— Y ahora regálame un hijito…

Dame un hijo…

La gente se agolpaba frente a la taquilla, que al fin había abierto, y comenzaban ya a repartir los billetes. La cola se desordenó enseguida, todos acalorados tratando de aclarar quién iba delante de quién.

Fernando, sin embargo, mantenía la calma. No soportaba las aglomeraciones, así que volvió a colocarse al final. Su tren pasaría en una hora, tiempo de sobra. Cuando llegó por fin a la ventanilla, alguien lo empujó bruscamente desde un lado y lo hizo a un lado sin miramientos.

Era una mujer joven, con el pañuelo caído sobre los hombros, el moño medio deshecho y varias bolsas de tela anudadas y arrojadas al hombro. Abría paso con los codos, abriéndose camino hacia la taquilla. La cola quedó atónita, todos protestaron, pero en un instante ella ya estaba delante, y su mano, gruesa y fuerte, ya asomaba con dinero por el cristal.

Uno para Salamanca, por favor.

Su mano con el billete se levantó por encima de las cabezas, entre cuchicheos y rezongos.

Menuda pájara…

Mi tren sale antes y aquí llevo esperando… Qué descaro tienen.

Uf, menuda vaca, ya se ve que arrolla a cualquiera…

Sin inmutarse, la mujer fue a la pantalla, comparó atentamente el billete con el horario y luego se marchó al vestíbulo. Fernando, tras conseguir también su billete, la perdió de vista.

Regresaba de casa de sus padres. Había visitado a su madre y su padre en el pueblo, cosa que hacía mucho que no ocurría. Ahora, con cierta amargura, meditaba en lo poco que habían cambiado estas tierras; esa misma multitud en la estación, el barullo, nada distinto.

Vivía ya hacía tiempo en Sevilla, y volvería allí con transbordo en Madrid. Ejercía de veterinario en una gran explotación avícola. Era una empresa seria, con un cargo de responsabilidad, así que rara vez podía visitar su tierra.

La madre, pequeñita, encorvada, envejecida, lo recibió llorando. Se le quedó pegada en la entrada, repitiendo una y otra vez:

Mi hijo ha venido… Ay, mi hijo…

¡Y cuán bien se sentía Fernando en casa! ¡Qué bien, Dios mío!

La madre iba y venía entre los fogones y la mesa, sin parar de hablar: sobre los sueños, las señales, las cosas que sólo una madre puede decir.

Come, hijo, come… ¡Si estás en los huesos, pareces un fideo!

Al rato llegó el padre, cansado del campo, y de nuevo se sentaron a celebrar el reencuentro. Las conversaciones se tornaban más serias: sobre el pueblo, la política, la vida en general y en detalle.

Y, como siempre, surgía el inevitable asunto de los hijos de sus compañeros de infancia, de cómo sus nietos iban a visitar a los conocidos de los padres de Fernando. Era una manera dulce, pero clara, de recordar su ya prolongada vida de soltero.

Fernando bromeaba, pero sentía lástima por los padres. Sí, tal vez hubiera sido bonito volver allí con esposa e hijos. Quizá sí… Ya se acercaba a los cuarenta.

Recordaba entonces a su Estrella, con quien había compartido los últimos tres años. Vivieron juntos y, hacía unos meses, decidieron separarse. Imaginó cómo habría sido llegar con ella, pero no encajaba; aquella casa, conocida y querida para Fernando, no era el lugar de Estrella. Ella era directa, orgullosa y siempre altiva.

Pudo ver con claridad mental la escena: la madre bajando los ojos, el padre saliendo al corral a fumar nervioso.

No, fue un alivio haberlo dejado con Estrella, aquellos años compartidos fueron un tira y afloja constante. Lástima por ellos…

Ahora estaba otra vez solo. Ni su madre ni su padre sabían sobre aquella relación, siempre creyeron que Fernando era soltero de verdad.

Me casaré, madre, algún día, ya verás, reía Fernando.

