Broma

¡Lucía! ¡Lucía! ¡Déjame copiar!

El susurro de Beatriz se esparce por todo el aula y la profesora Carmen Rodríguez levanta la vista del cuaderno de notas que está rellenando.

¡Beatriz Gómez! ¡Por favor, cállate y escribe tú sola!

¡Pero Carmen, es que es dificilísimo! Beatriz, como siempre, no se calla ni bajo el agua.

¿Y quién ha dicho que la vida sea fácil? Además, Lucía tiene otro modelo de examen, así que es inútil que le pidas ayuda.

¿Cómo? ¡Si ella se sienta delante!

Pues sí, precisamente por eso. Le he dado una hoja diferente responde Carmen, divertida por la sorpresa de Beatriz.

¡Uf, qué injusto! protesta Beatriz, hundiendo la cabeza en el cuaderno durante un segundo, antes de buscar otros salvavidas.

Y nadie repara en cómo Lucía se encoge aún más tras su pupitre, temerosa de levantar la cabeza o volver la vista.

Todo el mundo, profesores incluidos, sabe que Lucía es la salvadora de la clase. ¡Qué cabeza tiene esa niña! Y todos los que pueden, se aprovechan. Si se negase, seguro que más de uno y una se enfadaría.

Pero Lucía no es mala. Siempre ayuda, claro, pero siguiendo el consejo de su madre, intenta hacerlo con discreción para evitar que los profesores le llamen la atención.

Lucía, sé que eres una niña buena, pero tienes que cuidar de ti. Si quieres entrar en el instituto que te gusta, necesitas buen expediente. No te lo juegues por la pereza de los que no quieren ni aprenderse un par de reglas le recordaba su madre, mientras planchaba la ropa.

La madre de Lucía tenía razón, pero la niña solo suspira cuando la escucha. Si su madre supiera lo complicado que es ser la empollona de una clase donde a nadie le importa nada

Lucía llegó a ese instituto de Madrid cuando su madre se separó de su padre. Había muchos motivos para el cambio, pero el principal era que en la nueva familia de su padre había nacido ya un niño cuando sus padres aún estaban casados.

Nadie se molestó en explicarle nada. Los adultos resolvían sus problemas y Lucía pasaba la tarde con sus lápices, pintando hojas enteras de negro, con infinita paciencia, sin dejar ni un huequito en blanco.

La primera en alarmarse fue la abuela Leonor, madre del padre de Lucía.

¡Pero qué estáis haciendo! ¡Menuda situación la de la niña!

Aunque Leonor era suegra de la madre, tomó su postura.

Igual que su padre el mío también tenía lo suyo, pero siempre volvía. Al menos sin hijos fuera No sé si hacía bien en perdonar, pero le quería y sé que él a mí también. Tú, Olga, tienes suerte de que el tuyo haya rehecho vida lejos. Porque sé que si volviera, le aceptarías.

No lo sé Duele mucho

Claro que duele. Pero Lucía está en medio, entre el yunque y el martillo, y la que va a sufrir es ella. Yo no se lo hago entender a mi hijo. Tú sí eres sensata. Haz lo que puedas para que Lucía no salga herida. Ella no tiene la culpa de nada.

Tiene razón, Leonor. Solo los mayores.

Y Olga decidió hacer algo impensable: sentó a Lucía, con apenas seis años, delante y se lo contó todo claramente.

Lucía, tu padre y yo ya no vamos a vivir juntos.

¿Por qué?

Vamos a divorciarnos. Vivirás conmigo, pero seguirás viendo a papá. No llores, cariño. Papá nunca dejará de ser tu papá. Yo nunca te dejaré, ¡te lo prometo!

¿Y tú?

¿Y yo qué? la madre la abrazaba mientras Lucía, enfadada, se secaba las lágrimas. ¡Los adultos siempre deciden todo!

Tú no te vayas

Entonces Olga al fin entiende el miedo de su hija, ese que la hacía pintar de negro y temblar por dentro.

