Venganza a plazos

Venganza a plazos

Desde que tengo uso de razón, doña Pilar siempre fue la más curiosa de la escalera. Le encantaba enterarse de los detalles de la vida ajena y rara vez desaprovechaba una ocasión para sonsacar información fresca. Esta vez, su presa era Lucía, a la que pilló juste en el descanso, mientras salía de casa. Yo lo vi todo desde el extremo del pasillo.

Sin pérdida de tiempo, la buena mujer se le echó encima con aire compasivo y la pregunta de rigor, sin excluir el inevitable tonillo malicioso:

Lucía, hija, ¿que pasa, os habéis peleado tú y Raúl?

Mi vecina apenas pudo contener un suspiro de agotamiento. Todos sabíamos que hasta que doña Pilar se quedase satisfecha con algún cotilleo, no iba a soltar presa. Lucía, siempre cordial ella, le contestó con una sonrisa amable:

¿Pero qué cosas tiene, doña Pilar? le respondió, aunque por dentro la veía deseando que la mujer desapareciera de su campo visual. A ver si se mete en su piso, cierro la puerta y tiro la llave, pensó seguro, la conozco bien.

Consciente de que cualquier atisbo de molestia solo fortalecería a la vecina, Lucía se forzó a mantener la compostura y añadió, con su mejor sonrisa:

Estamos estupendamente, incluso estamos pensando en ir al ayuntamiento a poner los papeles.

Doña Pilar alzó las cejas, arqueando la boca con afectado interés:

¿Ah, sí? Qué extraño, porque cuando mi Manolo y yo estábamos bien, él no se iba de casa con todas sus cosas en dos maletas de golpe.

Vi cómo se le endurecían las facciones a Lucía. Sabía perfectamente por dónde iba la señora, pero ni por asomo pensaba darle cuerda para que saliera de allí con material para culebrón. Tomando aire, se defendió tranquila:

Seguramente lo ha entendido mal, doña Pilar. Estaría ordenando el trastero, que tiene más cacharros que la cueva de Alibaba.

Lucía cruzó ya el siguiente tramo de escalera, pero no fue suficiente para terminar con la insistencia de la vecina. Desde abajo, el inconfundible tono de doña Pilar, afilado como cuchillo, volvió a retumbar:

Claro, claro. Porque los trastos ahora se llevan cuidadosamente en maletas, ¿verdad? Y los bajan en el maletero del coche. Si es que hay que ver que me engañas, hija.

Lucía se detuvo un instante y apretó la correa del bolso con fuerza, aunque no giró la cabeza. Lo sé, porque de haberle mostrado el menor signo de debilidad, doña Pilar hubiera celebrado una victoria más en su largo currículum de entrometida. Concluyó con un escueto:

Siempre está buscando dónde pinchar, doña Pilar. Que pase buen día.

Subió el último tramo con determinación, convencida de que no merecía la pena discutir ni un minuto más.

Pero la otra no tenía intención de rendirse. A la altura ya de su puerta, la voz de doña Pilar aún la perseguía por el recibidor:

Corre, corre, que ya da igual. Si total da lo mismo: Raúl no se fue ni en taxi. Que lo sepas, vino una rubia espectacular a buscarle y, hija, ahí no tienes nada que hacer.

Vi cómo Lucía apretaba las llaves en el puño, mordiéndose el labio para no responder. Sabía que una sola palabra más era regalarle treinta minutos de cotilleo en versión extendida. Así que con elegancia entró y cerró la puerta.

Yo la escuché desde el otro lado del tabique, hablando bajito para sí:

¿Cuántas telenovelas habrá devorado hoy esta mujer, que ya no diferencia la realidad del folletín?, reflexionó. Porque si algo sabía Lucía era que doña Pilar tenía el don de convertir en tragedia cualquier anécdota del portal. Nadie está a salvo de su lupa.

Lucía intentaba convencerse: Uno no es así… Raúl jamás haría eso. No puede ser cierto, seguro que son habladurías. Raúl me quiere, teníamos hasta planes de futuro

La casa estaba en silencio, pero pronto el ambiente se vio animado por la aparición fugaz de Nube, la gata blanca y esponjosa, que salió disparada a recibir a Lucía. Sus ojos verdes relucían con fuerza y el rabo se agitaba con expectación.

