No me engañes, mamá.

No me engañes, mamá.
Abuela, ¿puedo pedirle a Dioscito que mamá vuelva?

La abuela, que estaba a su lado, se santiguó al escuchar la súplica, pero la señora Kira agitó la mano con un suspiro, invitando a su bisnieta a acercarse al azulejo de la Virgen colgado en la pared.

Pide, cariño, pide lo que quieras. Dios lo escucha todo susurró, empujando suavemente a Zoyita hacia la imagen.

En un pueblecito de Segovia, la anciana y su bisnieta compartían una misma plegaria. Una rezaba movida por las sombras de la edad, otra, por la ingenuidad infantil.

Eso pensaba Raquel, la madre de Zoe. Sabía de sobra que su madre, la abuela Kira, llevaba a la niña a la iglesia, le daba de comulgar y hacía que el cura anotase su nombre en papeles de misas. En fin, estaba convencida: la abuela estaba echando a perder a la criatura con sus ideas de otro siglo.

Claro que pronto iba a llevársela de vuelta a Madrid, y ahí sí podría corregir todo aquello. Pero pronto… aunque, bueno, no hoy.

Ay, ya te llevaré conmigo al mar, Cariñito. ¿Tú sabes cómo son los atardeceres allí? Allí los atardeceres son rojos como el carmín, los amaneceres tienen la seda de la leche y las noches son tan cerradas que parece que nunca amanece. Y nuestros encuentros van a ser eternos…solía recitar con pose de poeta, abrazando a Zoe.

Sentadas en el patio cercado, con gallinas cotilleando de fondo, la casa, aunque construida con buenos troncos de encina, ya se desmoronaba un poco; los cimientos se hundían y el tejado hacía años que pedía jubilación.

A un lado, una barrica enorme de agua recogía la lluvia, siempre un tanto turbia y amarilla.

Allí el agua es salada, Zoeíta, salada y limpia, no como este mejunje vuestrocomentaba Raquel, metiendo los dedos en el barril y suspirando. Ya te sacaré de aquí, solo dame un tiempo.

Para Zoyita, no había nadie más bonito ni más querido que su madre. Ni la abuela. Aunque también la quería, la veía tan mayor, tan arrugada y tan distinta de mamá…

Mamá olía a flores que no entendía. A Zoe le parecía que solo podían crecer en la costa, junto al mar al que tarde o temprano irían con mamá.

Abuela, cuando venga mamá, nos vamos a la playa. Allí sí que el agua es limpia de verdadpresumía Zoe cuando Raquel se iba.

Ya iréis, claro que síremataba doña Kira, mirando al infinito y añadiendo. Pero anda, termina las patatas, que si no, no tendrás fuerza para ir tan lejos. Y que sepas que tu madre tiene aún muchos líos. Hay que esperar…

Hasta los cinco años, Zoe no terminaba de entender qué era eso de ser poetisa. Así la llamaba la abuela, y en una de sus visitas, Raquel trajo un librito: había escrito esos poemas ella misma, lo dijo bien claro. Zoe lo tomó al pie de la letra. Cuando su madre se marchaba, Zoe, después de limpiarse las manos en los pantalones, tomaba el librito con sumo cuidado y se asombraba: cómo es posible escribir tan bonito, letra por letra

Intentó copiar las letras en su cuaderno como su madre, aunque ni siquiera las conocía todas.

¿Qué haces ahí, mi niña?la abuela, agotada, caía rendida antes de que la pequeña tuviese sueño. ¡Madre mía, qué bien te sale!

Mejor escribe mamá protestaba Zoe, ceñuda.

Bueno, pero tu madre ya es mayor, y tú también crecerás y escribirás bonito. Anda, a dormir.

La abuela apagaba la luz, y Zoyita se arrastraba a la cama. Pero se quedaba un rato imaginando las letras que no sabía ni pronunciar.

Zoe estaba orgullosa de su madre.

