Ella enterró a su marido, aguantó sola, sacó adelante la finca y luego la vecina abrió la boca.
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Y ahora dígame, doña Encarnación, me volví hacia ella, dígalo delante de todos, ¿por qué ha ido a difamarme? ¿Qué mal le he hecho yo? ¿Por qué me trata así? Lo que oí aquella tarde, me cambió para siempre.
Ella enterró a su marido, resistió en soledad, levantó la casa… y fue entonces cuando la vecina levantó la voz.
Un solo rumor. Apenas uno. Y ya la panadera te mira con compasión, la enfermera te aprieta la mano al saludarte: ánimo. Todos a tu alrededor parecen saber algo menos tú misma.
Isidora podría haberse callado. Pero salió delante de todo el pueblo y preguntó de frente:
¿Por qué me hacéis esto?
Lo que escuchó la dejó marcada para siempre.
***
Aquella mañana la tierra olía a humedad y a tempestad, como antes de una desgracia o un gran cambio.
Salí antes de amanecer, porque las vacas no esperan, les da igual si tienes el alma hecha pedazos o llena de júbilo. La leche viene a su hora, y como no la recojas tú, ¿quién lo hará?
El rocío seguía brillando sobre la hierba en gotas de plata, y pensé para mis adentros: así es la vida, la tierra se lava cada mañana y renace como si el ayer nunca hubiera existido. Pero a las personas eso no se nos concede.
Nosotras arrastramos todo lo vivido, como el burro arrastra un carro cargado. Y bien estaría si lo arrastráramos lleno de cosas buenas, pero no, pesa lo malo: rencores, reproches, miradas torcidas.
Hace cuatro años que vivo sola en Valdemora, si no se cuentan los animales.
Mi marido, Tomás, se fue de pronto, un infarto fulminante le sorprendió mientras segaba en el prado. Lo encontraron al atardecer, cuando el sol caía tras los montes, y su cara parecía tranquila, como quien se ha quedado dormido agotado de tanto trabajar.
Quizá fue mejor así, no sufrió, no vio cómo la vida se iba.
Después de Tomás me quedé a cargo de todo: veinte vacas lecheras, terneros, la casa y el campo. Hubo quien me dijo entonces: Vende todo, Isidora, vete a Madrid con tu hija, ¿qué haces aquí gastando tu vida? Pero yo no quise irme.
No fue sólo tozudez, aunque también. Era porque aquí estaba Tomás en cada viga, en cada cerco, en cada surco de la huerta. Aquí quedó lo nuestro, y ¿cómo lo iba a abandonar? Por eso continué adelante.
Me levantaba a las cuatro, me acostaba a las diez, me dolía la espalda, se me helaban las manos en el agua fría todos los otoños… pero seguía viva, celebrando cada ternero, cada cubo de leche, cada amanecer junto al arroyo de nuestro valle.
No quería pensar en Encarnación, mi vecina.
Vivía a tres casas de la mía, en una casona vieja, viuda desde hacía mucho, criando a su hijo Ramón. Ya era un hombre hecho y derecho, pasaba de los treinta, aunque en el pueblo no dejaban de llamarle el hijo de Encarnación.
Buen muchacho, trabajador, pero con mala suerte. Se casó, pero la mujer se fue a Salamanca al poco, decía que no soportaba la aldea, que allí se asfixiaba. Él no la retuvo.
Encarnación, sin embargo, no podía vivir sin cotilleos.
Le repasaba la vida a todo el pueblo, y así encontraba sentido, se sentía importante. Yo nunca le presté mucha atención; bastante tenía con lo mío. Pero los últimos meses algo cambió.
Empezó por poco. Un día fui a la tienda a por pan y noté a Aurora, la panadera, mirarme raro, con esa compasión que dan a los enfermos graves, o como si me quedara poco de vida.
Le pregunté:
¿Qué miras así, Aurora?
Nada, nada, Isidora, mujer.
Al poco la enfermera del consultorio, Lucía, me saludó apretando la mano y diciéndome:
Ánimo, Isidora, aquí estamos para lo que necesites.
Me extrañé: ¿pero qué me pasa? ¿Qué saben todos y yo no?
Y pasó lo siguiente: Encarnación fue diciendo por el pueblo que yo alteraba la leche, que le ponía agua y cal para que pareciera más espesa. Y que mis quesos, los de la feria, eran viejos y sólo cambiaba las etiquetas.
Pensé que eran habladurías de viejas… pero esto iba más allá: no era sólo chismorreo, era destrozarme la honra, deshacer en un suspiro de mala lengua el esfuerzo de años.
Una semana estuve sin dormir casi. ¿Pero qué le hice a Encarnación? Nunca tuvimos disputa, nos saludábamos de lejos. En el entierro de Tomás vino, lloró incluso.
Luego me entró la rabia. Firme, de la que da fuerzas. Me levanté una mañana y supe que no podía callar. No iba a dejar que me pisotearan, para eso no había trabajado yo tanta vida.
El sábado se reunió el pueblo para hablar del arreglo del camino a la villa. Vinieron unos cincuenta, casi todos. Y Encarnación, la primera, bien sentada en la fila de delante, muy tiesa, los labios apretados, los ojos brillando de satisfacción.
Cuando se acabó de hablar del camino, me levanté. Me temblaban las piernas y la voz se me quebraba, pero hablé.
Vecinos, ¿me permitís unas palabras?
