Contrato de amor
Leonor estaba sentada ante una gran mesa, cubierta de revistas de bodas. Las páginas pasaban veloces entre sus dedos, revisándolas con avidez, deteniéndose en cada detalle: apliques de encaje, bordados exquisitos, velos etéreos. Sus ojos se iluminaban contemplando cada vestido blanco, imaginándose a sí misma enfundada en ellos. En esos instantes, una emoción cálida le crecía en el pecho; fantasías de recorrer el pasillo hacia su prometido, todos los ojos clavados en ella, los nervios de sus familiares vibrando con expectación
Es precioso susurró, sin apartar la mirada de un vestido especialmente voluminoso de tirantes finos. Parecía salido de un cuento, liviano, casi flotando bajo la luz del estudio y el brillo del satén.
Pero la sonrisa se desvaneció pronto de su rostro. Suspiró, dejó la revista a un lado y se incorporó lentamente. Se dirigió al espejo de marco tallado, analizándose con detenimiento, viendo si al mirarse de lado, inclinando la cabeza, podía verse como otra persona, una como las de las fotos.
Pensó en lo distintas que eran aquellas imágenes de las páginas con la realidad.
Ojalá pudiera, pero esto no es para mí se dijo con tono decidido, intentando aceptar la verdad. No tengo el cuerpo para esto.
Giró ante el espejo una vez más, midiendo el efecto de una falda amplia o un corsé. En su imaginación dibujó el volumen, el encaje, las capas. Y torció el gesto inmediatamente.
Necesito algo más sencillo razonó en voz alta, como si hablara con una confidente invisible. Las faldas pomposas descartadas, pareceré enorme. Pero una de las normales tampoco me dice nada, ¡al fin y al cabo no me caso todos los días!
Con ansiedad, se pasó la mano por el pelo; sentía una leve pero creciente desesperación. Demasiados modelos, tantas ideas hermosas, y nada que encajara. Miró la mesa cubierta de revistas, como si la próxima página fuese a traerle de pronto la revelación. Pero sólo encontró más confusión.
Necesito hablar ya con alguien murmuró, sentándose en el borde de la silla. Antes de volverme loca con tanta preparación.
El golpe de la puerta arrancó a Leonor de sus pensamientos. Sobresaltada, apartó los bocetos y las fotos. ¿Quién podía ser? Las únicas personas con llaves eran su padre y Rodrigo, su prometido. Pero ambos estaban ocupados: su padre en una reunión importante, Rodrigo en una junta que llevaba esperando toda la semana.
Se quedó inmóvil, escuchando, la paranoia floreciendo en su imaginación. ¿Sería un ladrón? Normalmente a esa hora ella estaba en su taller y el piso quedaba vacío. El escalofrío le recorrió la espalda.
Se deslizaba silenciosa hacia la escalera, en dirección al vestíbulo. Desde la barandilla podía ver perfectamente la entrada. Se asomó, medio escudada tras la pared.
Respiró aliviada enseguida: era Rodrigo. Su silueta familiar, quitándose despreocupado los zapatos con gesto rutinario, la tranquilizó. Tarareaba algo en voz baja.
¿Rodrigo? susurró Leonor, extrañada. ¿Qué hace aquí? Debería seguir en la junta
Observó con atención. ¿Habría querido darle alguna sorpresa? Pero ¿con quién hablaba?
Lucía, aguanta un poco más la voz de Rodrigo era demasiado tierna, desconocida casi para Leonor. Se quedó petrificada. Nunca le había hablado así a ella. Pronto cumpliré mi parte del contrato y estaremos juntos.
El hielo le caló por dentro. Se aferró al marco de la puerta, forzándose a contener cualquier sonido. ¿Contrato? ¿Y quién era esa Lucía?
¿Cuánto más? Exactamente seis meses continuó Rodrigo, profesional y frío ahora. Sí, dentro de un mes la boda, luego unos meses de matrimonio idílico al decirlo, su tono se llenó de repulsión, como si esa frase tuviera sabor amargo.
Leonor cerró los ojos, intentando procesar el golpe. ¿La boda su boda una parte de qué contrato?
Lo que haga Manuel Álvarez después de eso no me importa Rodrigo estaba más confiado, como si por fin se liberase de un peso. Yo recojo mis cosas y me voy en cuanto me ingresen la parte restante del pago.
Aquellas palabras le dolieron como una bofetada. Se tambaleó ligeramente, clavando uñas en la palma para no dejarse escuchar. Sólo podía pensar: Me ha mentido. Todo este tiempo ha mentido.
