La venganza de Lucía
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La lluvia otoñal caía con desgana, componiendo un fondo romántico, con esa insistencia tan típica de los cielos de Castilla. Lucía miraba a través del ventanal empapado del autobús, que la devolvía al pueblo. Bueno, pueblo para ella casa ya era ese piso compacto y moderno en una de las torres de Madrid, donde se acostumbró a las prisas, el jaleo y los cafés rápidos de las mañanas. La casa la de toda la vida, donde estaban sus padres, el colegio, y una infancia salpicada de moras y patios, llevaba años resultándole ajena.
A sus veintisiete, Lucía no estaba poco orgullosa de sí misma. Caribe, Instagram y masterclass aparte, había estudiado medicina, encontró trabajo en uno de esos salones de belleza chic (con precio en euros y clientela exigente), y nunca paraba: formaciones, cursos y más cursos.
No habría vuelto al pueblo, sinceramente, si no fuese por lo raro que notaba últimamente a sus padres. Llamaba a su madre, el padre siempre ausente; llamaba al padre y resulta que su madre estaba por ahí.
Mamá, ¿qué pasa ahí? preguntaba sospechando una telenovela familiar.
Su madre, Mercedes, respondía con el evasivo Todo bien, hija, todo en orden.
Dos horas desde la capital de provincia donde había aterrizado: nada para Lucía, acostumbrada a las distancias de las grandes ciudades. El autobús de línea la dejó en la estación de siempre: todo igual, salvo la tienda de enfrente con un letrero nuevo y unos árboles demasiado crecidos. Allí no llovía; tímidos rayos de sol luchaban por asomarse entre las nubes.
Avisó a su madre de que llegaba, pero precisar a qué hora imposible, ya sabemos cómo viajan los buses.
El taxista local, aburrido y somnoliento, se acercó con calma:
¿A dónde vamos, guapa?
A la calle del Consistorio, 18 dijo ella, mientras el taxista esquivaba baches como quien baila un chotis.
La buena casa familiar la recibió con sus contraventanas azules bien abiertas (qué satisfacción castiza), un saúco enorme en el jardín y los tres chopos que plantó su padre cuando terminó la escuela.
¡Lucía, hija! Mercedes pegó un brinco desde la ventana. ¡Hija, cuánto tiempo! entrecerrando la boca entre sonrisa y lágrima.
Mamá, yo también te he echado de menos, eh, pero no llores ahora, que acabo de llegar.
Es de alegría, hija, de alegría. ¡Que tres años sin verte en persona!
Lucía soltó la maleta, se descalzó y se tiró en el sofá, piernas estiradas, mientras su madre la arrullaba como si tuviese cinco años. Se quedaron así un par de minutos, reseteándose mutuamente.
Y papá, ¿dónde está? preguntó finalmente Lucía, con ese tonito de vale, aquí ha pasado algo.
Vamos a sentarnos a la mesa y luego hablamos y te pongo algo de comer.
Las novedades de la casa brillaban: mantel nuevo, vajilla de florecitas (¡esto no estaba antes!), aunque todo seguía oliendo a hogar de siempre, lejos del estilo minimalista madrileño de Lucía.
Las albóndigas maternas (nunca igualadas por Deliveroo), la ensalada con tomate del huerto, queso fresco y por qué tantas fuentes si sólo están ellas dos.
Mamá, ¿está papá de viaje o qué? Hay un ambiente aquí… que no me cuadra.
Está de viaje, sí, ahora, pero Mercedes puso cara seria. Lo tenía que hablar contigo hace tiempo, y él también. Por teléfono es complicado, hija. Y tú siempre con el móvil cogido: trabajo, gente, semanarios, amigos El caso es que tu padre y yo nos hemos separado.
¿¿Cómo que os habéis separado?? Lucía apartó la taza, fue directa al armario de sus padres y ni rastro de las camisas de toda la vida.
¿Y dónde está ahora?
Siéntate y escúchame, por favor. Esas cosas pasan, Lucía; a veces los matrimonios no duran aunque lleven mil años. Así que lo hemos hecho civilizadamente, nada de emitir facturas ni gritos. Ya está.
¿Pero cómo que ya está? Pensaba que estabais bien. El puchero le salió casi idéntico al de cuando era pequeña.
Esa hija única, consentida si la ocasión lo requería. Cuando descubrió que un quiero valía oro, aprendió la ley de mínima resistencia. Bicicletas, regalarraquetas y a los trece, un equipo de música último modelo, que costó casi como un viaje a las Canarias. En la universidad, ni hambre ni vaqueros heredados: el sueldo de papá era para ella, el de mamá, para la casa. Así que Lucía, cuando terminó la carrera, no partía de cero. Aunque, para ser justos, tenía la cabeza bien amueblada y siempre supo manejarse con la economía casera.
