La fregona. Un relato

Diario de Verónica Ortega

Madrid, jueves, finales de octubre

Esta mañana, mientras bajaba las escaleras, me crucé con Irene la vecina del tercero, siempre tan simpática. La verdad, me alegró encontrarla.

¡Verónica, qué bien verte! Justo quería hablarte No sé si es para ti, pero mira, en mi oficina están buscando personal de limpieza. Si te interesa, puedo reservarte el puesto. No te asustes, está todo limpio y el ambiente es agradable, trabajaba una chica estudiante. Pagan el salario mínimo legal, pero hay una pequeña prima por dejarlo todo impecable.

Me quedé atónita. ¿Limpiadora yo? Con mi carrera, mi experiencia No me lo había planteado nunca.

Pero, Irene, ¿de verdad me lo ofreces? ¿Es de limpieza?

Sí, Verónica, no tiene más misterio. Pero puedes organizar tu horario según te convenga, y te aseguro, la oficina está muy limpia. Tras la estudiante y otra señora que probó, pero no cuajó, necesitamos alguien responsable. Si te interesa, dime algo hoy.

¿Y tengo que responder ya?

Guárdame la respuesta hasta mañana, ¿si? De momento, vamos tirando, pero necesitamos ayuda. Entiendo que eres profesora. ¿No te animas a ser tutora o dar clases particulares? Ahora se demanda y pagan bien.

Nunca pensé que, a mis cincuenta años, me encontraría en esta situación. Hace medio año que falleció mi marido Javier, inesperadamente. Estuve meses destrozada, y, una vez que logré recomponerme, tuve que enfrentar la realidad.

Siempre vivimos con lo justo pero con dignidad en un piso modesto de Vallecas, con un pequeño trastero y una huerta donde él pasaba horas. Nuestro hijo ya lleva años viviendo en Salamanca, con dos niñas ya, y la hipoteca a cuestas. Mi nuera cuida de las pequeñas y yo solía echar una mano a menudo.

Era profesora de geografía en el colegio público del barrio. Pero llega un día que hay que ceder horas a la juventud. No puse pegas cuando el director me pidió reducirme la jornada por una sobrina suya recién graduada. ¿Cómo negarme? Y ahora, paradójicamente, tengo menos horas, ni siquiera contrato completo.

Mientras Javier vivía, me hacía gracia tener menos trabajo: visitaba con frecuencia a mi hijo, ayudaba con las nietas, llevaba la casa Nuestro ahorro desapareció en el entierro. Fui al director para pedirle más horas, pero me explicó que también la otra compañera necesitaba el sueldo. Al menos conseguí que me dieran la tutoría de una clase, lo que suponía un complemento. Aunque más responsabilidades.

Quizá fui imprudente confiando en que ya saldría adelante, sintiéndome segura bajo la protección de mi marido toda la vida. Ahora el suelo se desmorona bajo los pies.

Fui a otros colegios por la zona, pero ya no necesitaban a nadie. Tampoco merecía la pena ir lejos el transporte tampoco es gratuito. Ni pedir clases particulares de geografía, hay poca demanda. Y justo entonces fue cuando charlé con Irene.

Trabaja en la oficina de una asesoría médica y jurídica, a dos manzanas de casa, cruzando la M-30.

Finales de octubre. Repartí el primer sueldo: alquiler, comida, medicinas, abono transporte Debería haber sido suficiente, pero entre el regalo del jefe de estudios, la derrama de la comunidad, y que gasté más en la compra, tuve que pedir dinero a mi hijo. Me lo dio sin dudar, pero eso solo me hizo sentir peor.

No imaginé que tendría que recurrir a planes tan austeros, como programar las visitas a la peluquería.

Me chocó de primeras la propuesta de Irene. ¿Limpiadora, yo, con mi carrera y experiencia docente? Pero mi sueldo de profesora apenas superaba el mínimo. Y esto, al menos, sería sencillo: limpiar, nada de preparar clases, ni entrevistas con padres ni lidiar con chavales revoltosos.

