El lobo solitario

¡Vaya, qué serio eres, Valentín Jiménez! No en vano te llaman el Lobo Solitario. Imposible sacarte una sonrisa ni aunque la vida te jugara la mejor de las cartas. Si uno se te queda mirando, da hasta miedo. ¿Qué, te han congelado el corazón? ¿O es que no encuentras en la vida motivos para alegrarte?

María, con ese tono de confianza propia de los pueblos pequeños, aún continuaba hablando, pero Valentín ya no la escuchaba. Recogió en silencio las compras del mostrador de la única tienda de Valdecantos y se dirigió hacia la puerta.

Por cierto, tu Elena ha venido estos días a casa de su madre, ¿sabes? Ha traído al niño. Que digo yo, Valentín… ¿y si al final es tu hijo? ¿Lo vas a dejar crecer sin padre? ¡Si es que hasta se parece a ti!

Las palabras resonaron en las espaldas de Valentín cuando ya había traspasado el umbral, tropezando casi con el pequeño escalón. Pero no se giró. Ya para qué nunca se convence a quien no quiere escuchar, y menos aún dejar la vida propia al juicio del pueblo. Aquí todos lo saben todo. Y lo que no, lo inventan. Nada se puede explicar sin remover heridas. Tampoco le veía sentido. Eso era asunto suyo y de Elena. A nadie más debería importar.

El sol, ese sol castellano que a veces quema en primavera como en pleno julio, bañó el rostro de Valentín y lo hizo entornar los ojos. Sus párpados cayeron, esculpiendo en su rostro una máscara dura y serena. Avanzó a ciegas, uno, dos pasos, hasta que el grito de un niño lo hizo estremecerse:

¡Cuidado!

El chico corrió escaleras arriba, apartando del paso con destreza a dos cachorros revolcadores.

No los pise, por favor.

Nariz pecosa, ojos oscuros de párpados pesados y orejas ligeramente despegadas, igual que las de él mismo. Como para que las vecinas sigan murmurando… Pero Valentín sabía de sobra que aquel crío curioso que lo observaba no era su hijo. Familiar, quizá, pero no tanto.

¿No quiere llevarse uno? Mire qué patas tiene, ¡como un lobo de verdad! Será fuerte.

Le faltaron las fuerzas para más que negar con la cabeza, y siguió por el primer callejón, ni siquiera el que le convenía, simplemente el más corto. Allí, exhausto, se dejó caer apoyado en la tapia de los Muñoz, buscando aire, sin entender cómo demonios seguir respirando.

¿Por qué? ¿Por qué había vuelto ella? ¿Para qué traer a ese niño que también podría haber sido suyo, si la vida hubiera torcido por otros senderos? ¿Y si Alberto la había abandonado?

Las preguntas no le daban tregua. El corazón, traicionero, palpitaba como siete años atrás. Recordaba cada detalle, incapaz de ordenarle silencio. Pero debía callar.

Luz, la médica del pueblo, abrió la puerta del patio y lo miró, alarmada.

¡Valentín! ¿Te encuentras mal? Venga, deja que te ayude. ¿Quieres que llame a Julián?

Sus manos cálidas lo condujeron dentro.

No hace falta, Luz, de verdad. Dame un momento. Ahora salgo.

¡Ni hablar! Apóyate en mí, así Poco a poco, vamos. ¡Ay, qué hombre más terco! ¡No puedes seguir así, que luego dicen que yo no te cuido! Eres mi paciente, no me metas en líos. Vamos a medirte la tensión y ponerte una inyección, como un pepino saldrás, recién traído del huerto. Anda, entra.

Los pies no le respondían. Pero Luz, fuerte como los robles de la sierra, casi lo arrastró al interior, cerró el portón y gritó:

¡Julián, ven!

De lo siguiente casi no recordó nada. Despertó sobre el sofá, notando un peso cálido en el pecho. Al abrir los ojos, sonrió, aliviado.

La gata gris, Sofía, descansaba pegada a su costado, lamiendo a uno de sus gatillos. Los otros se enredaban entre su camisa y la manta.

Sofía sabe quién es de fiar musitó Luz, recogiendo los cuadernos de sus hijas. Si te ha traído a sus cachorros, es porque tienes el alma limpia.

Anduvo de aquí para allá revisando su pulso.

Bueno, ya vas estando bien. Y no me vuelvas a asustar así, que el camino está hecho un barrizal y aquí la ambulancia no llega ni por milagro. Pero dime: ¿a qué santo te quieres morir tú? ¡Todavía te queda mucho por hacer!

