Se necesita marido urgentemente
Mamá, tienes que encontrar un marido cuanto antes. ¡Muy, muy rápido!
El café casi salta del borde de la taza y cae en un charco abstracto sobre el mantel de hilos diminutos como hebras de oro. Alba deposita la taza con manos de sueño, carraspea y clava la mirada en su hija, que parece reflejada de otro mundo.
¿Me lo puedes explicar? dice intentando que su voz sea una línea recta en medio del aire denso y surrealista de la cocina. ¿Por qué esa prisa extraña?
La niña, de nombre Inés, oscila de un pie al otro, inspeccionando la geometría imposible de las figuras que flotan sobre la alfombra como si fueran pequeñas lagunas de color. Siente el rubor como una brisa lejana, pero la decisión le brilla en los ojos con luz de luna.
Verás Hoy le dije a papá que tienes pareja exhala. ¡Me preguntaba tantas veces! Siempre quiere saber si ya has encontrado a alguien. Yo siempre le decía no y entonces él, como una máquina de cuentos, se lanzaba a recitar su gran error: que te equivocaste al dejarle, que sólo una persona profundamente necia podría permitirse perder alguien como él.
Alba quiere ver el fondo de los ojos de Inés, pero sólo encuentra destellos de impaciencia, de rabia contenida, de decepción por el padre-dios caído.
Y además no para de insistir en que pronto vas a darte cuenta y volverás con él. Según él, nadie podría superarle. En fin, que al final he explotado y he dicho que ya tienes a alguien.
Alba se pasa la mano por el pelo teñido de nostalgia. Su antiguo esposo Esteban resuena en la memoria como una canción repetitiva: siempre seguro, siempre monólogo, siempre el protagonista de su propia historia.
Me imagino los versos tan coloridos con que adorna su ego dice Alba, con un pequeño guiño de ironía. No soporta la idea de que lo haya dejado, tan perfecto. Creo que pide que vayas los fines de semana sólo para tener público para sus discursos. Le alimenta el amor propio, como quien da alpiste a un pájaro enjaulado.
Inés se derrumba en el sofá como un río que busca su cauce y dibuja círculos en la tela con los dedos. Intentan compactar los pensamientos para que no caigan al suelo.
Yo pienso igual, mamá murmura mirando a través de la ventana imaginaria. Hora y media escuchando lo genial que es. Luego ya puedo desaparecer: ni pregunta cómo estoy, ni si me va bien en el colegio, ni si me falta algo
Habla como si enumerara las partes de un reloj: despertar, desayuno, cole, deberes. Un hábito tan monótono que ni le arranca gestos del rostro.
Recostada, contempla el techo que se distorsiona en ondas suaves, y repasa mentalmente su última conversación con Esteban, el padre que nunca fue del todo terrenal. Todo comienza siempre igual: una hazaña nueva, ese día unas negociaciones brillantes, luego planes de futuro y quejarse de la poca justicia universal que recibe su talento. Hora y media escuchando. Inés toma nota mental, para contárselo a mamá.
El único intento de compartir los ecos tiernos de su olimpiada matemática acaba siempre en un gesto distraído. Muy bien, pero cuando tenía tu edad otra vez, batallones enteros de historias épicas suyas hacen añicos el relato de la niña.
Ya no le duele, simplemente no lo comprende. ¿Cómo soportó Alba tantos años esa presencia absoluta? ¿Seguramente se quedó por ella? De pequeña Inés creía que un día el padre se daría cuenta de que ellas existían. Pero sólo se enteró de que se puede respirar mejor sin alguien a quien nada importa más que sí mismo.
¿Y por qué esa urgencia, cielo? Alba apenas modula el volumen, algo más cortante de lo que pretendía. Lo dijiste, ya está. No veo tanto problema
Al escucharme, cambió de color, mamá. De azul pasó a rojo. Empezó a gritar tanto que la vecina subió corriendo. Reconozco que me dio miedo.
Se detiene, como si el recuerdo flotara entre brumas: la voz aguda, las manos apretadas, la mirada fugaz de un animal acorralado. Parecía a punto de estallar.
Exigía saber el nombre del hombre, quería que lo describiera con pelos y señales. Le dije que tú me habías pedido discreción Ya verás, seguramente te llamará para echarte en cara cosas.
Alba observa por la ventana una gaviota que parece flotar en su propio mundo. Sabe que la tormenta de Esteban caerá sobre ella tarde o temprano.
