Encuentra a tu hermana, hija.

Diario, 9 de mayo de 1956, Madrid

Encuentra a tu hermana, hija.
Lucía, mira eso es… nuestra Estela, ¿verdad?. Sofía abrió los ojos de par en par, levantó la mano señalando y se quedó paralizada, con la boca abierta.

¿Dónde? Mis ojos recorrían la fila de crías con bufandas rojas, situadas en varias filas en el gran pabellón, pero no lograba distinguir a quién señalaba Sofía. ¿Qué Estela?

Sofía no respondía. Tenía la mirada fija en aquella formación de niñas, nerviosa por no perder de vista a la muchacha que acababa de recitar un poema; la había atrapado con la mirada y ahora temía dejarla escapar.

Sin decir palabra, Sofía empezó a avanzar de lado, con paso torpe pero decidido, abriéndose paso entre la multitud que llenaba el polideportivo, hacia la zona donde se había retirado el grupo de niñas. No le era fácil: era pequeña de estatura y, desde la infancia, arrastraba secuelas de una enfermedad, pero se movía con agilidad.

Allí estaban reunidos niños y niñas de internados, colegios y orfanatos de la provincia. El certamen nacional de actividades artísticas escolares abarcaba este año todo el país, y hasta nuestro hogar de menores de la Sierra de Guadarrama, el número 129, nos había llegado la invitación. Muchos años llevaba ya Sofía Fernández como directora del centro.

Tras la guerra, había trabajado como maestra en un colegio de las afueras de Madrid. De allí huyeron con los niños cuando avanzaron las tropas franquistas y fueron evacuados. Los destinaron a Valencia, pero el tren de regreso les dejó en Castilla. Y así, con varios traslados y cambios de destino, sobrevivieron a todo tipo de penurias: niños que murieron de hambre, madres que caían rendidas en sus brazos, piojos, sarna… Recordaba a diario sus propias manos, maltratadas entonces, que ahora observaba a menudo al rememorar aquellos días. Una vez, incluso, el director del cortijo vino de visita, estrechó su mano y la retiró, asustado ante el aspecto de aquellas manos de educadora…

Pero esas manos habían acariciado a cientos de niños huérfanos, habían trabajado de sol a sol para salvar sus vidas. No habría podido contar cuántos huérfanos habían pasado por ellas, cuantas cabecitas desamparadas había acariciado.

Diez años habían pasado ya desde la guerra, y aun ahora el corazón le dolía al recordar el pasado. Tampoco tenía sentido mencionar penas antiguas. Sólo por las noches, al acostarse, desfilaban ante sus ojos las imágenes de aquel tiempo: el pequeño rubio que no pudieron salvar, la joven madre golpeándose la cabeza contra la pared…

Y a Estela, la recordaba bien, como un ejemplo de suerte y de promesa de futuro. ¿Pero cómo es que estaba aquí, en este salón? Hacía más de cinco años que se fue con su padre extranjero…

El retrato lo pintó el artista Valerio Urrutia.
La historia fue así.

En la primavera del 45, trasladaron a los niños mayores a otro orfanato vecino, dejando en el nuestro sólo los menores de siete años. Había incluso un grupo de lactantes. Por entonces los traslados eran constantes. Una mañana, nos entregaron una niña de apenas dos meses, hallada en el mercado de abastos; unos pilluelos huyeron y la dejaron envuelta en un pequeño fardo.

Sofía nunca olvidó la sorpresa al encontrar aquellas sábanas tan primorosas. Jamás habían visto un edredón así: blanco, acolchado, y en cada costura, una florecilla azul clara. Por el edredón propusieron llamarla Estela (por Estrella) y ponerle de apellido Fernández, como la directora. Muchísimos niños acogidos adoptaron su apellido.

Pero, de entre todos los niños que recibían, Estela brillaba por su dulzura, sus cabellos rubios y sus ojos azulísimos. Se transformó en la favorita de todas. De complexión frágil, silenciosa, cariñosa e inteligente, entraba en el despacho de Sofía como una hija, tranquila y sonriendo.

Sin embargo, su estancia no llegó ni a los cinco años. Y aquello fue una noticia desgarradora y, a la vez, un alivio.