Así llevas años… Aquí en el pueblo hay pocos hombres, y en Sevilla, ¿no hay acaso chicas? replicaba el padre, preocupado.

Se notaba que el tema era importante para ellos.

Fernando descendió al paso subterráneo y salió al andén segundo. Allí volvió a ver a la mujer de antes, la de los codos en la taquilla. Estiraba el bajo de su vestido estampado, más corto por detrás. Llevaba americana desabrochada, zapatos gastados y, a sus pies, las bolsas llenas de bultos diversos. No se había vuelto a poner el pañuelo, colgaba de sus hombros: hacía buen tiempo fuera.

Un perro callejero se acercó a sus bolsas, moviendo el rabo y danzando alrededor. La mujer no se fijó, y Fernando pensó que lo echaría. Viendo lo que había visto, suponía que la mano de aquella mujer sería dura. Pero, al contrario, ella se volvió y miró con calma al animal, se agachó, sacó algo de una bolsa y se lo puso delante del hocico. El perro agarró la comida, se apartó y se puso a comer, sujetándola con la pata.

Si no fuera por el cierto descuido en su atuendo y la manera brusca de tratar a la gente, habría podido pasar por una mujer bien parecida. Pero poco parecían importarle las opiniones ajenas.

El tren rugió cerca y frenó con estruendo. Ella recogió sus bolsas, se movió apresurada. Se acercó al vagón cinco, que era también el de Fernando; él colocó su maleta y le ayudó a subir.

El vagón era de compartimentos. Pronto descubrieron que serían vecinos. En la litera inferior ya se tumbaba una señora mayor; la otra inferior estaba vacía. Ellos irían arriba.

Fernando, sin buscar conversación, trepó a su litera y pronto cayó dormido. Lo despertó el traqueteo del tren.

Ya anochecía fuera, y sus acompañantes charlaban tranquilamente junto a la mesa y la cena. El tren entró en el bosque, y la oscuridad se hacía densa. Fernando se dio la vuelta, buscando dormir de nuevo, cuando oyó:

Me querían buscar un viudo con hijos, pero yo no quiero marido, lo que quiero es tener mi propio hijo. Uno, varón o niña. Si lo tuviera, no desearía ya nada más. ¿Para qué los hombres?

El traqueteo y el resollar del tren quedaban absorbidos por los campos.

Pues tenerlo es cosa sencilla…

No diga eso. A mí me importa hacerlo con conciencia. No quiero engañar. A los casados los tendría que correr con un palo; después, ¿cómo voy a mirarles a las esposas a la cara? No… Y en el pueblo nos conocemos todos. Hay jóvenes, pero no me interesan. Tienen que hacer sus propias vidas.

¿Y si te vas para alguna obra grande? Allí es más fácil hallar alguien.

Eso dicen. Pero mi abuela está a mi cargo. Mi madre murió pronto, y yo tengo que cuidar a la abuela. ¿Quién la cuidaría sin mí? Ahora la he dejado en el hospital. ¡Ay! Y allí les di un buen susto a las enfermeras, porque no cuidan bien a los pacientes. Pero a mi abuela la han atendido corriendo. Ya volveré a recogerla, a ver si la curan, bribones. Que aquí hay que hacerse notar para que te atiendan…

A lo mejor en el pueblo ahora se está mejor. Todos se van de las ciudades al campo, hacen casas…

¡Ah, qué amplitud! Y la casa es buena. Si tuviera un hijo, no tendría por qué marchar. Viviría sin más. Hay una escuela grande en el pueblo de al lado, cerca. Pero un hijo necesita de dos personas. ¿Por qué está organizado así?

Al poco, comenzaron a despedirse. La mujer iba a bajar en la siguiente.

Cuando el tren partió de nuevo, Fernando decidió bajar de la litera, estirar las piernas y tomar té.

Pruebe un poco de mi repollo fermentado, lo hice yo misma.

No, gracias. No tengo hambre, sólo quiero té.