Lleva tiempo, pero logra explicarle que todo saldrá bien. Lucía sigue viendo a su padre, no tanto como quiere, pero suficiente para saber que no es culpa suya. El padre cuida de ella, se entiende con Olga para que ella no pierda nada. Lucía viaja a las playas de Valencia con la familia de su padre, cuida al hermano pequeño, y hasta logra llevarse con la nueva esposa, Teresa. Teresa es amable y quiere a los niños; no tienen motivos para discutir.

Eso sí, lo vivido marca a Lucía. A veces, aún piensa que quizás su padre se fue porque ella no era suficiente. ¿Por qué quiere criar a otros hijos y no a mí? Ni la madre ni la abuela logran borrar de ella esa inseguridad.

El gusanillo de la duda aparece sobre todo cuando Lucía más necesita confianza. Quizá por eso, le temblaban tanto las piernas aquel día que, en primero de primaria, tenía que recitar un poema.

Toda la semana había practicado con su madre, con mucha expresión, segura de que lo sabía perfecto. Hasta en infantil le daban los papeles más difíciles. Pero ese día Lucía toma el micrófono, busca a los suyos entre el público, y de golpe se queda en blanco, incapaz de pronunciar ni una palabra, lágrimas resbalando por sus mejillas.

La jefa de estudios le acaricia suave y le susurra:

¿Nos lo cuentas luego, vale?

Lucía asiente avergonzada.

Pero Carmen Rodríguez no lo olvida. Al acabar las clases, le espera en la puerta.

Ahí estás ¿Me cuentas ahora el poema? Estoy deseando escucharlo.

La niña respira hondo, suelta la mano de mamá y recita de principio a fin, tan bien, que los adultos aplauden.

¡Qué bien lo haces! ¡Sabía que podrías!

Pero en la asamblea no pude

¡Eso da igual! ¡Has vencido el miedo! ¿Ves cuántos estamos aquí para escucharte? Eso es lo importante. Créetelo, Lucía.

Ella nunca olvida ese momento, y cuando Carmen, años después, sería su tutora, Lucía estaría feliz: es una persona próxima, que no la expondrá, que la comprende y le ayuda.

Carmen de verdad se preocupa por ella.

Vuestra hija es brillante, pero muy sensible. ¿No ha pensado en llevarla a un instituto más exigente, quizá con enfoque en matemáticas? Aquí no está mal, pero es corriente. Y Lucía necesita estar con niñas y niños como ella, apasionados por saber. Se esfuerza demasiado en no destacar y eso no es bueno.

Olga lo entiende, pero por ahora no puede cambiarla de centro. El instituto especializado queda lejos, y no hay quien la lleve. En la familia de su ex esperan otro hijo, la abuela está enferma y ella, Olga, trabaja hasta la extenuación para poder mudarse a un piso más grande. No caben bien en el pequeño apartamento de después del divorcio.

Lucía, paciencia. En cuanto podamos, buscaremos algo mejor para ti, ¿vale? Olga apaga la tele, abrazando a su hija en el sofá.

No te preocupes, mamá. Lo aguanto

¿Cómo va el curso?

Normal responde Lucía con ánimo fingido, porque no todo va bien.

Tú sueltas toda la verdad, ¿eh? y Olga empieza a hacerle cosquillas, consiguiendo las carcajadas y la confesión de Lucía.

En clase, nadie la molestaba abiertamente, pero eran frecuentes los murmullos:

¡Otra vez Lucía dándolo todo ante la profe de Historia! Así nunca pondrán más que sobresaliente a nadie ¿No puede contestar normal, como todos?

Al principio se quedaban en cuchicheos, hasta el día en que todo cambió.

¡Lucía, por favor! ¡Diez minutos y no he hecho nada! suelta Beatriz, molesta.

Carmen, pendiente de su móvil, ni se da cuenta del susurro.

