El veneno de la envidia

Veneno de la envidia

Álvaro, tengo miedo Lucía aprieta nerviosa una servilleta entre los dedos, la voz le tiembla al final de la frase. Levanta la mirada hacia él, reflejando un temor sincero en sus ojos. Otra vez esos mensajes

Saca el móvil del bolso con manos trémulas, desbloquea la pantalla y se lo tiende a Álvaro. Él lee detenidamente los textos: Gracias por una noche maravillosa, Ya te extraño, ¿Cuándo nos veremos otra vez?, Pronto coincidiremos de nuevo, Te esperaré después del trabajo en nuestro sitio… Frunce el ceño y una línea profunda surca su frente.

¿Cuándo han llegado? pregunta, tranquilo y casi impasible, devolviéndole el móvil.

El último, hace cinco minutos. Justo cuando pedimos la cena Lucía traga saliva, notando el nudo en su pecho. Siempre pasa igual, cada vez que estamos juntos. Es como si alguien nos vigilara aquí, justo en este instante, sabiendo dónde estamos y qué hacemos.

Álvaro se recuesta en la silla, se acaricia pensativo la barbilla y su mirada se vuelve afilada, como si ya estuviera calculando estrategias.

Enséñame todos los mensajes. Y las fechas. Su voz suena firme y segura, nada de pánico en ella.

Lucía abre el chat, desliza hacia arriba con los dedos todavía inquietos. Él observa los mensajes No puedo dejar de pensar en ti, ¿Recuerdas nuestra última conversación? Espero que continúe, Sabes dónde encontrarme si cambias de idea. Todos refuerzan esa sensación inquietante de alguien invisible colándose en sus vidas; una presencia que intenta romper algo.

Esto es raro murmura finalmente Álvaro, con dureza sutil. Muy calculado. Alguien quiere que parezca que tienes un lío a mis espaldas. Además, escoge el momento justo en el que estamos juntos demasiado metódico.

Lucía suspira y los hombros se le hunden, como aplastados por un peso invisible. Tiene veinticinco años y lleva meses trabajando como diseñadora en un pequeño estudio de Madrid. Siempre ha soñado con construir una relación verdadera, cálida y sincera. Álvaro, con treinta y cinco años, abogado, le parece justo ese tipo de hombre seguro y atento con el que sentirse protegida, algo tan infrecuente y valioso en su vida.

Salen juntos desde hace medio año. En ese tiempo, Lucía ha aprendido a confiar en su capacidad para resolver conflictos sin dramas, en su sentido del humor y su interés genuino por ella. Álvaro nunca ha forzado nada, aunque tampoco oculta que quiere algo serio. Últimamente, ella empieza a pensar más a menudo que está lista para dar el paso hacia ese futuro compartido.

No sé quién podría hacerme esto confiesa, con la voz temblorosa. No tengo admiradores secretos. Ni he dado pie… Y esas frases: nuestro sitio, nuestra última conversación parecen escritas para inventar una historia antigua entre dos, que en realidad nunca existió. Es como si alguien nos moviera con hilos a su antojo

Yo me ocuparé, interviene Álvaro, con determinación en la mirada. Tengo conocidos en la policía. Vamos a rastrear los números de origen. Esto no es casualidad. Hay un patrón.

Los días siguientes, Álvaro se dedica a investigar. Lucía, por su parte, se vuelca en el trabajo y queda con amigas; cualquier excusa es buena para despejar la cabeza y ahogar la inquietud. Pero el nerviosismo no la abandona: la sensación de que alguien quiere estropear esa felicidad frágil que apenas ha empezado, le oprime el corazón. Cada vez que consulta el móvil espera encontrar otro de esos mensajes, y solo se relaja cuando no hay ninguno… aunque el alivio dura un instante, antes de que vuelva la ansiedad.

Cinco días después, Álvaro la llama por la noche.

Lucía, ya sé quién ha sido su voz es seria, sin su habitual calidez . Los mensajes vienen de varios números comprados de manera anónima. Pero hemos rastreado quién los adquirió. Es Laura.

El mundo le da vueltas y casi se le cae el teléfono. Laura, su amiga desde la universidad. Veintiocho años, divorciada y madre de dos niños. Una amistad de años, con secretos compartidos, apoyo mutuo en los peores momentos. Últimamente, no obstante, la relación se había ido agrietando, casi invisiblemente. Laura se quejaba a menudo de sentirse sola, que los hombres no querían líos con madres, que su vida era una sucesión de problemas sin respiro.

¿Laura? susurra Lucía, con un dolor y una incredulidad que la encogen. ¿Por qué? ¿Cómo ha podido?

Está claro, responde Álvaro, con un tono en el que se adivina cierta amargura. Es envidia. Tú eres joven, tienes éxito, una vida por delante. Yo aparezco y de alguna manera ella se siente desplazada. Lo que intentaba es crear malentendidos, que yo sospechara de ti.

