Ana

Ana

¡Cielo santo, esto no es en absoluto lo que yo quería!

Aneta Valverde giraba frente al espejo, una vez, otra, con el ceño todavía más fruncido.

¡Por Dios! ¿Es que ya nadie sabe coser? ¿O quizá nunca supieron?
Nieves apretó los labios mientras ajustaba el bajo del nuevo vestido de su caprichosa clienta.

¡Calla! ¡No puedes perder los nervios!

Si Aneta se marchaba insatisfecha, este mes no habría manera de pagar el alquiler del piso. Todo lo que quedaba en la cajita iría destinado a las medicinas de la abuela. Los tratamientos que el nuevo médico le había recetado eran caros, mucho. Pero también más efectivos: el habla, aunque despacio, iba regresando; y eso, tras el segundo ictus, era todo un milagro.

Aneta Valverde volvió a girar ante el espejo y suspiró profundamente.

¡Qué se le va a hacer! Habrá que conformarse. No hay tiempo ya para coser otra cosa. Pasado mañana es la recepción en la embajada, y yo pareceré una maestra de provincias. Esta idea del encaje era fallida desde el principio. Nieves, ¿por qué no me lo quitaste de la cabeza?

Con suavidad, Nieves se puso en pie y alisó las mangas del vestido de Aneta.

A mí me parece que el trabajo hecho a mano y tan delicado como este cualquiera que entienda de moda sabrá apreciarlo. ¿Ha visto los últimos desfiles? Se llevan motivos así, aunque, claro, muy mal ejecutados, nada que ver con esto.

¿De verdad lo crees? dijo Aneta con suspicacia. Bueno, algo de razón tienes. Sobre todo porque nadie antes ha llevado algo similar. Yo seré la primera.

Nieves soltó un leve suspiro. Siempre igual Primero lo inventa, luego se queja. Y eso que entendía de moda mejor que la propia Nieves, mejor que muchos diseñadores de renombre.

Lo sabía bien; llevaba años cosiendo para esa mujer tan exigente.

Gracias a la abuela.

Aneta era clienta desde los días en que la abuela trabajaba en el taller privado. Por entonces eran jóvenes, vivaces. Nieves había visto fotos de Aneta posando sin vergüenza alguna de sus fabulosas piernas y su escote.

De toda aquella belleza hoy quedaba poco. Por eso Nieves siempre buscaba idear algo nuevo para Aneta cuando la veía en la puerta, como le pedía la abuela:

Nieves, no la abandones. No le digas que no. ¡Es una mujer desgraciada, hija! Así, con ese deje tan nuestro. ¡Desgraciada! Tiene mucha fachada, pero en el fondo es pura pena. Eso sí, tiene un corazón que abraza al mundo, pero ha sufrido tanto, que a cualquiera le faltarían vidas para entender cómo se soporta tanta carga.

Cuéntame, abuela.

No hay mucho que contar. Llegó hace años de Castilla, a la capital, buscando suerte; era bellísima y de voz prodigiosa. Los profesores del conservatorio se quedaban mudos al oírla, y eso que no había estudiado jamás música. Nada, ni en la escuela. Venía de una familia humilde, muy estrictos. Cuando se escapó, la repudiaron. Y claro, no tenía dónde ir. Pero eso sí, educada a la antigua: si te casas, aguantas, ¡no deshonres a la familia! Así estuvo, soportando todo, obedeciendo siempre. Si la suegra decía que no era momento de tener hijos, Ana callaba y al médico. Lloraba, se desesperaba, perdía la voz. Y no podía volver con los padres: jamás le habrían abierto la puerta. Yo no sé de dónde sacó el coraje para huir de casa y adónde se le fue cuando se casó, como si le hubieran cambiado el alma. Es la educación, Nieves. Si te inculcan desde niña que hay que soportar y sufrir, ¿cómo aprender que se puede vivir de otra manera?

¿Y el marido?

Un inútil. Al principio, todo amor, pero al medio año, se agotó lo suyo y desde ahí fue solo la presión de los padres. No podía divorciarse, habría sido un escándalo para la carrera. Así que fueron tirando.

¿Y al final se separó?