Tú verás. Pero tienes un aspecto de fideo, igual que decía mi madre, le replicó con el mismo tono.

Eso no es por hambre, es herencia de mi padre, sonrió Fernando, por seguir la conversación.

También traje empanadas para el té. Toma, le ofreció.

Entonces, pruebe usted las mías, sacó de su bolsa empanadas hechas por su madre.

A decir verdad, Fernando no tenía hambre, pero aceptó por cortesía.

Muy buenas, elogió.

Pues claro. Las mías siempre gustan. Receta de mi abuela, masticó una de las de Fernando, ¡Vaya, también muy buenas! Las tuyas tienen huevo, las mías son sin levadura, diferentes. Me gustan todas, así pierdo la línea. Mi abuela hace de todo; me enseñó, y vigila todo, si me muevo un dedo, me regaña.

¡Vaya, sí que es estricta! ¿Vives con ella?

A él no le apetecía demostrar que había escuchado su conversación, pero se le escapó. No parecía importarle a ella.

Sí, con ella. ¿Con quién, si no? No la puedo dejar. Ver aún ve bien, pero andar ya no, ni oye gran cosa. Por eso la he mandado unos días al hospital. Mientras tanto hago mis asuntos. ¿Y tú, con quién vives? ¿De dónde eres?

Yo, en realidad, fui a visitar a mis padres a Castilblanco. Ya están mayores…

¿A Castilblanco? Yo soy de Retamoso, ¿te suena?

Sí, creo que sí, pero de niño.

Entonces era un pueblo grande; ahora, la gente se marcha y queda poca. Cerraron la vaquería. Yo trabajo en la leche, en la fábrica. ¿Y tú?

Yo también trabajo en alimentación, veterinario en una empresa.

Lo sabía, no pareces un trabajador común. Se nota.

¿Por qué se nota? rió Fernando.

Iba vestido con pantalón de chándal y camisa de cuadros, sencillo, como en casa.

Por el porte, incluso por hablar. Cualquier hombre de mi pueblo ya estaría flirteando. Pero tú eres distinto, así…

Recordó entonces la reciente conversación con la otra señora. Hablaron de la falta de atención masculina y ahora lo sacaba a colación de nuevo.

¿Te es difícil deshacerte de los pesados? sonrió él.

Ya no. De joven lo era; ahora movió la mano y se recogió el pelo tras la oreja.

Pero si pareces joven.

Bah, ¿qué dices? Tengo… calló y bajó la mirada. Y Fernando vio de nuevo lo atractiva que era. Si no hubiera sido tan brusca, y se cuidara un poco más, se habría fijado en ella.

Sus pestañas y cejas eran espesas, el pelo fuerte, la belleza algo seria, oculta. Tal vez su modo de ser era una protesta.

Me casé con 18. Estaba enamorada y él. Tuvimos boda por todo lo alto. Se fue a la mili, y a los tres meses me llegó el telegrama: mi Manolo murió. Debí haberme repuesto, pero me hundí y perdí al bebé. Pronto, no sobrevivió. Ni siquiera sé si fui casada o no.

Vaya historia triste. Pero aún te queda mucho por delante, no desgracies.

Hizo un gesto, apartando las penas.

¿Y tú? ¿Casado?

Qué va. No se ha dado. Ahora mis padres preguntando, quieren nietos.

Ya… Y yo lo que quiero es mi hijo. Casar, no; pero un hijo sí.

Seguro que lo consigues. Vaya cómo te manejaste en la taquilla.

Eso fue porque me equivoqué de hora, pensé que el tren salía ya. ¿Tú estabas allí también?

Es que a mí me ponen de presidenta del sindicato en la fábrica por algo. Si hay que pelearse con la boca, lo hago. Sé pelear por lo que me importa.

¿No hay hombres en la fábrica?

Hay, pero muchas mujeres jóvenes. Los casados no me interesan, los jóvenes andan mirando chicas delgadas. Les hablas de niños y se espantan. Pero una se cansa de estar sola, trabajo, casa, comes, duermes. Los domingos son peores.

