La trampa para el heredero

Trampa para el heredero

Nuria observa atentamente a su amiga y no puede ocultar su asombro. ¡Carmen hoy se comporta de una forma absolutamente insólita! No para de ir al armario, sacar primero un vestido, luego otro, se los prueba frente al espejo, los deja, busca otra prenda. El vestidor de Carmen impresiona por su tamaño, pero parece que ninguna combinación consigue satisfacer sus exigencias. Remueve la ropa con tal escrupulosidad y empeño que bien parece que del resultado fuera a depender el destino del mundo. Además, no deja de tararear por lo bajo una melodía suave, apenas perceptible, que a cada rato interrumpe para sumergirse de nuevo en su propio reflejo.

Cuando Nuria siente que no puede aguantar más la curiosidad, alza ligeramente una ceja y le pregunta a su amiga:

¿Y a quién quieres impresionar hoy tanto?

Carmen, en ese instante, se perfila los labios con pintalabios rojo intenso. Responde con una calma casi altiva:

A Álvaro.

Nuria tarda un instante en asimilar lo que oye. ¿En serio? ¡No puede ser!

¿Qué Álvaro? pregunta, sin esconder su sorpresa. ¿El mismo que dejaste hace cinco años? Dijiste que no tenía futuro alguno, ¿lo recuerdas?

Carmen repasa sus labios, añade otro poco de color y examina su imagen con mirada crítica. Un vistacillo al vestido, al pelo cuidadosamente recogido, al maquillaje y se le dibuja en la cara una sonrisa satisfecha. Está espectacular.

Sí, sí, ese mismo asiente alejándose un par de pasos del espejo para verse entera. Le infravaloré. Resulta que el heredero de la empresa no es su hermano mayor, sino él.

Nuria mira a Carmen intentando procesar lo que acaba de escuchar. Su expresión mezcla asombro e incredulidad. ¿Cómo ha podido su amiga cambiar de opinión de forma tan radical sobre alguien a quien le dio calabazas con tanto ímpetu? Pero a Carmen no parece importarle. Sigue embelesada en su reflejo. En su cabeza ya imagina cómo será aparecer ante Álvaro y dejarlo, literalmente, boquiabierto por su belleza. Nuevas oportunidades, un brillante porvenir… Ningún hombre podría resistirse a semejante aparición.

Cruzando los brazos, Nuria la observa, entre escéptica y algo molesta. Le cuesta asumir que Carmen pretenda volver con Álvaro después del tormentoso final, repleto de reproches y palabras gruesas. Eso no se olvida así como así, piensa.

¿Y tú crees que, después de aquella despedida pirotécnica, va a querer volver contigo? pregunta Nuria, intentando sonar irónica. En el fondo espera que ese despliegue de vestidos y maquillaje no le sirva de nada. Lo dudo mucho.

Carmen, ante el espejo, ni se inmuta. Retoca un mechón recogido en el moño y sonríe con expresión triunfal.

Será mío, ya lo verás. Hace poco nos encontramos por casualidad. Deberías haberle visto la mirada… Ansiosa, tierna… Se olvidó completamente de su novia.

Nuria arquea aún más las cejas, ahora de pura sorpresa.

¿Encima tenía novia?

Carmen hace un gesto despectivo con la mano.

Sí, iba paseando con una tal Eva, una chica sosa, sin gracia. Y ella lo captó enseguida; casi se le saltan las lágrimas cuando notó la conexión entre nosotros.

Gira hacia Nuria, allí parada esperando sentir aunque fuera un poco de admiración, pero en su voz sólo hay confianza suprema:

Cuando hablamos, Álvaro no podía dejar de mirarme. Yo ni me esforcé, todo fluyó.

Nuria niega con la cabeza, incapaz de contagiarse del entusiasmo de su amiga. Recuerda lo frío y distante que era Álvaro la última vez que se cruzaron. Pero sabe que sería inútil intentar pinchar la burbuja de Carmen.

Mientras tanto, Carmen se da otro repaso al espejo antes de asentir complacida. Nada le importa que esté a punto de romper una posible pareja. Al fin y al cabo, en el amor, piensa, cualquier táctica está permitida. Y desde luego no es la primera; ahora le toca jugar sus propias cartas.

Álvaro lo tiene todo: inteligente, elegante, educado. Si se suma a la ecuación su cuenta en el Santander y la posibilidad de tomar las riendas de la empresa próximamente Un hombre así merece toda la entrega. Carmen hace inventario mental de sus virtudes y se convence más y más de que debe intentar conquistarlo.

Vuelve a mirarse y sonríe: junto a un hombre de ese nivel, sólo podría estar una auténtica joya, alguien bella, lista, comprensiva. Nadie mejor que ella cumpliría ese papel. Quien puede, puede.