Sí, pero le costó la vida. Quedó hecha trizas. Venía al taller, se sentaba en el sillón más viejo con las piernas recogidas, compacta, y nadie la veía si ella no quería. Ese sillón lo llamábamos “el refugio”: quien necesitaba desahogo se acurrucaba allí. Así, Ana pensaba, a veces lloraba; luego, de pie ante el espejo, y lista: ¡la belleza había vuelto! Nuestras chicas la admiraban: con ese porte, hasta un saco de patatas parecería alta costura. Siempre tenía un gusto impecable. Ahora pone pegas, pero siempre fue educadísima. Por eso la quería todo el mundo.

¿Abuela, qué es una “falda invisible”?

Una falda mini, cortísima, apenas un cinturón en la cintura. Al principio sólo las más atrevidas se animaban, luego ya fue moda.

¿Y después?

Nada bueno, niña. Se casó dos veces más. Al hijo lo tuvo casi de milagro.

¿Por qué de milagro?

Porque después de lo que le hizo su primera familia, no esperábamos que pudiera tener hijos. Pero estaba escrito que uno tuviera. Ojalá no lo hubiese hecho, para lo que le esperó

¡Abuela!

Ya sé, suena cruel, hija, pero hay gente que no debería traer descendencia; y no lo digo por Ana, sino por el tercero, el padre de su hijo.

¿Por qué?

Era mala persona. Muy hábil en aparentar. Tratas con él, resulta encantador; pero en casa Fue cruel con Ana, mucho. Ella jamás contó lo peor; nunca aireaba las miserias de casa. Lo poco que sabíamos era porque se le escapaba sin querer, y en seguida se ponía firme: ¡bastante! No la compadezcáis, no lo permitía. Sin embargo, cuando llegó el día en que llevaba sólo trajes pantalón, no era moda, era para tapar los moratones. Ana tenía piel delicada, con un roce ya se le notaba todo; imagina Pero callaba. Curioso cómo somos las mujeres: si queda una chispa de amor, aunque sea solo el reflejo, aguantamos. ¿Para qué? Nadie lo entiende.

¿Y cómo llevó el embarazo en ese infierno?

Una incógnita. Eso sí, se marchó cuando estaba de cuatro meses, más o menos. Se escondió. Él tenía conocidos por todas partes; si hubiera querido, la encontraba bajo tierra. Pero algo hubo entre ellos que la dejó ir. Ana fue feliz por fin: le brillaba la cara. Y el niño cuando lo trajo al taller, era tal el parecido que todas suspiramos: ¡un ángel! Nada, pero nada del padre. Como hecho a propósito para no recordarle. Pero la genética eso sale luego. Por mucho que ella intentó suplirle madre y padre, de adolescente buscó a su verdadero padre; y con eso empezó otro infierno. Ana lo decía con ironía: Nuevo círculo de Dante.

¿Dante?

Claro. Ana siempre fue muy culta. Tarde, por circunstancias, pero se puso a estudiar en serio y triunfó. Cuando perdió la voz para siempre, ya era una buena especialista en arte. Y se le descubrió otro talento: el de tasadora de antigüedades. Tiene una intuición casi mágica para reconocer piezas; nunca falla, por eso la buscan tanto. Nadie cuestiona un dictamen suyo.

¿Entonces ahora está bien, abuela?

Ahora sí, porque vive sola. Mientras el hijo estuvo cerca, temíamos por ella. Se le parecía al padre en lo peor. Al principio hasta la temía, después empezó a tratarla mal Ana lo quería con locura, lo perdonaba todo. Y él hizo de todo, cosas imposibles de contar. Un ejemplo: tenía un perrito, un bichón de esos pequeñitos, que alguien le regaló por su cumpleaños. Ana lo adoraba. El hijo no lo tragaba. Vivían aún juntos cuando un día, porque el perro le ladró de mala manera, el chico cogió al animal y lo tiró por la ventana del sexto piso. El perro llevaba ya dos años en casa, como para haberle cogido cariño cualquiera. Pero él, nada

¿Y Ana no lo echó?

¿A dónde iba a mandarlo? A la casa del padre no quería ir allí no tenía a quién fastidiar, y su hermanastra allí era intocable. Una vez que la intentó molestar, el padre le hizo entender que jamás lo toleraría. Tal vez ahí se torció el chico. Se sentía el no querido, mientras la niña tenía de todo: piscina, poni, niñera Eso de hijo no deseado lo alimentó él mismo. Ana le dejó ver a su padre si quería, pero nunca le forzó. Siempre con miedo Sabía lo que pasaba en ese ambiente.

Abuela Da miedo, ¿eh?

Eso no es nada. Lo peor vino después. Cuando el hijo creció, lo peor del padre salió en él con toda la fuerza.

