Intentamos llevar sus pertenencias a objetos perdidos murmuró el guardia. Pero… Su gato es demasiado guerrero. No dejó que nadie se acercara. Por favor, recoja usted sus cosas y al animal. Bastante tenemos ya…
Todos los andenes de España tienen salas de espera. En Córdoba, en Burgos, en León, en cualquier sitio, las hay luminosas y tranquilas, y otras tan diminutas y oscuras que hasta el aire parece espeso. Algunas con butacas blandas y mullidas, otras con bancos de madera tosca. Diversas, pero con algo en común: el tiempo suspendido del que aguarda.
Casi cada viajero que toma un tren experimenta, al menos una vez, ese largo rato de espera. Equipajes amontonados junto a los pies, el reloj avanza con desgana y uno empieza a reprocharse la puntualidad obsesiva.
Y aquella tarde, los rostros se evitaban. Alguien hojeaba un periódico, alguien más se perdía en una novela, casi todos se escudaban tras el móvil. Los niños repartían bocados de bocadillo mientras sus madres vigilaban de reojo. Fue justo hacia ellos donde él se dirigió…
La sala estaba en la planta baja, con una puerta de madera al exterior. Quizá los efluvios de chorizo o jamón, nacidos de las bolsas, fueron lo que le atrajo.
Era un gato gris, grande y desordenado. Un collar azul le rodeaba el cuello con un número de teléfono marcado en una pequeña chapa de metal.
La gente espantaba al gato sin disimulo. Las madres, sobre todo, soltaban exclamaciones que volvían el ambiente más tenso:
¡Fuera de aquí! Estás sucio y lleno de pulgas. ¡Vas a contagiarme al niño!
El gato suspiraba profundamente y se alejaba. No pedía, en realidad. Se limitaba a sentarse al lado y mirar, mirar, mirar…
Tenía muchísima hambre, pero no sabía suplicar.
Pocos días antes, le habían traído aquí. El dueño se había marchado de golpe, y los parientes, deseando vender el piso, le llevaron a la estación. Uno de ellos consideró haber hallado la mejor solución: lo dejó allí, murmurando entre dientes:
Aquí no te faltará nunca algo de comer.
Y se fue.
Pero, ¿cómo pedir ayuda? ¿Cómo hacer entender a los humanos el hambre que sentía? Nada de todo eso sabía aquel felino.
Así que se limitaba a acercarse en silencio y mirar a los ojos. Inhalaba los aromas hasta marearse de deseo.
A los viajeros, sin embargo, cansados de esperar su tren, el gato les parecía una complicación más, una sombra molesta en la realidad irreal de la espera ferroviaria. Querían marcharse y dejar atrás, como un mal sueño, el banco y la sala.
Un hombre llegó a la estación con tiempo de sobra. Tenía prevista una reunión de trabajo en Madrid y volvería al día siguiente. Faltaban cuarenta minutos para el tren. Se distraía clasificando las vidas ajenas, los gestos y movimientos, cuando vio a la madre que gritaba al gato y lo apartaba de un manotazo.
El animal, resignado, se fue con sigilo a sentarse bajo un ventanuco. Los gritos y las amenazas ya le realmente eran indistinguibles del rumor de la sala.
El hombre reparó en el collar y supuso que quizá se había extraviado. Abrió la fiambrera en la que su mujer, Blanca, le había dejado unas croquetas de pollo. El olor le animó el ánimo.
Qué pinta tienen… comentó, mirando al gato. Ven, pequeño, ven aquí. Te doy una.
El gato dudaba, inquieto, cambiando el peso de una pata a la otra. Temía el golpe que muchas manos ya le habían dado.
No temas susurró el hombre. No vengo a hacerte daño.
Finalmente, el felino se acercó, con la cola baja, vigilante. El hombre le dejó una croqueta en un envoltorio de papel. El gato se acercó aún más y comió con una delicadeza casi humana, sin perder ni una miga.
Se nota que eres de casa… murmuró el hombre.
Anotó el número del collar y llamó, pero la línea ya no existía.
Un malestar ácido le subió por el pecho. Veinte minutos para el tren, y aquel asunto Aquel asunto comenzaba a ser enorme.
¿Qué hago? ¿Qué hago…? repetía, buscando en las caras del alrededor una solución milagrosa.
Aturdido, llamó a Blanca, su mujer, y le contó deprisa lo sucedido, suplicando consejo:
¿Qué hago? El gato es doméstico. El número ya no funciona. Vaga por la estación pidiendo comida, y todos lo apartan.
Siempre igual, contestó Blanca. Te metes en cada historia… ¿Qué culpa tienes tú ahora del gato?
No lo entiendes interrumpió él. Nadie lo quiere, pero él no sabe pedir.
Déjame pensarlo dijo ella. ¿Estás aún en la sala de espera?
Eso. Exacto. Apunta el número del collar.
Antes de subir al andén, llevó al gato a un rincón tranquilo y le dejó la fiambrera llena.
Quédate aquí, le susurró, acariciando su lomo áspero. Mi mujer te encontrará.