Un día, Valentina, la niñera, llegó apresurada: habían llamado desde la Diputación, preguntando por la niña recogida en marzo del 45; la buscaban con ahínco. El propio secretario provincial acudiría con invitados.

Un orfanato tan pequeño jamás había recibido una visita tan importante. Hubo que prepararlo todo a conciencia; desde la Diputación nos daban ánimos y enviaron incluso pesetas y operarios. En una noche dejaron el jardín irreconocible.

La razón eran los visitantes extranjeros.

Llegó el día. El secretario provincial y sus acompañantes bajaron de dos coches oscuros con chaquetas cuadradas. Iban con un hombre y una mujer claramente extranjeros. El hombre, en chaqueta de cuadros, pantalones anchos y tirantes de colores, la mujer…

Sofía no podía apartar los ojos de ella, de pura elegancia de actriz de cine, con el pelo recogido, un sombrerito gris con velo negro, abrigo gris y zapatos de salón. Entre sus manos, una bolso rojo pequeño con un cierre dorado reluciente, del que Sofía no lograba apartar la vista.

Les acompañaba una traductora madura de actitud cansada, traje azul.

Fueron recibidos con el coro infantil, que entonó el Himno de la Juventud Democrática del Mundo. Estela estaba al frente, también cantando. Sus lacitos blancos en las trenzas, confundidos con el rubio de su cabello, se mecían con su esfuerzo. No comprendía que toda aquella fiesta giraba en torno a ella, simplemente imitaba, abriendo la boca para acompañar. No tenía aún cinco años.

Los cargos de la diputación andaban nerviosos, preocupados por quedar mal ante los extranjeros. El hombre de la chaqueta de cuadros no apartaba la mirada de Estela. Aunque no la hubieran puesto al frente, la habría adivinado: el parecido era tal… Eran padre e hija. Cabellos un poco más oscuros que los de la niña, ojos azul mar y la misma forma de la mandíbula, el mismo gesto.

Él respondió con paciencia a las canciones, los saludos, probó el pan y la sal, soportó los discursos solemnes. Los funcionarios hablaban de la fuerza de la República, de decisiones tomadas en consejos y de la visita tras una sesión internacional de ministros invitados, de la lucha ideológica, del espíritu español. La intérprete traducía a medias, omitiendo y atajando con desgana.

La señora del sombrerito, ligeramente apartada, mantenía la espalda recta, las manos firmes sobre el bolso. Parecía una estatua. Al observar bien, Sofía vio caer unas lágrimas por sus mejillas mientras miraba a Estela.

Los niños, aunque pequeños y ajenos a todo, se mantenían firmes. Cuando llevaron a los demás, Estela se quedó de la mano de Olga, la cuidadora. Alrededor, el resto del equipo, inquietos ante lo inédito del momento: nunca antes un niño del centro había resultado ser hijo de extranjeros.

El grupo de funcionarios se quedó al margen y la pareja con la traductora se acercó a la niña. La mujer se agachó y le tomó la mano.

¿Es la madre? susurré a la traductora.

Tía respondió. El parecido estaba claro: eran hermano y hermana.

La intérprete se puso de cuclillas a su lado y tradujo.

La tía pregunta cómo te llamas.

Estela, confundida, miró a Olga.

Anda, di, Estela…

Estela susurró ella.

Le pusimos Estela, añadió Olga. No tenía documentos.

La mujer habló largo rato con la niña, preguntando por su edad, juguetes, su cama. Estela se animó y respondió. Pasamos todos al interior. Sofía sentía angustia: temía que la visita trajera consecuencias desagradables, que la considerasen culpable de algún fallo en el recibimiento.

Pero la mujer y el hombre de inmediato sonreían al ver la habitación de juegos, charlaron relajadamente con la niña. La intérprete, ya más suelta, también sonreía.

¿Dónde están los demás niños? tradujo la intérprete.

Los funcionarios corrieron a sacar a los pequeños de una sala apartada. Pronto, los invitados interactuaban con todos. Isabel, de cuatro años, se aferró al bolso rojo. La dama se lo entregó con ternura, previo acuerdo con el hermano, sacando primero algunas cosas.

Las cuidadoras contenían el aliento. ¿Se podía hacer eso? Pero era una niña pequeña… Sofía suspiró aliviada.