¿Hizo algo grave?

Sí. Atentó contra quienes culpaba de sus males. No quería estudiar ni trabajar; soñaba con vivir como el padre: con lujos, a todo tren. El padre, aunque fuese un cabrón, era trabajador como pocos, y lo suyo,te digo que pocos como él, lo consiguió luchando y mirando por los suyos, aunque no siempre de modo limpio. Pero criminal no era, y ayudaba a mucha gente. El hijo, nada de eso. Para él, el dinero caía del cielo. Despreciaba a Ana; la tenía por tonta.

¿Qué hizo entonces?

Pidió ir de caza con su padre, convenció para llevar a la hermanastra y a la madrastra. Parecía encantado, buscando unión familiar. Y allí, disparó a la niña aludiendo que fue un accidente. El padre supo al instante lo que era. La niña salió ilesa, pero el chico entró en la cárcel y por mucho tiempo. Ana, por más contactos que tenía, no pudo hacer nada.

¿Qué hizo?

Fue a buscar al exmarido y se puso de rodillas ante él. Algo que jamás se lo concedió antes, ni viviendo juntos.

¿Y eso cómo lo sabes?

La propia Ana lo contó. Fue al taller, se plantó frente al espejo, escupió en él y dijo: ¡Te odio!. Nos quedamos atónitas. Pensamos que lo decía por alguno de nosotros. Se encerró en el baño y se puso tan mal que tuvimos que llamar a una ambulancia. Luego contó todo. Entonces fuimos nosotras las que tuvimos que correr al baño para desahogarnos, qué indignación

¿Y después?

Después fue el juicio y el hijo entró en prisión, ocho años. El exmarido le tiró los papeles del divorcio a Ana y le dijo que desapareciese de su vida. Ana no quería nada ya. Llegó a casa, se encerró en el baño e intentó quitarse la vida, pero se repuso, llamó a una amiga antes de perder el sentido y más tarde pidió ingreso voluntario para tratamiento.

¡Qué horror!

Desde entonces salió cambiada. Hasta el nombre cambió. Le dejó al hijo una cuenta para él solo, le puso un tutor pagado, para paquetes, abogados y demás. Ella no quiso volver a verle; no podía más. Aunque luego siempre dijo que la culpa la tenía ella.

¿Por qué?

Porque el hijo, al salir, no supo sobrevivir. Generaba problemas, exigía derechos que allí dentro no existen Y murió. No aguantó.

Abuela, ¿es posible todo eso?

La vida, hija, a veces supera cualquier novela.

¿Y después?

Sobrevivió como pudo; apenas, pero lo logró. Y el destino, quizá por piedad, le dio otra oportunidad.

¿Cómo?

No pudo quedarse en el piso donde crió al hijo; todo allí recordaba. Evitaba incluso salir al patio al ver el parterre donde cayó el perro. Ese piso fue un gesto generoso de la abuela de su primer marido. Cuando supo lo que pasaba, le dejó el piso como compensación.

Qué mujer, la abuela.

Lo fue. Le dolía ver a su propio hijo incapaz de cuidar de su familia. Después, Ana lo comprendió bien: cuando eres madre, todo se ve distinto. Si no lo has vivido, no puedes entender.

Cierto

Lo es. Ana vendió aquel piso. Era céntrico, bien comunicado, grande. Sacó un buen dinero y pudo comprarse un pequeño piso en el barrio de al lado, hacer reformas y vivir tranquila mientras curaba el corazón. El grueso de ese dinero lo gastó rápido.

¿En qué, si vivía sola?

No del todo. A los pocos meses de mudarse hubo un incendio en el edificio nuevo. Dos plantas quedaron calcinadas. Solo una víctima: el vecino donde empezó todo, un borrachín. Estaba con su madre fuera, recibió a una amiga, bebieron, se durmieron Ella logró escapar cuando olió el humo, pero de él se olvidó.

¿Y Ana? ¿Salió ilesa?

Sí, vivía dos portales más allá y no le llegó. Salieron todos a la calle, claro, y allí conoció a Sandra y sus hijos.

Sandra ¿La que?

¡Exacto! Aquella que Aneta trajo luego para que le cosieras el vestuario.

Pensé que era familia suya.

Ahora lo sabes: no hay parentesco. Sandra tenía entonces una niña de pecho y un hijo de unos cinco. Había enviudado debido a un accidente estúpido: su marido, bombero de los de rescate urbano, murió al caer, porque un vecino desequilibrado cortó las cuerdas por las que bajaba durante una intervención. La caída fue mortal. Los médicos lucharon un día, pero no pudieron salvarle.