Te entiendo. Yo también vivo solo.

Los hombres lo llevan mejor. Para nosotras, es más duro.

Hablaron un poco más de los pueblos. El tren paraba en estaciones iluminadas, luego en la penumbra.

Ahora tardaremos en parar, recogía la mesa, ¿Por qué no bajas tú también abajo? A mí me ha tocado litera arriba.

No, a lo mejor viene alguien más. Prefiero las de arriba, Fernando ya subía.

Ahora quedan dos horas sin parar, nadie más vendrá…

Aun así, se instaló de nuevo en la litera superior, pero sonrió tranquilo. Ella se tumbó en la de abajo, en la opuesta.

El tren avanzaba por la fría noche estival, pero Fernando no podía dormir. Tal vez había descansado demasiado por la tarde.

Tampoco dormía la vecina. Se removió largo rato, de pronto se sentó, lo miró arriba:

¿Y tú cómo te llamas? preguntó.

Yo, Fernando, respondió, sintiéndose extraño. Y preguntó también, ¿Y tú?

Buen nombre. Clara. Clara Martínez, bajó los pies al suelo, su cara cerca de Fernando.

Fernando, no te asustes… Regálame un hijo, ¿sí? pilló por sorpresa a Fernando, quien no podía creer lo que oía. Pero ella siguió: Aquí pienso que quizá Dios me pone en el camino un regalo y no lo aprovecho. Se puede cerrar la puerta, todos duermen. No voy a verte nunca más, ni tú te acordarás. Lo del deseo masculino surge fácil, aunque sea sin amor.

¿Perdón? No entiendo… murmuró Fernando, apoyado en el codo.

En su rostro, algo iluminado, se dibujó una sombra de dolor.

No tengas miedo. Nadie excepto mi Manolo. Ya son… quince años. Estoy sana, pasamos controles en la fábrica. ¿Qué te cuesta? Yo me bajo por la mañana. Sólo quiero un niño, ni te enterarías. Si no sale, al menos te diviertes. Total, no puedes dormir…

El mundo de Fernando se desestabilizó.

Clara, ¿pero qué dices? No sabes quién soy…

Mejor no saber. Con el tiempo lo olvidaré, el accidente, el tren, tú también. Solo me quedaría el niño. Uno, niña quizá. Sería un bien para ambos. ¿Qué te cuesta? ¿Eh?

Fernando empezó a bajar de la litera. Aquello sobrepasaba cualquier límite.

No, tomemos mejor un té. Es una tontería lo que estás diciendo. Es tarde, la noche… Mañana encontrarás a otro…

Pero ella saltó al asiento junto a él, agarrándolo del brazo.

Fernando, piénsalo, es mi oportunidad. Aquí estamos los dos… ¿Ni un poco te gusto?

Comenzó a quitarse horquillas, tirándolas en la boca; el cabello le cayó sobre las piernas.

¿Qué haces, Clara?

Dejó las horquillas sobre la mesa, y empezó a desabrocharse el jersey cuando Fernando la sujetó por los hombros, sentándola en el banco opuesto.

Abrocha. No, esto no puede ser, ¿me oyes?

Ella detuvo las manos y lo miró seria, con sus ojos verdes.

¿Te doy asco?

Fernando la miró como hombre. No, estaba muy guapa en ese deseo apasionado, pero eso…, eso él no podía aceptarlo, era rebajarse.

No, eres muy atractiva. Ese pelo…

¿Sólo el pelo?

Podría uno enamorarse de ti, tan joven aún. ¿Cuántos años?

Treinta y cuatro. Ya pasada.

En la estación le había echado más. Ahora veía que era más joven.

Eres joven aún. Cuídate, Clara. Te traigo el té, tomó los vasos y fue por agua, dejando tiempo que refrescara el ánimo.

Al volver, su pelo estaba recogido, y vaciaba más comida en la mesa.

