La grieta de la confianza

Grieta en la confianza

¿Doña Carmen, está usted en casa? Soy yo, Pura, la del tercero. Que me han sobrado unas empanadillas y se ha quedado un trocito para compartir ¿Me abre?

Doña Carmen se quedó suspendida ante la ventana, sujetando una taza de té ya frío. Fuera, el patio comunal, en tonos plomizos de noviembre, se llenaba de viento que perseguía las hojas amarillas por entre los bloques típicos de ladrillo visto. Los pocos que cruzaban la plaza iban enfundados en abrigos, caminando sin mirar alrededor. Carmen ya se había acostumbrado al silencio, al lento caminar del reloj en la pared, al runrún del frigorífico, al crujido de las viejas tablas del suelo. Y sobre todo, a que nadie llamase a su puerta.

Doña Carmen, que veo la luz del pasillo, no se esconda, ¡que vengo en son de paz!

La voz tras la puerta era fuerte, alegre, con esa energía castiza que no tolera negativas. Carmen dejó la taza sobre el alféizar y fue despacio al recibidor. Observó con desconfianza por la mirilla antes de abrir. Pura, con una sonrisa plena, el pelo teñido de rojizo cogido en un moño descuidado, labios con carmín cereza, bufanda fucsia y un abrigo viejo pero vivo en su alegría, sostenía una bolsa de tela.

Mujer, parece que viva usted en una fortaleza insistió Pura. Abra, que aquí en el descansillo hace más frío que en el Retiro.

Carmen retiró la cadena y abrió con desgana. Pura entró como una ráfaga de febrero, persiguiendo con ella su perfume barato, el soplido de la calle y el olor a masa frita.

Hoy me he puesto a amasar y he pensado: “A Carmen hay que traerle un poquito”. Son de carne y otras de acelga, recién salidas del horno le puso la bolsa en las manos. Que aquí sola no se alimenta bien, ¡si es que se le han ido los huesos!

Pura, no hacía falta, de verdad

Anda, mujer, no te hagas de rogar. A mí me gusta hacer favores. Hazte un té de los tuyos, que tienes una pinta que ni la leche.

Sin ceremonias, Pura ya estaba en la cocina: encendió el hervidor, sacó dos tazas de los muebles. Carmen permaneció callada y torpe en el umbral, bloqueada de pronto ante lo extraño de aquella escena que irrumpía en la quietud del pisosu paz conquistada a solas durante meses.

Siéntate, mujer, que te voy a endulzar la tarde ordenó Pura, moviendo las manos, charlando, riendo, llenando de cháchara la cocina pequeña. Que sé cómo va esto. Cuando se va el compañero, cuando los hijos están lejos, todo es niebla. A mi tía le pasó al quedarse viuda de don Pedro. Casi la tuve que sacar yo a rastras del pozo.

Poco a poco, Carmen se recogió a la mesa. El aroma tibio de las empanadillas le llenó el aire de memoria. No cocinaba para sí misma desde hacía siglos, compraba cualquier cosa precocinada en el supermercado, lo justito por no oír el estómago vacío.

No pienses que yo me meto donde no me llaman Pura vertió el té y se puso cuatro azucarillos. Pero, niña, tengo que cuidar del vecindario. Cuando veo que alguien lo pasa mal, lo siento como propio. Así son las ganas mías, de salvar a todos los gatos del barrio. Mi marido se ríe, que siempre voy a remolque de los apuros ajenos.

Carmen la escuchaba y sentía un lento deshielo. ¿Desde cuándo no charlaba con alguien así, sin más, con una taza y unas pastas? Claudia, su hija, llamaba puntual los domingos. “¿Qué tal, mamá? ¿Comiste bien? ¿Te falta algo de dinero? Luego te llamo”. Y silencio. Un eco de siete días.

Yo hace siglos que quería invitarte, Carmen Pura se le acercó, cómplice, familiar. Solemos juntarnos en el bar “El Cabrero”, ¿te suena? Chiquitín, junto a la droguería. Allí nos tomamos algo y nos ponemos al día. Vente con nosotras la próxima, mujer. Te distraes.

No sé, Pura Ya sabes que no soy mucho de bares

¡Bah! Nada de excusas. Ya vendré a buscarte, no te vas a librar. Hay que salir, ver mundo, aunque sea el nuestro. Porque entre cuatro paredes solo crecen las enfermedades, hazme caso.