El alcalde, don Julián, asintió y comencé a contar todo lo que se oía de mí, que era mentira de principio a fin.
Mi leche la analizan cada semana en la cooperativa, aquí están los papeles. Mis quesos los venden tres tiendas y nadie jamás se ha quejado.
Y ahora dígame, doña Encarnación me volví hacia ella, diga delante de todos por qué ha mentido sobre mí. ¿Qué le he hecho yo? ¿A qué viene esto?
Su cara cambió de color, pasó del rosa al blanco, del blanco a un gris rojizo.
Yo… yo solo repetí lo que oí… musitó.
¿Y a quién se lo escuchó? Nombre, ya que habla de otros.
En el salón había tal silencio que se oía al mosquito en el cristal. Todos clavaron los ojos en Encarnación, miradas duras.
Los vecinos… la gente lo dice…
Se hizo un ovillo en la silla y de sopetón soltó:
¿Y por qué me miráis todos a mí? ¿Tengo yo la culpa de que ella sea viuda y ande con un hombre?
Aquello me dejó fría.
¿Qué hombre? ¿Qué dices? le solté. Vivo sola, ¿quién me acompaña?
Será tu Ramón, ¿o no? saltó de repente una voz del fondo.
Fue la tía Eulalia, la más vieja del pueblo, que lo sabe todo.
¿Que Ramón te ayuda en la finca? ¿Y eso lo llamáis tener un hombre ahora?
Entonces se levantó Ramón. Estaba junto a la pared. No le había visto antes. Alto, fuerte, la cara roja, las manos cerradas a los costados.
Madre dijo ronco, ¿qué has hecho?
Encarnación se volvió hacia él, con las manos abiertas.
Hijo, yo sólo quería lo mejor para ti. Esa mujer te va a liar, esa…
¡Cállate! rugió él. Todos temblaron. ¿No te das cuenta del daño que has hecho? ¡Has mentido sobre una buena persona! Ella trabaja más que nadie, se deja la piel… y tú la has metido en el fango.
Ramón se giró hacia mí. En sus ojos vi algo nuevo, desconocido.
Isidora me dijo quedo, perdónela. No lo hace por maldad, es la soledad, la tontería, los celos. Tiene miedo de quedarse sola… de que yo me vaya. Y yo…
Dudó, se pasó la mano por la cara.
Y yo la quiero a usted. Hace tiempo. Desde que llegó aquí con Don Tomás, que en paz descanse. Yo tenía catorce años y usted veinticinco. Y pensaba: ojalá tuviera una mujer así.
Luego me casé con Rosario porque usted era casada. Creí que se me pasaría… pero no. Rosario lo veía venir, por eso se marchó, supongo.
Se hizo un gran silencio en la sala. Encarnación se hundió en su asiento; se le caían los años encima de golpe.
Cuando murió Don Tomás, yo fui a ayudar, no por lástima, sino porque no podía no hacerlo. A su lado me siento bien, como si estuviera donde debo.
Calló. Yo no sabía qué decir. La cabeza se me quedó vacía y en los ojos me escocía de emoción.
Ramón, yo soy once años mayor que tú…
Lo sé respondió con naturalidad. ¿Y qué?
Nada intervino la tía Eulalia. Mi marido era ocho años menor y aún así vivimos juntos cuarenta y tres años, como el alma y el cuerpo. Los años son minucias. Lo que importa es ser buena persona.
La gente murmuró, unos reían, otros movían la cabeza, a Ramón le palmearon en la espalda. Encarnación se quedó allí sentada, perdida, y nadie se le acercó.
Me dio pena de ella.
No al momento, pero al poco sentí compasión. Porque era más miedo que maldad lo suyo, miedo a quedarse sola, a perder a su hijo único. Actuó mal, estuvo fea, pero no por odio sino por ceguera, por no saber querer bien, sin asfixiar, sin poseer.
Me le acerqué, me agaché a su lado.
Doña Encarnación le susurré, no tema. Nadie le va a quitar a su hijo. Ramón la quiere, usted es su madre. Sólo que…
Sólo que no vuelva a hacer esto, ¿sí? No mienta sobre la gente, esto solo trae desgracia, igual que sembrar veneno en la tierra. Siembra mentiras, cosecha calamidad.
Levantó la mirada, los ojos mojados y tristes.
Perdóname, Isidora balbuceó. Qué tonta he sido.
Asentí. ¿La perdoné? Eso lleva tiempo, es la herida la que decide.
Salimos del salón Ramón y yo. Caminaba callado a mi lado. El sol se ponía ya y el cielo era rosa, suave, como pétalos de almendro.
Ramón le dije, ¿de verdad decías todo eso?
De verdad afirmó. Yo no miento en público.
Le miré de cerca. Qué buena persona. Paciente, cálido, como una estufa encendida en pleno invierno.
Pues venga le propuse, hay que ordeñar. ¿Me echas una mano?
Sonrió ancho, luminoso, como un chiquillo.
Claro.
Y nos fuimos. La tierra bajo mis pies olía fuerte, amarga, a hierba recién cortada y a tomillo. Pero en esa amargura había dulzura, ese regusto de esperanza.
Tal vez era simplemente la vida, que sigue adelante pese a todo, más grande que cualquier mentira, cualquier envidia, cualquier oscuridad.
Ramón me cogió la mano. La suya grande, áspera de tanto trabajo, y cálida. Y yo no la solté, la apreté más. Tal vez era el destino…
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