La Bestia Terrible
¡Que te digo que lo vi! seguía insistiendo Don Pedro Hernández. Sus ojos, los vi claramente, ¿me entiendes? Me miraban directo, aquí, el antiguo guardabosques se llevó la mano rápidamente al cuello y apretó un poco los dedos . Si no llega a pasar Don Manuel Gálvez con el tractor por allí, ahora mismo no estaría contándotelo.
Pedro llegó a casa de Don Álvaro Fernández ya casi al atardecer, y llevaba como diez minutos intentando contarle la historia de una bestia tremenda que había visto en el bosque.
Don Álvaro era un hombre curtido, y además conocía muy bien a Pedro (y no precisamente de lo mejorcito aún tenía algún pecadillo que prefería callar), así que no le hacía mucha gracia escuchar otra de sus historias increíbles.
Pero tampoco podía echarlo de su patio, la educación en los pueblos es sagrada.
Entonces, dices que le viste los ojos. ¿De lobo? ¿O acaso de perro? preguntó con media sonrisa Don Álvaro, que trabajaba de guarda forestal.
Segurísimo que de lobo, asintió Pedro . Eran amarillos, muy fieros. Justo como los de mi mujer, Encarnita. Cuando llego a casa «cantando la Verbena», se me queda mirando igual. Raro es, pero alguna noche pasa
A lo mejor fue tu mujer quien te seguía por el bosque, ¿no?
¿Encarnita? preguntó Pedro, sorprendido.
Pues sí. Si acabas de decir que tenía exactamente su mirada. Igual te espía para que no te metas en más líos, o para controlar que no bebas de más. ¡Tú que fuiste guardia civil! ¿Nunca viste algo parecido?
Pedro se quedó un rato procesando el comentario de Don Álvaro.
Cuando volvió en sí, escupió al suelo, frunció el ceño y miró muy serio al guarda que sonreía divertido.
Le molestó, claro. Entendió que Don Álvaro se tomaba a broma todo lo que contaba. ¿Y ahora cómo convencía al incrédulo?
Que te digo que vi un lobo de verdad. Allí no puede haber perros, y menos tan tarde.
Bueno, entonces explícame, Pedro, dijo pensativo Don Álvaro , ¿qué hacías tú en el bosque a esas horas?
¿Yo? Pedro se puso nervioso. Pues… la verdad, no podía dormir aquella noche y salí a estirar las piernas.
¿A pasear al bosque? ¿De noche?
Pues sí, ¿y qué? Aquí no hay ni lobos ni osos. A lo sumo van corriendo conejos o alguna zorra, y de vez en cuando bajan jabalíes. ¡Pero tú lo sabes mejor que yo, que eres el guarda!
Por poco tiempo ya… suspiró Don Álvaro . En unos días me jubilo, pero es cierto, me conozco el monte como la palma de la mano.
¡Ves!
También sé que alguien del pueblo va haciendo trampas: pone cepos, lazos… ¿No sabrás tú de quién son esas manos, Pedro? Seguro que algún paisano se ha pasado a furtivo.
¿Yo? ¡Ni idea! negó Pedro enseguida. Que era solo un paseo, de verdad. Iba tranquilo, cuando de repente vi esos ojos amarillos saliendo de los arbustos. Feroz y hambriento… ¿por qué dudas de mí, Álvaro? ¡Te lo cuento en serio y tú solo te ríes!
Venga, cuenta tu cuento, resignado, Don Álvaro le hizo un gesto. Que sé que si no, no te quedas tranquilo.
Mira, cuando lo vi, casi me da un infarto. Empecé a retroceder poco a poco hacia el camino, pero los ojos me seguían. Cuando llegué al sendero, allí seguían, mirando desde detrás de un árbol, a dos o tres metros. ¡Pensé que era mi final! Me persigné, aunque ni soy creyente… Y en eso, oigo el sonido de un motor. Era Don Manuel regresando de una boda con el tractor. ¡Un auténtico milagro! Salí corriendo y me subí a la cabina.
¿Y no te dio miedo montarte con él? se rió Don Álvaro, que nunca vio a Don Manuel sobrio.
Borracho venía, claro, completamente. Pero preferí apostar por el tractor antes que acabar entre las fauces de un lobo. Y así, gracias a Dios y a Don Manuel, llegué sano y salvo al pueblo.
Pues Encarnita me contó otra versión. Dijo que no entraste en casa aquella noche. Te encontró por la mañana, en el patio de Don Manuel, abrazado a una botella.
¡También es verdad! Brindamos un poco para el susto, ya sabes. La noche se pasó volando y al alba me volví con mi mujer.
Más bien ella te llevó, que ni te sostenías en pie. Y ahora todavía andas temblando.