Javier, el compañero de pupitre, le acerca en silencio su cuaderno para que vea las preguntas del modelo de Beatriz.

Gracias susurra Lucía, señalando dónde estaba el fallo.

No hace falta ni explicar. Lucía y Javier se entienden con mirada y dos números. Un guiño y Javier corrige.

La hoja va pasando de mesa en mesa, y la clase queda en silencio.

Hasta que suena el timbre.

¿Tú eres tonta o qué? ¡Quieta siempre! ¡Fin de trimestre y me dejas tirada! Pero, ¿qué amiga eres tú? Beatriz golpea la mesa de Lucía enfadada.

Basta ya, Beatriz. contesta Lucía, ya enfadada por dentro. ¿Por qué debe ser responsable de todos?

Esa censura de palabras la aprende de su abuela. Cuando se ponía de los nervios, cambiaba todas las palabrotas por un caramba.

Una señorita, Lucía, nunca dice groserías.

Tú también eres una, abuela, pero bien que dices cosas

Porque soy vintage, chiquilla y las dos terminaban riendo.

Ahora a Lucía le gustaría contestar como Beatriz, pero su voz interior le frena.

Déjala en paz, Beatriz dice Javier, guardando el libro de física en la mochila. Eres tú la que cree que todo el mundo tiene que ayudarte.

¡Es que las amigas no se hacen esto! Beatriz da otro golpecito a la mesa y refunfuña. Y que conste, Javier, que tú también copias.

¡Mentira! explota Lucía. Javier resuelve solo, yo solo le ayudo si veo que lo necesita. ¡Anda ya! Bastante hago.

Lucía coge la mochila y sale casi corriendo, sintiendo las lágrimas a punto de salir.

Beatriz no la sigue, pero musita:

Está claro, Lucía Martínez. Ya veremos

Desde ese día, Beatriz deja de hablarle. El grupo calla, expectante.

A Beatriz imaginación no le falta. Sabe cómo hacerle la vida especial a quien se le cruza.

Lucía espera el golpe, pero Beatriz la sorprende:

¡Lucía, ya está bien! Llevamos dos semanas sin hablarnos. ¡Haz las paces conmigo! sonríe, aparentemente sincera.

No estoy enfadada.

¡Ya seguro! Bueno, olvidémoslo. ¿Cómo vas a pasar la Nochevieja? ¿En casa o te vas de viaje?

Beatriz no muestra rencor, y Lucía baja la guardia. Piensa que fue solo un berrinche.

Pero se equivoca.

Un día, Lucía encuentra una nota en su mochila.

«Lucía, me encantas. Javier».

La letra es igual que la de su compañero de pupitre. Ni se le ocurre que pudiera ser otra.

Beatriz había estado ayudando a la profesora de lengua, Teresa Sanz, a llevar cuadernos, y descubrió a un alumno con la letra parecida a la de Javier. Pidió el favor y preparó la trampa, usando amigas de la otra clase.

Ahora, Lucía, aprenderás lo que duele piensa, metiendo la nota en la mochila de Lucía.

En el vestuario del gimnasio no hay nadie. Lucía está con el voleibol, y las amigas de Beatriz la entretienen.

¡Lucía, pega más fuerte! ¡Vamos, métele caña!

Nadie deja entrever nada cuando Lucía saca la nota.

¿Qué es eso? ¡No me lo creo! ¡Chicas, mirad! ¡Javier está coladito por Lucía! Beatriz, bailando y agitando la nota, sigue. Hagamos plan de ataque.

¡Devuélvela! pide Lucía.

Bueno, vale. No, ¡mejor que no! ¡Javier! ¡Javier! Beatriz sale disparada al vestuario masculino.

Lucía palidece.

Sólo su diario y su madre sabían que le gustaba Javier.

¿Es malo, mamá?

¿Por qué?

Es muy pronto

¿Para querer? El amor nunca llega temprano, Lucía.

¿Es amor de verdad?