Llamé a Ana, mi mejor amiga desde pequeñas. Nos conocemos desde primero de EGB y, cosas del destino, se casó con mi hermano y su hija mayor es mi sobrina.

Ana, siempre clara, me animó:

Verónica, pruébalo. Si no te gusta, lo dejas. Una cosa no quita la otra. Yo también estudié Derecho, soy notaria, pero llevo años criando gallinas y no se me caen los anillos.

Al llegar a casa, me miré en el espejo. Arrugas en la frente, ojeras, el rostro pálido. Madre mía, cómo me he quedado este año, pensé mientras marcaba el número de Irene. Le dije que pasaría por la oficina ya mismo a hablar.

El despacho está en un centro comercial, tercer piso, un ala con varias empresas: de viajes, gestorías Todo moderno, con suelo de tarima. La directora me recibió amablemente, una mujer madura y campechana.

Lo fundamental es que el trabajo sea agradable. Puedes venir por la mañana temprano o por la tarde. Son cinco despachos, dos baños y el pasillo. El vigilante te dará la llave. Hay que asegurarse de dejarlo todo bien cerrado sobre todo la puerta principal. Vamos, te lo enseño.

Todo sencillo, ni trampa ni cartón. Me mostró el armario con guantes, productos y material. Innés, la administrativa, me daría el dinero para reponer productos. Había tres mopas y cubos de los que ni siquiera tenía en casa.

¿Cuándo puedes empezar, Lidia?

Si te parece bien, mañana mismo.

No pensé que de limpiar oficinas me llegaría a gustar, pero así fue. Son doce empleados, aunque en la oficina suelen estar siete; los otros viajan o teletrabajan. Dos despachos vacíos la mayor parte del tiempo, la gente come fuera, solo un office pequeño con nevera y microondas. Limpio y rápido. Los cubos apenas se llenan, apenas hay papeles, los baños relucen y yo disfruto cuidando las plantas, humedeciendo las hojas de la monstera y regando las palmeras del pasillo.

Apenas coincidía con nadie y cualquier cosa la resolvía con Innés, una chica encantadora con la que enseguida conecté.

¿Me encargo de regar las plantas?

No, de eso se ocupa Eva, la de recursos humanos. Pero si tienes afición, díselo, nunca sobra ayuda. Las ventanas solo por dentro y antes de Semana Santa.

Los paseos a casa tras limpiar eran un disfrute: a las siete recogía la llave en portería y fregaba viendo cómo oscurecía Madrid a través de los ventanales.

Me hice amiga de Carmen, la conserje, ya jubilada y exprofesora. Nos pusimos a charlar desde el primer día. Nos reíamos de que gastamos los años de docencia peleando con adolescentes cuando, en realidad, el turno de portería tiene más paz que una clase.

La primera nómina me sorprendió incluso algo más del salario mínimo y la prima correspondiente, aunque ni siquiera había trabajado el mes entero.

No, no es error, Verónica me aseguró Innés al llamar. Es la prima por limpieza y productividad. La anterior limpiadora venía cuando quería, pero tú Aquí prima la gente responsable. Y se reparte entre todos los que colaboramos.

Me sentí contenta. La nómina superaba mi salario docente y sin la locura de los informes, tareas digitales, o discusiones con padres. Las tardes en la portería con Carmen y un té lo compensaban todo.

Claro, no todo iba a ser sencillo.

Una tarde, mientras recogía el pasillo, recibí una llamada:

Buenas tardes, Verónica, soy la madre de Gabriel Martínez.

Tono seco. Problema a la vista.

Le llamo porque su tutora no hace más que poner problemas a Gabriel. Voy a elevar una queja a la dirección y, si hace falta, a la inspección.

Señor Martínez, he hablado con Claudia, la profesora de Educación Física, y con su hijo. Solo he intentado evitar que repita su mala conducta en clase.