Se sienta junto a Inés, abrazándola. Ya no hay marcha atrás: la piedra ha rodado montaña abajo.
¿Por qué inventaste eso, cariño? Vivíamos tan tranquilas ahora otra vez sus gritos, sus dramas. Me dan ganas de apagar el móvil.
Inés se zafa con dulzura y, sentada recta, le clava una mirada seria y sabia, como si de repente tuviera veinte años más.
Porque eres maravillosa, mamá. Guapa, lista, llena de amigas, y encima los hombres te miran siempre. ¿Crees que no me doy cuenta? Me harté de escucharle decir cosas feas sobre ti.
Alba acaricia el pelo de su hija, sentada en un trozo de sueño pálido.
Lo entiendo, corazón. Y la verdad, pensé que no querrías que empezara otra relación. Han pasado apenas seis meses desde que me separé.
El miedo antiguo asoma en los ojos de Alba: ¿y si su hija lo toma como una traición? Pero no encuentra ni un solo signo de descontento en Inés.
¡Qué tontería! proclama la niña con tal seriedad que Alba rompe a sonreír. Lo importante es que seas feliz.
Con los brazos cruzados y sonrisa vieja, Inés parece una pequeña filósofa.
Alba la mira y algo en su pecho se derrite. Por primera vez en mucho tiempo, empieza a pensar que tal vez el pasado no tiene cuerdas tan afiladas.
Eres única, hija susurra Alba, volviendo a abrazarla. Gracias por preocuparte tanto por mí.
Y en ese momento, toda la casa se hace más cálida y densa y flota, como un globo de luz en el atardecer extraño de su pequeño mundo.
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La cabeza de Alba es una campana de cobre golpeada por sonidos mudos. Intenta desenredar números y palabras en el ordenador, pero las letras bailan despacio como hojas mojadas. Un dolor sordo late y late, y cada pequeño sonido, desde el murmullo del aire acondicionado hasta el taconeo abstracto de los pasillos, retumba en su cráneo como un eco de otro plano.
Sin pensarlo demasiado, le pide a una compañera que le baje una caja de Ibuprofenos de la farmacia del barrio. Agua del dispensador, un trago áspero y vuelve a la atmósfera de su mesa, que parpadea entre la realidad y la niebla.
Entra el vigilante, con cara prudente y ojos de quien ha visto dragones resoplando vapor en la puerta.
Señora Alba, tiene usted visita abajo. Su exmarido insiste en que baje. ¿Quiere que le invite yo a marcharse?
El estómago se le retuerce un instante. Inspira profunda, intentando sujetar la compostura que le queda.
Ahora bajo. Disculpad las molestias.
Traspasa el pasillo, donde la gente circula como si nada y el tiempo revuelve los minutos en espirales imposibles. Baja despacio, como quien atraviesa un sueño con los zapatos pegados al suelo.
En el vestíbulo ve a Esteban moviéndose igual que los muñecos de guiñol: avanza y retrocede, gesticula, debate con los guardias. Gesticula tanto que el aire a su alrededor se llena de signos de exclamación flotantes. Los vigilantes están ya a un milímetro de perder la educación.
¿Qué haces aquí? le suelta Alba, sin rodeos. ¿Has venido a montar un espectáculo? Si quieres, invito a la policía, será divertido.
Esteban se gira de golpe, con los ojos lunáticos y las mejillas anaranjadas.
¡Tú, sí, tú! ¡Inés me lo ha contado! ¡Medio año de divorcio y ya tienes otro hombre!
El tono se desliza entre la incredulidad, el despecho, el celo marchito. Se diría que la existencia entera le tambalea bajo los pies.
Alba levanta una ceja, elegante y fría.
¿Es que tengo que serte fiel eternamente? Incluso después del fin. Exiges demasiado, Esteban. Y eso que tú no considerabas la fidelidad muy importante en matrimonio.
La mano de Esteban queda suspendida, como si señalara a una estatua invisible. El mundo se recogía en el cuadrado diminuto entre ambos, el resto de humanos eran sombras en la pecera gigante.
Tú simplemente intenta balbucear.
Sin escenas, Esteban. Si queremos hablar, lo hacemos sin público. Si sólo viniste a gritar, te vas.
¡¿Escenas?! ¡Ya verás tú escena! Ahora parece una caricatura del padre colérico.
¡No dejaré que mi hija viva con un desconocido! ¡Te la quitaré, la perderás para siempre!