Creo que aún no Se le llama enamoramiento. Es estar en el umbral, mirando por la puerta, antes de entrar en lo grande: la alegría, el dolor, la felicidad y a veces hasta el rencor. Porque el amor es la emoción más intensa, Lucía. Y vale la pena cruzar esa puerta, aunque dé miedo estar sola. Y buscar a quien esté a tu lado es lo que todos queremos. Lo difícil es confiar y abrir esa puerta. Pero incluso asomarse también es mágico.

Mamá

Vamos, confío en ti. No harás tonterías.

¿Conoces a ese chico?

Claro

Lucía guarda el secreto con mimo, como una reliquia. Sólo a Beatriz no se le escapa nada, y al ver la reacción de Lucía con la nota, deduce todo. De no ser por el grito, Lucía podría haber descubierto la trampa: Javier estaba jugando a voleibol junto a ella todo ese rato.

Los chicos salen muertos de risa mientras Beatriz sigue con la nota en alto y Lucía se arrincona, roja de vergüenza.

¿Qué pasa aquí?

Carmen aparece de repente y calma el jaleo. Saben que, si hay bronca, les caerá para todos.

Carmen, tenemos noticia: ¡bodorrio en tercero B! Beatriz besuquea la nota, levantándola. ¡Novios!

¿Pero qué dices? ¿Qué es eso que tienes?

¡Una nota de amor! ¡De Javier a Lucía!

Un murmullo se arma, pero Carmen impone orden.

¡Silencio! mira a Lucía. ¿Lucía?

La niña recuerda de repente aquel otro septiembre, y la mirada afectuosa de la profesora. Tú puedes. Confía.

Se endereza, da unos pasos y se planta enfrente de Carmen, que la mira con ternura.

Beatriz cogió la nota. Yo no quería que nadie la viera.

Te entiendo. ¿Javier?

De golpe, Javier avanza, apartando a los compañeros.

Sí, es mía.

Le quita la nota a Beatriz y se la pasa a Lucía.

No deberías leer cartas ajenas, Beatriz.

¡Mentira! chilla Beatriz, viendo que su jugada se vuelve en su contra.

No habrá burlas, ni acoso. Lucía queda como siempre: altiva y temblorosa, temiendo el juicio de todos, aunque esa vez, por primera vez, un escalofrío distinto la recorre.

¿Será eso a lo que llaman alas? ¡No puede ser! Las personas no vuelan ¿O sí?

¿Beatriz? inquiere Carmen.

Era una broma Beatriz está a punto de llorar.

¡Dásela! Javier devuelve la nota a Lucía, que la aprieta agradecida. Es solo para ti, no la enseñes.

¿Y lo del trabajo de lengua, Carmen? ¡No lo he preparado!

Mejor, así lo escribes ahora mismo sobre algo de actualidad. Y, venga, que suena el timbre y aún estáis todos en chándal.

El tercero B sale disparado, ignorando el berrinche de Beatriz, la sonrisa cómplice de Lucía y Javier y la pequeña nota que Lucía guarda como un tesoro.

Esa nota acabará en el diario. La conservará toda la vida, para entregársela quizá alguna vez a Javier el día de su boda.

Toma, cariño.

¿Qué es esto?

Nuestro principio.

¿Y confías en mí para dejarme leerlo?

Tú lo sabes todo.

No, no todo.

¿Y qué te queda por descubrir? Lucía se abrazará a él, mientras la fiesta de boda y los gritos de ¡Que se besen! retumban por el salón.

¿Recuerdas lo del enamoramiento y la puerta?

¡Claro!

¿Cruzaste ese umbral?

Los ojos de Lucía brillan y Javier la escucha por encima del bullicio:

Por supuesto Y cerré la puerta detrás. Ya no estoy enamorada de ti. Es algo más.

¿Cómo?

Te quiero, te amo de verdad, Javier.

Ahora sí lo entiendo. ¿Dulce?

Dulce, amor mío.

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