— Eres mi hijo.

Tú eres mi hijo.
¿Pero hay hotel aquí?

No… aquí no tenemos hotel le dijeron en la estación, pero vete recto por la plaza del mercado y verás la Casa de Huéspedes.

Las primeras impresiones del pueblo fueron regularcillas. Parecía esconderse entre pinares y ciénagas. Una vía de tren estrecha y vieja lo unía con la capital provincial.

Allí destinaron a Alejandro por encargo del periódico. Los humedales de fuera del pueblo estaban en pleno auge, las tierras, después de años de drenaje, ahora eran muy fértiles. El cultivo de repollo era tan bueno que el cooperativo local tenía los almacenes llenos.

Pero Alejandro Sánchez, periodista de Madrid, no viajaba sólo para escribir sobre esos campos. Siempre trataba de encontrar historias interesantes, y esta vez decidió indagar un poco más sobre la historia de ese tal San Lorenzo del Prado. Quién sabe si habría algo especial por descubrir. Él mismo era de provincias, de un pueblo cercano, así que no dudó en aceptar la misión.

En la Casa de Huéspedes lo recibió una mujer redondita, amable, con esa calidez que tienen algunas madres castellanas al dar la bienvenida.

Claro que tengo habitación. En temporada de caza no te encuentras ni una, pero ahora casi me sobran.

Le llevó a un cuarto pequeño, individual, y le trajo agua caliente. Alejandro se instaló y picoteó algo de la comida que, por pura costumbre, siempre llevaba en la mochila para los viajes.

Miró por la ventana. Llovía, aquel calabobos que moja a base de constancia. Las casitas bajas de madera se apretaban unas contra otras, como gorriones mojados. Al fondo, unos bloques modernos, grises, con esa tristeza de goteras y desconchones. Las calles, llenas de parches y baches en el asfalto, y en vez de aceras, tablones de madera. Los bares y tiendas parecían vacíos. Había un aire como de abandono.

Bufó. No le apetecería nada vivir aquí. En un sitio similar había crecido, sí, pero tras la universidad se quedó en la capital. Allí ya tenía su pequeño piso, decorado con gusto y ese afán por diferenciarse de sus colegas. Hasta se fue una vez a Galicia y trajo una estantería de abedul, y en Segovia pilló un aparador antiguo. Su casa estaba inspirada en lo rural, pero tocado de bohemia.

En el Rastro, en Madrid, compró unas acuarelas y grabados, y hasta tenía señora de la limpieza que le venía una vez a la semana. Bastaba. Sus frecuentes viajes no demandaban más.

Estaba divorciado. Tenía una hija de doce años, con la que, por cosas de la separación, veía poco. No le daba demasiadas vueltas al tema. Era lo que tocaba. No tenía ganas de casarse otra vez. Estaba bastante a gusto con su vida solitaria pero animada.

No vivía mal. Algún vino con amigos, todos inteligentes y de letras, escapadas para descansar, y algún romance esporádico, sin complicaciones.

Además, Alejandro era un hombre atractivo. Alto, flaco, con una barbita tipo escritor ochentero. Las mujeres le miraban. Su vida en Madrid, con su sofá cómodo, su “El País” y revistas, le hacía sentir realizado.

Una vez leyó que la felicidad era eso, simplemente que no te duela nada, ni el cuerpo ni el alma. Y él procuraba mantenerse así, en equilibrio, sin entusiasmos ni dramas, sobreviviendo a los palos y celebrando lo justo las alegrías. Le iba bien.

Al día siguiente fue al ayuntamiento. El presidente era jovencísimo y se alegró un montón de recibirle. Le contaba, entusiasmado, los logros agrícolas, los planes, las luchas por conseguir recursos.

Al saber que Alejandro quería investigar la historia del pueblo, le recomendó ver al profesor de historia local.

Tienes que ir a ver a don Julián Prado. Maestro de historia, concejal un tipo con mil papeles y muchas historias. Vive aquí al lado, en la calle Roble. Su casa es fácil: tiene unas contraventanas blancas llenas de filigrana. Todos le conocen, pregunta.