Aún se conservaba la mantita original de Estela. Se utilizaba para los bebés, ya muy desgastada, pero la presentaron a los visitantes en honor a la memoria. El hombre la contempló, inmóvil.

La niña fue finalmente llevada consigo. Les acompañamos todos en la despedida. Uno de los funcionarios entregó el bolso a la extranjera; ella rehusó, insistiendo en que lo dejase en el centro, pero finalmente lo aceptó con un gesto de resignación.

Sofía miraba cómo se alejaban y pensaba: Estela será feliz, seguro. ¿Por qué no pueden ser todos los niños igual de afortunados? ¿Por qué tantos tienen otro destino?

Entró al corredor del orfanato con las piernas de trapo. Había que calmar a Isabel, a los niños excitados, sentarse con las cuidadoras para comentar el evento.

Y no pasó nada malo después. Sofía fue citada a la Diputación, la felicitaron y recibió un diploma. Poco después nos llegaron sábanas nuevas y juguetes: decían que fue por mediación de los invitados extranjeros.

***

Y ahora, casi cinco años después, Estela estaba allí. No en Alemania, ni en el Báltico no, aquí en el certamen nacional de arte en Madrid. Sin duda alguna, era ella, crecida, transformada, pero imposible de confundir.

Sofía se abrió paso entre los grupos, apartando a profesores, y tendió la mano al hombro de la niña.

Estela, Estela…

La niña se giró, interrogativa.

¿Te acuerdas de mí?

Entonces, una joven desconocida le tocó el brazo.

¡Buenas tardes! ¿Qué ocurre?

Buenas tardes. Soy la directora del orfanato 129. Es una de mis niñas… No lo entiendo. He querido acercarme.

¿Quién, Nerea?

No, ¿cómo Nerea? No, esta es Estela. Pero se la llevaron…

La niña pasaba la mirada de la profesora a Sofía.

Se equivoca. Esto es Nerea. Nunca estuvo en un orfanato. Tiene madre, ¿verdad, Nerea?

Y padre también añadió la pequeña.

¿Ve? Se ha confundido.

Sofía volvió la vista. Los del internado de su provincia salían al escenario. Pero ella apenas podía concentrarse, su mente revoloteaba.

¡Era Estela! No podía equivocarse: el mentón, el rostro peculiar, el cabello. Recordaba incluso cómo caía sobre la oreja. Era la misma Estela…

Sofía se apoyó en el radiador, tibio. De pronto vino a la mente la conversación con la intérprete, años atrás.

Cuando se marchaban, Sofía había preguntado:
¿Cómo se llamaba en realidad Estela?

Ni ellos mismos lo saben respondió la intérprete. Podría ser Naila, o Iveta.

¿Y eso cómo?

El padre perdió a su mujer y a las gemelas. Las buscaba desde la guerra, pero ya sabe… Hace poco hallaron la tumba de la madre, y parece que una hija murió y la otra sobrevivió, terminando en el orfanato. Eran antifascistas, vivían en los Pirineos, pasaron por un campo, las niñas nacieron allí. Ahora el padre reside en Alemania Oriental. Fue una búsqueda durísima. La intérprete se marchó deprisa.

Esa charla se había evaporado bajo el ajetreo de los años, recordada sólo ahora.

***

¡Carmen, Carmen! ¿Vas a la plaza? gritó Lourdes, mi vecina, en pleno mayo festivo.

No, Lourdes, me meto en la cocina. Entra luego.

¿Y los críos?

Ana y Víctor ya han salido disparados y Nerea se ha ido con el colegio al certamen…

¿Al final la seleccionaron?

Sí, sí, la han cogido. ¿Te lo puedes creer? Tan calladita que es… Y recita los poemas mejor que nadie.

Carmen estaba tan orgullosa… Lourdes también sonreía. Sin hijos propios, había visto crecer a los hijos de Carmen, que los sentía casi suyos, especialmente a Nerea. Y, aunque no era hija biológica de ninguna de las dos, eso sólo lo recordaban en los brindis festivos, entre lágrimas discretas.

Las mujeres preparaban meriendas. Los niños, Ana y Víctor, salieron corriendo a la plaza, Leonor, su marido, colgaba la bandera, mientras Carmen horneaba.