Carmen asintió, sin palabras, sin poder rechazar. Pura apuró su té dulce, repasó la cocina con mirada experta.

Tienes esto de dulce casa, y esas tazas de porcelana ¡Qué maravilla! ¿Es antiguo?

Fue un regalo de Santiago, por los treinta años de casados dijo Carmen, casi un susurro.

Qué joya Cuídalo bien, no hay cosas así ya. Bueno, bonita, me piro que se me hace tarde. Las empanadillas son para ti, y mañana vengo a por ti, a las tres, sin excusa.

Salió con el mismo ímpetu con que había entrado. Carmen se quedó mirando la bolsa sobre el mantel, las marcas de carmín en la taza, el silencio restablecido. Pero distinto. Quizá un poco menos vacío.

***

Y así fue como empezó. Pura aparecía a cualquier hora, con cualquier pretexto. Que si le faltaba sal, que si necesitaba consejo, que si iba a contarle la última del bloque. Poco a poco fue arrastrando a Carmen a los paseos cortos, a las charlas en el café del barrio, a las tertulias con otras tres mujeres de voz gruesa y corazón sincero, gente que gustaba de criticar precios, vecinos y novelas de sobremesa.

Al principio Carmen se sentía como un pez fuera del agua. Aquellas mujeres eran vivas, directas, se reían de lo que a ella nunca le hizo gracia; soltaban expresiones que la ruborizaban. Pero Pura la tomaba del brazo, la presentaba: “Ésta es mi amiga Carmen, toda una señora de las antiguas, profesora ella”. Y lo decía con un orgullo entrañable.

Y Carmen empezó a amoldarse. Esperaba el timbre, se arreglaba para las salidas, sus mejillas rosaban algo de vida. No era aquel su mundo de antesel que tenía con Santiago, cuando iban al Retiro, cuando recibían colegas en casa, el círculo de amistades ya dispersas, jubiladas, muertas. Solo quedaban los cafés del bar de la esquina, té en vaso de papel, charlas anodinas. Pero siempre mejor que el silencio.

Carmen, ¿tú todavía tienes ese broche que llevabas el otro día? preguntó Pura una tarde en la cocina, con galletas de canela. Es de ámbar, ¿verdad?

Sí, era de mi madre.

¡Déjame verlo! Qué pasión tengo yo por las cosas antiguas.

Carmen trajo la cajita, sacó el broche. Pura lo acarició, lo acercó a la luz.

Es una maravilla. Oye, ¿te importaría si se lo enseño a mi hija, Inmaculada? Tiene el acto de fin de carrera en un mes y quiere llevar algo vintage. Te lo traigo de vuelta, te lo juro.

Carmen dudó. Era su reliquia familiar. Pero los ojos de Pura brillaban tanto, que negarse parecía grosería.

Vale pero, de verdad, cuídalo.

Como oro en paño. Gracias, Carmen, eres un cielo.

Y pasó una semana. El broche no volvía. Carmen preguntaba, Pura se encogía de hombros: “Inma aún lo tiene, le ha encantado, ya te lo devuelvo”. Luego otra semana. Al final, que si lo habían perdido, pero lo estaban buscando. Nada de alarmarse.

Carmen empezó a angustiarse, repasando la escena una y otra vez, fustigándose por confiada. Al tratar de hablarlo, Pura se resintió de inmediato:

¿Qué insinuas, que te engaño? poniendo cara de dolida. Yo, que no he dejado que te pudras en la tristeza. Si no confías, mejor dejamos de vernos.

No, por favor, no lo decía por eso entiéndeme, ese broche era importante

Lo sé, bonita, pero aparecerá. Ya ves cómo está la vida.

Y Carmen intentó confiar. Volvió Pura con empanadas, con paseos, con historias. Pero ahora a cambio, a veces, pedía más cosas.

Carmen, ¿tienes cien euros que me dejes hasta la paga? Se ha puesto malo mi hijo y los fármacos están por las nubes. Te los devuelvo en cuanto cobro.

Carmen daba. Porque Pura era su hermana elegida, el único ser que le escuchaba, la sacaba de sí misma. Doscientos. Trescientos. Nunca regresaban. Al reclamarlo, Pura se ofendía tanto, que Carmen terminaba por disculparse.