Alba eleva las cejas y mira el techo, como si toda la situación fuera un ensayo general de una obra absurda.
¿Has terminado, artista? De circo, supongo.
¿Qué ocurre aquí? resuena una voz grave en la entrada, y todo el vestíbulo se reajusta.
Aparece un hombre en traje azul marino, columna vertebral erguida como los acantilados en invierno. Los guardias se tensan, el tiempo se ralentiza.
No se meta gruñe Esteban, con una rabia risible.
El hombre avanza, observa, sonriendo solo con los ojos. Da ese miedo sereno de los que han visto todos los días iguales y no se asustan de nada.
Eso es discutible responde. Lo personal sólo existe si es privado; cuando gritas aquí, contaminas el aire de todos.
Y sin embargo, Alba encuentra en él una extraña tabla de salvación, como si le pusieran en la mano una flor de otro planeta.
Esteban quiere replicar, pero el hombre se acerca y, sin escenografía, rodea la cintura de Alba. El gesto es tan teatral que arrasa todo lo anterior.
¿Quién soy? el tono plano, pero cortante. Soy quien hace feliz a Alba. No grites a mi lado. Si juegas con nuestra hija, los problemas que tendrás te parecerán de otro mundo. ¿Está claro?
El color de Esteban se disuelve hasta ser papel blanco. Muda los ojos de uno a otro, busca salidas en la pared blanca.
Por fin traga aire, murmura algo incomprensible, se vuelve bruñido en dignidad e ironiza mientras sale:
¡No esperes mi pensión alimenticia!
No la necesito, responde Alba, de puntillas casi, sintiéndose ligera por primera vez en siglos. Inés no tendrá que ir más a tu casa.
Sólo entonces nota que la mano del director general sigue en su cintura, cálida y firme, y hasta se sonroja en mitad del sueño. Se aparta, con una media sonrisa.
Muchas gracias, don Rodrigo. No sabe cuánto lo agradezco.
Rodrigo sonríe, con una chispa cálida.
¿Comemos juntos y lo hablamos más tranquilos? le ofrece la mano.
Alba duda un instante, atrapada entre los hilos invisibles de la costumbre, pero se deja guiar. El apretón de Rodrigo es compañero y seguro.
En un restaurante pequeño, la luz cae suave, rebota en los platos y hace estelas tal vez allí el tiempo no existe.
Poco a poco, en esa mesa de madera, Rodrigo confiesa que la mira a menudo, pero siempre había respetado su silencio.
No quería presionar, Alba, pero hoy, viéndote sufrir No podía seguir quedándome al margen.
Ella le escucha con una calidez nueva; nunca antes el amor se sintió tan simple y real.
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Tres meses después de aquella escena, Alba y Rodrigo celebran la boda en El Escorial, bajo los arcos imposibles de las bóvedas que se chalanean con los sueños. Es una boda luminosa y elegante como deberían ser los recuerdos felices.
Inés parece el hada de ese cuento extraño, revisando el vestido, peinando brillos y abrazando con esa intensidad que sólo tienen las criaturas recién salidas del país del sueño.
¡Qué feliz soy por ti, mamá! dice Inés apretando a Alba y a Rodrigo.
No llamará a Rodrigo papá, no todavía.
Me caes muy bien, Rodrigo, y me gusta que mamá esté contigo. Pero mi padre, con sus defectos, sigue siendo mi padre.
Rodrigo sonríe amplio:
Lo entiendo, Inés. Lo esencial es que estemos juntos.
Esteban, por su parte, recibe invitación formal como un guiño del destino o una pequeña venganza. Por supuesto, no asiste. Prefiere llamar a conocidos para lamentarse de la boda de Alba: repite el discurso de su injusticia, de cómo todo fue demasiado rápido. Nadie le da la razón, los amigos encogen los hombros, y Esteban se queda hablando solo, como si su voz rebotara en una catedral vacía.
¿Cómo puede haber amor en tan poco tiempo? se queja. Sólo es una huida
Algunos ya ni le contestan.
Y así hasta apagarse.
Al final, la vida de Alba, Rodrigo e Inés regresa a su cauce irrepetible. Cenas tranquilas bajo la luz blanda de la tarde, paseos por el Retiro o debates eternos sobre qué película ver. Todo parece flotar en ese sueño extraño, donde lo real y lo irreal se dan la mano y, por fin, el amor y la felicidad bailan juntas, como si hubieran encontrado, al final, el camino de regreso a casa.






