Mi marido se ha sentido ofendido porque contraté a un albañil para terminar la casa… ¡y él mismo es albañil!

Mi marido se ofendió porque contraté a un albañil para terminar la casa… ¡y eso que él mismo es albañil!

Llevábamos tres años viviendo en una casa que parecía uno de esos proyectos eternos de obra: paredes sin pintar, suelo de cemento que ni había visto una pulidora y un jardín que, cada vez que llovía, se convertía en la versión española del pantano de Shrek.

Cariño, ¿cuándo vas a acabar el baño? le preguntaba yo cada semana, ya con la esperanza hecha polvo.

Este finde, lo prometo decía él, mientras se acomodaba en el sofá con una Mahou en la mano y el fútbol de fondo.

Pero el finde llegaba y, misteriosamente, siempre había un clásico, una celebración con los amigos, o simplemente estaba “reventado del curro”.

La gracia del asunto es que mi marido era albañil. Y no uno cualquiera: según todo el barrio de Vallecas, ¡el Messi de la reforma de casas! Solo que la nuestra… bueno, era más bien el campo de entrenamiento.

Un día, harta de vivir en un episodio infinito de Reformas a medias, tomé una decisión: quería la casa terminada, el jardín plano y un merendero en condiciones, de esos para alquilar en las comuniones y sacar unas perras extra.

Así que llamé a un albañil recomendado por mi prima Pilar.

Mi marido llegó a casa y, al ver al hombre con la espátula en mano, se le puso la cara roja como un tomate de Huerta.

¡¿QUÉ HACE ESTE EN MI CASA?! gritó nada más cruzar la puerta, como si hubiera pillado a un ladrón.

Termina lo que tú nunca terminas respondí yo, más tranquila que un yogur de soja.

¿Y cómo se te ocurre pagarle a otro si yo soy albañil?

Precisamente por eso. Eres albañil… para todo el mundo menos para nosotros.

¡Eso es una ofensa! ¡Me humillas!

No, cariño. Humillante es vivir tres años entre cemento y polvo mientras tú decoras las casas de medio barrio.

Se enfadó, pegó un portazo y metió cuatro calzoncillos en una bolsa del supermercado.

Me voy con alguien que me valore soltó antes de marcharse.

Ese mismo día, cambié la cerradura por si acaso.

El albañil acabó el baño en dos semanas. Luego el suelo. Después el jardín pasó de pantano a patio digno de verbena.

A los tres meses ya tenía un merendero precioso, y enseguida empecé a alquilarlo para cumpleaños y bautizos. En solo un año, la casa era la envidia de la calle, el merendero me daba un buen dinerillo y, para rematar, yo ya tenía pareja nueva.

¿Y lo mejor de todo?

Mi novio ahora es contable. Así que, por obra inacabada, no creo que vuelva a pasar.

Lo peor que podría ocurrir es que no me ayude con la declaración de la renta…

Pero bueno, para eso siempre se puede contratar a un experto, ¿no? Por cierto, hace unas semanas, mi ex pasó por delante de la casa. Se quedó mirando el jardín, los geranios en flor, las luces del merendero y el par de niños jugando en el césped. Me saludó con la barbilla alta y los ojos como quien ha visto un milagro.

Vaya, sí que os ha quedado bonita. dijo, con media sonrisa.

Yo le guiñé un ojo y respondí:

Cuando uno quiere, todo se puede terminar. A veces solo hacen falta las herramientas adecuadas.

Se encogió de hombros y se marchó. Y yo, mientras cerraba la puerta, no pude evitar reírme pensando que, si la vida es una obra, al menos ahora la mía tiene las paredes pintadas y el suelo firme. Porque, aunque a veces haga falta derribar algún muro, lo importante es saber construir algo mejor en su lugar.

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La última toma