¿Mala conducta? ¡Le han llamado payaso delante de todos! Eso es vejatorio. Además, ni siquiera se le permitió hacer gimnasia porque no llevaba zapatillas.

Su hijo vino en vaqueros y zapatos, y cuando le llamaron la atención, se presentó en calzoncillos con las deportivas llenas de barro, interrumpió la clase y se rió de sus compañeros.

Pues insisto, fue humillado públicamente. Tomaré medidas.

Colgué, sabiendo que no dormiría. Esas cosas queman. Gabriel era complicado, arrastraba a toda la clase, y, cuando no quería trabajar, lograba que ninguno lo hiciera. Aguanté lo que pude, busqué caminos para sostener el ritmo. Estas llamadas eran el pan de cada día. Además, ahora los padres deben rellenar mil encuestas online y colgar materiales y tareas adicionales; nos ahogan.

Acabo el trabajo de limpieza en un par de horas y al volver preparo las clases y hago informes hasta la medianoche. A veces siento que el tiempo no me alcanza.

La historia de Gabriel se resolvió, al fin y al cabo. Su madre movió hilos y el chico dejó de asistir a Educación Física.

El invierno llegó nevando sobre Madrid y se respiraba ánimo renovado, pese al agotamiento. Carmen y yo nos hicimos íntimas. Nos visitábamos, tomábamos el té, hablamos de la vida. Dos abuelas novatas, solas, que se acompañan.

Recuerdo un viernes, llegué un poco antes para comprar productos y regar las plantas de la oficina. Tomé las llaves del vigilante y, al subir, encontré a la madre de Gabriel junto con Teresa, la madre de Lucía, otra alumna de mi clase.

¡Vaya! Así que es cierto. Tú eres la limpiadora de la oficina, dijo la primera, con una sonrisa torcida.

Noté el rubor. Me puse los guantes como un gesto automático.

¿Y qué tiene de raro? Necesito trabajar respondí.

Nos extraña, simplemente. Con titulación y de golpe, esto. Será por eso que tu clase va como va.

No les di opción a más conversación. Me puse a lo mío y, al cerrar la puerta, las oí murmurar.

Supe que, al lunes siguiente, todo el colegio lo sabría. Era cuestión de tiempo antes de que el chat de madres ardiese. Y que habría que hablarlo con mis estudiantes.

La tarde pues fue de limpieza y calma. Las plantas agradecían el cuidado, brillaba el suelo. Los problemas se diluían.

El domingo, ya me llamó la directora.

Verónica, he oído que trabajas de limpiadora. ¿Es cierto?

Sí, Elena.

¿Por qué no nos lo dijiste? Podríamos haber buscado algo.

Le pedí ayuda a principio de curso. Me disteis la tutoría, nada más. Y ya sabe que hoy en día cualquier trabajo es digno.

¿Limpiando, tú, que eres una geógrafa de carrera? No me parece bien, pero no puedo impedirlo. Tendrás que dar la cara con padres y alumnos.

Al día siguiente, Ana, mi compañera y madre de otra alumna, me preguntó lo mismo. Nadie me asociaba con esa labor: siempre iba bien arreglada, peinada, nunca sin dignidad.

Verónica, con lo que nos pagan a final de mes, más de una va a tener que buscarse otro empleo. En el chat arde Troya, pero yo estoy contigo.

Por la noche, charlé con Ana en su cocina.

¿Te enfada?

No, Ana, me gusta entrar en la oficina y verla reluciente. Saber que he ordenado el caos. Hay una satisfacción distinta, muy concreta, en ver el resultado: la limpieza, las plantas, hasta los baños.

Nadie tiene derecho a juzgarte, Verónica.

Así que el lunes, en clase, lo dije claro:

Chicos, además de vuestra profesora, trabajo limpiando una oficina. Hay cinco despachos, uno doble, dos aquí, dos en frente, y el baño, ¿a qué os recuerda el plano? Lo llamo los continentes: América, Eurasia, África, Oceanía, y el baño, la Antártida. ¡Cada esquina un mundo distinto!