Hasta los seis años, ni se preguntaba por qué las demás tenían a sus madres cerca y ella no. La abuela Kira se vestía siempre con capas de ropa: una blusa sobre otra, bata, delantal, medias subidas con gomas, bragas altas y zapatillas de esas de andar por casa. Para la iglesia, se ponía su mejor vestido gris, un cárdigan azul y un pañuelo floreado. Todo hecho por ella en una vieja Singer. De hecho, era lo único que le pegó a Raquel, por eso, su hija estudió modistería.

Ahora la abuela vestía y tapaba a Zoe: ropa relavada, pero fuerte. La tienda ambulante pasaba por el pueblo, y la abuela Kira, tan meticulosa como buena mujer castellana, miraba la mercancía de arriba abajo y, cómo no, invertía en su nieta: zapatos, leotardos…

No había guardería; lo más divertido era corretear por los patios y caminos del pueblo.

Raquel venía cada vez menos. Algo no encajaba allá en Madrid. Un día, en una de sus idas, se llevó el libro que traía siempre.

Abuela, ¿me lo llevo? Total, ya no me queda ninguno; aquí ni lo usaisdijo Raquel.

Pero, mujer, Zoe copia esas letras del libro. Déjaselo.

Dale otro libro. Di que también lo he escrito yo. Total, ni lo lee.

Cuando la niña preguntó por el libro, la abuela metió uno de tapa verde de lejos, balbuceando:

Tu madre ha dejado este otro. También es suyo, quédate.

Zoe lo acarició y lo puso con cuidado en la mesa. Más gordo y bonito que el anterior, con letras doradas en la portada. Ahora serían esas letras las que copiaría.

Pero un día, al volver a casa con la rebeca nueva hecha un trapo, y los ojos llorosos, las cosas cambiaron.

¡Zoe! ¿Qué te ha pasado? exclamó la abuela.

Ha sido… él… lloraba la cría, señalando la calle.

Vítor Macarrón, el niño más insoportable del barrio, le había dicho que su madre la había abandonado, que la abuela trabajaba por los dos, que pasaban hambre porque su madre nunca mandaba dinero. La niña le gritó que su madre era poetisa y escribía libros, pero Vítor le juró que era mentira. Zoe, llorando, salió corriendo, agarró el libro verde y se plantó de nuevo en la calle.

Los niños, mayores, leyeron en la portada: S. Esenin. Lírica. Todos se rieron de Zoe, le pasaban el libro como si fuese un balón.

La abuela, al ver el percal, llegó tarde.

Abuela, ¡diles que es de mamá! lloró la niña tirándose a sus brazos.

La abuela cogió el libro, la llevó a casa y dijo:

Confundí los libros, Zoeíta. Te prometo que la próxima vez tu madre traerá el suyo. Le escribiré.

Zoe no contestó. Cogió el libro y lo tiró a los ortigas.

¡Zoe! ¿Por qué? ¿Qué culpa tiene el libro? También lo ha escrito alguien, con esmero.

¡Pues para nada! dijo la niña, caminando cabizbaja rumbo a la casa.

Al rato vino su amiga Sole Perera, un poco menor.

Yo te creo, Zoe. Dicen tonteríassusurró Sole.

Que no, Sole. No es de mi madre. Ya no quiero ni libros ni poetasgruñó la pequeña.

¿Y a tu madre? ¿La quieres?

Zoe no contestó. Todavía no había entendido del todo qué le faltaba a su madre.

***
Raquel ya sabía que ser poetisa no daba para mucho pan con tomate. En ocho años, sólo publicó dos libritos de versos, y ahora, esperando el tercero, hacía bolos leyendo poemas en casas de cultura, fábricas y reuniones del barrio.

Empezó en el colegio, luego en la escuela de modistería, y ganó premios provinciales. Los versos le salían mejor cuanto peores eran las circunstancias.