Retrocedió, pasos suaves, la cabeza hecha un caos. Pero algo la forzó a escuchar hasta el final: sabía, intuía, que necesitaba enterarse de todo.
Rodrigo, ajeno a su cercanía, se acomodaba en el sofá, las piernas estiradas, y hablaba con total naturalidad.
Tranquila, ¿vale? Yo a quien de verdad quiero es a ti. Si no es por ti, nunca habría aceptado este lío. ¿No quieres piso de lujo en el centro? ¿Ropa buena y joyas? hizo una pausa con una sonrisa escondida. ¿Cuánto tardaría yo en ganar eso de ayudante de dirección? Seis meses y estaremos juntos, lo prometo.
No, mucho antes vais a estar juntos pronunció Leonor, descendiendo escalón a escalón, atravesando como si un muro invisible se interpusiera. Las piernas le temblaban pero plantaba cara, cabeza alta.
Rodrigo giró de golpe; la sonrisa desapareció, pánico en sus ojos, la frase colgada sin terminar. El móvil se le deslizó de la mano y cayó con un golpe sordo.
¿Leoncita? balbuceó, incorporándose despacio del sillón. Una mezcla de terror e incredulidad en la voz. ¿De qué hablas, amor?
Avanzó, la mano tendida, buscando tranquilizarla igual que siempre. Pero Leonor se alejó, mentón erguido. Ahora sólo tenía claridad helada, amarga.
¿Leoncita? repitió, apenas un susurro, la herida de la traición retumbando en cada sílaba. ¿De verdad pensabas que era sorda?
Estaba frente a él, temblor todavía bajo la piel, buscándole (sin encontrar) el más mínimo arrepentimiento en la mirada.
¿Lucía? ¿Aquella que decías que era tu prima?
Rodrigo palideció, instintivamente agachándose para recoger el móvil, como si pudiera escudarse tras él. Sus manos temblaban; su cerebro, acelerado, buscaba salidas, excusas.
Estás confundida intentó, con falsa calma. ¿Lucía? No sé de qué hablas.
Se le acercó, tocando su mano, pero Leonor se apartó. Al hacerlo, reafirmó su decisión.
Sabes perfectamente de qué hablo espetó, sarcástica, con una sonrisa que dolía más que cualquier palabra. A Rodrigo le costó sostenerle la mirada. Lo he oído todo: tus susurros a tu querida Lucía hasta me ha dado asco escucharte.
Tragó saliva, luchando contra las lágrimas. No debía mostrar debilidad. Todos sus sueños, sus planes y recuerdos parecían ahora una farsa barata.
Rodrigo callaba. Sabía que ya era inútil disimular. Estaba atrapado, ni se había asegurado de que no estaba sola en casa. Pero confesar era demasiado. Buscaba una grieta por la que salir de aquello.
Como puedes imaginarte, la boda no se celebrará afirmó Leonor, cada palabra era sentencia que le heló a Rodrigo la sangre. Pero antes de echarte quiero la verdad. Toda. Sin mentiras.
La voz firme, aunque por dentro el alma gritaba. Cruzó los brazos, como refugiándose de nuevos golpes. No había lágrimas; sólo la férrea determinación de arrancar la última máscara.
¿La verdad? dijo él, con una mueca despectiva, perdiendo toda pretedida dulzura. ¿Eso quieres? Pues ahí va: jamás me habría fijado en ti si tu padre no me hubiera ofrecido un acuerdo. Salgo contigo, te cuido, te llevo a cenar y me gano un contrato comodín y una muy buena paga doble.
Lo pronunció con una frialdad insultante, como si hablara del pan o del trabajo. Pero cada sílaba era un puñal, destrozando de una vez cualquier resto de ilusión.
¿Todo por dinero? susurró Leonor, sintiendo su corazón volverse hielo.
¿De verdad esperabas gustarle a alguien así? Rodrigo se rió de forma cruel. ¿Hace cuánto que no te miras bien en el espejo? Hazlo ahora, verás
Aquello fue peor que cualquier crítica. Contuvo el llanto mordiéndose los labios, puños clavados en las palmas. No iba a dejar que lo supiera. Todos los recuerdos y las promesas, convertidos en teatro barato.
Pasaron varios segundos de silencio. El mundo, de repente, le pareció gris, sin vida. Todo había sido un trato, una mentira donde ella era solo un medio.
¡Fuera de mi casa! gritó Leonor, redescubriendo una fuerza feroz en la voz. Tus cosas te las mandaré por mensajero, ¡y vete ya!