El gato miró fijamente a quien, por primera vez en días, no lo despreció, lo alimentó y le habló en voz serena. Dio un empujón con la cabeza a su mano y maulló bajito.
Así está bien. Espérala aquí. Ella sabrá ayudarte…
El día siguiente fue largo y gris para el hombre. No encontró tiempo hasta caer la tarde para llamar a su mujer.
¿Y? preguntó. ¿Encontraste al dueño? ¿Pudiste darle de comer?
Busqué a ese gato toda la tarde… respondió ella. Pero averigüé por el número: el dueño murió y los herederos se limitaron a dejarlo en la estación…
Se hizo un silencio.
Mañana volveré a la estación dijo Blanca, quedamente.
No te preocupes, suspiró él. Sé que harás todo por el gato.
Me río del que no se preocupa. Tú mismo tienes el corazón regular, ¡no te pongas nervioso! Llamaré a nuestra hija y a su marido, iremos juntos.
Colgó. Intentó convencerse de que no pasaba nada. ¿Cuántos gatos salen adelante solos? Pero la inquietud no se iba. Por alguna razón extraña, la suerte de aquel animal se le había quedado pegada a la piel.
No durmió bien. Soñó que acariciaba la cabeza del gato, hablándole, mientras el ladrón de sueños le respondía con un leve gesto…
Por la mañana Blanca avisó: recorrieron la estación, preguntaron a limpiadores, revisaron bancos y rincones, pero el gato había desaparecido.
El hombre sintió una culpa inexplicable. Necesitaba regresar cuanto antes…
Esa tarde, al volver a su ciudad, no fue directamente a casa. Dejó el equipaje bajo la custodia de un pasajero y empezó la búsqueda.
Tenía un miedo irracional de no encontrarlo, o de haber llegado demasiado tarde.
Durante hora y media rastreó la estación, después miró bajo los setos y entre los contenedores.
Casi a medianoche, su mujer se le unió, refunfuñando y maldiciendo en voz baja.
A las dos de la madrugada, agotados, se sentaron en el banco de piedra frente a la puerta y encendieron un cigarrillo.
Me duelen los pies dijo ella.
Ya… ¿y ahora qué?
Descansamos y volvemos a mirar. ¿Dónde están tus cosas?
De pronto se llevó las manos a la cabeza:
¡En la estación! Las dejé al lado de un hombre, pero ya debió de irse hace horas…
Vamos primero a ver si siguen ahí. Si no nos las han robado, las llevamos al coche y seguimos buscando.
Al cruzar la sala, una patrulla de policía les hizo detenerse junto a las maletas.
¿Sus pertenencias? preguntó el agente.
Sí, las nuestras, respondieron a la vez.
¿Y por qué las dejaron solas?
Buscábamos a un gato, contestaron los dos, al mismo tiempo.
¿Un gato? alzó una ceja el policía, señalando el equipaje. ¿Este, quizá?
Sobre la maleta, enrollado como un ovillo, yacía el gran gato gris.
Pensábamos llevar las cosas a objetos perdidos explicó el agente, pero el gato… su gato es un león. No dejaba que nadie se acercase.
No estaba perdido. Se habría alejado solo un rato. Llévense al gato y sus cosas rezongó, bastante trabajo tenemos ya.
El hombre avanzó despacio. El gato, al reconocer al único que le había dado de comer, de hablar y de esperar, lanzó un maullido agradecido y se estiró entero para tocarle la rodilla.
El hombre se sentó, acarició su lomo huesudo y dejó escapar el aire. Su mujer se hundió en el banco junto a él.
Siempre contigo, nunca nada normal sonrió, besándole en la mejilla izquierda. Venga, recoge las cosas y vámonos.
Él cogió la maleta y bolsa. Ella, a aquel gato enorme, famélico y mugriento, que maullaba de alegría, restregaba la cabeza en su barbilla y ronroneaba como un motor de tren.
La mujer reía, esquivando las caricias desmedidas.
En casa, lo primero que hizo fue bañarlo en agua caliente, secarlo con esmero en una toalla y quitarle el collar. Le llenó un bol de caldo de pollo recién hecho.
Esa noche, el gato se coló en la habitación, pasó por la cama y se incrustó junto a la mujer, dándole leves toques con las patas como asegurándose de que no era otro espejismo.
Ella puso la mano cálida en su espinazo y susurró:
Quédate tranquilo, amigo. Ahora estás en casa…
El gato ronroneó bajito y cayó dormido.
Y el hombre también durmió. En el sueño, ambos seguían buscando juntos al gato en la estación.
El gato soñaba que, en verdad, siempre había estado buscando a ese hombre.
Mientras, en la estación, una pequeña gata naranja recorría bancos y esquinas, rastreando paquetes, cruzando miradas con la gente y llorando bajito. Los pasajeros se encogían de hombros y caminaban de prisa.
Nadie tenía tiempo de parar. Hay tantos gatos y tantas gatas en el mundo… No se puede salvarlos ni alimentarlos a todos pensaban, acelerando el paso.
Así transcurrió la noche y el sueño, entre vagones y esperas, como si nada hubiera cambiado.