La poesía la redimía. El corte y confesión delante de la máquina no tanto: la costura no le interesaba más que para hacerse faldas para sí misma. Por eso, un día, acabó de secretaria en una editorial de Madrid, donde conoció a Miguel Sabroso, un periodista que llegó un año por los incendios de la Sierra. La niña fue como una jugada maestra para retenerlo. Por eso se trasladó a Segovia. Pero pronto llegó la estampida: como de un incendio, Sabroso huyó de Raquel, aunque eso sí, le encontró un puesto en el área de cultura.

Dejó a la niña con la abuela, como antes hicieron con ella. La madre, tempranamente difunta, había marcado a Raquel.

Se casó con otro: aficionado a la poesía, pero más aficionado al vino. El hombre iba y venía. Al final, el matrimonio se esfumó con sus sueños, dejándole a Raquel una habitación en una casa de vecinos. Y tampoco hacía amigos con sus vecinos.

Los últimos años vivió con un ingeniero de una fábrica de zapatos, callado y, según ella, insoportable, pero el piso era suyo y eso ya era algo. Al menos mientras el asunto duró. Raquel era guapa, tenía buenas noches y defectos: era tan teatral que el hombre nunca sabía si estaba con su pareja o en una función. Raquel interpretaba papeles: a veces cándida, hoy altiva, mañana moderna…

La veían rara, también sus amigas. Por las noches, cosía vestidos a la moda tras verlos en las revistas, que recortaba y coleccionaba. Siempre vestía raro, con capas y capas de géneros trotamundos. Es lo que se espera de una poetisa, pensaba.

Acabó con el ingeniero y volvió a la casa de vecinos.

Raquel esperaba aún la fama, la vida de artista, el romance verdadero… Lo llevaba esperando desde entonces. Iba a ocurrir pronto, seguro.

Sabía racionalmente que la abuela Kira no era eterna, ni criar a una niña fácil. De hecho, los mejores versos le salían sobre la distancia y la muerte. Decidió que la recogería para que se escolarizara en Madrid, pero ese verano se lió con un escultor. Posó para una escultura y, claro, se le pasó el tiempo sin recoger a la niña.

Fuera de Segovia, vino y vio a la abuela cansada de tanto criar. Zoe estaba lenguaraz, sí, pero enseguida se le pasaba y volvía a ser la de siempre. Raquel prometió por enésima vez: Este año sí te la llevo.

¿No me engañas? susurró Zoe, mirándole de reojo.

Raquel se quedó sin aire. Le dio un achuchón y le recitó casi sin voz:

¿Cómo piensas eso, mi vida? ¡Te adoro, Zoe! ¡Mucho, mucho! y la llenó de besos.

El drama de madre infeliz siempre le salió fenomenal.

Zoe lo creía. ¿Cómo no creer semejante efusión?

***

¿Cómo va la abuela, Zoe? preguntaba la señora Nines, panadera del pueblo.

En invierno, Zoe tuvo que hacerse cargo de la casa. La abuela enferma, y la niña se defendía.

Está en la cama. Le hago natillas. Sólo eso come.

¿Tú las preparas?

Sí, no es difícil.

Qué apañada eres, cielo. Así sí puede tu abuela enfermar tranquila.

En el pueblo todos se conocían. La señora Natalia, amiga de la abuela, vigilaba las gallinas; los Perera, los vecinos, llevaban a la niña a comprar; el cartero, Anastasio, traía las medicinas; el tío Gregorio quitaba la nieve y el carbón nunca faltaba.

Zoe sabía organizarse sola: encendía la chimenea, hervía, freía… Al principio, Natalia entraba cada poco, pero viendo que la niña se bastaba, dejó de rondar tanto.

Con lo que nos gustaría a nosotros que Sole fuese así… ¡Qué niña tan apañada! La has enseñado bien, Kira.

Las amigas de Zoe iban ya a la escuela; ella miraba sus cuadernos con deseo.