Terrible

Sí. Sandra se quedó sola con sus dos niños y encima, el incendio. Nada le quedó. Allí estaba, llorando con los críos en brazos, y Ana se le acercó para preguntar si podía ayudar. Y desde entonces Ana siempre decía que Sandra tenía los mismos ojos que su madre, la misma trenza hasta la cintura. Tras charlar, se convenció de que esa joven, rota por la vida, tenía además el alma buena y abierta, sin sombra ni resentimiento. ¿Cómo es posible no endurecerse ante tanto sufrimiento? Ana no lo entendía, pero le conmovía.

¿Y le ayudó?

Por supuesto. Sandra y los niños se quedaron en su casa mientras duró la reforma. Ana pagó todo: obras, materiales, sin pedir nada a cambio. Ni admitía explicaciones, solo enseñaba a Sandra las muestras: ¿te gusta así el color de las paredes?

¡Qué generosidad!

Sí, lo es. Pensabas que esas cosas no pasaban, ¿verdad? Yo también, hasta que nació tu madre.

¿Mi madre?

¡Claro! ¿Quién me ayudó aquella vez, cuando era tan complicado? La mismísima Aneta con médicos, operaciones de corazón para tu madre, rehabilitación Ni preguntaba, solo pedía el diagnóstico y el listado de pastillas. Nunca supe cuánto gastó en aquello. Fui madre ya mayor, y tu madre era delicada. Si no fuera por Ana incluso cuando tu madre se quedó embarazada de ti y hubo problemas, Ana apareció y lo solucionó con el mejor especialista. Si tú estás aquí, es gracias a ella.

Nunca me lo contaste.

No preguntaste. Y Ana tampoco quería. Odia que le agradezcan; cree que así expía sus culpas.

¿Culpas? ¡Si ha sufrido tanto!

Pero el remordimiento es así de cruel: aunque no haya culpa alguna, te destroza por dentro. A Ana le pasó eso, nunca dejó de culparse; la gente fuerte a veces olvida que no todo está en nuestras manos. Aguantó siempre. Y, mira tú, la recompensa le llegó ahora, no con la familia, sino con gentes que eran casi desconocidas. Aunque si le dices a Ana o Sandra que no son familia, se ríen de ti. Ahora tiene hija; y los niños, abuela. Así nos lo pone la vida de vez en cuando, hija

Nieves, ajustando el bajo como Aneta pedía, no vio en qué momento llegó el sobre gordo a su mesa.

No, Nieves, estaba equivocada. ¡Este modelo me queda de maravilla! Todos se desmayarán cuando me vean en esa recepción. ¿Por qué sonríes? ¡Así soy yo, impredecible! Y caprichosa también ¿Con qué entretenerse una señora de mi edad sino con pequeños juegos? Perdóname, ¿sí?

Nieves asintió y alisó la tela.

¿Así mejor?

¡Así, justo lo que quería! Voy a saludar a tu abuela y te dejo trabajar tranquila. ¿Vino el médico?

Sí, dijo que está mejorando.

No me extraña: ese muchacho promete. Y tu abuela es de las que no se doblegan ni ante enfermedades. Espero, Nieves, que te pares en ella: es un gran ejemplo. ¡Ah, se me olvidaba! La semana próxima te traeré a mi Sandra, necesita un traje. ¡Por fin defiende su fin de carrera! Le ha costado, pero ya tiene dos títulos y podrá optar a un buen puesto. Así que le hará falta vestuario. No te va a faltar trabajo.

Se lo agradeceré de corazón.

¡Nada de tonterías! Da gracias a tus manos mágicas y a tu cabeza. Coser cose cualquiera; crear, muy pocas. Y tú puedes, porque eres igual que tu abuela. Por eso te aprecio. Basta de charla; tengo que marchar.

Solo tras la partida de Aneta Valverde vio Nieves el sobre. Al abrirlo, jadeó.

¡Abuela! ¡Aquí hay demasiado! Tengo que devolverlo.

¡Ni se te ocurra! Se sentirá ofendida. Hay que dejar que la gente sea generosa de vez en cuando. Ella lo necesita tanto como tú.

¿Sabe que ahora no vamos bien de dinero?