Después, Alejandro se fue hasta el cooperativo. El presidente le buscó un conductor y un coche, como se hacía con los procuradores llegados de la ciudad. Aunque luego pensó que poco iba a sacar: los campos ya estaban recogidos. ¿Qué foto sacar de un almacén de repollo?

Charló con los trabajadores, pero lo que dijeron no añadía mucho más a lo que le contó el presidente, y con su pluma periodística de sobra tenía material.

Comieron después en un café del pueblo y, sorprendentemente, muy bien y barato. Se asombró del precio: la vida allí no costaba nada, aunque claro, los sueldos eran igual de bajos. O viceversa.

Cansado, Alejandro se retiró a la Casa de Huéspedes. Aquella humedad castellana le daba sueño. Por la tarde, salió a buscar la casa del profesor, a ver si pescaba una historia para otra columna.

La calle Roble, aunque de tierra, era acogedora. Al lado derecho, arces con hojas rojizas; al izquierdo, chopos dorados. Las casas bajaban hacia el camino y cada una tenía su pequeño jardín.

Aunque otoño ya estaba avanzado, quedaban flores tardías y rosales en flor. Una luz rosa de atardecer lo inundaba todo y a Alejandro le pareció que algo bonito de su infancia le revolvía por dentro.

La casa de los Prado la encontró a la primera: esas filigranas en las ventanas, preciosas. De hecho, le había dado por sacar muchas fotos de esas molduras durante el paseo por el pueblo. Y aquí, parado ante la casa del maestro, siguió fotografiando.

En el jardín crecían tres manzanos con las últimas manzanas doradas y, junto a la valla, unas moras grandes azuladas. Le fascinaba aquel aire de vida tranquila.

Don Julián, el maestro, andaba en el cobertizo, enfrascado en tallar una barandilla de madera. Saludó a Alejandro, que explicó su propósito y sólo dio su nombre de pila.

Si quieres, te cuento un poco este arte popular nuestro. Esos marcos… parece que hay escuela y todo, ¿eh?

Bueno sonrió Julián, la verdad es que aquí no había tradición. Cada uno fue imitando lo que veía por los pueblos, y al final acabé yo metiendo el gusanillo. Eso sí, pásate y te enseño.

Dentro, la casa tenía esa calidez de los hogares castellanos auténticos: una mesa grande con mantel de hule, en la ventana geranios encendidos, estanterías hasta el techo llenas de libros, carpetas y álbumes de recortes. En la pared, un cuadro al óleo: tres abedules junto a un lago. A Alejandro le sonaba mucho Igual había visto una copia. Quién sabe.

Julián sacó bandejas de galletas y dulces, puso el té y enseguida la conversación se hizo cómoda. Le fascinaban libros y fotos.

Julián, hombre bajo y robusto, tenía ya el pelo completamente canoso, pero no calvo, y vestía camisa vieja, pantalón remendado y calcetines de lana por fuera. Un castellano de pura cepa.

Perdone mi andar por casa. ¿Un poco de orujo?

No, solo té, gracias.

Bueno, ¿quieres saber de la historia del pueblo? Pues fuentes, fuentes no hay muchas, pero yo calculo que el primer pueblo se fundó aquí en el XIV, XV. Estas tierras eran de señoríos y monasterios, y los campesinos a veces huían de la servidumbre al monte. Así nació San Lorenzo del Prado, como refugio.

Sacó un libro enorme, tapado con tela azul, y lo puso delante de Alejandro: Historia de San Lorenzo del Prado ponía en la portada, impreso a mano.

Alejandro lo hojeaba y, de pronto, vio una foto: un niño flaco, de unos diez años, los ojos claros y vivos, sonreía sosteniendo un hacha de madera. Algo titiló por dentro de Alejandro, como si lo mirara a él mismo de pequeño. El niño fingía cortar troncos y tenía esa alegría desbordante.

Susurró: ¿Y ese niño?

¿Dónde? ¡Ah! Es mi hijo mayor, Luis. Hace ya años de esa foto.

Julián le contaba un sinfín de anécdotas del pueblo, de sus hallazgos y de la gente. Prueba esta mermelada. Es de mi mujer, es la mejor cocinera de la comarca. Ese casco antiguo lo hallamos con mis chicos buscando en unas excavaciones. El mayor, Luis, dirige ya el grupo de jóvenes exploradores del pueblo.