¡Nube! la saludó, y la recogió entre los brazos. El animal, ronroneando, se acurrucó, restregándose contra su barbilla. ¡Menuda hambrienta estás, hija! ¿No te han dado nada en todo el día?

Mientras acariciaba a la gata, el nudo del estómago se le iba aflojando a Lucía. Nube, implacable, lanzaba maullidos insistentes de dirección a la cocina, hasta hacer reír por fin a su dueña.

No protestes, mi amor, le susurró mientras sacaba el bote de pienso. Vamos a poner orden y a descubrir, Nube, dónde se ha metido ese desalmado de Raúl.

Sirvió la cena y se sentó al lado del felino, que devoraba con placer su racioncilla de pienso. Durante unos segundos, el rítmico crujir del animal le devolvía la paz, pero el runrún de la cabeza no se apagaba. ¿Por qué ese día Raúl no se encargó del animal, como cada día? Ni cuando la gata le liaba una, se le olvidaba alimentar a Nube.

Recordó cómo Nube le emboscaba, le llenaba los vaqueros de pelos negros, se le metía en las zapatillas o, si la dejaba en ayunas, llegaba a arañarle hasta el brazo. A Raúl le hacía gracia, claro… pero jamás olvidaba su ración.

Al ver el cuenco vacío, Lucía sintió una punzada de inquietud. ¿Y si en realidad? Sin pensárselo, fue al dormitorio y abrió el armario. Le bastó un vistazo: la ropa de Raúl casi había desaparecido. Solo un par de camisas quedaban exiliadas en las perchas, un vacío imposible de confundir o justificar.

El mazazo era innegable: doña Pilar, había acertado. Lucía cerró el armario, pegando la frente a la puerta. Nube, que había terminado la cena, se acercó a consolar, rozando las piernas con la cabeza.

Entonces sonó el móvil. El tono sobresaltó a Lucía en aquel silencio. La pantalla mostraba: Cariño.

Manos temblorosas, abrió el mensaje. Solo unas palabras, pero cada una le derrumbó tres meses de buenos recuerdos:

Estoy cansado. Se acabó.

Lucía se quedó quieta, bloqueada. No había nada en su cabeza, solo el martilleo helado de esas letras. Murmuró con voz rota ante el vacío:

¿Tan cobarde eres que ni tienes valor para decírmelo a la cara?

Se dejó caer en el sofá, el móvil saltó sobre la almohada. Nube, fiel, vino otra vez al rescate: saltó ágil a su regazo, empujó con la cabeza y exigió toda la atención. Por una vez, la gata permitió el abrazo sincero. Se acurrucó ronroneando, como si quisiera devolverle a Lucía algo de calor.

Las lágrimas acabaron saliendo, pero esta vez nadie se avergonzó. Por fin la vi preguntarse en voz baja:

¿Y ahora qué hacemos, Nube?

La gata maulló quedo, prometiendo silenciosamente que no la dejaría sola.

**********************

Un año después.

Lucía, envuelta en una manta, tomaba té mientras leía una novela en el salón. Eran las once: la casa por fin era solo suya. Todo era serenidad, hasta que de pronto el timbre del móvil la hizo sobresaltarse.

Pensó: ¿Quién puede ser a estas horas? Gente de bien no llama así

El timbrazo no cesaba. Empezó a escocerle la mala educación del insistente. Bueno, quizás ocurre algo grave, razonó y respondió:

¿Sí?

Lucía, ¿cómo estás? Cuánto tiempo reconoció al instante la voz: Raúl. El mismo Raúl que, un año atrás, salió de la casa sin despedida, como si ambos fueran personajes secundarios de su propio drama.

Se sentó derecha, se obligó a sonar distante:

¿Qué quieres?

Su tono era seco, pero por dentro le palpitaba el corazón. ¿Por qué ahora? ¿Por qué no hace meses, cuando le hacía falta al menos una disculpa?

Raúl tardó en contestar. Cuando por fin le salieron las palabras, fueron las de siempre, envueltas de supuesta pena:

Sé que me porté mal. No hay excusa. Tenía problemas y no quería meterte en ellos. Pero nunca dejé de quererte. Ahora que está todo bien, quiero volver a empezar.