¿Qué trabajos ni qué niño muerto, Luz? Solo la vaca Alba y el perro Trueno. Y poco más.

¡Qué vaca tienes, Valentín! Con ese ejemplar hasta en Madrid te harías famoso. Pero si enfermas, ¿qué será de ella?

Solo entonces el hombre se percató de las cortinas gruesas y la lámpara encendida.

¿Qué hora es?

¡Es tarde! Aquí te quedas a dormir hoy. Ya he visto a Alba, está perfectamente.

Mientras Luz atendía otras tareas, Julián se sentó a su lado.

¿Te duele, eh?

No sé ni cómo describirlo.

Lo sé: es por Elena.

No me lo recuerdes, Julián. Cruzó la mirada con los ojos verdes de Sofía.

Hasta los animales lo notan. Julián sonrió, acariciando a la gata. Los de cuatro patas oyen el corazón. Tú, encerrado en lo tuyo… ¿Cuánto vas a aguantar? Cuando necesité ayuda, no dudaste. ¿Y ahora me vas a negar que te eche una mano?

¿Cómo me podrías ayudar?

Mi abuela decía que las penas hay que sacarlas, que el dolor por dentro solo quema. Grita en un agujero si hace falta, pero no te lo guardes. Este lobo que llevas dentro La soledad pesa mucho, Valentín. Nos conocemos desde la escuela: ¿en qué curso entraste? ¿En sexto?

En séptimo

¿Te das cuenta? ¡Toda una vida! Y nos seguimos ocultando como si aún fuéramos críos. Perdóname, tenía que haber hablado contigo mucho antes. Si quieres que me vaya, me voy. Si quieres hablar, aquí estoy.

Valentín acarició los gatitos, buscando fuerzas.

Me da vergüenza, Julián, incluso entre hombres. ¿Qué te voy a contar que no sepas? Lo que sentía por Elena todo el mundo lo conocía. Corría tras ella desde niños, volvía del servicio y allí estaba Tú estuviste con nosotros hasta cuando nos casamos. Lo viste todo.

Sí, aunque nunca entendí por qué os separasteis. Todo parecía ir bien, y de repente, Elena se fue a Salamanca y tú al monte. Ni tu madre supo explicarlo.

No lo sabía. Yo les dije que ya no la quería. Casi me desheredan ese día

No hay desamor sin motivo. ¿Qué pasó de verdad?

Valentín se apartó, seco de lágrimas, porque ya lo había llorado todo corriendo como loco por los pinares. Recordaba los gritos, el frío en la tierra, la rabia.

No lo sé, de verdad. Solo sé que después de aquel viaje, ella cambió. Antes planeábamos montar una yeguada, criar potros, hacer queso Ella siempre fue la primera en apoyar la idea, porque de caballos sabía más que nadie. ¿Recuerdas a su padre?

No hay duda. Pero nadie oyó nada raro sobre ella.

Porque pasó en casa, detrás de puertas cerradas. Ella me falló. Me dijo que solo me quería a mí. Pero yo con mis propios ojos

Julián se estremeció.

Con Alberto, mi primo. Vivió ese tiempo con nosotros. Estábamos construyendo la casa. Todo parecía a punto, Elena quería hijos y, en fin, el resto ya lo sabes.

He visto a su hijo buen chaval. Pero cuesta creerlo.

No hay duda, Julián. Los vi juntos. Intentó incorporarse, pero la gata resopló irritada, sujetando a los gatitos como si fueran su tesoro. Perdóname, gatita La naturaleza es así, ¿eh? Una madre siempre protege a sus hijos, aunque ni hayan nacido aún. Elena los quería con todo su ser, y yo me negué a ir al médico. No creí que pudiera haber problema en mí. Y ella pues lo resolvió de otro modo.

No te bajes los ánimos, hombre. Todo cuadriculado lo tienes en la cabeza, y a lo mejor

He tenido tiempo para pensar.

¿Y no será que del miedo a no ser tuyo el niño saliste huyendo del mundo?

No digas tonterías. Yo también sé sumar y no salen las cuentas. La tía de Elena me lo explicó cuando Luz dio a luz. Según ella, imposible.

¿Y qué fue lo que viste entonces? ¿Estás seguro de lo que viste?

Los vi abrazados en la cocina. Alberto la besaba, y ella no se apartaba

En ese momento Luz asomó.

Te pincho otra vez y descansas, Valentín. Mañana lo habláis todo.

Valentín asintió, aflojando finalmente el llanto, y acabó dormido.

