¡Vaya viaje inolvidable!
A veces planeas unas vacaciones como si fueran una fiesta: amigos, un país soleado, promesas de diversión y al final, todo son malentendidos. Pero curiosamente, son esos líos los que acaban siendo los mejores recuerdos.
Lucía apretó tan fuerte la pajita de su cóctel con los dientes que casi la parte en dos. «Debería haber pedido algo más fuerte y doble», pensó, resignada, intentando ignorar los lamentos de su amiga.
¡Y eso que todo empezó genial! El regalo para ella y su marido por sus bodas de plata: un país exótico, el océano, hoteles, restaurantes, paseos sin prisas. Lucía ya imaginaba los vestidos y hacía las maletas cuando su marido, animado tras unas copas, soltó:
¡Venid con nosotros! En grupo es más divertido, y así compartimos gastos de coche y guía.
Y así, sin vuelta atrás: billetes comprados.
Con el marido de Marisol, un reputado crítico de arte, era agradable charlar. Pero Marisol esa era otra historia. Una mujer criada en una familia de alta sociedad, acostumbrada a restaurantes y resorts. Tras emigrar, se divorció rápido, y su vida posterior se llenó de misterios. Nadie sabía bien en qué trabajaba, pero contaba sus historias con tanto detalle que cualquiera se quedaba embobado.
Lucía la conocía desde hacía diez años. Marisol la había tomado bajo su ala: la llevaba de tiendas, le decía que la vida de una europea de verdad era imposible sin vinagre de Módena y jamón ibérico («los mirlos vienen a mi balcón cada día, solo les doy este jamón»). La arrastraba a la ópera, a exposiciones en Madrid, llamaba cada dos por tres, «casualmente» pasaba por allí. Pero cuanto más la trataba Lucía, más incoherencias notaba.
Y ahora dos semanas juntas.
¡Pedí agua sin gas y templada, y me han traído fría y con burbujas! ¡No puedo beber esto! se quejó Marisol con voz lastimera.
Lucía apretó los dientes y mentalmente pidió perdón a su dentista.
Y así fue todo el viaje.
El último hotel, con vistas al mar, parecía el paraíso. Por la mañana, emocionadas, salieron hacia las cascadas. El camino serpenteaba por la selva, con puentes colgantes y bastones de trekking para no resbalar.
¡Ay, Dios, y yo con estos pantalones de lino blancos! ¡Nadie me avisó! chilló Marisol.
Lucía siguió adelante sin mirar atrás. Pero la belleza de la laguna bajo la cascada lo compensó todo: montañas entre nubes, pájaros, mariposas azules. Cuando se zambulló en el agua helada, por un instante sintió paz absoluta.
¡Aquí no se puede bañar! ¡El suelo está resbaladizo! anunció Marisol, saliendo al instante. Pero un minuto después posaba en bikini, con todo lo que sobraba a la vista, exigiendo: ¡Hazme fotos! ¡Las voy a mandar a todos! Su marido, resignado, disparaba la cámara.
¿Aguas termales? Marisol ni se desnudó. ¿Zoológico? «Uf, qué pestazo».
Pero lo peor fue el restaurante. El pedido se convirtió en un interrogatorio a la camarera: ¿costillas sin salsa? ¿pescado a la plancha, pero no ese ni así? Lucía traducía, perdiendo la paciencia. Al final, Marisol pidió carne, pero luego la criticó («muy salada y dura») mientras devoraba las patatas fritas de los demás.
Cariño, ¿no te parece suficiente? intentó razonar su marido. Vas a tener que lucir bikini pronto.
La respuesta fue una mirada fulminante y otro puñado de patatas en la boca.
El último día fue un caos: Marisol declaró que «odia las patatas» (tras dos semanas comiéndolas), el almuerzo fue un rosario de quejas pero al aterrizar, llamó a medio Madrid desde el aeropuerto:
¡Sí, ya estamos en España! No dan las maletas. Todos están perdidos, ¡solo yo lo resuelvo todo!
Lucía intentó no reaccionar. En casa la esperaban sus quehaceres: su padre de 92 años, que solo comía cocido «como el de la abuela», la colada, el trabajo
Las maletas llegaron hora y media tarde. Cogieron el tren (con retraso) y un taxi bajo la lluvia. Pero Lucía ya se sentía una veterana: las pequeñas cosas ya no le molestaban.
Lo importante es que estaban en casa. Mañana tocaría el perro, su padre, la rutina y silencio. Sin Marisol.
Al menos por unos días.
Lo más curioso: ahora Marisol y su marido cuentan a todo el mundo, entusiasmados, que fueron las mejores vacaciones de su vida. Que sueñan con volver.
Lucía sonríe al oírles y piensa: «Bueno quizá a veces merezca la pena aguantar, si a alguien le hace tan feliz».







