Derecho a mi propio mundo
¿Señora Martín Hernández? preguntó, con una ceja tan arqueada como sentido del humor, una mujer tremendamente seria de traje planchado. Tenemos que hablar. Muy seriamente.
Sí, soy yo. ¿Y usted quién es? respondió Carmen, algo a la defensiva. No esperaba a nadie, y como suele pasar entre madres, el primer pensamiento fue para su hija: ¿Habrá pasado algo en el cole de Sofía?. Pero lo descartó de inmediato; si hubiera habido un drama de patio, seguro que la tutora habría llamado.
¿Puedo pasar? interrumpió la visitante, levantando una carpeta como quien dice llevo papeles y no vengo de paseo. Créame, es por su bien.
Lo siento, pero llego tardísimo al trabajo, así que no. Carmen miró el reloj, haciendo cálculos mentales. Si tiene usted que decirme algo, que sea breve, que hoy Madrid está de atascos hasta arriba y no me apetece escuchar a mi jefe toda la mañana.
El día ya pintaba torcido: el despertador decidió hacer huelga, el desayuno fue a lo loco, y ahora, para ponerle la guinda, alguien de aspecto de inspectora sin terminar el café.
Se trata de su hija soltó la señora, sin preámbulos. Vengo de Servicios Sociales. Hemos recibido una alerta desde el colegio.
Carmen, que ya había empezado a bajar los escalones, se giró de golpe. ¿Alerta? ¿Servicios sociales? Un sudor fresco recorrió su espalda.
¿Y qué le han dicho desde el colegio para que venga usted a ponerme nerviosa a las ocho y media de la mañana un lunes? En casa estamos bien, vivimos en Salamanca el barrio, faltaría más. A Sofía no le falta de nada. ¿Qué problema hay?
Su hija está completamente desconectada de la realidad sentenció la mujer, mirando a Carmen como si hubiera encontrado a la culpable de la sequía en la Mancha.
¿Disculpe? Carmen frunció el ceño. ¿Me lo dice porque lee libros?
La tutora revisó el viernes el diario de lectura del alumnado siguió implacable la funcionaria. Y, sinceramente, se ha alarmado.
Pues claro que sé lo que lee respondió Carmen, inflando el pecho, cabreada. Firmo cada tarde. Es lo que más le gusta hacer. Leemos juntas, vamos a la Casa del Libro, en Navidades le cayó el lote de Barco de Vapor. ¿Qué tiene eso de malo?
Es que pasa todo el tiempo libre pegada a los libros, y la mayoría son cuentos de fantasía. ¿Lo entiende? La mujer subió medio tono. Un niño debe socializar, salir al parque, vivir en grupo. Su hija, en cambio, parece que reside en otro mundo.
Carmen inspiró hondo, ordenando el interior caótico de sus pensamientos. Conocía a Sofía mejor que nadie y estaba convencida de que los libros no la dañaban, más bien la alimentaban.
¿Tiene muchos amigos su hija? atajó la visitante, como quien busca resquicios.
Los justos y necesarios respondió Carmen, con tono seco. Vienen las hermanas García del portal de al lado, y dos niñas que conoció en actividades extraescolares. Se lo pasan en grande, juegan, charlan sin parar y a veces montan obras de teatro para los padres. Si el clima acompaña, todas juntas al parque, y allí se junta una cuadrilla. Sofía no está sola.
¿Y es ella la que busca la compañía o son los demás que vienen porque tienen videojuegos en casa, o porque hay espacio? ¿Sofía toma la iniciativa, llama, invita, o propone?
Carmen repasó mentalmente las últimas semanas. Su hija no era la líder de la manada, ni falta que hacía. Eso no impedía que propusiera ideas: juegos de mesa, dibujar, inventarse historias para los peluches.
Participa cuando la invitan y, cuando no le apetece, propone otras cosas. Justo la semana pasada organizaron un teatro casero. Montaron hasta programa de mano. Eso también es socializar, creo yo. Menos patio y más pensar.
La funcionaria tomó nota con letra apretada mientras Carmen se preguntaba si estaría haciendo una lista de la compra. Por fin, la otra levantó la mirada:
¿De verdad sabe lo que necesita su hija? ¿No estará usando los libros para huir de la vida real?
A Carmen aquello ya le resultó ofensivo, pero se controló.
Se lo puedo asegurar respondió controlando el volumen. Mi hija está feliz, aprende, disfruta. Leer no es esconderse, es crecer. Y si hace falta, le enseño su cuarto, sus notas, lo que usted quiera. Pero no permitiré que juzgue mi familia por rumores.