Puede ser… pero lo importante es que, cuando recordé todo hoy, pensé que debía avisarte. Para que tomes precauciones. Si anda un lobo por el bosque, eso no son bromas. ¡Ah! Cuando íbamos por la curva, a unos trescientos o cuatrocientos metros del sitio, miré atrás y aquellos ojos seguían persiguiéndome. Nunca he escuchado que un lobo corra tras un tractor… ¿no se supone que les asustan los ruidos?
Mejor decir que no los soporta… concedió el guarda.
¡Eso! Pues este ni se inmutó. El tractor de Don Manuel hace tanto ruido que es como si sonara en la luna. Aun así el animal, siguiéndonos. Tengo para mí que está rabioso…
¿Qué lobo?
¡El rabioso!
Pedro lanzó una pausa significativa y miró a Don Álvaro.
Cuando vio que el guarda se había quedado pensativo, continuó:
Que ya sabes tú bien que con un lobo rabioso cerca del pueblo nada bueno puede pasar. Te lo pido, Álvaro, ve a mirar a ver qué pasa. Que hasta que manden un nuevo guarda, puede pasar cualquier cosa. Con tu experiencia igual descubres algo. ¿Irás?
Don Álvaro no le respondió de inmediato. Solo se rascó la cabeza y miró hacia el bosque.
En aquellos parajes hacía años que no había visto lobos ni otros depredadores, siete u ocho como poco. Por eso la historia de Pedro no le convencía.
Pero, por otra parte, ¿y si de verdad había surgido un lobo rabioso por esos montes? Si se acerca a la gente y no teme ni a los tractores…
En ese caso, cualquier cosa podía pasar, y ninguna buena.
Ahí sí tenía razón Pedro.
Así que le tocaba ir a investigar. Aunque le pillara a punto de jubilarse, todavía era el responsable.
Está bien, Pedro. Mañana iré a echar un vistazo, dijo Don Álvaro . Hay que averiguar qué clase de bestia viste. Si es un lobo, no puede acercarse tanto al pueblo.
Igual mejor juntar a los hombres del pueblo, sólo dime y pongo a todos en alerta.
No, iré solo. Un lobo, aunque esté rabioso, raramente atacará a una multitud. Lo podemos asustar y me interesa averiguar primero de qué se trata. Pero llevaré el móvil. Si pasa algo, te aviso, ¿vale?
Vale, aquí me tienes. Y si ves al animal, dispara antes de que ataque, Pedro le apretó la mano y se marchó.
Eso sí, no tomó el camino recto, sino que dio la vuelta pasando por el patio de Don Manuel. Quizás a recuperar fuerzas
***
Al día siguiente, Don Álvaro, con la escopeta al hombro, se adentró en el bosque.
Hasta el lugar donde, según Pedro, se escondía el supuesto lobo rabioso.
Marchó sin prisa, muy atento a cada rincón.
Pasó varias horas de búsqueda, pero no encontró nada fuera de lo común. El bosque estaba silencioso, tranquilo.
Ni huellas en el suelo; normal, con el frío que llevaba días helando la tierra.
Ya sabía yo que no debía fiarme de Pedro, murmuró, volviendo al sendero . Ni hay lobo, ni puede haberlo. Seguro que un conejo en un arbusto le asustó y casi se hace encima, y yo aquí, congelado.
Cuando casi alcanzaba el camino, sintió que le observaban por la espalda.
Se detuvo, giró rápido y apuntó con la escopeta.
Pero no había nadie. Esperó un par de minutos, en silencio absoluto. Nada se oía ni se veía.
Y tras esa cierta inquietud, se encaminó a casa. Pero algo le decía que quizá alguien, o algo, sí estaba por los arbustos, y pensó que, sin la escopeta, quizá incluso se habría mostrado.
Mañana volveré, pensó , y llevaré algo de comida. Si de verdad es un animal hambriento el que ronda el pueblo, seguro saldrá a la vista. Entonces descubriré qué ser es ese.
***
Temprano por la mañana, Don Álvaro llenó una bolsa con carne de pollo cocida y regresó al bosque.
No acababa de creerse que el lobo que describía Pedro existiera probablemente fruto de una calenturienta imaginación , pero tenía que confirmarlo o desmentirlo; era su deber.
Pedro, por cierto, también le llamó la noche anterior para preguntar si había visto al lobo.
Por ahora nada raro , respondió Don Álvaro. Ni rastro en el suelo.
Igual se marchó a otro sitio, dijo Pedro con esperanza . ¿Puede ser, Álvaro?
En la vida todo puede pasar. Pero igual, no te aconsejo pasear de noche por el bosque, por si acaso.
