Viajé a Italia con un grupo de jubilados: nunca imaginé que, a la sombra del Coliseo, encontraría a un hombre capaz de devolverme la juventud.
Me apunté a la excursión buscando un respiro: unos días de visitas turísticas, fotos para el álbum y algún regalito para mis nietos. Lo que más deseaba era huir de la rutina y de esa soledad que me iba envolviendo, cada invierno, un poco más.
Pensaba que Roma, Florencia y Venecia serían simplemente un par de nombres tachados en una larga lista. Sin embargo, fue bajo los arcos del Coliseo cuando conocí a un hombre que hizo que algo se despertase de nuevo dentro de mí.
Me recuerdo de pie, absorbiendo la grandiosidad de la piedra antigua. El guía contaba historias de gladiadores y multitudes, pero yo me había perdido en mis recuerdos, dejando la voz de fondo. Entonces, junto a mí, alguien bromeó:
¿Te imaginas a los gladiadores quejándose del calor, igual de nosotros?
Me giré y lo vi. Alto, pelo canoso, ojos cálidos que sonreían tanto como sus labios. A pesar del sombrero de ala ancha y la camisa sencilla, su mirada me hizo sentir como si estuviéramos solos en aquel lugar colosal.
Empezamos a hablar. Se llamaba Tomás, viudo desde hace años, y me confesó que había decidido viajar solo porque “esperar el momento perfecto para ver Roma era perder el tiempo”. Había una naturalidad en la conversación, un humor sutil que encajaba perfectamente con mi forma de ser. Bajo la sombra del Coliseo compartimos un café amargo para mí, dulce para él y de repente me di cuenta de cuánto echaba en falta ser escuchada con esa atención.
Los días que siguieron dejaron de ser los mismos. Nos sentábamos juntos en el autocar, comíamos codo con codo, nos perdíamos entre la multitud y nos reencontrábamos con una simple mirada. Había algo inocente, casi adolescente, pero que hacía que el corazón se me acelerase cada vez.
Las noches en el hotel pasaban lejos de las cartas y la televisión: nos apoyábamos en la barandilla del balcón, admirando las luces de la ciudad italiana, y hablábamos largo y tendido de la vida, de la familia, del pasado que pesa y del presente inesperado. Sentí crecer en mí una alegría olvidada; volvía a cuidar mi ropa, me maquillaba, reía con ganas. Algunas amigas me miraban entre risas, otras con un brillo curioso en los ojos. Yo solo notaba que estaba rescatando una versión de mí misma que creí enterrada junto con la soledad.
Pero a medida que el viaje avanzaba, crecía en mí una pregunta inquietante: ¿qué ocurriría después? Tomás vivía a cientos de kilómetros, en La Coruña; yo, en Salamanca. Teníamos nuestras vidas hechas, distintos, separados. Solo uníamos ese trocito de tiempo robado a la rutina. ¿Sería suficiente para esperar algo más?
El último día lo pasamos juntos, paseando por Roma sin prisa ni grupo. Nos sentamos en la escalinata de la Plaza de España, compartimos un helado entre silencios densos. Finalmente, él, mirando el suelo, confesó:
No recuerdo haberme sentido así de bien en mucho tiempo. Pero también temo que, cuando regresemos, todo esto se difumine. Tienes tu vida en Salamanca y yo la mía en Galicia. ¿Y si ha sido solo un espejismo de verano?
No supe qué responder. En mi pecho, esperanza y miedo chocaban como dos olas. ¿Eran apenas chispazos pasajeros, o el inicio de algo a lo que no me atrevía a poner nombre?
Nos despedimos en el aeropuerto de Fiumicino. Un abrazo largo, cargado de promesas mudas. Cruzamos teléfonos, pero ninguno susurró: “Volemos a vernos”.
Ahora, al recordar aquel viaje, me parece un sueño frágil, vívido y hermoso. Quizá Tomás tenía razón: tal vez solo fue una ilusión. ¿O será un error no averiguar si la vida de verdad nos ofrecía una segunda oportunidad?
Me pregunto infinidades de veces si vale la pena arriesgar la estabilidad ganada a pulso por un sentimiento que apareció de imprevisto. ¿Debo atesorarlo únicamente como un bello recuerdo a la italiana, o buscar con valentía ver hasta dónde me puede llevar el corazón?
Quizás por eso cuento hoy esta historia: para preguntarles a los demás, con todas las dudas y fuego del alma, si después de los cincuenta, sesenta o setenta todavía se puede abrir la puerta a lo nuevo. Si la memoria debe atesorarse como un relicario seguro, o si merece la pena cambiar la calma por la aventura de lo desconocido. Porque aún hoy, al pensar en Tomás, el corazón me late con la fuerza inesperada de la juventud recobrada.