Mira, ya sabemos leer. Esto es A, esto es E, y juntos, AE.

¿AE? ¿Y eso?

Eso aún no lo sabemos.

EA, parece. Mira el dibujo: llora el niño.

Los libros de Sole le encantaban. Pero estaba convencida: su mamá la llevaría a un colegio en Madrid. Era promesa sagrada.

La abuela seguía postrada. Por las noches, Zoe se trepaba a la cama con ella.

Abuela, ¿y esa letra?

Es la Z. Por eso te llamas Zoe. La O después, y finalmente la E. Cuando esté mejor, te traigo un abecedario.

Al final, la abuela tuvo que ir al hospital. Natalia la convenció.

¿Y la niña? ¡Pero si esa es más lista que el hambre! Va a mi casa, no pasa nada; nos encargaremos del gallinero y de la casa.

En el hospital, igual: vecinos y amigos pasando a verla, llevando viandas y noticias de Zoe.

La nieta de Natalia, Lucía, vino a ayudar. Intentó convencer a la abuela de mudarse con la familia a Soria o a Burgos, pero Natalia no quería: Aquí me entierran, con Kira y se acabó, sentenciaba.

Lucía llegó justo cuando Zoe reinaba en casa de su abuela Natalia.

Lucía, dice la abuela que meta la sartén en la chimenea.

¿Ah sí? ¡Tú eres la jefa aquí, eh! Gracias por ayudar. Un poco tú, otro poco yo, y cuando venga el buen tiempo, mi madre vendrá también. A ver si sacamos a la abuela de aquí.

Yo también me iré pronto.

¿Sí? rió Lucía.

Me lleva mi mamá a Madrid. Allí empiezo en el cole.

Eso está bien. ¿Has aprendido algún poema?

Poema no, pero sé rezos. ¿Quieres que te diga el Padrenuestro? Padre nuestro, que estás en los cielos

¿Y todas las letras? Lucía, cada vez más, se encariñaba.

La niña poco tenía de Raquel, sólo un distante parecido. No comprendía por qué la niña vivía con la bisabuela, aunque la madre estaba viva y coleando. Había visto una vez a Raquel junto a una troupe de artistas escolares: falda que sonaba y pendientes difíciles de olvidar.

¿Todas las letras sabes?

No todas.

Pues ya limpiamos y te enseño otras letras, aunque no tengas abecedario. Total, soy maestra Lucía sonrió. Vamos.

Aquellos días fueron de los más felices para Zoe.

¿Tú sabes cuándo viene mi mamá? Iba a traerle a la abuela su libro de poemas por el Día de la Mujer

Vendrá, seguro. Tú espérala.

Lucía mordió el labio. Qué niña tan buena

Poco a poco, la abuela mejoraba. El mejor remedio: su bisnieta.

***
Raquel no lo esperaba: cuando le tocó leer poemas en la fiesta del 8 de marzo de la fábrica, una mano conocida le agarró de la manga…

¿Lucía?

Habían estudiado juntas y eran vecinas.

Raquel, con un ramo en una mano, buscaba dónde sentarse en el convite.

¿Lucía? miró alrededor, por si aparecía medio pueblo.

Yo… Hola, Raquel.

¿Qué haces aquí?

Venía a escucharte. Muy bien leído.

¿Sí? Pues gracias…

No sabe por qué, pero el halago la molestó. Sabía que Lucía trabajaba en la escuela y que su marido era jefe en la fábrica.

Ni le preguntó cómo vivían en Segovia. No le interesaba. Aquello no era su ambiente. Y total, su vida aún estaba por escribirse.

Ahora allí, Lucía, vaya lío.

¿Alguien tuyo trabaja aquí?

El mejor amigo del marido. Me ayudaron a encontrarte.

¿A mí? ¿Para qué?

Quería saludarte. ¿No te alegras?

