Y soñaba con su Paco
La abuela Rufina escuchaba los gritos que llegaban desde la cocina. Se peleaban la nieta y la bisnieta. Su nieta, Pilar, que ya rondaba los cuarenta, con su hija Inés, esa adolescente larguirucha llegada a casa a las tantas.
Seguro que Pilar le había arreado a Inés con el trapo de cocina. Inés sollozaba, se defendía a gritos, Pilar despotricaba.
¿A qué venían las broncas? Con la de años encima, la abuela Rufina ya veía las discusiones como una pérdida de tiempo, algo tan inútil y tan angustioso… Cavilaba en la eternidad, en sus propios errores, y todo aquello de los gritos y peleas lo tenía bien catalogado en la sección pecados.
A su edad, con el cuerpo viejo y cansado, solo le quedaba el derecho a filosofar.
¡Dios mío, dales un respiro! murmuraba Rufina, como si eso bastara para apaciguar los ánimos. ¡Dios mío, calma las aguas!
Bueno, sentía que su reloj ya iba apurando sus últimas campanadas. Pero algo la mantenía pegada a esa carcasa cansada: ni dolor, ni miedo, solo la rabia de no poder saltar ya de ese envase. Todavía le apetecía un poco de pan, moverse, girar, sentarse junto a la ventana mirando la calle. La incongruencia de seguir viva, vamos.
Por la noche, le pedía a Pilar que la sentara bien alto entre los almohadones, y que abriera bien la ventana, también las cortinas. Observaba la noche y le entraba la manía de ver estrellas, aunque no estuvieran.
Esa noche, justo cuando empezó la refriega, ya estaba sentada, lista para dormir.
¡Pilaaaaar! intentó distraer a la nieta. ¡Pilaaaaar…!
Pues Pilar, enfrascada en reñir a la hija, ni caso.
Al rato, entró Inés, pegó un portazo y se dejó caer en el sillón a los pies de Rufina, hecha un ovillo y con la nariz goteando. Todo un espectáculo.
Pilar tardó cinco minutos en aparecer, a poner orden con disfraz de indiferencia, remendó algo del lecho de Rufina y tiró, lanzando orden:
¡A acostarse ya!
Pasa de mí, mamá. Me quedo aquí con la bisabuela. Que el sillón se hace cama.
Y así, arrastrando las sábanas y las mantas, Inés montó su campamento exiliado al lado de la abuela. Ahí dormía el hermano cuando no estaba en el campamento, y el padre, Jesús, estaba en Sevilla trabajando de noche. Jesús, que siempre la defendía de Pilar, y ahora ni tenían teléfono.
Fíjate, abuela: ¡Le dije que estaría en casa antes de las once! Son ya la una y pico. Y otra vez con ese zopenco de Gonzalo, que está fichado por la policía. ¡Le hablo y le hablo…! bufaba Pilar, ya casi hablando sola, como para descargar. Ni la universidad acabará…
Inés se puso a montar el sillón cama, a tirones, sin decir ni pío. Rufina callaba: para qué avivar la hoguera. Cogió el peine que había dejado y volvió a pasárselo por el pelo, como resignándose a otra noche en vela.
Cuando Inés volvió del baño, se despelotó y se metió bajo la manta, solo con camiseta y bragas, la nariz aún roja.
Aba gimoteó desde el sillón a oscuras, ¿no te molesta la luz de la luna?
¿A mí? Si apenas la veo ya, hija. Pero si te inquieta, cierra la cortina.
Que no… Déjala. Da la impresión de que es la única que me entiende.
¿La única? El amor lo entiende cualquiera, hija. Pero con la edad se mira distinto; tu madre solo teme que te equivoques.
¿Y ella nunca se ha equivocado?
Pues claro… Hablad un día de corazón, y te contará.
¿Y tú no me lo puedes contar? A lo mejor así entiendo por qué es tan borde a veces. ¿Tuvo algún drama, o qué?
Ay, hija, ni me acuerdo ya Mejor pregúntaselo.
¡Sí, como si se le fueran a soltar a ella las lenguas! bufó Inés, hundiéndose en la almohada.
