Diagnóstico: traición

Diagnóstico: traición

Vuestra relación ya es muy seria declaró con firmeza, casi exigiendo, doña Carmen Jiménez, clavando los ojos en la que podría ser su nuera. ¿Cuándo pensáis casaros?

Bueno creo que aún no es el momento adecuado respondió la joven con una sonrisa un poco forzada, buscando las palabras, que tampoco era cuestión de cabrear a la futura suegra. Llevamos apenas un mes viviendo juntos Creo que deberíamos darnos tiempo para conocernos en el día a día, ¿no? Quién sabe, a lo mejor empezamos a discutir por tonterías

A doña Carmen se le arqueó una ceja, pero no pensaba ceder. A decir verdad, Lucía le caía bien, mucho mejor que la anterior novia de su hijo. Marta era insoportable y más chula que un ocho. Menos mal que Raúl la dejó.

¿Y qué tal os lleváis con Paulito? cambió de tema ella, pero sin quitarle el ojo de encima. Que el chaval ya tendrá sus cosas, pero sigue siendo un niño

Lucía sintió un calorcito agradable dentro al pensar en el hijo de Raúl. Le vinieron recuerdos de sus primeros días con ellos: se moría de miedo por si el adolescente la vería como una intrusa, o peor, como la usurpadora de la madre original.

Es un encanto respondió sincera, con la sonrisa mucho más natural. Al principio creí que se mostraría distante o a la defensiva, pero todo ha ido sobre ruedas. Es muy abierto y alegre, la verdad.

Se detuvo un segundo. Había una escena que le venía a la mente: cuando Paulito llegó un día de clase y se zampó su tarta con tal entusiasmo que sentenció que, a partir de entonces, en casa se iba a comer bien.

Y eso no es todo añadió Lucía con una carcajada, el pobre hasta se alegra de que haya una persona un poco más ducha en la cocina que su padre. A veces hasta me pide que le enseñe recetas.

Raúl, que hasta entonces había permanecido en silencio, levantó los ojos y asintió, con una mueca de satisfacción discreta. Estaba claro que la buena relación entre su hijo y Lucía le hacía ilusión.

¿Y no ha pedido ya un hermanito? preguntó Carmen, lanzando la pregunta con tal naturalidad y descaro que Lucía notó cómo el café le bajaba de golpe por el esófago.

Raúl frunció el ceño y puso cara de “ya estamos otra vez”, mirando a su madre de reojo. Ya conocía el arte de su progenitora para meter las narices donde no la llamaban y liarla con temas delicados como quien habla del tiempo.

¿Y qué tiene eso de raro? saltó Carmen, sonriente y pizpireta, como si hablase del recibo de la luz. ¡Al niño le chiflan los críos! Se pasa el día jugando con sus primos. Y tú sólo tienes treinta y cinco aún, mujer, te da tiempo a criar un equipo de fútbol.

A Lucía le dio un calambrazo de incómoda vergüenza. Detestaba tener que hablar de asuntos tan personales delante de una señora que sólo técnicamente era “la madre del novio”. Bajo la mesa, entrelazó los dedos para controlar los nervios.

Me temo que eso no es posible dijo midiendo el tono, intentando que sonara neutro. Los médicos no me lo recomiendan en absoluto.

Por un instante reinó el silencio. A Carmen se le endureció la cara, la simpatía desapareció y le quedó un gesto frío y distante que ni la tramontana.

Cosas de mujeres, ¿verdad? musitó Carmen, con un toque de falsa compasión, casi condescendiente. Pero no te apures: hoy en día la medicina hace milagros. Lo que antes era imposible, ahora se soluciona enseguida

Lucía suspiró, resignada: aquella conversación no iba a acabar hasta que lo dijese claramente. Miró a Raúl, procurando que la rescatara, pero él se encogió de hombros, como diciendo “suerte, esto es todo tuyo”.

En mi caso no hay milagro posible explicó sin mirarla a la cara. Fueron muy claros conmigo cuando me diagnosticaron el problema, con dieciocho años. He tenido tiempo de hacerme a la idea: no podré tener hijos.

Carmen parpadeó, sin saber muy bien cómo encajar el golpe.

Pero, ¿qué tiene que ver la vista con los niños? preguntó, ladeando la cabeza con auténtica incredulidad. No lo pillo.

Lucía se contuvo para no lanzar una tesis médica, eligió la versión corta.

El embarazo supondría un riesgo tan grande, que hay un 90% de probabilidades de quedarme ciega. Supone para mí jugarme la salud dijo muy seria. Y honestamente ¿qué sentido tiene tener un hijo que no voy a poder ver jamás?

Silencio. Se ajustó las gafas, queriendo dejar claro que no era un capricho ni una excusa para mantenerse delgada: era una amenaza real y peligrosa.

Y se notaba que Carmen no solo no lo comprendía sino que ahora la miraba con la clara decepción de quien esperaba una nuera robusta y fértil que, a corto plazo, le regalase nietos. Su hijo habría imaginado una suegra muy distinta.