Claro, Lucía, claro. Pero no es el mejor momento. Me esperan dentro. ¿Tú qué tal?

Pues bien. Trabajo en la escuela, terminé Magisterio. Mi marido sigue en la fábrica. ¿Te vienes a casa de visita?

Ay, hija, no tengo tiempo. Tengo que volar…

Vete, mujer, vete, que te esperan. ¡Felicidades!

Igual para ti.

Cuando Raquel entró, la mesa principal estaba ocupada; le tocó con las costureras del fondo. Puso cara de poetisa olvidada.

En ese momento, el marido de Lucía llamó a voz en grito desde la mesa central:

¡Lucía, aquí, por favor!

Ella cruzó el salón como una reina. Pronto, Raquel también se sumó al grupo.

Desde ese día, retomaron la amistad. Y como ocurre a veces, cuando las amistades son viejas, todo va deprisa: ahora era amiga de Lucía y su marido Jorge.

Pero tenían una pena: Lucía no podía tener hijos, después de varios abortos. Jorge, resignado, prefería su salud. Ella, volcada en sus alumnos.

Del tema de la hija de Raquel se habló sólo una vez. Raquel lloró, dramatizó y juró que ese verano traería a la niña.

Lucía, resignada, nunca volvió a preguntar.

Ese verano, la familia planeaba un viaje al sur a lo aventurero, e invitaron a Raquel. Días antes del viaje, Raquel llegó hecha un mar de lágrimas; le habían rechazado el libro. Ella, entre sollozos, se lanzó a los brazos de Jorge, que vio claro que aquello era demasiado y la mandó a casa en un taxi.

Después, Lucía se enteró de que ya no vendría: un amigo de la familia, según Raquel, no quería extraños en el viaje. Raquel lo aceptó sin problemas.

De todas formas tengo otros planes, muy interesantesdijo, misteriosa.

¿Y Zoe? Dijiste que este año sí preguntó Lucía. Zoe ya tenía ocho. Y ya leía sola. Era lista.

Zoe… Si no ocurre nada raro, sí.

Lucía sabía que no la iba a llevar. Y ya era hora: la niña tenía que empezar segundo curso, y ni había hecho el primero.

Suspiró pensando cómo habría preparado a sus propios niños para el colegio: los cuadernos, la bata, la mochila… Cuánto echaba en falta un hijo.

Oye, Raquel, ni siquiera tengo tu libro. ¿Dónde se compra?

Hija, pues eso, para ti. Segunda edición. La tercera, me temo, nunca verá la luz.

***
Zoe abrazaba el libro de mamá: justo ese, el auténtico, de Raquel. Ahora por fin podía leerlo ella sola. Lucía lo había traído de Madrid.

Ayer, la maestra del pueblo apareció en casa y matriculó a Zoe en la escuela del pueblo. Quedaba poco para septiembre y no tenían nada preparado.

Mamá no venía. Zoe se pasaba los días mirando por la ventana o parada en la puerta, a ver si aparecía por la carretera.

No me engañes, mamá, por diositosusurraba a sus santos.

Había leído el libro varias veces. Leía una línea, levantaba la cabeza, trataba de entender: pero o era muy pequeña, o su madre era demasiado vaga para explicar…

Machacaba a la abuela con preguntas. La abuela, cansada, ya refunfuñaba y la despachaba. Estaba débil, ya no podía ir al mercadillo, y lo de la escuela le preocupaba: ¿Quién prepara a la chiquilla? Menos mal los vecinos, porque a la madre, está claro, le importaba un comino.

Ni ganas de enfadarse le quedaban a la abuela. Sólo pena por la chiquilla. Encima, la madre venía, le llenaba la cabeza de playas y vestidos, pero no traía ni un triste uniforme.

Ni fuerzas para enfadarse le quedaban a la pobre.

Abuela, ¿existe el paraíso del amor?

¿El qué?

