía; ese brillo en los ojos que tanto tiempo le faltó.

Un día, saliendo del ensayo, Lucía, jadeando, le soltó de golpe:

Mamá, ¿y si un día invitamos a Pablo y a su padre a merendar? Me gustaría enseñarles la casa; Pablo dice que le encanta el bizcocho de chocolate…

Cristina le sonrió, le revolvió el pelo:

Ya veremos, cariño. Todo se andará…

*******************

Nunca fui un padre entrometido, ni de los que cotillean el móvil de su hija sin permiso. Siempre he creído que para tener confianza con los hijos hay que respetar su espacio. Por eso, todos esos meses, jamás espié las conversaciones de Lucía, ni la escuché tras la puerta, ni le hice preguntas incómodas sobre sus amigos.

Pero aquel día algo me empujó a quedarme cerca de la mesa de la cocina. Lucía, al volver de bailar, dejó el móvil boca arriba y se marchó directa a la ducha. El móvil quedó a mi alcance y apareció la notificación de un mensaje, que captó mi atención sin querer.

Me paralicé. El corazón empezó a latir más deprisa. Volvieron de golpe esas dudas atormentadoras de si Lucía estaba realmente a gusto aquí, si fingía para no preocuparme. ¿Y si en el fondo se sentía sola, echaba de menos su vida anterior?

Estuve un rato mirándolo sin atreverme. Por fin, suspiré, lo tomé. Apenas un par de toques y ya estaba en el chat con su amiga.

No me sentí bien leyendo aquello. Pero sigo leyendo, atento, saltando los mensajes. Poco a poco la tensión fue cediendo. Lucía escribía entusiasmada: contaba los pasos nuevos que le salían, cómo don Álvaro la felicitó, los nervios y las risas en clase. Todo desprendía alegría y auténtico interés.

Así que sí está bien, pensé, aliviado.

Entonces vi un mensaje de Pablo que me dejó pensativo:

Papá dice que tu madre es muy guapa. Y lista. Eso no lo suele decir de mucha gente.

Apoyé el móvil sobre la mesa, como si quemase. Noté el rubor subir. Me alejé al ventanuco, tratando de serenarme.

Había notado, por supuesto, las atenciones singulares de don Álvaro, esas miradas largas y cálidas, esa sonrisa especial. Siempre se acercaba con palabras amables, atento a si necesitaba algo desde que llegamos al barrio. Y, no voy a negarlo, yo también lo encontraba atractivo: seguro, bondadoso, fuerte por dentro y sorprendentemente humilde. Con él se podía hablar o incluso callar, sin ninguna incomodidad.

El miedo a empezar de nuevo pesaba. Tras el divorcio, llevaba tiempo reconstruyéndome, aprendiendo a bastarme, dedicando tiempo a Lucía y a mí. Ahora que todo parecía estable, imaginarse abriendo el corazón de nuevo resultaba tan tentador como aterrador.

¿Y si me equivocaba? ¿Y si rompía ese frágil equilibrio que acabábamos de hallar? ¿Estoy preparado para arriesgarme y volver a confiar?

En ese momento entró Lucía, secándose el pelo con la toalla.

¿Mamá, en qué piensas? preguntó, curioseando el móvil.

Me apuré a sonreír:

En nada, cariño, solo pensaba. ¿Qué tal el ensayo?

¡Genial! de nuevo su cara era luz pura. Mañana aprenderemos un paso nuevo. Pablo está convencido de que lo lograremos.

Asentí, esforzándome por disimular mis nervios. Las ideas seguían remolineando en mi interior, pero tenía claro que había que esperar. Todo a su ritmo.

*****************

Aquella noche, rodeado de papeles y facturas en la mesa, seguía encallado en el trabajo pendiente. No lograba concentrarme, las letras se mezclaban, la mente se iba sola a otros asuntos. Me froté los ojos, intentando recomponerme, cuando entró Lucía.

Se sentó al otro lado y, con voz seria, arrancó:

Papá, ¿recuerdas lo que me prometiste?

Levanté la vista, un poco confuso.

Depende, ¿a qué te refieres? balbuceé. Tenía la cabeza llena de números y plazos. Te he prometido muchas cosas.

Que ibas a volver a ser feliz. Lo dijo tranquila, mirándome firme.

Me quedé callado unos segundos, después sonreí sin fuerzas:

Pero si ya lo soy. Te tengo a ti.

No es suficiente insistió ella, apoyando las palmas en la mesa, lista para debatir. Yo hablaba de otra felicidad. Ya hace casi un año desde que te divorciasteis. Tienes que pensar en casarte otra vez. Porque yo dentro de nada me iré a estudiar fuera, ¿y qué? ¿Te vas a quedar solo y lleno de gatos?

