¿Llevamos cuarenta años bajo el mismo techo y, a los sesenta y tres, ahora decides cambiar de vida?
Isabel estaba sentada en su sillón favorito, mirando por la ventana e intentaba dejar atrás lo ocurrido durante el día. Unas horas antes, había preparado la cena con el entusiasmo de siempre y esperaba con ansias que Antonio regresara de pescar. Sin embargo, él volvió a casa no con pescado, sino con una confesión largamente guardada y que hasta ahora no había encontrado valor de decirme.
Quiero divorciarme y te pido, por favor, que lo entiendas dijo de pronto Antonio, sin mirarme a los ojos. Nuestras hijas ya son adultas, lo comprenderán. Los nietos ni se enterarán, y tú y yo podemos terminar esto sin mal rollo, sin discusiones.
¿Después de cuarenta años juntos, justo ahora, a los sesenta y tres, decides empezar de cero? No podía comprenderlo. ¿Acaso no tengo derecho a saber qué va a ser de nosotros?
Tú te quedarás en el piso de Madrid; yo me iré a la casa del pueblo Antonio, evidentemente, ya lo tenía todo claro. No tenemos nada que repartir y, después, todo será de las chicas igualmente.
¿Y cómo se llama ella? pregunté resignada.
Antonio enrojeció, recogiendo sus cosas nerviosamente e hizo como si no hubiera escuchado la pregunta. Con aquella reacción, ya no me quedaba ninguna duda de que había otra mujer. De joven nunca imaginé que me vería en esta situación a mi edad, sola y con el marido yéndose con otra.
Seguro que las cosas se ponen mejor, mamá intentaban animarme luego nuestras hijas, Alba y Jimena. No le des más vueltas al comportamiento de papá.
No, ya no habrá nada, lo sé suspiré. Pero tampoco tengo sentido en cambiar todo, viviré el resto de mis días y me alegraré con vuestra felicidad.
Alba y Jimena hicieron un viaje a la casa del pueblo para hablar con él. Regresaron tristes y calladas, esquivando contarme la verdad directamente. Empezaron, eso sí, a convencerme de que quizá vivir sola fuera incluso lo mejor, nadie de quien preocuparme aparte de mí. Yo lo entendí perfectamente, pero no las interrogué más, preferí no revolverlo. Seguí la vida, aunque no era sencillo: los parientes y las vecinas no paraban de preguntar y husmear.
Fíjate, décadas juntos y va y de mayor se escapa con otra se permitieron opinar sin tacto las vecinas del bloque. ¿La nueva es más joven o más rica?
Yo no sabía qué responder. Pero lo cierto es que, cada vez más, quería conocer a esta persona, ver su cara. Así que, una tarde, decidí ir a la casa del pueblo con la excusa de recoger conservas de tomate que había preparado en verano. No avisé de mi visita para asegurarme de encontrar a la susodicha. Y allí estaba ella.
Antonio, no dijiste que tu ex vendría aquí protestó una mujer excesivamente maquillada y extravagante. Pensé que ya teníais todo hablado y que aquí no pintaba nada.
¿De verdad me cambiaste por esto? no pude evitar preguntarle a Antonio, observando a la descarada señora.
¿Vas a dejar que me falte al respeto esta señora? chilló la mujer. Que sepas que soy apenas unos años más joven que tú y aun así me conservo mucho mejor.
Si, a su edad, cree que lo más importante es pintarse como una muñeca, apañada va dije mirando de reojo a Antonio, que evitaba cruzar la mirada conmigo.
Volviendo a la parada de autobús, escuché los gritos de aquella Barbie pintada y contuve las lágrimas. Ya en casa, llamé a mi hermana Julia para pedirle que viniera.
Déjate de disgustos servía un té con menta mientras yo lloraba. Dices que la nueva de Antonio ni es guapa ni parece muy espabilada.
¿Y si ella tiene razón y yo ya parezco una abuela anticuada a mi edad? dudaba yo.
Tú tienes muy buen aspecto para la edad que tienes afirmó Julia con sinceridad. Mira, lo que me parece ridículo es plantarse con mallas de leopardo o falda mínima a estas alturas. Una mujer puede ser bella a cualquier edad si sabe cuidarse y mostrarse como corresponde.