Pero Lucía no sentía ni culpa ni ganas de justificarse. Ya lo había hablado largo y tendido con Raúl, pesando pros y contras, consultando médicos, haciendo horas extra de debate doméstico. El riesgo era demasiado grande, y ellos no pensaban tirar el dado; siempre podían plantearse la adopción o buscar una gestante, que a estas alturas tampoco era tan complicado.

Cuando se levantaron para irse, el ambiente se liberó algo. Carmen abrazó a Raúl y saludó con un escueto cabeceo a Lucía cero calidez, gesto ceremonial. Al calzarse en el recibidor, Lucía interceptó una miradita de Raúl que claramente traía consigo un perdón, cariño.

Al salir a la calle, respiraron a la vez. El aire madrileño del anochecer sabía a gloria bendita después del pollo familiar. Lucía tomó de la mano a Raúl y él apretó con cariño; no hacía falta decir nada: ni la suegra ni nadie les iba a dictar cómo debían vivir

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Tres meses después.

Lucía empezó a notar que su cuerpo iba por libre. Al principio lo achacó al curro: demasiado madrugón, poco sueño, la típica gripe traicionera. Pero el malestar no se iba. Debilidad, náuseas mañaneras, los olores le caían como bombas. Probó con paracetamol del bueno, vitamina C y litros de agua. Nada.

La cosa fue a más, se sentía tan floja que en el trabajo casi se le caía la cabeza al teclado. Un día, charlando por teléfono con su madre, acabó largando lo que le pasaba (con ese tono de madre que escucha y ya sabe la respuesta).

Lucía, cariño preguntó mamá, tras una pausa, ¿estás segura de que no estás embarazada?

Lucía rio, casi ofendida: ¡Venga ya!. Respondió con seguridad, ni una duda. Segurísima. No he fallado ni una con la pastilla. Lo recetó el ginecólogo, y lo sigo a rajatabla.

Su madre aceptó la excusa, pero insistió veladamente:

Por si acaso, hazte un test. Nunca viene mal estar segura.

Al colgar, Lucía se quedó con la mosca. Tenía cinco minutos hasta la farmacia de la esquina. Mandó mensaje a Raúl (que estaba en el hospital de guardia), cogió el bolso y para abajo.

La boticaria le mostró un arsenal de marcas, y Lucía, ni corta ni perezosa, pilló dos test: porque esto lo hago bien o no lo hago. Al llegar a casa, manos temblorosas, dedos torpes, instrucciones leídas tres veces.

Y entonces dos rayas. Claras. Gritando hola, sorpresa. Repitió, por si acaso: dos rayas otra vez.

¿Pero qué broma es esta…? suspiró en alto, helada. ¡Si hice todo bien!

En ese momento sonó el timbre. Se sobresaltó, miró el reloj: solo podía ser Paulito, que volvía de clase y, como siempre, sin llaves.

Corriendo tiró los test a la basura, se recolocó el pelo y fue a abrirle.

¿Otra vez sin las llaves, campeón? rió, dejándole pasar.

Sí Me las dejé en la taquilla. Perdona contestó él, quitándose las zapatillas.

Lucía fue directa a la cocina, a ver si llenaba de comida al adolescente antes de que se pusiera a comerse el sofá. Lo que no sabía era que uno de los test se había quedado bajo la alfombra

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Raúl, me voy una semana al pueblo con mi madre dijo Lucía, sin poder mirarlo a la cara mientras metía ropa apresurada en la maleta. No anda muy bien.

La cara de preocupación de él fue instantánea.

Si necesitas ayuda, dime. Cojo el coche y voy, ¿vale? O llevo medicamentos, lo que sea.

Eso la enterneció. Iba a ser aún peor: engañarle le sabía fatal, pero tenía que salir del paso. Necesitaba resolver el lío sin testigos.

No hace falta Si me surge algo, te llamo.

Un jersey, vaqueros, ropa interior, cepillo de dientes Miraba la hora, el ALSA salía en cuarenta minutos, y aún le faltaba embutir cosas. Por lo menos su madre la iba a recoger y, con suerte, le ahorraría preguntas incómodas.

Avísame de todo, ¿vale? Y cualquier cosa, estaré aquí.

Lucía asintió, se acurrucó rápido en su abrazo, murmuró un En nada estoy de vuelta, ni me echas de menos, y salió a la estación.

El viaje fue un salto cuántico mental. Se pasó el trayecto móvil en mano, repasando mensajes. Cuando llegó, fue directa a la privada donde había pedido cita. Análisis, eco, charla, y una ginecóloga con acento de Valladolid que no se movió ni un pelo.

Sí, estás embarazada confirmó con tranquilidad. De unas cinco o seis semanas.

Lucía asintió muda. Seguía esperando que hubiese un error, que los test esos sólo sirviesen para vender, que todo tuviera sentido.

Pero tomé la píldora. ¡Todo al pie de la letra! ¿Cómo ha podido pasar?