El libro era un tesoro para el periodista. No podía llevárselo, así que fotografió páginas y fotos. Pero, claro, tanta foto a los marcos de madera y se quedó sin carrete.

Qué rabia. No entiendo mucho de cámaras, pero mis chicos tienen una por ahí, si quieres intentarlo.

No, no, tengo carrete en la casa de huéspedes. Mañana vuelvo temprano, si te parece.

Así quedó todo. Al día siguiente tendría que marcharse, pero antes visitaría al maestro, la nueva clínica que le recomendaron, el parque que antes era un solar, y el centro cultural donde había una exposición de manualidades locales.

Ya tenía la crónica en la cabeza. El libro del maestro era oro para el periódico: historia, relatos de la guerra, paisajes, testimonios. Mejor incluso que la columna sobre los campos de repollo.

Al amanecer, un rayo rosado se coló por la ventana. Alejandro se levantó de buen humor, desayunó en la casa de huéspedes y tiró a pie hacia la calle Roble.

Otra vez, el paseo y el ambiente le animaron. ¡Vaya si iba a poner un marco de madera así en su espejo de Madrid!

Los Prado estaban toda la familia en el huerto. La mujer de Julián, con moño y pañuelo blanco, y dos chavales. Julián, al verle, fue a saludar.

¡Buenos días! ¿Te molesto?

No, hombre, ya venía bien parar. El suelo mojado de estos días hay que ir preparándolo para el invierno. Hasta los chicos ayudan. Pensé que vendrías más tarde…

Se lavó las manos con el grifo del patio.

Qué bonito lo tenéis alabó Alejandro, mirando la pérgola de madera del jardín.

Pero ahora refresca, mejor pasa.

¿Y tu familia?

Ellos rematan el trabajo. Hoy los chicos viajan para la capital, van a competir en Madrid. Por eso madrugamos todos, hacemos piña.

Alejandro fotografió rápidamente las páginas del libro, aprovechando la buena luz de la sala. Se oían los pasos y voces en la cocina: volvían ya los chicos y la madre.

Siéntate, Alejandro.

En la mesa, tortitas recién hechas, mermelada, queso, galletas y un gran samovar. Alejandro sonreía, encantado por la hospitalidad.

Esta es Rosa, mi mujer, le presentó Julián. Alejandro, periodista de Madrid.

Alejandro asintió, en shock, lavándose las manos bajo el chorro del grifo.

Rosa… Sí, claro, Rosa

Era ella. Aquello le removió viejos recuerdos, barrió todo orden y empezó a colocar cada cosa en su sitio: la memoria, los sentimientos, la culpa. Lo que creyó resuelto, olvidado, volvía.

La conoció en segundo de carrera. Una chica de belleza extraña, casi andaluza, en un vestido de flores, trenza larga y manos bronceadas por el sol. Se fijó en ella en el tren al campamento de verano. Ella en un vagón, él en otro, pero luego cantaron canciones, le contó historias, fue el alma de la fiesta

Hizo todo por impresionarla y, al final, le apartó de un buen chico del grupo, uno deportista de pueblo. Se enamoraron. La mejor época de su vida.

En invierno la convenció para ir al balneario universitario. Aquello lo cambió todo. Se volvieron inseparables. Pareja de hecho, sin muchas dudas: ella ya era suya, futura esposa, quizá. Eso, claro, cuando ya estuviese bien establecido.

Pero la vida dio otro giro. Ella enfermó y fue hospitalizada. La fue a ver, incómodo, asustado. Las paredes blancas, el olor a medicina… ¿Qué hago aquí? pensaba.

Tengo toxicosis le dijo ella. Estoy embarazada, Alejandro. Tendremos un niño.

Él se quedó helado. Allí estaba el problema: él no quería responsabilidades, sólo quería escribir, ser alguien.

No volvió al hospital. Evitó a sus amigas. Cuando fue a verla al colegio mayor, le dijo que ahora no podía casarse ni tener hijos, cada uno forja su destino. Ella asintió, le dijo que sólo quería que fuese feliz.