Sin confesiones, hija, no hay entendimientos. Pregúntale.
Pero no todo se cuenta a los hijos, ¿no? Mira, abuela, el mes que viene cumplo dieciocho. ¿Puedo tener vida privada o no? Porque si no le preguntó a la madre, ¿a quién, a la Laura? Que me llama boba desde los doce.
¿Y por qué boba?
Déjalo… Da igual.
Se hizo el silencio.
¿Sabes?suspiró Inés, a punto de desahogarse. El amor, a veces, es un callejón sin salida. Que una quiere avanzar, pero te dices hasta aquí, y no hay más. Y él se enfría ¿Lo entiendes, abuela?
Rufina arrugó la frente buscando comprensión, pero el cerebro ya no daba tan rápido. Contestó como pudo:
El amor será lo que sea, pero el amor no choca contra muros. A veces escuece, a veces alegra, pero ¿callejón? Lo dudo, hija. Amor que se ahoga no era amor.
Pues Rufina, aunque no lo pareciera, fue mujer cultivada; desde los años del hospital militar, cuando era una criaja, con bata y pelo rapado por los piojos; enfermera de guerra, de esas con cicatrices de las que no salen en el diplomas.
Se dan casos, abuela insistió la bisnieta.
Y otra vez, comprensión mutua: Inés pensaba que la abuela ya no entendía pasiones como la suya o la de Gonzalo; y Rufina solo veía una niña revolviéndose en sentimientos desordenados.
Pero ninguna dormía. Inés se movía, suspiraba.
¿Miras el cielo, Inés? preguntó Rufina, desde arriba apenas la veía. Tu bisabuelo decía que si miras mucho una estrella, puedes notar que alguien te devuelve la mirada desde allí arriba. Como si te hiciera un guiño.
¿Le quisiste mucho, abuela?
¿A Paco? Pues sí, de muchas maneras. La vida es larguísima. Pero con los años, cada vez más. Lo entendí tarde, claro.
¡Vaya! asomó la cabeza Inés. ¿Y es verdad que te casaste pronto, a los dieciséis?
Éramos otras épocas, hija.
¡Bah! Siempre con la excusa de la época, que para vosotras era pronto y para nosotras ni a los dieciocho dijo con amago de rabia, dejándose caer.
El tiempo cuenta, pero cambia menos de lo que crees.
¡Pero el amor no tiene edades, abuela! Todo el mundo quiere lo mismo.
Rufina no replicó. Quién sabe. Quizás tenía razón. Pero en sus días se buscaba otra cosa, compañeros de vida, brazos para sostener la casa. ¿Ahora? Ahora ni eso
Abuela la voz de Inés surgió afilada. ¿Y no era mayor que tú, Paco? Casi te doblaba. A los hombres siempre les gustan jovencitas, ¿no? Pues vaya amor
La vieja calló, igual que Inés después, incómodas ambas por lo dicho.
Abuela, igual soy una boba. ¡Cuéntame algo de verdad! Que no dormimos ninguna, y si quieres te subo los cojines.
En la penumbra, hasta las bragas blancas parecían relucir. Se levantó, arregló las almohadas de Rufina más altas y se sentó a los pies, como quien espera una leyenda.
Rufina, ya rendida, decidió que mejor contarle algo y remediar el disgusto.
Ay, hija, ¿qué te voy a contar? Todo me duele Nos conocimos en el hospital, en plena guerra. Era el cuarenta y tres Había más heridas que sábanas, sangre, operaciones. Yo era casi un chavalín, con el pelo rapado, a los hospitales venía más gente con bichos que con heridas. Me llamaban hermanito. ¡Mira tú! Las manos resecas de tanto alcohol y lejía
Por la calle solo pasaban filas del ejército, camiones ruinosos, que parecía que se llevaba toda la vida en el norte.
Y todos se me morían en brazos, uno detrás de otro. Pero hubo uno, Javier, solo un año más joven que tú, abuela, dieciséis. Decían que no pasaba de la noche, pero resistía. Me encariñé Le miré a los ojos hasta el último suspiro, como si lo pudiera traer de vuelta. Me arrastré a su cama, le besaba la cara febril, “¡No te vayas, Javier!”.