Cuando me pongo nerviosa, me da por comer.

Fernando pensó que él también comería, buscando el jamón y los huevos. La madre le había preparado demasiado.

Hagamos una merienda nocturna. Ya que no dormimos.

Ella rio bajito. Tal vez por haberse desnudado el alma, Fernando, para calmar el ambiente, le habló sinceramente de Estrella.

Clara mascaba y escuchaba, negando con la cabeza.

Menuda zorra… dijo tras morder el muslo de pollo.

Qué víbora… murmuró partiendo el tomate.

Las mujeres sabemos…

Y Fernando se sentía ligero, extraño, como no se había sentido en mucho tiempo.

Te lo digo: hiciste bien en dejarlo. Mujeres así no son de hogar. Y para hijos, menos. Tú mismo lo sabes.

Y aquella frase, no sirve para casa ni niños, era la justa.

Las dos horas pasaron rápido. Llegaron a la estación. En el pasillo, risas y voces. Un hombre entró, robusto, cuarenta y pico, bigote y ojos pícaros.

¡Anda, pero si no duermen! ¡Aquí están los enamorados! Ese sitio es el mío señaló donde estaba Clara.

Ahora cambio.

Pero el hombre ya se acomodaba junto a Clara.

No me quejo de dormir con una guapa así, ni que fuéramos a Cádiz. ¿Verdad? bromeó descarado.

Vaya con el lanzado dijo Clara, algo cortada y azorada.

Preparó la litera de abajo. Fernando salió al pasillo, esperando que el nuevo ocupante se instalara.

Venga, conozcámonos, se acicaló el vecino, engominándose, Yo, Enrique.

Se presentaron y él frotó las manos.

¿Un té?

Ya no apetecía, pero era descortés negarse. Enrique era dicharachero, lanzaba chistes insinuantes, guiñando a Clara. Ella reía, ruborizada, y por momentos miraba a Fernando, como un poco cohibida. Los chistes, picantes, nunca cruzaban el límite.

Terminó medio abrazando a Clara, comportándose confiado.

Y Fernando comprendió que quizá él sí era lo que buscaba Clara: de esos que no rechazan una ocasión. Se pavonearía como un benefactor…

Fernando fue por el vagón, vio dos compartimentos vacíos. Fue a consultar con la revisora, pero tenía la puerta cerrada. Decidió tomar la iniciativa: cuando Enrique fue al baño, se acercó a Clara y susurró:

Clara, me voy a otro compartimento. Diré que tengo sueño.

¿Por qué? preguntó ella, asustada.

Creo que ahora tienes la oportunidad que buscabas. Él sí aceptará.

Puede… es simpático, dudó ella.

Fernando recogió mantas y las llevó al compartimento vacío. Enrique apareció.

¿Y tú?

Quiero dormir de verdad. Hay sitio. Quédense, charlen. Ya no puedo más, se disculpó.

Bueno, duerme. Te ayudo con la maleta.

Clara quedó en el compartimento, pensativa, a la mesa.

Fernando les deseó buenas noches y buscó acomodo abajo. No logró dormir; demasiados pensamientos. Pensó en la maternidad, en la vida.

Recientemente todo giraba en torno a tener hijos: su madre insistía, el padre quería nietos, y ahora Clara quería un niño hasta el punto de entregarse al primero.

Esa forma de decir tener un hijo, como si fuera un perro. Voy a tener un hijo

Pero los hijos no son consuelo. Son personas convocadas del vacío, para el cumplimiento de fines solo suyos. Si sólo los tienes por tener, está mal. ¿O el instinto materno es otro asunto?

Ahora mismo, Clara podría compartir con un hombre cualquiera, solo por tener ese niño. Sin padre, ni raíces…

El traqueteo del tren le traía indignación.

Se sorprendió al oír la puerta, vio la silueta de Clara junto a Enrique. Él la apretaba, sin dejarla ir, mientras ella, brusca, se pone detrás de Fernando. Respiraba fuerte, el vestido mal abrochado.