Julián salió a la escalera, encendiendo un cigarro, pensando en lo raro que es el destino. Felicidad tan esquiva Cuando uno cree atraparla, solo queda la pluma entre los dedos y de la dicha, nada. Él y Luz habían pasado lo suyo: perdieron un hijo, y tardaron años en volver a pensar en la maternidad. Luz fue incapaz de perdonarse no haber visto lo que se llevó al niño, aunque nadie la culpaba. Y a los mellizos los vieron después como el mayor regalo del cielo.

Quizá por eso le dolía tanto ver al hijo de Elena. Imaginaba lo duro que debe ser crecer sin padre de verdad, y con una madre tan apagada. El chaval necesitaba apoyo, alguien a su lado. Y en esas familias rotas menudo lote. Elena, una sombra de sí misma; el niño, casi huérfano en vida

Julián revisó a Valentín un par de veces, hasta que ya clareaba. Cuando la puerta resonó por fin, se levantó. Luz llegó, los ojos hinchados.

¿Difícil?

Ay, Julián. Hay personas peores que los lobos. Lloró como una niña. Es su hijo, te lo juro. Tamara, la tía, al fin ha confesado.

¿Y cómo lo lograste?

No lo sé. Quizá vio que no era del todo mala, o se asustó. Fui primero a ver a Elena. Me contó su versión. Estaba embarazada cuando ocurrió todo el lío. No le dio tiempo a decírselo a Valentín antes del viaje, tenía miedo, había tenido tres abortos. Ni siquiera se lo contó a él. ¡Como dos lobos! ¡Toda la pena para dentro, hasta volverse locura!

¿Y entonces?

Mientras amasaba, Alberto la asaltó. Ni entendió lo que pasaba. Y después, silencio. Elena se marchó sabiendo que él nunca la perdonaría. Valentín tampoco quiso hablar. Y así llevaban años

¿Y Tamara por qué?

Por rencor de toda la vida. Envidia a su hermana desde chicas. Nunca se lo perdonó. Cuando ambas quedaron viudas, Tamara volvió al pueblo, acogida por la familia de Valentín. Fue ella la que empujó a toda esta trama. Sabía que, al destruir la vida de Valentín, haría pedazos al resto.

¿Lo ha confesado con los demás delante?

Tamara misma llevó la noticia a la madre de Valentín, pidió perdón. Le dio dos bofetadas y luego lloraron juntas. Gente buena hay poca, Julián. Por eso todo nos duele tanto. Hay que aprender a hablar, a sacar las penas. Si todos fuéramos por el mundo guardando rencores, no habría ni un rayo de sol.

¿Lo ha perdonado?

Quizá. Pero la echó del pueblo. Y Elena pudo al fin llorar tranquila. Yo casi dormí allí consolando a una y a otra.

Julián abrazó a su mujer.

¡Todo esto hace años si lo hubieran hablado! ¿Por qué somos así?

La vida, Julián, a veces parece una tragedia de Lope: todos callan, nadie se fía. Pero más valdría ser sinceros a tiempo. Ahora ve a afeitarte, te prepararé tortitas, que ya mismo se despiertan las niñas y tenemos que cuidar de Valentín. Hoy le espera un día duro, mucho leña tendrá que apilar para reparar el tiempo perdido.

El sol, rozando el horizonte dorado, iluminaba ya el patio de Luz.

Valentín salió, tambaleante aún. Se frotó los ojos ante tanto brillo y se puso los brazos en jarras.

¿Tú eres mi padre?

El chico estaba en las escaleras, abrazado a uno de los cachorros.

¡Mira qué patas! Parece un lobo, ¿verdad? ¿Crees que será buen perro?

Valentín, conmovido, se sentó a su lado y acarició al cachorro.

Un perro magnífico. Has hecho una buena elección.

Los ojos negros vigilaban, atentos, exactamente iguales a los suyos. Con timidez, Valentín apoyó una mano en el hombro del niño.

Soy yo, Sergio Soy tu padre.

¡Bien! Vamos a casa. Mamá está haciendo el desayuno, y ha venido la abuela. Me ha prometido que hoy me lleva a ver los caballos. ¿Puedo ir?

Valentín sintió cómo se deshacía el nudo que le oprimía por dentro desde hacía años. La voz, fuerte y clara, volvió a él.

Puedes. Y ahora vamos. Tenemos tantas cosas que hacer juntos, hijo Tantas cosas.

Y así, Valentín comprendió que, aunque el dolor del pasado permanezca, sólo cuando dejamos paso al entendimiento y el diálogo, la vida puede al fin abrirse paso. Porque el silencio, a menudo, es el peor enemigo de la felicidad.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

sixteen − thirteen =