Sus pensamientos vuelven a Eva, la chica aburrida con la que avistó a Álvaro. Carmen frunce el ceño al recordar su aspecto gris y su manera apocada de comportarse.

Lo tenía que haber atado mejor reflexiona. Tres años juntos y ni una propuesta seria, ni planes claros. No es culpa mía.

Ajusta de nuevo el peinado, repasa el conjunto de arriba a abajo: zapatos de tacón justo, perfume discreto pero exquisito. Siente la certeza de que hará que esa velada cambie su vida para siempre. Si hace falta saltarse convenciones, se salta… Los grandes amores bien lo merecen.

*********************

Un mes más tarde, Nuria se encuentra por casualidad a Carmen en una cafetería del centro de Madrid. Lleva tiempo con ganas de preguntarle cómo van las cosas con Álvaro, pero falta la ocasión. Al verla radiante y feliz, imposible no sentarse a su lado.

¿Y qué? ¿Cómo os va a vosotros? pregunta con falsa inocencia, disimulando su enorme curiosidad. Me han dicho que él dejó a su novia y todo fue civilizadísimo. Yo, en su caso, habría montado un escándalo de portada.

Carmen se recuesta en la silla, brillando de satisfacción. Es evidente que estaba esperando esa pregunta.

Estamos genial contesta, sonriente. Ya me he mudado a su piso. ¿Sabes? Tiene un ático precioso junto a la Gran Vía, con vistas de todo Madrid, sobre todo de noche cuando se encienden las luces de la ciudad.

Hace una pausa, evocando el momento, y continúa con más emoción:

Me levanto, me acerco al ventanal y no me canso de mirar. Moderno, elegante, lleno de detalles caros. Me parece increíble que ahora esa sea mi casa.

Nuria la escucha removiendo el café, y una sombra de envidia le recorre el gesto, aunque se apura en camuflarla tras una sonrisa educada.

Se nota que eres feliz comenta, intentando sonar sincera. En el fondo, ella tampoco rechazaría estar en la piel de Carmen, pero su carácter le impide ser tan rotunda o invasiva en la vida ajena.

Carmen sigue hablando con entusiasmo:

Seré todavía más feliz cuando nos casemos sueña en voz alta, mirando al techo. Ya he empezado a buscar vestido. Quiero algo que sea especial pero clásico; que cuando entre todos se queden boquiabiertos.

Nuria se echa hacia atrás, mirando a su amiga con una mezcla de incredulidad y fascinación, preguntándose si Carmen está jugando a algún extraño ajedrez.

¿Y ya tenéis fecha? pregunta, arqueando las cejas. Eso es rapidez, Carmen. No se te escapa ni una.

Carmen se queda seria y da vueltas a la taza. Su gesto se oscurece.

Todavía no responde, frunciendo el ceño. Primero tengo que conocer a la abuela de Álvaro y caerle bien. No veas, ¡sigue siendo la presidenta! A sus sesenta años… Podría dejar paso a los jóvenes.

Nuria se permite una ligera sonrisa, que enseguida disimula. Ha oído historias de doña Hortensia, una mujer de negocios dura, que no suele ceder el control en nada. Intuye que a Carmen, tan directa y resolutiva, no le será fácil entrar con buen pie en esa familia.

¿Y si no le gustas? insinúa Nuria, no sin cierto toque de preocupación.

Con renovada seguridad, Carmen levanta el mentón y sonríe:

Pues le diré que espero un hijo. Fin de la discusión. Tendrá que aceptarme.

Nuria se queda por un momento sin habla, intentando comprender si Carmen habla en serio.

¿Lo dices de verdad? pregunta sorprendida.

Carmen asiente, sintiéndose victoriosa por el efecto de sus palabras.

No has perdido el tiempo, ¿eh? ¿Lo sabe Álvaro? Nuria sigue intentando asimilar la noticia.

No responde tranquila Carmen. Lo descubrirá el día de la comida familiar. Aprovecharemos para fijar fecha. Tengo todo planeado: vestido localizado, restaurante elegido Además, así no hay que esperar meses para casarnos. ¡Lo nuestro será rápido!

Nuria niega una vez más, entre asombro e inquietud. Carmen está convencida, ni rastro de duda en sus ojos.

Pues nada, mucha suerte acaba por decir en tono neutro. La matriarca de los Gasset no cede fácil, te lo aviso.

Pero Carmen se ríe, despreocupada, con la convicción de que, mientras actúe sin titubear, todo le saldrá según lo planeado

*********************

Eva se sienta en el salón señorial, jugando nerviosa con el borde de su vestido. Ha estado dudando hasta el último momento sobre si debía aceptar la invitación de doña Hortensia. Pero negarse le resultaba imposible: aquella mujer le imponía, pero también la apreciaba mucho.