¿Qué ocurre? preguntó serio Fernando.

Enrique lo ignoró.

Venga, mujer, no pasa nada. No haré nada más. Ven…

No, no quiero. Enrique, ya, por favor…

Fernando la vio romper en llanto al volver la cara.

No has sabido hacerlo, Clara, gruñó Enrique, y se fue.

Clara se sentó en la mesa del compartimento de Fernando, y se echó a llorar amargamente.

Él fue trayendo sus bolsas y cosas. Enrique se disculpó:

Oye, perdona. Ella parecía dispuesta. No me he sobrepasado.

Buenas noches, cortó Fernando.

Le sirvió un té. Nada quería preguntar.

Ella lo miró, ojos hinchados.

No he podido, levantó las manos, Me temo que con hijos no será.

Un hijo es fruto del amor, Clara. Mejor así. Ya hallarás el tuyo, le habló de tú como a una niña, Lo encontrarás. Deja de pensar que no sirves ni para querer ni para nada. Eres joven todavía, no te conviertas en una vieja antes de tiempo. Tu hijo tendrá padre. Un padre es una gran responsabilidad. Anda, no llores le dio un golpecito en la nariz. Vamos, a dormir, que pronto te bajas.

Y Clara le obedeció como a un hermano mayor. Ahora se tumbaba, sollozando vuelta a la pared. Ya no parecía aquella mujer descarada de la estación, sino una niña desorientada. Lo suyo, esa falta de vergüenza, era puro mecanismo de defensa.

Por la mañana, ayudó a Clara con las bolsas. Sus ojos estaban tristes.

Hasta siempre, Fernando… ¿cómo es tu segundo apellido?

Fernández. ¿Y el tuyo?

Martínez. Clara Martínez Martínez. Ya ves, todo así.

Que tengas suerte, Clarita, despidió. Aquella despedida era tan íntima que sentían cierta vergüenza, desconocidos pero desnudos en confidencia.

Y tú, que encuentres chica y te cases.

Que todo te salga bien, se acercó y le besó los ojos. Sabían a sal.

La vio marchar, cuerpo fuerte, vestido desigual por detrás, zapatos deformados, bolsas al hombro.

El tren partió en cuanto paró. Subió de un salto, miró atrás. Clara se quedó quieta, mirándolo hasta desaparecer.

Qué tristeza le cuelga, murmuró la revisora, cerrando la puerta.

El tren seguía, el cielo cubierto de nubarrones, el cristal empañado de lluvia.

Algo no iba bien en Fernando. Compró un paquete de tabaco en la siguiente estación, aunque llevaba años sin fumar. Fumó, tosió, volvió a fumar y, de repente, sonrió: se dio cuenta de que conocía la dirección de Clara.

Al poco, desde Sevilla partía una carta para Clara Martínez en Retamoso. Pronto llegó respuesta desde Retamoso a Sevilla, sobre el tiempo, sobre la fábrica, y más adelante, sobre el funeral de la abuela.

En primavera, Fernando volvió a Castilblanco junto a sus padres.

La madre, pequeña, encorvada, le recibió llorando. Se prendió a él y repetía:

Hijo, mi hijo…

No estoy solo, madre, y apareció Clara, más delgada, más guapa, el cabello rizado.

¡Dios santo! la madre se llevó la mano al pecho, ¡Qué alegría! Pasad, pasad…

Y cuán bien se sentía Fernando en casa. ¡Qué bien!

El padre volvió del campo. La madre y Clarita iban y venían como en un juego entre fogón y mesa. Charlaban ambas sin parar, sobre sueños y señales. Clara, directa, pero no altiva; enseguida agradó a los padres.

Encajaba en la casa, como si siempre hubiese pertenecido allí.

Come, hijo, come, que pareces un fideo.

Eso lo arreglo yo, reía Clara moviendo el paño, Ya verán las empanadas que hago yo…

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