¿Y los/as compañeros/as? insistió la señora, como si hubieran quedado cosas sin criticar. La profesora dice que Sofía no interactúa casi y lee en el recreo.
Carmen ya no pudo evitar la aspereza en la respuesta:
Hay que ver, cuánto problema por una niña que prefiere un libro a un móvil. ¡Que no solo lee cuentos! Le encantan los libros de astronautas y naturaleza. ¿No será mejor eso a que se enganche a TikTok y acabe con la vista fatal?
La otra mujer balbuceó un Pero… que Carmen cortó sin ceremonia:
Se acabó el interrogatorio. ¿Cómo ha dicho que se llama usted?
La mujer, sorprendida, tragó saliva.
Julia Ruiz Fernández.
Perfecto. Habrá denuncia de mi parte hoy mismo. Igual a la profesora, que parece que va de CSI antes que de tutora. Háganles una visita a los del tercero izquierda, que recuerdo yo que el pequeño va al cole con la camiseta por abrigo… Vaya a buscar problemas donde sí los hay y no me explique a mí cómo criar a mi hija.
Le temblaban las manos, pero puso cara de no me vacila ni el presidente de la comunidad.
Sofía es excelente estudiante, cursa inglés, hace danza y siempre ayuda a los más pequeños. Puede que no corra por el patio, pero seguro que no molesta a nadie. Lo mismo no puede decir la familia Gómez, que desde hace meses ni madre ni padre aparecen por el cole…
Julia Ruiz Fernández empalideció y afiló la voz:
No es necesario que me indique cómo hacer mi trabajo.
Pues si sigue así, pronto lo hará en la cola del paro sentenció Carmen, abriendo la puerta. Buenos días.
Bajó las escaleras a paso rápido, tan firme como puede uno ir sabiendo que quedan quince minutos para fichar y el centro de Madrid no ayuda. Menuda gracia, la de la visita… Con tanta familia con problemas serios, y Servicios Sociales pierde el tiempo con Sofía porque le gusta más el Quijote que el parchís. Es mucho más cómodo meterse en casas donde huele a café que ir a barrios en los que lo que falta es la nevera.
Mientras aceleraba por la calle Velázquez, Carmen repasaba mentalmente la conversación. ¿Desconectada de la realidad? ¡Como si leer Guerra y Paz en el recreo fuera un crimen de Estado!
Al llegar, su jefe, don Joaquín Salcedo de esos castellanos antiguos que parecen haber nacido con traje, ni la miró mientras decía:
Doña Carmen, otro retraso así y la cosa no pinta bien. Es el tercero este mes.
Carmen suspiró, sin perder la compostura:
Le pido disculpas. Hoy ha sido por un asunto familiar. Sinceramente, un exceso de celo de servicios sociales. Ya mandé la queja. Habrá más. Habrá justicia.
Don Joaquín levantó la vista un momento, calibrando su respuesta. Al final, asintió:
Bien. Pero confío en que no vuelva a ocurrir.
Por supuesto. Que tenga buen día.
Se sentó ante el ordenador, pero la sesión matutina quedó monopolizada por la indignación. El runrún no cesaba. Cuando por fin pudo, tras la enésima reunión, marcó el móvil de la tutora.
Buenos días, soy Carmen Martín, la madre de Sofía Martín.
Dígame, señora Martín saltó la voz, algo nerviosa.
Esta mañana me ha visitado servicios sociales porque usted decidió pasar del cotilleo al trámite oficial. Quisiera saber qué ha motivado la queja y, sobre todo, quién cree que conoce mejor a mi hija.
Un silencio incómodo al otro lado.
De verdad, no pensé que esto llegase tan lejos. Simplemente me preocupa que Sofía pase tanto rato leyendo sola. Apenas se relaciona y, cuando lo intento, tiene la amabilidad de una bibliotecaria: responde, pero vuelve al libro.
Carmen apretó el puño. Contó hasta cinco.
¿Sinceramente? No entiendo por qué cree usted que puede imponerle a mi hija quién debe ser su amigo. Tiene amigas, las que quiere. ¿O hay cuota mínima de amigas por decreto ley? ¿Y por qué tiene Sofía que aguantar a quienes la molestan?
La tutora intentó protestar, pero Carmen la silenció.
Yo solo quiero armonía tartamudeó la profesora. Si la apartan, es porque les incomoda que no juegue con ellos. Pero tiene usted razón, no debería haber alertado a nadie.