Entra Hortensia Gasset con la elegancia de quien ha pasado toda una vida entre salones selectos. Su traje sastre, sobrio y distinguido, impone respeto. Se sienta junto a Eva, le toma la mano y le dice con voz cálida, sin fingimiento:

Hija mía, qué vergüenza me da el nieto que tengo dice, negando suavemente con la cabeza. Tantos años juntos, y va y lo estropea todo.

A Eva se le hace un nudo en la garganta. Inspira profundamente para no derrumbarse. No cae en el llanto sabe que doña Hortensia no es de consentir debilidades.

El corazón no entiende de lógica responde con melancolía, esforzándose en no titubear. Además, Carmen le encaja más. Ya sabe que huyo del centro de atención. Me duele, claro, pero no voy a montar un numerito. Mejor así que terminar casados y luego todo peor.

En la voz de Eva no hay acritud, sólo resignación de alguien que ha decidido aceptar lo inevitable. El mundo de fiestas, eventos y charlas sin fin nunca fue lo suyo. Álvaro y ella, en eso, eran opuestos.

Hortensia, con gesto afectuoso, la escucha atenta.

Siempre has sido sensata le dice con ternura. Y duele aún más que mi nieto no lo haya sabido ver. No se parece nada a su padre, que sabía valorar la tranquilidad.

Eva baja los ojos, acordándose de los pequeños momentos felices: noches leyendo libros, paseos lentos por el Retiro, conversaciones sinceras. Pero poco a poco Álvaro fue perdiéndose entre el trabajo, los contactos, la imagen social y ella no podía ni quería seguir ese ritmo.

Le agradezco todo dice finalmente, a punto de perder la compostura. Me ha tratado como a una nieta.

Hortensia asiente, y se hace todavía más evidente para ella lo que ha perdido su familia. Pero no se puede volver atrás; ahora toca ver cómo evoluciona la historia con la nueva pretendienta.

Eva está resuelta a intentar pasar esa velada con dignidad. Ya ha sufrido bastante; no piensa ceder ni un ápice su tranquilidad. Decide que podrá soportar la noche: al fin y al cabo, es una fiesta familiar, nada más.

La celebración tiene lugar en el viejo caserón familiar, de altos techos, muebles antiguos heredados de generaciones. Los invitados se reúnen en el salón, entre aperitivos y copas de vino. Eva llega de las primeras para evitar todas las miradas.

Al comienzo todo va bien; charla cortésmente con los parientes, recibe algún cumplido por su vestido, incluso se atreve a relajarse gracias a Gonzalo, el hermano mayor de Álvaro, siempre dispuesto a contar anécdotas simpáticas.

Pero la paz dura poco. Al poco tiempo, hace su aparición la pareja que Eva menos desea ver: Álvaro entra del brazo de Carmen. Eva se contrae por dentro, sabiendo perfectamente que Carmen no estaba invitada. A Hortensia nada se le escapa y nunca habría saludado personalmente a la nueva conquista.

Carmen, sin embargo, lleva el mentón alto, como si ya fuese la dueña de la casa, paseando la mirada por el salón, por los cuadros, por las bibliotecas repletas. Cada gesto y cada paso delatan una seguridad abrumadora, convencida de que todo aquello acabará siendo suyo.

A Eva le cuesta no reírse, amargamente, ante semejante despliegue. Carmen ni siquiera es oficialmente de la familia, pero actúa como si todo ya le perteneciera.

Aunque algún día sea la esposa de Álvaro piensa Eva observando cómo Carmen roza las molduras , aquí nunca mandará. Estas casas tienen sus propias reglas.

Carmen, quizá notando la mirada de Eva, le lanza una sonrisa fría, desafiante, como diciendo: Estoy aquí para quedarme. Eva le devuelve una sonrisa neutral, felicitándose por no haber mostrado debilidad.

Se centra en Gonzalo, que sigue animando la charla, decidida a no darle a Carmen la menor muestra de flaqueza. Hoy será la invitada ideal, manteniendo la calma. La auténtica fuerza suele estar donde menos ruido se hace.

Poco a poco la sala se llena, la mesa está servida y el aroma del café flota en el aire. Álvaro, notoriamente nervioso, busca a su abuela y, en voz alta para que nadie se lo pierda, anuncia:

Abuela, quiero presentarte a mi prometida, Carmen.

Le toma la mano con ternura, y todo el mundo se vuelve hacia ellos.

Hortensia levanta la vista de su taza. No cambia el gesto, pero una pizca de molestia cruza su rostro. Estudia a Carmen de arriba abajo muy despacio, y responde, firme, inflexible:

Siempre con prisas murmura, pero se escucha en toda la sala. ¡Yo no he dado permiso para esta boda! dice alto y claro. ¡Y no lo daré! En esta familia nunca han entrado advenedizas de ese tipo, y así seguirá siendo.