Justo en ese instante, Nieves, la gata blanca que dormía a mi lado, levantó la cabeza; sus ojos dorados se clavaron en Lucía y posó una patita sobre mi muslo, como advirtiendo que no pensaba compartir su casa.

No pude evitar reír:

Volver a tener pareja no es fácil negué con la cabeza, acariciando a Nieves, que empezó a ronronear. Ya no soy un chaval…

No digas tonterías e invítala a salir. ¡Avanza, papá! Lucía estaba tan alterada que casi salta de la silla. Da el siguiente paso hacia tu felicidad.

I… intenté protestar, pero enseguida me cortó:

Nada de peros. Lo sé, ella te ha dado pie varias veces. Hazlo ya. Llámala.

La miré, tan seria, tan mayor, chispeando los ojos. Por un momento no veía a mi niña, sino a una persona madura, que entendía el mundo mejor que yo.

La gata, disgustada por la interrupción de las caricias, maulló y volvió a posar la cabeza en mi mano.

No te arrepientas después le respondí en broma, sintiendo esa extraña emoción que se enciende cuando decides no esconderte más. Tomé el móvil, con los dedos temblorosos. Así que insistes…

Lucía sonrió, encantada, y se cruzó de brazos. Y yo, tras respirar hondo, marqué un número que llevaba tiempo en favoritos.

En cuestión de minutos, tras la presión de mi hija, ya estaba llamando a don Álvaro. Temblaba levemente por la novedad, por el peso de pasar esa línea tan postergada. Pero cuando escuché su voz, contesté seguro:

Álvaro, soy Cristina. Pensaba si… ¿quieres dar un paseo mañana por la tarde?

Hubo una pausa brevísima. Fueron apenas segundos, pero a mí me parecieron eternos. Miré a Lucía, ansiosa en la mesa.

Entonces escuché su voz, cálida, con un leve matiz de emoción:

Me encantaría. ¿Dónde y cuándo?

Sonreí sin querer. Lucía, testigo de todo, levantó el pulgar y aplaudía en silencio: ¡Sí!

¿En el parque, junto al río, a las siete? Ahora con la luz y el frescor está precioso…

Perfecto, ahí estaré respondió él, sin dudar, con total sinceridad.

Colgué y no pude evitar echarme a reír, una risa limpia, casi infantil. Lucía saltó hasta mí, palmeando y girando sobre sí misma.

¡¿Ves?! ¡Salió perfecto! reía.

Salió bien asentí, sintiendo aquel calor agradable en mi pecho. Y sabes, me alegra haberme atrevido.

Lo mereces afirmó Lucía solemne, con esa sabiduría suya tan fuera de edad. Y yo también.

El resto del día me moví como en una nube. Iba sonriendo de puro gusto, y cada vez que recordaba la conversación con Álvaro, me chisporroteaba el corazón.

Al caer la tarde, preparando la cita, tardé en decidir qué ponerme. Quería verme sencilla pero segura. Opté por un vestido azul claro, como el cielo que Álvaro miraba en sus paseos, como su mirada, como mi propio ánimo en ese instante.

Mientras me arreglaba en el espejo, Lucía me observaba desde la cama.

Estás muy guapa, mamá aprobó. Él lo notará, seguro.

Le devolví la sonrisa:

Lo importante es que yo me sienta cómoda.

Y lo estás, porque sonríes zanjó.

Salí de casa y Lucía, desde la ventana, me saludaba con la mano. Me detuve, le sonreí y pensé:

¿No será esto la felicidad? No la de los cuentos, sino la real, con dudas, errores y pequeños triunfos; con una hija que cree en ti más que tú, con alguien que te mira como si adivinara lo que tú mismo has olvidado de ti?

El parque estaba tranquilo, envuelto en una luz dorada, hojas susurrando bajo las farolas. El aire era templado, no pesado, de esos días en los que todo invita a respirar en paz. Caminé despacio, buscando su silueta.

Y le vi. Álvaro me esperaba junto a la fuente, un ramo de flores silvestres en la mano. Sencillas, nada artificioso, pero llenas de vida. Al verme, sonrió, esa sonrisa suya que abriga por dentro.

Se acercó:

Hola. Estás radiante.

Sentí que me sonrojaba, pero esta vez no desvié la mirada.

Gracias. Las flores… Son preciosas.

Me las tendió:

Para ti. He pensado que te gustaría algo natural, sin artificios.

Me encantan le respondí, respirando el aroma de campo. De verdad.

Paseamos por el parque, charlando de todo: del trabajo, los hijos, cómo habíamos acabado allí. Y cada minuto confirmé que ya no estaba solo.

Y eso, pensé, ya era mucho.

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