Hacía un par de semanas, los tres coincidieron en una fiesta en casa de unos amigos. El salón, bañado por la luz dorada, la música suave y el tintinear de copas llenas de cava; Lucía, en su vestido azul profundo, brillaba con su vitalidad y su elegancia discreta, mientras Álvaro no se despegaba de ella: atentos gestos, bromas, charlas amigables con otros invitados.

Vaya, parecéis portada de catálogo, ironizó Laura, forzando una sonrisa y quedándose aparte, brazos cruzados sobre su sencillo jersey beige. Todo perfecto: el vestido, el acompañante.

Gracias, contestó Lucía, sincera. La verdad, me sorprendió cómo sienta el vestido.

Ya, Laura miró su propio ropa y bajó la vista. Ojalá yo pudiera. Pero con dos hijos es difícil permitirse caprichos. Todo va para otras cosas

Laura, no digas eso, intentó animarla Lucía, tocando suavemente su codo. Tú tienes mucho estilo, siempre te ves genial.

Claro Laura rió nerviosa, desviando la mirada. Unos lo tienen todo fácil y otros tenemos que elegir entre un vestido nuevo o zapatos para los niños. Entre ir a la peluquería o pagar una extraescolar para Mario

Su voz titubeó y se apartó disimulando, como si le interesara un cuadro en la pared. Álvaro, con tacto, cambió de tema, proponiendo que alguna vez quedasen todos a cenar en un restaurante recién inaugurado. Lucía asintió, pero vio de reojo la mirada amarga de Laura desde la ventana, con una envidia contenida: no solo envidia, sino una nostalgia profunda por una vida más ligera, con menos peso.

Otro momento incómodo llegó durante un café en una terraza mirando la lluvia. Lucía contaba con entusiasmo su última escapada con Álvaro a una casa rural en la sierra de Guadarrama: paseos recogiendo hojas doradas, barbacoa, risas, el crepitar de la leña al anochecer.

Todo muy idílico murmuró Laura, removiendo el azúcar de manera brusca en la taza. Naturaleza, amor, el hombre ideal

Fue genial, sonrió Lucía, soltando una risita y acariciando la taza caliente. Queremos ir en invierno a esquiar, Álvaro me enseñará. ¿Te animas?

¿Esquiar? Laura alzó las cejas. Eso, si tengo tiempo. Yo paso los días como puedo: guardería, pediatra, deberes, actividad de Mario, ir a buscar a Paula, preparar la cena, revisar mochilas Para unos, romanticismo; para otros, rutina.

No lo dijo con rabia, pero sonaba agotada y resignada. Otra amiga, Carmen, intervino con delicadeza:

Venga, Laura, que Lucía no presume; solo comparte felicidad. Es bonito cuando ocurren cosas buenas.

No acuso de nada, cortó Laura, dejando la taza con fuerza. Solo digo que unos viven en una fiesta y otros en el día de la marmota. Lucía puede irse de escapada, yo tengo que planificarlo todo, hacer cuentas Y siempre algo se tuerce.

Lucía sintió cómo algo se rompía por dentro. Quiso buscar palabras de ánimo, pero no salieron. Le cogió la mano a Laura y ofreció:

Si quieres, organicemos una escapada juntos con los niños. Vamos al parque, hacemos una barbacoa, será divertido.

Laura se detuvo un instante, los ojos vidriosos, pero pronto se contuvo.

No hace falta, no funcionaría. Mejor disfruta de tu libertad mientras puedas.

Lucía atribuyó entonces estos comentarios al cansancio de su amiga. Pero ahora, mirando atrás, comprende que la envidia no era malicia, sino el peso del dolor acumulado. Recordó gestos, silencios, miradas huidizas, sonrisas forzadas. Todo eran señales que ella no supo ver a tiempo.

¿Qué vamos a hacer? pregunta, ahora con firmeza bajo la inquietud.

Hablemos con ella. Esta noche. decide Álvaro.

Van al piso de Laura. Abre la puerta, los ve y palidece, los nudillos blanqueando sobre el borde de la puerta.

¿Qué pasa? quiere saber, la voz temblorosa y asustada.

No finjas, suelta Álvaro. Sabemos que has estado enviando los mensajes. Lo hemos comprobado.

Laura retrocede, se apoya contra la pared como si le flaquearan las piernas. En su rostro se mezclan la ira y el llanto.

¡Sí, he sido yo! grita quebrada. ¿Y qué? ¿Tú sabes lo que es verlo todo desde la sombra, Lucía? Siempre has tenido la suerte de cara, mientras yo sola, dos hijos, ningún hombre decente. ¡Siempre la favorita! Hermosa, libre, sin cargas Yo siempre soy la pesada.