Paraíso del amor. Tú me dijiste que el paraíso era donde van las personas buenas cuando se mueren. ¿Es ese?

Madre mía, cualquier cosa me preguntas. Pues eso digo yo, será el paraíso del amor. ¡Allí todos se quieren!

Pero mamá ha escrito aquí: Oh, paraíso del amor, no me engañes. ¿En el paraíso se miente?

En el paraíso, nunca. Ahí nadie te engaña, Zoe.

Yo quiero ir al paraíso, abuela.

¡Pero si eres una niña! No hay ninguna prisa.

Allí no engañan…

La abuela la miró de reojo y se limpió los ojos como si tuviera algo en la pestaña. La niña empezaba a entender…

En ese momento, el perro que tenían ladró insistente. Era señal de que venía visita. Zoe corrió a la puerta y se lanzó a los brazos de Lucía.

Con Lucía venía doña Natalia, arrastrando la pierna mala y una bolsa de pastas. Tomaron el té, hablaron. A Zoe la mandaron a la calle: cosas de mayores. Se fue con Sole.

¿Es verdad que te vas, Zoe? preguntó su amiga Sole.

¿Yo? bajó la vista. No. Mamá me ha vuelto a engañar. Siempre dice lo mismo.

Pero dicen que Lucía te lleva a vivir con ella. ¿No es cierto?

¿Cómo? y echó a correr a casa.

Entró de golpe, estampando la puerta contra el barril de la col. Se quedó plantada en mitad de la cocina, sin saber cómo preguntar.

¿Te vienes conmigo, Zoe? dijo Lucía, entendiendo la escena.

Zoe tardó en contestar, pero luego asintió.

Mamá lo sabe. Tranquila. Ella no puede ahora por cosas suyas.

Zoe no protestó. Quería a Lucía. Sí, su madre era más brillante y olía mejor, pero Lucía era la que estaba, la de siempre, la que no fallaba nunca.

Se pegó al vientre de Lucía, que la envolvió en sus brazos.

Todo irá bien, Zoe, todo bien. La mamá vendrá a vernos, y volveremos al pueblo a visitar a tu abuela.

La abuela Kira y doña Natalia no paraban de organizarle la maleta; por mucho que intentaron llevarse a Natalia a vivir a la ciudad, ella lo dejó claro: Yo me quedo aquí con Kira hasta el fin.

Días después, el tractorista Nicolás las llevó a la estación con todas sus cosas. Pueblo entero despedía a la niña y daba gracias a Lucía.

Abuela, ponte bien. Y deja de rezar para que mamá vuelva. Vive tú sola. Cuando yo sea mayor, vendré a cuidarte. Te lo juro, ¿me crees?

Claro, cariño, claro que te creoKira apenas contenía las lágrimas; rezó por ambas.

El tractor arrancó, dejando una buena nube de polvo. Zoe, de pronto, gritó:

¡Para, tío Nicolás! ¡Aquí, aquí!

¿Y ahora? preguntó Lucía.

El hombre paró el tractor. Zoe saltó y fue directa a las ortigas.

¡Te vas a picar! Zoe, espera

En la ortiga, buscaba el libro. Sólo la abuela Kira supo lo que buscaba.

Nicolás, con guantes, metió mano.

¿Qué buscamos? Mejor lo hago yo

¡Aquí!gritó la niña saliendo triunfante, con el libro empapado.

¿Eso? ¡Hombre! Es Esenin clavado en la ortiga. Anda que rió Nicolás.

¿Qué es? preguntó Lucía.

Un poeta. Al final, no es culpa del libro. Alguien las escribió, ¿no? Merece salir de la ortigadijo Zoe, limpiándola.

Lucía, sintiendo toda la responsabilidad, recordó cómo había propuesto a Raquel criar a Zoe. Raquel aceptó casi encantada: en el norte la esperaba la gira de teatro, nuevos amores, otra aventura. Firmó el papel sin mirar.