Claro que lo sabe. Por eso ayuda. Siempre lo ha sido. Piensa en cómo alegrar a su Sandra. Esa será la mejor manera de dar las gracias a Ana. Así es ella, toda para los demás.

Abuela, ¿eso está bien?

¿Quién lo sabe, niña? Yo, desde luego, no. Solo sé que la gente así es rara, como una joya. Si el que la halla no comprende su valor, la pierde. Pero si la vida la pule, brilla con fuerza y todos quedan maravillados ante esa luz. ¿Y sabes qué ilumina? El reflejo de los que la rodean. Si no hay alguien que aporte una chispa, ni la mejor piedra reluce. Creo que Ana lo comprende bien: por eso no se ha amargado. Busca la luz en otros y la comparte a su manera. ¿Tú crees que lo consigue?

No he visto nada más valioso ni más luminoso, abuela.

Hoy me quedó claro: la vida puede herirnos, pero aún así es posible devolver luz a los demás. Ser faro para quienes lo necesitan, como lo fueron Ana, mi abuela y ojalá yo algún día lo sea.

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Ana
¡Mi propia madre me echó de casa porque prefería a mi padrastro antes que a mí! Viví con mi padre hasta los 5 años, la etapa más feliz de mi infancia. Cuando él falleció, mi madre dejó de cuidarme y empezó a pensar solo en ella misma. A los 8 años ya tenía un padrastro que intentaba controlar todos mis movimientos y los de mi madre, lo que cambió mi vida por completo. Vivíamos según el horario que imponía mi padrastro, repartiendo las tareas mientras él no hacía nada porque “estaba cansado del trabajo”. Mi madre me obligaba a obedecerle porque tenía miedo de sus enfados y de las discusiones. Al llegar la adolescencia empecé a rebelarme: volvía del instituto y tenía que cocinar, limpiar, lavar el coche del padrastro o cualquier ocurrencia suya, mientras “la pareja enamorada” solo veía la tele. Si me quejaba, recibía una bofetada y un sermón sobre mi supuesta ingratitud. Aparte de techo y comida (que me ganaba limpiando y haciendo las tareas de casa), no me daban nada. Si quería ir a clase extraescolar, al gimnasio o a un profesor particular, solo sabían reírse de mí y decirme que aprendiera a ganar mi propio dinero para gastarlo. Rara vez me compraban ropa. Y cuando me la compraban, me lo recordaban durante semanas. Al cumplir 18 y acabar el instituto, mi madre me dijo que debía buscarme un piso, que no merecía la pena ir a la universidad y que debía ponerme a trabajar ya, pues no podían dejarme seguir viviendo con ellos. Somos de un pueblo pequeño donde es difícil encontrar trabajo, y yo aún tenía la esperanza de que al ver mis ganas de aprender, mis padres cambiarían de opinión. Pero mi madre insistía cada vez más. Así que en los últimos tres meses, en vez de preparar la EVAU, trabajé de camarera, ganando poquísimo, apenas lo suficiente para pagar dos meses de alquiler y sin saber siquiera qué iba a comer. Suspendí bastantes asignaturas porque falté a muchas clases importantes y no conseguí plaza en la universidad pública, ni podía pagar una privada. Al final del verano, cuando mi madre y mi padrastro me preguntaban todos los días cuándo pensaba irme, terminaron echándome literalmente de casa. Intenté trabajar en una droguería, pero después de unos días me intoxiqué y cuando fui a reincorporarme ya habían contratado a otra chica. El tiempo pasaba y no lograba ganar lo suficiente para salir adelante sola. En pleno verano fue mi cumpleaños y mi tía vino a verme. No le había dicho nada a nadie, pero cuando me preguntó en privado qué me pasaba, no pude más y rompí a llorar. Ese mismo día me ayudó a recoger mis cosas y me llevó a su casa. Había cumplido el deseo de mis padres y me había alejado de ellos, así que sentí alivio. Mi tía me ayudó a conseguir un trabajo digno en mi ciudad, trabajé en una librería y pude estudiar a la vez. Al año siguiente, aprobé la selectividad y pude entrar en la universidad pública por mis propios medios. Mi tía me ayudó en todo momento, nunca me dejó sola ni con mis pensamientos oscuros, como sí hicieron mis padres, recordándome siempre lo mala y desagradecida que era. Con el tiempo terminé la carrera y conseguí un buen trabajo. Ahora agradezco cada día a mi tía el no haberme dejado sola en los peores momentos y la cuido, la ayudo y la llevo de viaje siempre que puedo.