Las lágrimas asoman, la rabia y la pena luchan en su expresión.

Ni te imaginas lo que es sentirse invisible sigue, los labios temblorosos. Cada vez que contabas tus citas, yo me moría de envidia. Tu vida es perfecta, la mía un desastre. Sólo quería que probaras tu propia medicina, que tu burbuja se rajara, que supieras lo que duele

Lucía escucha y nota un dolor punzante. Frente a ella, la amiga que compartía cafés y llantos tras su divorcio, es ahora una desconocida llena de rencor.

¿Querías destruir mi vida solo por envidia? pregunta, sin reproche, sino triste. ¿Esperabas que Álvaro pensara que yo tenía otro? ¿Que terminase todo?

¿Es que no lo ves? Laura suelta una carcajada amarga. Siempre has brillado. Incluso en mi cumpleaños el año pasado, todos sólo hablaban de ti y de tu nuevo puesto, mientras yo servía la tarta en silencio. Nadie me preguntó si estaba bien. ¡Nunca!

Lucía recuerda vívidamente aquella noche. Ella bailaba, reía, era el centro Laura apartada junto a las velas, sola. Ahora comprende el por qué.

Laura, nunca quise eclipsarte. Estaba feliz, sí. Pero para mí siempre fuiste igual de importante, una amiga de verdad

¿Cómo no iba a sentirme así? Tú tienes a Álvaro, a tu trabajo, te va todo bien. A mí sólo me quedan los problemas, la hipoteca, los recuerdos de lo que no fue Envidié tu vida, sí. Quería que tú también sufrieras, aunque sólo fuera un poco.

Álvaro se pone al lado de Lucía, firme, protector.

Basta. dice, y su voz retumba Lo que has hecho no tiene perdón. Tienes que detenerlo.

En Laura asoma algo de arrepentimiento, pero pronto lo esconde tras nuevas palabras airadas.

¿Qué vais a hacer, llamar a la policía? No conseguiréis nada.

No queremos denuncias, responde Álvaro, impasible Solo que dejes a Lucía en paz y esto no vuelva a repetirse.

Laura clava la mirada en Lucía, y por un segundo su desesperación asoma. Pero se recompone y añade, dura:

No puedes saber cómo es la envidia hasta que te conviertes en invisible. Ni sabes cuánto duele.

Lucía rememora una escena reciente en la misma cafetería, con los dos cafés ya fríos:

A veces siento que vives otra vida, Lucía. Todo te sale bien: trabajo, pareja, aficiones Yo, en cambio, siempre igual: cole, compras, deberes, lavadoras A veces pienso que otro día más no lo soporto.

Lucía entonces le había dado ánimos, sugiriendo mejorar el currículum, buscar trabajo más cerca Siempre se había sentido mal por la situación de su amiga, pero no alcanzó a ver que su dolor era más profundo.

Laura, jamás imaginé cuánto sufrías. Si hubieras hablado claro, lo habríamos intentado juntas. Pero esto No puedo olvidarlo. Me duele mucho.

Lo sé, no te pido perdón ahora. Solo entiéndeme. Me metí en una espiral de celos y no supe cómo pararlo. Y pensé que si tú caías un poco, yo podría respirar.

Álvaro pone su mano sobre el hombro de Lucía.

Cerramos aquí. Lucía, ¿puedes aceptar esto?

Ella duda. Mira a Laura: ojos rojos, labios temblorosos, hombros hundidos. La herida se mezcla con la compasión.

Acepto que has actuado así por desesperación, no por pura maldad dice, mirándola a los ojos Pero no puedo seguir siendo tu amiga hasta que cambies, hasta que aprendas a no hacerme daño. Quiero una amiga, no una sombra.

Laura asiente, otra lágrima resbala por su mejilla.

Gracias, al menos por escucharme. Siento no haber sido capaz de hablarlo como debía.

Lucía y Álvaro salen al portal. Ya ha anochecido en Madrid, y las farolas dejan charcos dorados sobre el asfalto brillante por la última lluvia. Lucía respira hondo, aliviada y vacía a la vez.

Me siento agotada, confiesa, apoyándose en Álvaro Ahora que todo se ha sabido, siento que he perdido algo importante.

Es normal, él la rodea con sus brazos . Las traiciones duelen. Pero ahora conoces la verdad y puedes mirar adelante. No estás sola. Yo estoy aquí.

Sí, Lucía sonríe, los ojos aún húmedos pero con la chispa de la esperanza encendiéndose poco a poco Adelante, juntos.

Caminan por las calles iluminadas, y a cada paso la pesada losa se va haciendo aire. Lucía sabe que tendrá que recorrer un largo camino, sanar sus heridas y aprender a mirar el mundo con otros ojos. Pero Álvaro la sostiene, dispuesto a seguir a su lado, y eso, piensa, es quizá lo más valioso de todo.

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