Exactamente. Y, por cierto, mi queja ya está en marcha. En vez de proteger a mi hija de quienes la incordian, prefiere buscar conflicto con quien no le da trabajo adicional. Eso sí, ya seguiremos hablando, pero con testigos. Buenos días.
*****
Carmen reflexionó toda la noche. Valorar con su marido, hablar con Sofía, buscar encaje… Pero en el fondo, lo tenía claro: le daría a su hija un ambiente donde la gente entendiese que una niña lectora no es una especie en extinción sino un tesoro.
Al día siguiente, sacó de su carpeta de favoritos el teléfono de un colegio que le habían recomendado varias veces. Concertó entrevista con la directora.
El centro, en la zona de Chamberí, era justo lo que había imaginado: pasillos luminosos, murales alegres, profesores saludando con cariño. La directora, una tal Teresa Romero, escuchó sin interrumpir, preguntó lo preciso y explicó su visión.
Aquí hay talleres de ciencia, teatro, cómic… Intentamos que cada cual encuentre su rincón y a su gente. Participan en equipo, pero sin obligar a nadie a nada. Valoramos los intereses, que haya respeto y espacio para todos.
Carmen, por fin, sintió alivio.
Eso es justo lo que necesita Sofía dijo. Es tranquila, le gusta leer, pero, claro, nunca la verá usted bailando encima de una mesa de ping pong.
Teresa Romero sonrió:
Aquí ni falta que le hace. Cada cual aporta lo suyo y, si además disfruta, mejor.
En una semana, la mudanza estaba hecha.
***
Los primeros días Sofía llegó callada, a la expectativa. Nuevos profes, nuevas caras, apuntes demasiado bonitos. Carmen notó que por las noches abría libros y los repasaba de memoria, pero supo respetar los silencios.
Poco a poco, la cosa mejoró: empezó a contar anécdotas. Que si la profe de ciencias los había llevado al huerto del colegio. Que si Clara, una compañera, la invitó a su casa a leer juntas. A la segunda semana, llegó exultante:
¡Mamá! Estamos preparando una exposición de experimentos. ¡Todos quisieron que yo hiciera de cronista!
Carmen sonrió, por primera vez en semanas de verdad. El brillo en los ojos de su hija era el mejor argumento.
Unas semanas después, de pronto, más natural imposible, antes de dormir, Sofía dijo:
Aquí estoy bien. Nadie se burla porque llevo un libro al recreo. Incluso hay quien me pide que le recomiende alguno.
Carmen acarició su cabeza.
Eso es lo más importante: que seas tú, estés feliz y encuentres a quien te acompañe.
Sofía cerró los ojos, tranquila al fin, y Carmen la observó dormir preguntándose por qué hay quien se empeña en solucionar a quien no necesita arreglo.
***
Pasaron los meses; Sofía seguía devorando libros, pero ahora también su agenda era digna de ministra: talleres, exposiciones, excursiones Siempre rodeada de amigas: Lucía, Ana y, a veces, las antiguas amigas que se apuntaban por videollamada. A veces las invitaba a casa y la mesa terminaba llena de recortes, rotuladores y proyectos delirantes.
Participó en los preparativos de la fiesta de primavera y organizó su primera muestra de cómics. En los recreos, ya no siempre estaba sola: alternaba tertulias literarias y juego al elástico. Incluso les enseñó a sus compañeras los pasos básicos de cha-cha-chá.
Carmen, por su parte, recuperó la paz. Las quejas que presentó no cayeron en saco roto. Julia Ruiz fue destinada a barrio complicado de esos donde hay menos Chais Latte y más realidades crudas, esta vez, bajo lupa constante. Otra que se fue de auditar bibliotecas a solucionar dramas de verdad.
En cuanto a la profesora anterior Un sumario de irregularidades acabó con su puesto de tutora y, al poco, con su plaza. El escándalo de los regalos (“detallito”, decían) fue el último capítulo. Finalmente, recaló en un instituto de la periferia donde los “gracias por la comprensión” ni se esperan ni se piden.
Y Sofía, por fin, pudo dedicarse a lo suyo: crecer en su propio mundo sin pedir permiso, haciendo amigos, aprendiendo a cada paso… y sin que nadie se atreviera a decirle nunca más que vivir aventuras de papel era alejarse de la realidad. Porque, a fin de cuentas, no existe ninguna realidad más bonita que la que una misma construye cuando le dejan en paz.