Me miré en el espejo y terminé dándole la razón. Estaba en buena forma, tenía salud, mis hijas siempre me regalaban buenos cosméticos y ropa no me faltaba. Nunca fui vulgar, ni ahora iba a comportarme como mi rival.
Ahora que eres una mujer libre, hay mucho por disfrutar dijo Julia animándome. Nuestras hijas tienen su vida, y nosotras podemos ir al teatro, de paseo, a conciertos. No te dejaré venirme abajo.
Y así fue. Julia arrastró conmigo a teatros, exposiciones, conciertos y caminatas por El Retiro o la Gran Vía. Rápidamente formamos un grupo de amigas de nuestra quinta. Incluso apareció algún caballero que me dedicó alguna que otra atención, pero, tras dejar claras mis intenciones, preferí no ir a más.
Me han dicho que no paras, que si amigos nuevos, que si teatros, ¿a este paso te casas otra vez? me soltó Antonio al cruzarnos un día en el Mercado de San Miguel.
¿Y tú cómo es que vienes tan lejos a hacer la compra, no hay nada cerca del pueblo o es que tu nueva novia no sabe cocinar? le contesté.
Siempre he hecho la compra aquí, es costumbre; cambiar de hábitos es complicado a nuestra edad refunfuñó.
No quise seguir la conversación y, excusándome con prisas, regresé a casa. Lo que yo no sabía es que, en ese instante, Antonio se moría por decirme cuánto lamentaba haberme dejado. Toda su vida estuvo junto a su mujer y sus hijas, pero al conocer a esa tal Estrella, tan resuelta y efusiva, se dejó arrastrar por aquella ilusión.
Al principio todo parecía divertido, pero luego comprobó que a Estrella no le gustaba encargarse de la casa; prefería los cotilleos, girar en círculos de hombres y pasarse la vida en cenas ruidosas. A Antonio, poco a poco, le empezó a pesar la soledad del pueblo, y, tras verme, solo añoraba la paz y el calor de hogar que solo encontraba conmigo.
Otra vez has traído orejones, te he pedido ciruelas pasas gritaba Estrella revisando la compra. ¡La leche tampoco es la que yo quiero y la mahonesa se te olvida siempre!
Antes la compra la hacía Isabel, o al menos juntos. Pero tú, siempre me lo dejas todo no aguantó más Antonio.
¡Harto me tienes con las comparaciones con tu ex! A ver si te atreves a decirme que te arrepientes de haberme elegido le espetó Estrella.
Y en verdad que Antonio lo sentía. Isabel nunca había hecho nada por manipularlo ni para recuperarlo; simplemente fue ella misma y eso era, precisamente, lo que ahora echaba tanto de menos.
Él sabía de sobra que Isabel no le permitiría volver. Algunas veces pensó en llamar, otras incluso en pasarse por el piso de Madrid. Tras una noche de discusiones con Estrella, llegó a plantarse a la puerta de lo que fue su hogar.
¿Vienes a buscar algo? pregunté, sin dejarle entrar.
Me gustaría hablar contigo, ¿puedes dedicarme un minuto? balbuceó, respirando el inconfundible aroma de mi tarta de ciruelas.
No tengo tiempo, ni ganas, ni motivos para hablar. Así que recoge lo que necesites; yo estoy esperando a unas amigas.
Antonio no sabía qué hacer ni qué decir. Se fue al pueblo, a preparar la cena para solo él, mientras Estrella seguía de fiesta por el municipio. Esa noche Antonio tomó su decisión y le dejó tiempo a Estrella para hacer las maletas.
Tuvo ganas de llamarme, de contarme todo, pero supo que no serviría: me conocía demasiado bien, sabía que nunca olvidaría la traición y que en mi vida ya no había sitio para él.
Tal vez, alguna vez en el futuro, podría venir a pedirme perdón, aunque no fuera para reconstruir nada. Pero entendía que no era posible. Cuando empezó con Estrella, sabía exactamente a lo que se arriesgaba.
Ahora Antonio lleva su vida en la casa del pueblo y yo sigo en Madrid, rodeada de mis hijas y nietos, de mis paseos, mis juegos de cartas, los conciertos, el teatro… y en todo ese escenario ya no hay hueco para Antonio.
He aprendido, después de todo, que uno nunca es demasiado mayor para empezar de cero, reconectar consigo mismo y disfrutar de una vida plena, siempre que no cargue con arrepentimientos ajenos ni rencores propios.