Rodrigo la miró con desprecio por última vez, evaluador, intentando grabarla así: rota, ojos rojos, labios temblando. No había arrepentimiento, sólo fría satisfacción por haber dejado caer, al fin, la careta. Caminó hacia la puerta despacio, se abrochó la chaqueta a cámara lenta, como demostrando que no temía nada. Cerró con un chasquido, y la casa se inundó de silencio.
Apenas cerrada la puerta, Rodrigo sentía la ansiedad crecer. Pensaba ya únicamente en cómo salir bien parado de aquello con Manuel Álvarez el padre de Leonor, sabiendo que era un hombre tajante y duro; por su hija, sería capaz de cualquier cosa, y el peligro era real. Plan estúpido, se reprochaba bajando la escalera. Al menos, pensaba en los euros ya depositados en su cuenta. Era un monto considerable, y eso le calmó algo.
Al menos, no ha sido en vano musitó antes de salir al barrio, mirándose bolso y móvil. Espero que no me hagan devolver el dinero. ¡Me lo he ganado!
Mientras tanto, en el piso que acababa de abandonar, Leonor, con manos temblorosas, marcaba el número de su padre. Tardó varios intentos, hasta lograrlo.
¡Papá! gritó apenas oyó la voz de Manuel Álvarez. ¿Cómo has podido hacerme esto? ¿¡Cómo has podido!?
No dejó tiempo para excusas. Le llovieron las palabras, caóticas y doloridas:
¡Lo preparaste todo! ¡Lo fichaste, le pagaste, le obligaste a fingir que me quería! ¡Ni te molestaste en preguntarme lo que yo quería! ¡Creías saberlo todo mejor!
Su tono, entrecortado, nunca se detuvo mientras vertía meses de frustración, agravios, traición.
¡Nunca más, me oyes! ¡Jamás vuelvas a meterte en mi vida! ¿¡Entendido!?
Colgó de golpe. El móvil quedó sobre el sofá y, por fin, Leonor se permitió llorar. Se tapó la cara, los hombros sacudidos por el llanto. Se sentía como una niña sola y traicionada, incapaz de defenderse del dolor.
Pero era más profundo que la traición de Rodrigo. Gente, dudas y complejos se acumulaban desde hacía años: la inseguridad, la comparación constante.
Había soñado con cirugías, visualizado su transformación. Pero cada vez que lo pensaba, evocaba a su madre o más bien, a Isabella.
Isabella, se hacía llamar incluso para cosas triviales, como un mantra de distinción, recordando el tipo de mujer que soñaba llegar a ser. Bella, enigmática, sofisticada. Y durante un tiempo, lo fue: una belleza juvenil clásica, melena brillante y una gracia que todos admiraban.
Hasta que, un día, Isabella confió en el mejor cirujano de Madrid, según amigas. Buscaba apenas un pequeño retoque en la nariz. Pero la operación salió mal, y su rostro se transformó no para bien.
Isabella buscó solución visitando consulta tras consulta, gastando fortunas, creyendo que algún médico le devolvería su aspecto de antes. Pero sólo empeoraba.
La alegría desapareció de su vida. Primero se llevó la autoestima, después las ganas de salir. Dejó de mirarse al espejo, se escondía bajo sombreros y gafas. La niebla de la depresión lo cubría todo, los días eran iguales: el espejo por la mañana, la penumbra de las cortinas, las horas de lamentos.
Hasta que, simplemente, desapareció. Una nota breve para Manuel Álvarez: No puedo más. Perdóname. Y el silencio absoluto.
Leonor creció entre fotografías de su madre en los tiempos luminosos, las que siempre la mostraban con esa sonrisa cálida y la mirada materna. Esa era la imagen que retenía: la Isabella ideal. Pero con el paso de los años, la ruptura entre recuerdo y realidad pesaba más.
Pronto la comparación era inevitable: Mi madre tenía los pómulos perfectos, yo sólo mofletes Su pelo era una cascada, el mío rebelde, pensaba frente al espejo. Su nariz era fina, la mía enorme, la figura bah. Alguien podía decirle que era guapa, pero no lo creía. Para ella, sólo era la triste sombra de Isabella.
Esta inseguridad invadió todo. En el colegio prefería pasar desapercibida, en la universidad odiaba hablar en público, por miedo al ridículo. Y en el amor nada funcionaba. Los chicos apenas se fijaban, y si lo hacían, perdían el interés enseguida. Leonor culpaba a su físico.
Si fuera más guapa sería otra cosa repetía una y otra vez, sin entender que la autonegación era lo que más espantaba.