No volvieron a verse. Ella no apareció al curso siguiente, había dado a luz lejos, en su pueblo. Alejandro, simplemente, decidió olvidarlo. Luego la vida siguió: matrimonio, divorcio, una hija, romances breves. Nada especial.

Sus reflexiones duraron segundos.

Esta es Rosa, mi mujer. Alejandro, periodista de Madrid.

Ella vestía un chándal gris, más rellenita, pero seguía teniendo ese modo de moverse tan suyo. La trenza deshecha, la sonrisa leve, sirviendo el desayuno, charlando con Julián de forma natural.

Mamá, ya recogí las palas. Ah, buenos días entró un adolescente alto, flaco, guapo. Su rostro era igualito al de Rosa y al de Alejandro.

Buenos días.

Desayunaron todos juntos entre historias del pueblo, planes para el viaje a Madrid, consejos para la capital. El ambiente era familiar. Rosa apenas miraba a Alejandro.

Tienes una mujer preciosa le dijo Alejandro a Julián, a solas después.

Sí, he tenido suerte. Y además es muy artista: ese cuadro es suyo señaló las abedules del salón.

Alejandro lo recordó bien. Ella lo había pintado con él.

Además, los niños la adoran. Es la jefa de estudios del colegio.

¿Y cómo os conocisteis?

Llegamos aquí casi a la vez. Yo vine un año después que ella, aunque soy mayor. Fui soldado, trabajé en fábrica, pero mi vocación era la historia. Por eso pedí la plaza en el instituto. Y aquí nos quedamos.

Sí, sí… Suerte…

Alejandro estaba seguro: Luis era su hijo. Era su copia. Y Rosa lo había llamado en su honor. ¿De verdad le amó tanto que jamás le culpó?

Ya estaba todo hecho allí, pero aún no se quería marchar. Esperaba que Rosa saliera a despedirse; necesitaba mirarla a los ojos, comprender si ella también le había reconocido. Pero Rosa estaba empaquetando todo para el viaje a Madrid.

Era hora de irse. Pero costaba. Le habría gustado quedarse allí siempre, en esa silla cómoda, rodeado de libros, mirando a esa mujer, esos niños, desayunando tortitas y cavando la tierra detrás de la casa.

Al fin se levantó:

¿Vais a llevar a los chicos al tren de Madrid?

Sí, al tren Madrid.

Nos veremos allí entonces. Gracias por todo. Hasta pronto, Julián.

Echó un último vistazo esperando ver a Rosa, pero ella no volvió.

Están con prisas, no te preocupes. Es un día revuelto justificó Julián.

Sin problema. Nos vemos en la estación.

Caminó por la calle y sentía el frío cortante, como al abandonar la cama calentita una mañana de invierno. Y en la cabeza, esa canción de juventud:
Puedes huir, puedes volver, puedes olvidar pero sigue brillando.

¿Eran aquellos los únicos sentimientos auténticos? ¿De verdad tenía un hijo? Aquello le daba vueltas y más vueltas en la cabeza. Se fue derecho a la Casa de Huéspedes y se tumbó, repasando escenas del pasado. No podía dejar de imaginar a Rosa pintando aquel cuadro a su lado.

¿La habrá olvidado él? ¿Y ella a él?

¿Y si la llama a Madrid? Podría: es profesora, en cualquier cole la contratarían, tenía experiencia, vocación Y el chico, su hijo, podría empezar una vida nueva. Incluso al pequeño le aceptaría. Algo de envidia sentía, esa vida sencilla, familiar, esa alegría tibia de pan y libro.

Llegó antes a la estación. Quería ver a Rosa, hablar. Pero había tanta gente: padres, niños, maletas, nervios. Se acercó a Julián.

¿Os hace falta algo en Madrid? Tengo contactos, puedo ayudar

No, está todo preparado. El entrenador se encarga, están organizados.

Rosa, ¿te falta algo para los chicos en Madrid? le preguntó Julián.

Ella, viendo a Alejandro, sonrió amable.

En Madrid solo necesitan portarse bien y jugar a fútbol. Tranquilo, Julián, todo irá bien.