Cuando murió, me caí al suelo llorando Un soldado herido, Paco, se sentó conmigo, me apoyó y dijo:
Llora, hermana, llora. Nosotros, de piel dura; tú, niña aún.
Ahí, entre lágrimas, dejé caer la vida en su hombro. Luego vino el médico, y los vi a los dos charlando afuera, fumando. Ese herido era tu bisabuelo Paco.
¿Te enamoró él? preguntó Inés.
Bueno, fue un proceso Se quedó en la ciudad, reparando fábricas quemadas por los alemanes. Venía a verme, me traía manzanas. Yo ni lo veía como pretendiente; con barba, cojeando Para mí era viejo, pasaba de los treinta; yo, una cría desnutrida.
Pero al cerrar el hospital, era casi el único que sentía como familia. Él sabía que yo quería estudiar enfermería, y un día, muy serio, ya afeitado, con el médico como testigo, propuso: Nos casamos y te vas conmigo a Salamanca; si no funciona, te ayudo igual y serás libre.
Rufina calló, abstraída.
Y dijiste que sí aunque ni te gustaba saltó Inés, picada de curiosidad.
¿Qué remedio? ¡Si era eso o quedarme sola en un país desecho! Me casé con diecisiete, ni dieciséis, eso es mito. En la comisaría y punto. El médico me regaló un uniforme nuevo y allá nos fuimos.
Vivimos dos años juntos como padre e hija, sin apenas hablarnos de amor.
¿Dormíais separados? ¿¡O cómo era eso!? inquirió Inés, casi escandalizada.
Ay, hija, cada uno en su cama. A veces, sí, me metía con él por no pasar frío. Luego me sentí hasta culpable, pobre hombre, con lo que me cuidaba. Regalos, vestidos, hasta unas medias me trajo. Un vestido azul con estrellitas, no lo olvido. Engordé, las trenzas volvieron, y al final me di cuenta de que no había hombre mejor para mí. Hasta parecía mentira que me enorgulleciera lucirlo. Pero entonces llegaron los problemas.
Las represalias soltó Inés, como si ya lo hubiera oído antes.
Exacto; vinieron de madrugada y se lo llevaron a Alcalá. Decían que había saboteado una máquina. Una semana entre rejas Le llevé calcetines, comida, lo que pude. En el juicio, entre setenta encausados, me susurró: Divórciate, Rufina, huye, que ahora soy enemigo del Estado.
Se le empañaron los ojos, y la bisnieta la acarició torpemente.
Lloraba, sí, lloraba continuó Rufina. Ver a los niños acurrucados a las madres, y luego a las madres en los trenes de deportados… y yo tras Paco, allí a Soria, y después a León. Monté mi vida a su lado, un poblado de exiliados, todos igual de rotos.
Al final, pidieron una enfermera en la mina y me aceptaron. Allí le dije: Paco, ahora sí quiero ser tu mujer de verdad. Y así fue. Nació tu abuelo Luis, luego tu abuela Carmen ya en Madrid al volver, y más tarde, tu tío Bernabé, cuando ya éramos maduros. Paco murió, apenas con cincuenta Dejó el listón alto.
Inés escuchaba, recogiendo las piernas bajo la manta.
Abuela, creo que no entiendo nada de nada Vuestro amor fue al revés. Primero la vida, luego el amor.
¿Al revés? sonrió, pensativa. Quizá. Ahora lo piden todo a la vez. Antes la vida, después el amor; ahora el amor lo es todo. Pero, ¿te cuento un secreto? El amor grande, grande, no se exige, se recibe. Es como un regalo caído del cielo.
Pues yo ando hecho un lío confesó Inés. Gonzalo me dice que, si no ya sabes que mejor lo dejo. Y la Laura dice que soy idiota, que otro me sustituye en dos días.
¿Y tú qué sientes, Inés? ¿Miedo de qué? ¿De quedarte sola, de arrepentirte?