Se rieron y buscaron pingüinos en el baño y dromedarios en África. Y con eso bastó para desarmar rumores.

No volví a pensar ni en el qué dirán ni en el falso prestigio.

La primavera llegó de repente. Madrid despertó lleno de charcos y flores. Y lo que nadie esperaba: sorprendieron en la oficina por mi cumpleaños, con globos, una maceta nueva y una caja envuelta con un lazo azul una batidora. Fue como un abrazo.

Poco después, sonó el teléfono:

Verónica, soy responsable de Azimut Viajes. Me han dicho que eres geógrafa, ¿nos interesa que te unas al equipo?

Me entrevistaron, y tras una conversación tranquila, me contrataron. Ahora, además de limpiar, trabajo en la agencia como especialista en destinos. El salario depende de los tours vendidos, pero ya superaba con creces lo antiguo de profesora.

No dejé la limpieza. Me gustaba ese rato al atardecer, pasar la mopa y sentir que hago las cosas bien.

El verano siguiente, gracias a una oferta de última hora, volé con Ana a Sicilia. Y poco después, con Carmen, a Turquía. Pude ayudar a mi hijo con la hipoteca y regalarle unas vacaciones a toda la familia.

Recuerdo, al mirarme al espejo el rostro dorado por el sol, ya no había ojeras.

Un día, sentada en el mostrador de la agencia, entró Mercedes, la madre de Gabriel.

¡Verónica! ¿Tú eres la responsable aquí?

Así es. Dime, ¿buscas algún destino?

Me gustaría Turquía. ¡Qué bien te ves! Siempre hablamos de ti, Iñaki y yo, ¡qué profesora tan excelente eras! El colegio nunca volvió a ser igual.

La conversación me resbaló; preguntaba si seguía de limpiadora.

Sí, Mercedes, hago ambas cosas. Si eso supone un problema, puedo llamarte a otro agente.

No, no Solo es que no me acostumbro.

Venga, veamos este viaje. Me gusta recomendar los destinos que conozco.

Ya no me importa lo que opinen. Amo mis dos oficios. Y he aprendido, por fin, que la dignidad no depende del cargo ni del qué dirán, sino de cómo se mira una a sí misma.

Verónica OrtegaAl despedir a Mercedes, sentí, por primera vez en muchos años, una paz honda y luminosa. Miré el reflejo en la vidriera de la agencia: una mujer de pelo entrecano, sonrisa franca, manos firmes que abrían puertas y caminos, no solo para sí, sino para la gente que confiaba en ella.

Esa tarde, al cerrar el local, caminé despacio bajo los tilos en flor. Madrid se encendía dorado y, al fondo, el tren pasaba rumbo a Chamartín. Saqué mi teléfono y, sin pensarlo, marqué el número de mi hijo.

¿Mamá? ¿Todo bien?

Todo estupendo respondí. Hoy tengo ganas de sacar la tabla de quesos y ver una buena película. ¿Por qué no venís este sábado? Felipe, las niñas, tú y Julia. Hacemos pizza casera. Traed risas, yo pongo el resto.

Lo oí reír, aliviado.

Apagué el móvil y pensé en Javier, en la vieja higuera de la huerta, en los mapas que pintaba a mano para los chicos. Me di cuenta de que, como los ríos, la vida buscaba su cauce aunque trotara por otros márgenes. Y que, mientras una ponga amor y empeño, ningún trabajo apaga la dignidad, ningún juicio borra el valor de la experiencia, ninguna caída es definitiva.

Al llegar al portal, Carmen esperaba sentada en el banco, envuelta en su chaqueta de cuadros.

¡Carmen! ¿Damos el paseo de abuelas por el barrio?

Vamos allá, profesora, limpiadora, agente de viajes y exploradora de horizontes.

Las dos nos reímos. Caminamos juntas, orgullosas y ligeras.

Y, mientras la tarde ardía de azul y de promesas, supe que mi historia, lejos de acabarse, apenas estaba comenzando.

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