Creía que éramos amigas, Carmen. Y resulta que me tiras a la cara unas míseras perras

***

Claudia llamó aquel miércoles por la noche. Carmen, en bata vieja, veía de reojo la tertulia sobre reformas en La 2. Ni le prestaba atención. Simplemente llenaba la sala de movimiento.

Mamá, ¿qué tal?

Bien, hija. ¿Y tú?

Hasta arriba de trabajo. Mamá, ¿por qué no te vienes el finde? Jaime y yo queremos que cocines tu guiso, los niños te echan de menos.

No sé, hija Tengo cosas.

¿Qué cosas? Si no sales.

Sí salgo. Tengo mi amiga, mis cafés, mis paseos. No estoy tan sola

¿Una amiga? ¿Quién?

Pura, la vecina del tercero. Todo corazón. Me recoge todos los días.

¿Seguro que la conoces bien?

Claro. Dos meses, ya somos uña y carne.

Claudia calló. A Carmen le dolió el suspiro al otro lado de la línea.

Me alegro de que estés ocupada, mamá. Pero cuídate y tus cosas. No todo el mundo merece confianza.

¿A qué viene eso? Pura es familia. Ni la conoces.

Perdona. No digo nada. Un beso.

Carmen colgó, sintiendo la rebeldía. Ni su hija quiere que tenga vida propia. Mejor sola que mal acompañada, pensó.

Al día siguiente, Pura llegó con un plan ilusionante.

¿Te acuerdas de aquella oferta para el balneario de Alhama? Mi prima la gestiona y podríamos ir juntas en abril. Doce días de aguas termales, masajes, aire puro

Carmen se quedó helada. No había viajado desde Santiago. La propuesta la asustaba y le tentaba a un tiempo.

Eso será carísimo

¡Nada, mujer! Quinientos euros por cabeza, na y menos. Yo ya tengo la mitad, tú ve guardando.

No tengo esa paga, Pura, sesenta años y mi pensión no llega ni a mil cien.

Sabes que tienes ahorros, criatura. Toda la vida trabajando. Total, ¿qué son quinientos euros?

Carmen tenía en la cartilla algo de lo que Santiago le dejó, para emergencias. Nunca lo había tocado, pero tal vez sí, para la salud.

Lo pensaré

¡Genial! Y mañana vamos al banco juntas, que los cajeros se te atragantan.

Mejor, sí.

Al día siguiente caminaron hasta el Santander de la esquina; Pura animando, haciendo listas de lo que empacarían. Carmen retiró los quinientos y se los entregó a Pura.

Mi prima pasa a recoger el adelanto. Mañana te traigo el resguardo.

La promesa del recibo se retrasó. Si la prima estaba de vacaciones, si faltaba imprimir, si lo otro. Carmen comenzó a preocuparse, pero ya no encontraba el coraje para salir del bucle.

A cambio, ahora, Pura le pedía más.

Carmen, ¿te importa si me prestas esa vajilla tuya? Inma se casa y me da vergüenza con la loza que tenemos.

La vajilla de porcelana, regalo de Santiago. Carmen tembló.

Pura, es lo único que me queda de él

¡Pues mira qué decepción! Tanto que te ayudo, y ahora me niegas un plato. Yo que te rescato del ostracismo, ¿y así agradeces?

A Carmen le flaqueaban las piernas, pero el pánico a la soledad pudo.

Llévatela pero por favor, cuídala mucho.

Pura sonrió triunfal.

¿Ves? Entre amigas no se puede desconfiar.

***

Un domingo que Claudia llamó la atención.

¿Mamá, es verdad que has sacado quinientos euros?

¿De dónde sacas eso?

Jaime lo vio en la app, tiene acceso como autorizado. ¿Por qué?

Son mis ahorros. Los utilizaré como vea.

Solo queríamos saber nos preocupa esa vecina tuya. Hay gente que abusa de mayores solos No quema el dinero, ¿verdad?

Pura es lo único bueno que me queda. Se preocupa por mí. Más que vosotros.

No es justo, mamá. Sacamos adelante a los niños, con turnos dobles, y

Si quisierais, haríais un hueco. Solo llamáis por cumplir.

Carmen colgó. Sabía que se pasaba. Pero, dolía más sentirse controlada. Dolía que dudasen.