No levanta la voz, pero sus palabras retumban por todo el comedor.

Carmen mantiene el tipo y alza el mentón aún más; una sonrisa arrogante se dibuja en su boca.

Le guste o no, en dos semanas seré Carmen Gasset replica en tono casi lánguido . Estoy embarazada. Y mi hijo será el heredero.

Un silencio espeso se posa en la sala. Varias miradas furtivas; nadie se atreve a romper esa quietud.

Eva siente que el suelo le tiembla bajo los pies. Da un paso atrás, buscando apoyo, pero sólo ve caras desconocidas. Querría desaparecer, pero se obliga a quedarse y mantener la frente alta.

Álvaro parece darse cuenta por fin del efecto de la noticia. Mira de su abuela a Carmen y no sabe qué decir. Esperaba una mezcla de alegría y polémica… no ese hielo absoluto.

Doña Hortensia no varía su gesto. Durante un instante, sus dedos se crispan sobre la taza, pero enseguida recupera la compostura.

¿Heredero de qué? pregunta, con una sonrisilla. Mi nieto menor no tiene nada propio. Incluso ese piso se lo compré yo.

Carmen se inmoviliza. La seguridad se le desmorona, la mano vacila. Mira a Álvaro en busca de auxilio, pero él sólo baja la vista, más humillado que nunca.

Pero la empresa balbucea ella, perdiendo fuelle. Álvaro está de director

Una carcajada estalla en el salón. Es Gonzalo, el hermano mayor, quien rompe el silencio.

¿Director, dices? ¿Álvarito? Se ríe, limpiándose una lágrima. Si dirigir para él es mover papeles de aquí para allá. El jefe soy yo, y él me ayuda en lo que puede.

Carmen palidece, luego se le suben los colores. Da un giro brusco hacia Álvaro. Su voz tiembla, casi grita:

Pero ¡Álvaro! ¿Me has mentido? ¿Cómo se te ocurre?

Él por fin encuentra la voz, pero sale débil.

Carmen, sólo quería que creyeras en mí, que vieras que puedo llegar lejos Pensé que todo se arreglaría.

¿Pensaste? ¿Y en mí? ¿Y nuestro hijo?, ¿pensaste en nosotros? Su tono sube y sube.

Gonzalo intenta desdramatizar, pero ya es tarde:

No te lo tomes así, Carmen. Todos sabemos cómo van las cosas en la empresa. Álvaro es buen chico, pero no está para dirigir.

Pero ella ya no escucha. Da un paso atrás, luego otro, buscando salida.

No puedo creer esto Me prometiste Dijiste que estaba todo controlado

Álvaro balbucea, herido:

¿Era sólo por ser director? ¿No te valgo si no llevo despacho? Eva nunca tuvo pega en eso.

Sus palabras quedan flotando en el aire. En la sala reina un silencio casi absoluto. Todos miran a Carmen.

¡No tenías que mentirme! grita, levantándose de un salto. Agarra el bolso y, sin mirar a nadie, se dirige hacia la puerta. No habrá boda, ni hijo tampoco. ¡Que os vaya bien juntos!

Sus tacones golpean rítmicamente el suelo, atravesando el salón salpicado de alfombras orientales, butacones de nogal, retratos familiares. La puerta da un portazo que sacude a todos.

El silencio pesa. Álvaro sigue de pie, derrotado, los hombros caídos. Gonzalo se rasca la garganta, buscando algo que decir, y doña Hortensia parece tan ecuánime como siempre, como si lo hubiese previsto.

Eva suspira por lo bajo, encajada en su silla, pero ahora deja escapar una sonrisa amarga.

No, esta vez no volveré a tropezar en la misma piedra piensa Eva viendo desaparecer a Carmen. De sobra he aprendido

Respira hondo, domina el temblor que la traiciona. Ya no siente lástima ni por Carmen ni por Álvaro. Ya pagó su cuota de dolor y desvelo intentando comprender qué le faltaba. Ahora lo sabe: el asunto no era ella. Era él.

Se aparta un mechón de pelo, relaja por fin el gesto y mira a Álvaro, que aún parece un niño extraviado en un mundo de adultos. Pero se siente libre, por primera vez en mucho tiempo.

Por fin rompe el silencio la matriarca:

Bueno, parece que la noche ha dado de sí.

Sin juicio ni rencor, pero con el matiz de quien lo advirtió hace rato. Gonzalo asiente y se sirve una galleta. Álvaro sigue petrificado, sin saber qué hacer.

Eva se levanta con discreción, coge su bolso y se despide camino a la salida. Nadie intenta detenerla, nadie la llama. Cruza el umbral, respira el frescor del anochecer y, esta vez, su sonrisa es auténtica.

Todo terminó. Y, a fin de cuentas, ha sido lo mejor.

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