Los estudios, impecables. Sus padres presumiendo de ¡mi niña es médico!. De eso no se quejaba.
Y os separáis y nadie dice ni pío
Ha sido hace poco, hija Mercedes se defendía. Y hace tiempo que la vida nos pesaba Pero contigo todo sigue igual, para tu padre sigues siendo su ojito derecho.
¿Vive ahora en casa de la abuela?
¿Dónde si no? La casa de sus padres no se va a quedar vacía.
Pues tengo que verle. ¡Ya!
Espera, que estará llegando pasado mañana. Está con Fermín, en el viaje ese por temas del campo.
Pero, mamá, esto me parece una broma de mal gusto: ¿tiene otra mujer o qué?
Pues sí, hija. No es ningún secreto. Es más joven, no unas veinte años, pero diez sí.
Le da igual, ¡un traidor es un traidor!
No es para tanto intentó rebajar la tensión Mercedes. Tu padre siempre ha sido buen padre. Al principio yo no quería decírtelo, por eso el secretismo.
Mamá, es que eres una blanda. A mí me sale la justicia, y si alguien te traiciona, ¡se lo hago pagar! No quiero verlo, y punto.
La expresión de Mercedes era para novela. Decidió dejar reposar la tormenta: ya remansaría cuando se le pasara el rebote.
Lucía se cambió y salió a estirar las piernas, con esa sensación de que en el pueblo, el aire es tan puro que hasta te marea. La ciudad la había convertido en otra: más dura, menos sentimental, más práctica. A esas alturas, los amigos de la infancia sólo le importaban en los recuerdos y poco más.
Mamá, bajo al río.
Van a caer cuatro gotas, ¿eh?
Nada, tardo poco.
La casa de la abuela, viejita pero digna, no tardó en aparecer tras la esquina. Lucía entró por el portón y subió al porche. En la cocina, una mujer joven para los estándares del lugar, removía algo.
¿Tú eres la nueva propietaria? soltó Lucía, barra de acero en mano.
¿Lucía, eres tú? Soy Irene, sí, Vítor me enseñó una foto pasa.
Menuda suerte dijo ella, entrando sin saludar. Solo recuerda que esta casa fue de mis abuelos. No eres bienvenida.
No sé por qué me hablas así. Yo no te he hecho nada.
Justo entonces aparece un chaval de unos doce años.
Irene, ¿puedo salir un rato?
Ve, hijo. El niño miró a Lucía curioso y se fue.
Que te quede claro: no vas a vivir aquí mucho. Lucía, por si acaso, remató y se largó.
Regresó a su casa caminando deprisa. Menudo regalito de papá: una desconocida instalada en la casa de la abuela, mascullaba. Se moría de ganas de encararse con su padre y decirle cuatro cosas (con alguna palabra un poco menos elegante). Pero también sabía que, en el fondo, no podía expulsar a la invasora, y eso la enfurecía más aún.
Demasiados años en Madrid, demasiado carácter de ciudad y pocas contemplaciones. Había aprendido a espabilar, a defender lo suyo y a no dejarse avasallar. El pasado ya era una postal amarillenta.
Pero aquella casa y aquellos padres… eso sí que dolía. Porque, para qué engañarse, una parte de ella sólo quería sentarlos a todos a la mesa, repasar fotos y recordar los veranos eternos. Pero el divorcio había caído como un jarro de agua fría, y aunque ya era adulta y autónoma, de golpe se sintió indefensa. Su estrategia consistía en despotricar y poner en su sitio a la usurpadora. Tan castiza como la venganza servida medio fría.
¿Dónde te has metido? Mercedes aterrada al ver la cara de Lucía, que entró hecha una furia. ¿Te has ido al río?
He visto a la tal Irene suelta Lucía. No tiene nada especial. Y el hijo, pues ya sólo le faltaba a papá ser padrastro.
Mercedes empalideció al escuchar el nombre. Se llevó la mano al cuello, incapaz de hablar.
¿Por qué, hija, por qué has ido?
¡Mamá! ¿En serio no te duele? ¿No quieres vengarte? Es injusto.
No he pedido que lo hicieras. Me he resignado y punto. Tampoco quiero montar un show. Tu padre y yo nos queríamos porque te queríamos a ti. Lo demás fue costumbre.
¡Pero podríais haber intentado arreglarlo! Un psicólogo, un viaje juntos
Eso es en Madrid, hija. Aquí todo el mundo es psicólogo. Ahora sé que papá siempre fue sincero. Te quiero, pero me enamoré tarde. No podía retenerlo.
Antes eras más brava y no dejabas escapar nada. Ahora ni te defiendes, ¿eh?