Y Alejandro vio que Julián estaba incluso nervioso de verdad, manos entrelazadas, mirando a los críos. Alguien le llamó, fue a ayudar al entrenador, y Alejandro se quedó con Rosa.

Rosa la llamó.

Ella se volvió. Iba en vaqueros y chaqueta ligera, moño flojo.

¿Te acuerdas de mí?

Por supuesto, Alejandro. No hemos cambiado tanto.

¿Y no echas de menos Madrid?

A veces. Saltaría al tren ahora mismo con los chicos. Pero hay que dejarles vivir, hacerse mayores, ¿verdad?

Pero me refiero a ti ¿Echas de menos tu antigua vida? ¿No te gustaría volver?

No lo sé no me lo planteo. Si Julián quisiera mudarse, me iba hasta el fin del mundo con él, pero aquí estamos bien. Los críos ya empiezan a volar y bueno

Se mordía el labio, con la mirada entre las cejas. No era una conversación fácil.

Rosa

Quería preguntarle por el hijo, pero entonces sonó la megafonía. Nervios, carreras, los niños buscaban su vagón y Alejandro vio que sobraba. Se fue a su vagón, enfadado consigo mismo y rabioso por la situación.

En el fondo, él era el periodista, el escritor madrileño. Y todos allí sólo vivían el gran evento de la excursión a Madrid. ¡Seguro perderían! ¿Qué futuro podía esperarles a los niños de provincias?

Pero aún tendría la oportunidad: iría a buscar a Luis al vagón y le diría la verdad, le hablaría de su futuro. Quizá ni siquiera el chico sabía que Julián no era su padre.

Cuando, entrada la noche, se decidió a acercarse, la presencia de Luis le abrió una brecha en el alma. No era necesaria la charla. Luis ya sabía.

Usted es mi padre le soltó, sereno.

Alejandro se quedó pasmado.

¿Cómo lo sabes?

Mi madre me lo contó hace tiempo. Hasta tengo una de sus novelas. “El rocío”, la leí hace poco.

El discurso preparado de Alejandro se vino abajo.

¿Y qué te ha parecido?

Bien, está bien respondió Luis, mirando a otro lado.

Entonces todos lo sabíais. Yo os he encontrado de casualidad Ni imaginaba que existías.

Ná, no te preocupes. Nadie te culpa aquí, mamá siempre habló bien de ti. Dijo que eras muy buen escritor. Pero yo ya tengo padre. Antes de cumplir los dos, Julián ya era mi padre. Y además, cada uno forja su destino concluyó el chico sonriendo. Era la frase favorita de Alejandro.

El tren rugía cruzando el puente, las traviesas y los raíles desfilaban por la ventana.

Alejandro gritó por encima del ruido:

Bueno, si algún día quieres estudiar o trabajar en Madrid yo puedo ayudarte. Tengo amigos, tengo piso Estoy solo.

Está bien, pero no hace falta. Hemos hablado mucho de esto en casa. Yo decido mi vida. Gracias, de verdad. Ahora tengo que volver a mi sitio, el entrenador se preocupará. Adiós.

Luis volvió al vagón y cerró la puerta. Alejandro se quedó solo en el tambor. De pronto todo era un silencio pesado, sólo el traqueteo suave. ¿Podía llamar a su hijo “hijo”? No tenía sentido. Él era un extraño, y esa fue su decisión.

La casa con las ventanas talladas, el jardín, la familia, los dulces en el desayuno todo aquello era la obra de otro. Aquella sí que era una vida bien forjada.

Volvió a su compartimento, aturdido, casi mareado. ¿De verdad podría volver a ese piso frío imitando una aldea de mentira? Se tumbó en la litera, y por primera vez en años, le dolió el alma.

No podía dejar de preguntarse por qué el destino le había traído hasta allí, a su hijo. ¿Había aún esperanza de arreglar algo con su propia hija en Madrid o también llegaría tarde?

Y en otra litera, Luis miraba la noche pasar. No tenía ganas de charlar con los amigos. Sabía que quería una vida como la de su familia: casa, pasión, y gente querida. Y sentía algo de compasión por ese escritor tan solo.

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