Lucía, mientras leía los poemas de Raquel camino al pueblo, lo pensó: bonitos, sí, pero fríos como una nevera de convento.

Leían juntos a Esenin. Al llegar, Jorge las recibió con los brazos abiertos.

¡Venga, bienvenida, Zoe! Lucía dice que eres buena en todo. A ver esos bultos, aquí hay que ayudar.

A los pocos días, Zoe fue al colegio. Tenía mochila roja, material escolar y, aunque el uniforme llegó de prisa y corriendo, se apañaron.

En el patio, agarrada a un ramo de flores, no le quitaba ojo a Jorge, que la miraba con ternura; todos creían que era su padre y él, la verdad, parecía orgulloso.

La profe Lucía, con los suyos, miraba de vez en cuando hacia la entrada, por si aparecía alguien.

A Zoe nunca le dijeron que su mamá prometió aparecer en el acto. Lucía tuvo el detalle de llamar, pero Jorge le prohibió confesarle nada a la niña: Otra decepción y ya se me rompen del todo.

Zoe no preguntó; Lucía dejó de dar vueltas a la entrada en busca de lo imposible.

***

En los diez años de escuela, Raquel sólo fue a verla tres veces. La poesía se esfumó y acabó trabajando de costurera. Las abuelas Kira y Natalia se fueron seguido, una detrás de otra. Raquel, lejos, no pudo ni despedirse, aunque luego pasó días llorando por la abuela en el cementerio; el pueblo se convenció de que de verdad la quería.

Al terminar el cole, Raquel dijo que le haría un vestido de cine para el baile de graduación.

No lo hará, Lucía. Mejor ni me hago ilusionesle confesó Zoe.

Como digas, hija. Mañana vamos a por telas contestó Lucía, ya pensando el modelo. ¡Qué rápido creces, Zoe!

Sí, pero aquí estaré siempre: contigo y con papá Jorge. Lo prometo.

***Unas semanas después del baile, mientras doblaba aquel nuevo vestido de color cielocosido entre risas y alguna torpezaZoe encontró en el fondo del armario el viejo libro verde de Esenin, ya sin ortigas, con las esquinas comidas por los años. Lo abrió: dentro, entre las páginas, Lucía había dejado una nota en letra inclinada y clara, como para recordarle algo importante. Decía: Las palabras sirven para soñar, pero los brazos para quedarse. Aquí tienes ambos.

Zoe sostuvo el libro contra su pecho, y ese abrazo de papel, fragante a tela limpia y a hogar, fue tan distinto a cualquier promesa costera o carmín. Era, ahora lo sabía, un paraíso posible. Quizá imperfecto, sin mentiras, bañado de tardes de estudio, galletas y amor pequeño pero fiel.

La vida de Raquel y el eco de su poesía siguieron flotando, a veces como una nube ligera en una tarde de domingo, a veces pesada como lluvia. Pero nunca llegaron a tapar el azul claro y terco del presente. Cuando alguien preguntaba por ella, Zoe aprendió a responder sin lágrimas ni resentimiento, sólo con una sonrisa breve y sincera: La poesía me la enseñó mi madre, pero la letra, Lucía.

Con el paso de los años, cada vez que escribía su nombre o aprendía una palabra nueva, Zoe recordaba a Kira, a Natalia, a todo el pequeño ejército de abuelas, vecinos y brazos que la sostuvieron. Sabía que el amor, a veces, no es un mar ni un milagro, sino lo que sobrevive después de la promesa rota: el gesto que se queda y abriga, la casa donde siempre hay una luz encendida.

Y así, aun sin playa dorada, cada vez que Lucía la llamaba desde la cocina o Jorge la aplaudía desde el patio de la escuela, Zoe sentía que había llegado, al fin, al verdadero paraíso: el de los que nunca engañan y siempre, siempre, esperan.

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No me engañes, mamá.
El límite del amor de una madre