Hasta que apareció Rodrigo. Entró en su mundo como un vendaval, haciéndola sentir única. La miraba como si no existiera otra, le lanzaba cumplidos ingeniosos, se acordaba de todos los detalles. La llevaba a bares acogedores, le regalaba flores sin motivo, recordaba sus gustos.
Por primera vez en años, Leonor se sintió guapa. Distinta, suficiente. Amada. A su lado aprendió a confiar que podía merecer felicidad. Estaba convencida de que aquello era real.
Y ahora, todo se desmoronaba. Cada palabra oída a escondidas era un cristal roto: no la había amado, sólo fingía. Todo mentira. Y de fondo, su propio padre urdiendo la farsa.
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Leonor se contemplaba en el probador, embutida en un vestido de novia sencillo y elegante. Pero en vez de nerviosismos o sueños adolescentes sentía calma, tal vez por primera vez. El tul deslizaba con cada movimiento, el encaje jugaba con la luz. Miró su reflejo, y no buscó fallos como tantas otras veces. Hoy, se aceptaba tal y como era.
Poco después, caminaba ya por el pasillo entre los invitados. Paso firme, la cabeza alta. En los ojos, no ilusión fantasiosa sino determinación; se cruzaban miradas de admiración y sorpresa: nadie esperaba que la novia luciera así, serena y convencida.
Recordaba el diálogo con su padre, hacía apenas un par de meses.
Papá, he decidido aceptar la propuesta de Álvaro le había dicho frente a frente.
Manuel Álvarez la miró paralizado con la taza de café.
¿Estás segura, hija? Es una decisión importante.
Lo estoy. Ya no quiero esperar un amor de cuento que a lo mejor nunca llega. Deseo estabilidad, respeto, una familia normal. Álvaro puede ofrecérmelo.
Pero el amor empezó el padre, pero ella le cortó:
El amor está bien, pero no quiero vivir esperando milagros. Ahora quiero construir mi vida yo misma.
Y ahora, al llegar junto al novio, repetía sus propias palabras. Álvaro la esperaba un poco nervioso, pero con respeto en los ojos. Quizá no habría locura, pero sí cariño sincero y estabilidad, justo lo que Leonor necesitaba.
Mientras la oficiante civil recitaba el discurso habitual, Leonor pensó: no se arrepentía de su decisión. No era un cuento de hadas, era simplemente su elección. Madura, suya.
Quizá Álvaro no me ame locamente reflexionaba mientras le miraba. Pero me respeta. Y, ¿quién sabe? Tal vez, con el tiempo
Eso le llenó de paz. Sonrió a su futuro marido, sincera y segura; por fin sentía que hacía lo correcto. Al final, aguardaba la posibilidad de una felicidad sólida, construida sobre cimientos reales y no sobre perfectas fantasíasalzó la vista hacia los invitados, familiares y amigos que la miraban emocionados, algunos incluso con lágrimas en los ojos. Se sintió ligera, inesperadamente libre, como si ese vestido, lejos de ser un disfraz, fuese su verdadera piel. No necesitaba la bendición de una madre idealizada, ni la aprobación imposible de un padre obsesivo, mucho menos el amor falso de un hombre comprado.
En el preciso instante en que ambos pronunciaron el sí, quiero, Leonor tomó la mano de Álvaro una mano cálida, firme, sencilla y se permitió mirar hacia adelante. Sabía que la perfección era sólo una ilusión y que, aunque el amor podía tomar mil formas, la dignidad, la honestidad y la posibilidad de redescubrirse cada día eran tesoros igual de valiosos.
Al salir del salón, bajo una lluvia alegre de pétalos de rosa y abrazos, se detuvo un momento en la escalinata. El aire fresco le acarició el rostro y, por primera vez después de mucho, sonrió a su reflejo en la ventana cercana. Ya no se vio una sombra, ni una copia incompleta. Era ella, Leonor, con todas sus cicatrices, su historia y su coraje.
De fondo, los músicos iniciaron una melodía nueva y, al ver a Álvaro esperar por ella, tendiéndole la mano para empezar la fiesta, sintió un renovado entusiasmo por el futuro. Quizá la felicidad no era una trama perfecta, sino una suma de elecciones conscientes, construidas poco a poco, a pesar de todo lo perdido y aprendido.
Leonor avanzó, con el corazón abierto a lo que vendría. Su vida, por fin, era auténticamente suya. Y, mientras daba los primeros pasos del vals, supo que nunca más permitiría que nadie jamás firmara un contrato que definiera su felicidad.