Pura apareció con más propuestas, con compras compartidas y más historias por pagar a pachas. Carmen, acorralada, aceptó ir al centro comercial “El Cabrero” para “ayudar a elegir la mejor vajilla para Inma”.

Con tu gusto, Carmen, quedará todo precioso.

Entraron en el bullicio brillante, la música de supermercado, las vitrinas. Carmen se mareó en la ilusión de tener vida, de ser útil. Pura la llevó de la mano hasta la sección de menaje. Eligió el set más caro.

Yo no puedo pagarlo, Pura

Pero si es a plazos, yo luego te doy mi parte

Firmó papeles sin leer, por no llevarle la contraria. De camino, en ese instante, apareció Claudia.

¿Mamá? ¿Qué haces aquí?

Comprando Carmen negó con la cabeza.

Un momentito, Pura, ¿me dejas unos minutos con mi madre?

Claudia la arrastró al pasillo de productos de limpieza.

Han denunciado ya a esa Pura en comisaría, mamá. Tiene varias denuncias, siempre el mismo timo. Amistad, dinero, promesas vacías

¡Mientes! la voz de Carmen tembló. Lo hacéis por envidia.

Mamá, abre los ojos: el broche, la vajilla, el dinero No te ha devuelto nada, ¿verdad? Detrás de esa alegría, no hay nada.

Ella lo devolverá. Siempre lo ha dicho.

No lo hará nunca, mamá. En tu interior lo sabes.

A Carmen le dolió ese golpe, como un corte. Porque dentro, desde hacía tiempo, ya lo sabía. Pero decirlo en voz alta era aceptar que estaba completamente sola.

Vete vete ya, Claudia.

Claudia la miró, con tristeza y con un cariño que Carmen no podía soportar. Se marchó. Carmen regresó con Pura.

¿Todo bien, Carmen? sonrió su vecina, aunque su gesto era más duro.

Sí, sí, vámonos

Horas después, en el autobús, Carmen la enfrentó con una pregunta.

Pura ¿y el broche? ¿Y la vajilla? ¿Me lo devolverás?

Claro, mujer, cuando la muchacha lo guarde todo bien. Estoy contigo para todo.

Y Carmen tragó sus dudas. La mentira era blanda y gris. Prefería vivir en la alucinación, hasta que el mundo se desmoronó.

***

Pura empezó a faltar. Iba menos, traía excusas. Y Carmen sintió el vacío cada vez más fuerte. Las noches se hicieron largas. Tomaba pastillas para el corazón. Ni se atrevía a llamar a su hija.

Un sábado aparecieron en la puerta Claudia y Jaime, con una bolsa de compras.

Mamá, venimos. Da igual lo enfadada que estés.

Comieron juntos. Hablaron. Intentaron hacerle ver la realidad. Cuando hablaron de denuncias en comisaría, Carmen no pudo más.

Idos. No quiero oíros.

Se fueron, derrotados. Carmen lloró sola, acurrucada en el pasillo.

Tres días después, Pura apareció con la caja de loza.

Toma, tu vajilla la arrojó sobre el felpudo. Pero no quiero verte nunca más.

En la caja, casi todo estaba roto: platillos quebrados, tazas astilladas. Carmen recogió los pedazos y los extendió en la mesa. Marcados para siempre por esa tarde capicúa, en la que dio y perdió todo.

Llamó a Claudia.

¿Mamá?

¿Puedes venir?

Estamos ya de camino.

Esperó a su familia, piezas rotas entre las manos. Cuando llegaron, Jaime sugirió cambiar la cerradura y poner denuncia. Carmen negó con la cabezano quería más guerra.

Esto se puede pegar, si tienes paciencia dijo Claudia, mientras cogía una taza partida.

Sí asintió Carmen.

Prepararon sopa, rieron con timidez. Y cuando se fueron, la casa quedó en ese silencio suyo, el que ya no dolía igual.

Esa noche, Carmen buscó pegamento y empezó a recomponer los trozos de vajilla. Las heridas no desaparecían, pero al menos ya no sangraban.

Al sonar el teléfono, sonrió entre lágrimas.

¿Mamá, vienes mañana a comer? Los niños te esperan.

Sí, hija. Mañana. Haré mi guiso.

La taza quedó pegada en la mesa, la grieta visible. No perfecta, pero al fin entera.

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