La ginecóloga encogió los hombros, profesional y sin dramas.

Puede que el medicamento estuviera mal, o alguna interacción rara con antibióticos, o un virus digestivo. Sucede, aunque no es frecuente.

Y entonces, la pregunta clave:

¿Quieres continuar con el embarazo?

Lucía bajó la cabeza. Una vez más, el fantasma del diagnóstico. 90% de posibilidades de perder la vista, vivir en penumbra Una heroicidad para la que no tenía agallas.

Con ese riesgo no puedo, doctora.

Ella asintió, suavizando la voz.

Es completamente comprensible. Aquí están las instrucciones y el papeleo.

Lucía recogió los papeles y salió despacio. Pensaba en que la vida es como una tortilla: nunca sabes de qué está rellena.

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¡Lucía! Raúl sonó tan emocionado al teléfono que ella sintió alerta de tsunami. ¿Por qué no me lo contaste?

A Lucía se le encogió el alma.

¿El qué? respondió, nerviosa.

¡Que estás embarazada! saltó él, feliz como una perdiz. He encontrado un test con dos rayas en el pasillo. Ya he pedido cita con una ginecóloga buenísima. Quiero ir contigo y estar a tu lado, como debe ser.

Lucía pensó deprisa cómo frenarlo sin hacerle daño.

No cantes victoria Puede haber sido un error. Tomaba mis pastillas como siempre, siguiendo el manual, y no fallé ni una vez. No puede ser.

Raúl dudó un instante y, en vez de calmar el asunto, acabó liándola más.

Sobre eso mira, hace unas semanas estuvo mi madre en casa. Vio la caja de pastillas y empezó a decir que tu diagnóstico no es tan grave, que conoce casos peores y todo salió bien Me convenció de que quizás podríamos intentarlo, que tampoco había que ser tan estrictos.

Lucía sintió que le hervía la sangre.

¿Y eso significa que hiciste algo con mis pastillas?

Raúl evitó mirar al teléfono. Fue una tontería, lo sé Un día se me cayeron y, yo qué sé, pensé que era un “signo”. Las repuse con vitaminas. Quería darte una oportunidad, como dice mi madre. Creí que podía ser bueno para los dos.

Lucía se quedó blanca. ¡Le había cambiado la medicación! Sabía lo importante que era tomarla. Sabía el riesgo. Lo sabía todo.

¿De verdad? ¿En serio preferiste el discurso de tu madre a mi salud? dijo, mordiéndose las palabras.

Él no levantaba cabeza.

Sólo quería que fuéramos una familia.

Pues esto ha sido el colmo. Ahora no tengo tiempo, pero el sábado vendré al parque. A las doce. Y lo hablamos. Voy a ir con mi hermano.

Vale, iré dijo Raúl, sin apenas respiración. Lo arreglaremos.

Lucía colgó y sólo pensaba: Si no tuviera gafas, ya habría hecho añicos la caja.

El sábado, Raúl estaba puntual. Traía un ramo de rosas blancas y cara de no haber pegado ojo. Igual pensaba que Lucía se derretiría ante su romanticismo, pero cuando la vio aparecer cogida del brazo con Sergio, su hermano, se dio cuenta de que el drama era mayúsculo.

Lucía ni miró las flores. Le dio un sobre.

¿Esto qué es? farfulló Raúl, sin entender nada.

El informe de que no habrá bebé dijo ella, con una frialdad glacial. Sabías mi situación. Obviaste todo por una ilusión tuya y por la presión de tu madre. No lo voy a perdonar. Mañana paso a por mis cosas. Y no vengo sola.

Dio media vuelta, con paso firme. Raúl, desesperado, trató de alcanzarla:

¡Lucía, espera! ¡Déjame explicarlo!

Pero Sergio se intercaló entre ambos, firme como un portero del Atleti, dejando claro que con su hermana no se juega.

¡Eso es mentira! gritó Raúl, aferrándose al ramo. He consultado médicos; hoy en día todo se puede hacer. ¡Sólo buscas una excusa!

Lucía se giró. Ni una lágrima, solo dignidad y rabia contenida.

¿Acaso llevaste mi historial? ¿Con nombre y apellidos? ¿O simplemente dijiste: Tengo una amiga con miedo a quedarse ciega?

Raúl palideció. Nunca pensó que la podía perder por una tontería así.

Sólo quería una oportunidad, Lucía casi susurró.

Pues la oportunidad se acabó. Con alguien que no respeta mis límites ni me cuida, no me juego la vida. Esta ha sido tu última jugada, Raúl.

Y, sin más, se marchó. Raúl intentó seguirla, pero Sergio le paró en seco.

Sentado después en un banco, con el ramo olvidado en las manos, Raúl comprendió por primera vez que hay traiciones que no se curan con flores ni médicos. Había perdido a la mujer que amaba. Y quizás, sólo quizás, se había merecido ese destino

Pero claro, para algunas cosas el diagnóstico llega tarde.

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