El año pasado estuve en la fiesta de fin de curso de mi hijo, que terminaba quinto de primaria. Me senté justo detrás de un chaval. Vamos a llamarle para esta historia Álvaro. Le conozco: es un chiquillo callado, siempre un poco apartado del resto, con su eterna sudadera vieja que parece su escudo personal.
Mientras iban diciendo los nombres de los otros niños, las familias gritaban eufóricas, hacían sonar bocinas, agitaban globos y hasta sacaban pancartas enormes como si estuvieran en la final de la Copa del Rey.
De repente anuncian:
¡Álvaro!
Y ahí, en el salón, cayó un silencio de esos que hasta duelen. Álvaro subió al escenario, recogió su diploma y buscó entre el público. A quién, quién sabe pero buscaba a alguien. Nadie le saludó. Bajó la mirada a sus zapatillas. Los hombros se le desinflaron como si le hubieran quitado el aire de golpe.
A mí se me estrujó el corazón. Miré a mi mujer y ella supo al instante lo que pensaba.
Nos pusimos de pie como un resorte.
¡BRAVO, ÁLVARO! ¡ESO ES, CAMPEÓN! gritó mi mujer dándolo todo, con voz de ultra.
Yo me esforcé con los aplausos y algún que otro silbido de ánimo.
¡LO HAS HECHO GENIAL, TÍO!
Algún que otro padre a nuestro alrededor nos miraba como si nos hubieran vuelto locos. Pero entonces vieron la cara de Álvaro. Él levantó la cabeza, alucinado Y de repente se le dibujó una sonrisa tan grande y sincera que me hizo el día.
El aplauso se contagió. Uno empezó a dar palmas. Luego otro. Hasta que, de pronto, media sala aplaudía al chico que no tenía a nadie esperándole en las gradas.
Cuando acabó la ceremonia se acercó a nosotros, un poco cortado.
¿Conocéis a mi padre? preguntó en voz baja. No pudo pedir el día libre en el trabajo.
Yo me agaché y le dije:
Solo somos admiradores del buen trabajo, Álvaro. Y tú lo has hecho fenomenal.
Después nos fuimos a tomar un helado todos juntos nosotros, nuestro hijo y él.
Estad cerca de la gente. Incluso mejor dicho, sobre todo de aquellos que no son “vuestros”.