¿Y para qué? Me apetece que me quieran. Sigo siendo joven, ¿no? De repente, Mercedes rompió a llorar como solo saben las madres.
¡Mamá, por favor! No llores, eres la más guapa y la más fuerte. No te pienso dejar envejecer sola, ¿eh?
Deja estar, Lucía. No deberías haber ido a hablar con Irene. Tu padre la conoció cuando lo nuestro ya estaba roto. Bastante tuvo la pobre con su ex.
Mamá, no me líes con su historia triste. Para mí, tú eres la víctima.
No tiene sentido crear enemigos en nuestro pueblo, hija. Hay que perdonar.
Me cuesta creerlo. No quiero ver a papá.
¿Y me vas a dejar de querer a mí también, entonces?
¡¿Cómo me vas a decir eso?! A ti, nunca.
Pues igual conozco a alguien, quién sabe
¿Cómo que has conocido a alguien? Lucía casi se atraganta. ¿Tú, mamá?
¿Te acuerdas de Isabelito, la vecina de enfrente, que tenía una hija que iba a tu clase? Pues su padre ahora viene a echarnos una mano. No me juzgues, que aún soy joven.
Claro que me acuerdo, mamá. Isabel, la del pelo como una fregona, ¡menuda eras vosotras!
Ambas se rieron, por fin. Pero Lucía estaba tocada y hundida. De pronto, el sueño de la familia unida se había ido y ni todo el carácter duro de la ciudad pudo protegerla del dolor.
El padre, Vítor, se retrasó en el viaje tres días. Llamaba y llamaba, pero Lucía no contestaba. Orgullo puro, aunque sabía que el enfado era un poco teatral. Pensar en Irene la re-enfadaba instantáneamente, claro.
Al volver su padre, apareció directamente en la casa grande. Lucía, de una ojeada, notó el paso del tiempo: entradas, arrugas, ojillos rojos.
¿No me das ni un abrazo?
¿Para qué? Ya tienes tu nueva familia completa.
El niño es hijo de Irene, no es cosa mía. Tú eres mi hija.
Adiós, papá. Y se fue a su cuarto.
Tras una noche calmada, decidió salir al río de verdad, para reconciliarse un poco con su infancia. Iba distraída cuando escuchó unos gritos desaforados. Un grupo de críos, bicis caídas Uno, el hijo de Irene, se había hecho daño con un clavo. Lucía, reflejo de buena médico, le hizo una cura de emergencia, avisó a Vítor y lo llevaron al hospital del pueblo.
Irene, descompuesta, gritaba más que la sirena de la ambulancia.
En urgencias, Lucía indicó: La pierna izquierda, miradla bien, y se marchó, digna, rumbo a casa. Al río, otro día.
***
Al día siguiente, ya casi de vuelta a Madrid, Lucía y Mercedes esperaban autobús en la estación. El cielo plomizo prometía aguacero, pero Lucía sentía una mezcla de nostalgia y alivio.
Una Lada apareció esquivando charcos; de ella bajaron una mujer y un hombre con un niño; ¡eran Isabel y su padre!
¡Al final os veo! ¡Qué alegría! dijo Mercedes.
Lucía, qué de tiempo, Isabel, algo más redonda, la abrazaba fuerte.
De pronto, el UVI del pueblo, Vítor, Irene y el niño aparecieron. Silencio tensísimo.
Mira, Lucía, ya casi camino solo soltó el niño, rompiendo el hielo, orgulloso.
Claro, campeón. Y lo de “señora” lo dejamos, que me siento mayor, dime Lucía.
Lucía, perdóname por ayer, dijo Irene. A veces, cuando la vida te da un giro, sólo nos queda tirar para adelante.
Lucía respiró hondo. Se dio cuenta de que allí, en el fondo, todos acababan siendo familia. El minibús llegó. Mercedes lloraba, esta vez sin aspavientos.
Venga, Mercedes, no hay para tanto, dijo Vítor. Lucía volverá. ¿A que sí, hija?
Ella asintió, sin confiar aún, sintiendo algo que la empujaba hacia adelante, casi infantilmente, como cuando su padre la levantaba entre risas.
Claro que volveré. Y fueron abrazos a la madre, al padre, a Isabel y a todos los que ya eran parte de su historia.
El sol se asomó, muy castizamente, justo cuando el autobús partía, bañado a todos en una luz cálida. Tras la ventanilla, Lucía repitió: Volveré, eso sí que no sería justo si no vuelvo.
Quedaron allí, en la plaza de parches y baches, todos los que la querían. Y el sol, por una vez, se quedó con ellos, echando una siesta sobre el pueblo, como diciendo “aquí todos tenéis sitio”.