No lo sé… Solo quiero algo verdadero, algo que dure. Como tú, abuela. Como tú.
Pues escúchate. El amor no presiona. La pasión desbordada da miedo. Cuando lo sientas de verdad, lo sabrás y ni harían falta manuales. Como cuando con Paco, ni dudas, ni vueltas: sí, punto.
Rufina se sorprendió a sí misma confesando aquello a la bisnieta, y en voz alta.
Miraba el cielo, buscando una estrella, y la sensación de que alguien desde allí lejos le devolvía la mirada. Allí se durmió, sin darse cuenta. Inés ya roncaba en el sillón; ni oyó cuándo se fue a su cama. Ni recordaba si terminó el cuento, o quizá sí.
¿A qué venían esas confesiones a esas horas? Ah, las noches y sus embrujos
Se asomó, miró a la bisnieta hecha un ovillo, en braguitas blancas. Qué vidas. Habían hablado de cosas serias. Igual fue un error. O todo lo contrario: quizá, justo por eso, esa noche se le apareció la bisnieta. Quién sabe
La hija Carmen había muerto pronto, una enfermedad cabrona. Dejó a Pilar, peleona y mandona, pero de buen corazón. Le tocó el papelón: casa grande, trabajo, dos hijos, y encima cargar con una vieja. Bastante hacía la pobre.
A la mañana siguiente, Rufina durmió hasta tarde.
Pilar la ayudó al baño, la lavó, le sirvió la papilla y la sentó bien arreglada en la cama.
No grites tanto a Inés le dijo Rufina. Lo que tenga que ser, será. Habla con ella. Cuéntale tu historia.
¡Ay, qué cosas dices! Si todavía es una criaja. Pero no puedo, abuela; me sube la tensión cuando la veo con ese Gonzalo, cerveza en mano, creyéndose dueño de mi hija. Y ella, pegada, como una perrita
Tú eras igual a su edad. También tu madre te lo advertía. ¿Hiciste caso acaso?
Cállate, abuela. Cada vez que lo recuerdo, me muero Pero, ¿qué hablasteis anoche? Os oí largas horas
Nada, hija. Solo recuerdos Tira, vete a comprar, que aquí me quedo.
Se quedó sola recordando los desvelos con Pilar, ese amor trágico de su juventud: que volvía de la escuela embarazada, el amor desaparecido. Lo pasaron fatal… Pero Rufina siempre dijo: “Se cría, lo sacamos adelante”. Aunque lo perdieron al quinto mes, pese a los esfuerzos. Cosas de la vida.
Los hijos de Pilar no sabían aquella historia. Su marido lo tenía claro: perdonó y crió. Buen hombre el Jesús.
Por la tarde, vino una vecina anciana, entre recuerdos y lágrimas, y el día siguiente, Pilar entró como toda agradecida.
Abu, no sé qué le dijiste a Inés, pero dejó al tal Gonzalo. ¡Por fin! Dice que ya da igual, que él va con otra. Está todo el día a morros, pero ni la toco.
Mejor así, hija Rufina, con el peine, repasó el pelo tres veces. Déjala pasar el duelo. Cuéntale tu historia.
¿De veras? ¿Con todo? ¿No fue ya bastante con la charla de anoche?
Ahora es el momento. Sin tapujos.
Bueno, venga, lo intento.
Y allá se fueron, madre e hija, a conversar bajito, tapadas en la cama, por fin, de esas cosas íntimas para las que nunca hay buen momento. Entraba la luz, la casa parecía alegre.
Al volver a la cocina, sonaban los cacharros, charlaban, reían. Rufina dormitaba en paz.
Y soñó con su Paco. Tan seguro y bondadoso, todo cariño y buen hacer, como si hubiera bajado de esa estrella y la abrazara.
Y corría ella hacia él entre hierba mojada, con aquel vestido azul de estrellitas. Veía cada flor, cada brizna.
Lo veía a él, de camisa blanca, brazos abiertos, joven y fuerte Esperando. Y echarse en sus brazos era lo más dulce, como si en ese abrazo se besaran las almas.