Lucía aguantó la carcajada amarga. Problemas… Sí, claro. Que se había ido a probar suerte con la rubia, la de los abrigos de marca y las uñas perfectas, supuestamente mucho mejor que ella misma. No valía la pena recordarle eso. Mejor, contestar a su manera:

¿Estás tan seguro de que sigo sola?

Noté el silencio que se produjo al otro lado. Seguro que intentaba calcular sus fichas. A Raúl el orgullo nunca le dejó imaginar que alguien podría pasar página.

Tú sabes que no soy fácil de sustituir le salió, familiar, la chulería.

Desde luego, tienes un ego que no te cabe por la puerta le soltó Lucía, casi divertida por el ridículo. Y, justo ahí, vi cómo se le ocurría una idea.

Dejó un instante, haciéndose la interesante:

Podemos empezar de nuevo. Si de verdad es diferente esta vez.

¿De verdad? ¿Tú quieres?

Sí, pero como toca. Salidas, regalos, flores, cenas… Lo que no se haya hecho, ahora toca. Quiero que sea especial, y solo veremos si lo hacemos oficial después de un mes. ¿Trato?

La pausa fue larga. Raúl quiso protestar quizá, pero no se atrevió.

¡Por supuesto, lo que tú digas!

Lucía ocultó una media sonrisa.A ver cuánto dura, pensó. Esto no es una segunda oportunidad. Es mi forma de cerrar el círculo, de ponerle fin a esta historia en mis propios términos.

Bien, pues mañana a las siete, en la cafetería de siempre. Y cortó sin más. Volvió el silencio, un silencio mucho más amable.

Por primera vez en mucho tiempo, Lucía se sintió dueña de la situación.

********************

Raúl, por su parte, mutó repentinamente en el novio perfecto. Día sí, día no, flores, cenas en sitios sofisticados, aguantar horas de charla sobre decoración, teatro, pintores… Por dentro, yo sabía que todo esto le pesaba, que contaba los euros con resignación y deseaba besarle la frente al primero que lo liberase de tantas exigencias.

Es solo un mes se decía, luego todo irá como antes.

En su mente, lo veía casi como una inversión: estaba seguro de que, después de semejante despliegue, Lucía le perdonaría, y volvería a la comodidad de siempre al menos hasta que encontrara algo mejor.

Por fuera, sonrisas; por dentro, cálculos:

¿Pero cuánto tiempo va a elegir cortinas, esta chica? ¿De verdad cree que esto es para toda la vida?

Por supuesto, callaba y asentía. Lo que tú quieras, cariño.

Por fin, llegó el día clave. El último día del mes; la cita definitiva, en la cafetería donde todo empezó. Había comprado un anillo barato y unas rosas imponiendo, más grandes que su propio ego.

Al llegar, Lucía no estaba. Los minutos pasaban. Volvió a llamarla, mensajes nada. A la media hora, por fin, un mensaje:

Me has decepcionado. Ya no eres el mismo. Adiós.

El ataque de orgullo fue inmediato. Raúl arrojó el móvil al losa, destrozó las flores sin mirar a los extraños presentes y salió hecho una fiera del local.

Mientras tanto, desde el quiosco del parque, Lucía lo veía todo. Lo había observado hacer toda la pantomima, pero también lo había visto cansarse, fingir, cambiar el gesto apenas se distraía. Y la noche anterior, encontró la confirmación: lo escuchó por teléfono, contándole a un amigo su estrategia para aguantar solo hasta encontrar una opción mejor.

Todo encajó. Lucía supo, mientras lo veía rabiar, que no había vencido el rencor. Solo sentía la paz de quien cierra una historia. Porque la verdadera venganza era haber dejado de sufrir, haber aprendido a vivir mejor sola que mal acompañada.

Y así volví a casa, anotando en mi diario:

A veces la vida te obliga a soltar a quien no sabe valorarte. Hay venganzas silenciosas, que no buscan dañar sino enseñar y sanarse uno mismo. Hoy aprendí que el verdadero triunfo es no mirar atrás y seguir caminando.

Madrid, junio de 2024.

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