La radio transmitía el desfile en la Gran Vía. Carmen sacó la empanada, se limpió las manos en el delantal y se dejó caer en el sofá. El gentío de la ciudad cruzaba el barrio, los balcones abiertos, música popular.

Víctor entró de pronto.

Mamí, ¿puedo coger comida?

¿Para qué?

Nos vamos al río después, haremos una hoguera.

¿Pero para qué cocino entonces? Carmen protestaba, preparaba bocadillos, metía pasteles, iba al huerto por cebolla. ¿Quién más va?

Pues está Marco, Sergio, Borja… y las chicas.

Ah… Y tu hermana dijo que se iba al cine con su amigo, no le esperes.

Carmen suspiró. Cuatro hijos, y ninguno en casa en fiestas. El mayor, ya casado, en la tierra de su mujer. Nerea ausente, y los otros desaparecidos en amigos.

Sólo quedaban Leonor y su mejor amiga Lourdes para compañía. Nerea volvería tarde, Ana y Víctor, ni pensarlo.

Sacó la empanada, se dejó caer otra vez en el sofá. La radio retransmitía el desfile militar, lágrimas rodaron por sus mejillas.

Su guerra, también la había ganado. Habían sobrevivido todos.

Recordaba especialmente el día que llegó Nerea a su vida. Por entonces, hacía años, no quería más bocas en casa: Carmen se quedó sola con tres hijos, recibida la notificación de muerte de su marido.

Ese día ella volvía del río, donde lavaba ropa, y encontró que los niños, muertos de hambre, le habían robado el último trozo de pan.

¡Insaciables! gritó contra el mayor, Pablo. No hay más harina, ¡y ahora?

Pablo balbuceaba sobre buscar patatas o pescar. Ana sollozaba en el suelo. Carmen, desesperada, golpeó la mesa.

En ese momento, llamó el alcalde. Traía consigo una mujer rubia de rostro fatigado, portando un bebé.

Carmen, hay que acoger. Todos los vecinos han recogido evacuados, sólo quedas tú. Te ayudaré como pueda.

¿Pero qué dices? ¡Aquí apenas comemos nosotros!

Pero el alcalde fue tajante:

Es Teresa, apenas habla español. Hay que ayudar.

Tras soltar aquello, salió por la puerta. Carmen corrió tras él pidiendo algo de leche, alguna patata.

No puedo, Carmen, sólo tengo para sembrar respondió.

Entonces que no cuenten con que alimente a la evacuada.

El hombre la miró con pena.

Ayudaré en lo que pueda, pero a la mujer y el bebé, tienes que aceptarlos. No son de aquí…

Al volver, Teresa estaba sentada, completamente ajena, con el bebé entre los brazos. Los pequeños, callados.

Pues venga, quítate el abrigo, deja a la niña, vamos a caldear la casa…

La mujer levantó los ojos, sin comprender y, tras murmurar algo acerca de encontrar a su hija, se desplomó al suelo.

Carmen y Pablo la acostaron; la niña parecía muerta. La acostó en una manta de flores rosas, la cambió, la lavó, le dio un poco de leche. Teresa nunca más volvió a ser la misma.

Tras la visita del médico y dos días con nosotros, la ingresaron en el hospital. Allí falleció; el apellido, sueco: Petterson.

Si Lourdes no hubiera partido para trabajar en las huertas de Andalucía, habría adoptado enseguida a la pequeña, ya lo habían acordado. Pero Lourdes se fue medio año, y Naila Petterson pasó a ser oficialmente hija de Carmen Rodríguez y su esposo caído en combate.

Lo del nombre podía traer problemas. ¿Naila, en un pueblo castellano? Así, acabó siendo Nerea.

Los hijos de Carmen sobrevivieron, aunque le costó lágrimas y ruegos por un poco de ayuda. Tres años después de la guerra, volvió un vecino exiliado, Leonor Sánchez, mayor que Carmen pero fundamental en sostener la familia. Así fue surgiendo todo: primero, ayuda; luego, amor.

Y aunque los hijos anden desperdigados, aunque la casa esté vacía estos días, lo han logrado. Todos los niños vivos.

Los misiles recorrían la radio, Carmen se secaba las lágrimas en la almohada.

También yo gané mi guerra. Porque mis hijos están vivos. ¿Acaso hay mayor victoria?

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