Mejor será, no quisiera otra noche como esa…
Ya en el bosque, Don Álvaro dejó la carne en una hoja de periódico junto a unos arbustos donde el día anterior pensó que algo se ocultaba.
Se retiró unos metros y esperó, escopeta en mano, por si acaso.
Pasó media hora sin novedad.
Estaba a punto de salir del escondite, convencido de que el miedo había jugado una mala pasada a Pedro, cuando de pronto escuchó el inconfundible ruido de alguien hurgando en el papel.
Aseguró más fuerte la escopeta y se asomó: allí estaba la terrible bestia… que resultó ser un perro.
Un perro callejero normal y corriente, eso sí, de pelaje bonito, casi como uno de raza.
Inspiró aliviado. Era un simple can, y no un lobo salvaje.
Se acercó con calma, colgando la escopeta del hombro para no asustar al animal.
A ver, ¿quién es el que ha estado asustando a la gente del pueblo? preguntó en voz alta, sonriendo.
Pero el perro ni caso. Seguía devorando la carne.
Seguro que está muerto de hambre, pensó Don Álvaro. El pobre bicho estaba esquelético, con las patas temblorosas, quizá de frío, quizá por la debilidad.
Solo cuando Don Álvaro le rodeó y se puso cerca, el perro lo notó y salió disparado a esconderse entre los arbustos.
Tranquilo, no te voy a hacer daño, Don Álvaro se agachó cerca del perro . Soy el guarda, los animales están a salvo conmigo. Ven, vamos a conocernos Cuéntame cómo has acabado aquí y qué haces con esa cuerda en el cuello, que no parece ni correa.
El perro tardó casi media hora en salir del escondite; el hambre pudo más que el miedo, y la mirada serena de Don Álvaro debió de transmitirle confianza. Finalmente, se arrastró hasta él.
Don Álvaro sonrió, lo acarició y acercó el plato de pollo.
Come, es para ti. Estás a salvo.
El perro no le quitaba ojo, pero comió hasta el último trozo. Cuando ya se preparaba para huir de nuevo, Don Álvaro le sujetó suavemente por el cordón roto del collar y lo examinó.
Vaya… murmuró , te ataron en el bosque para abandonarte. Qué crueldad…
El perro miraba fijamente a Don Álvaro, y esa mirada casi humana le puso la piel de gallina. Había conocido muchos perros, pero nunca uno con esa expresión tan atenta, tan inteligente.
¿Cómo podían haberlo dejado allí?
¿Qué habrás hecho para que te traten así, amigo? suspiró, abrazando al animal. Se nota que eres bueno y joven. Mereces algo mejor.
Así fue como Don Álvaro decidió llevarse al perro a casa.
No tenía pensado quedárselo, pensaba buscarle un buen hogar pronto, pero de momento bautizó al misterioso perro como Chico.
***
Mira, puedes dormir aquí por ahora, le dijo después de tender una vieja chaqueta junto a la chimenea . No tengo otra cosa por el momento.
El perro se enroscó ilusionado y se quedó dormido enseguida.
Descansa, Chico, descansa suspiró Don Álvaro, pensando en todo por lo que habría pasado aquel animal bajo el frío del invierno, solo, sin comida ni agua.
Chico, probablemente, había roído la cuerda para liberarse y echar a andar hacia el pueblo, o no habría sobrevivido.
Mientras dormía, Don Álvaro apenas hizo ruido. Incluso cuando llamó a Pedro salió al patio para no despertarle.
Así que al final no hay lobo rabioso en el bosque celebró Pedro por teléfono . Era un perro ¿y de quién será?
Ni del pueblo ni de los vecinos, respondió pensativo el guarda . A este claramente lo han abandonado en el bosque. Si hay algo que no soporto, son los furtivos y la gente que abandona animales.
¿Y qué harás con él?
Buscarle una familia. Es joven y parece sano. Seguro que alguien lo querrá. Si hace falta, lo llevo a Madrid, en un piso estaría bien.
Pero los planes de Don Álvaro iban a cambiar.
Aquella noche, al entrar leña, se tropezó y los troncos cayeron al suelo con estrépito. A Don Álvaro casi le pitan los oídos. Chico, sin embargo, ni se inmutó.
¿Pero tú me oyes? preguntó Don Álvaro, acercándose. Solo al tocarle, el perro se sobresaltó. Cuando lo reconoció, movió la cola y se acurrucó a su lado.
Espera ¿no escuchas nada? Madre mía. Tendremos que ir al veterinario a verte.
Pensaba Don Álvaro que si Chico era sordo sería difícil encontrarle un hogar.
***
El veterinario lo comprobó: sordo de ambos oídos, seguramente por enfermedad o golpe reciente, no de nacimiento.
¿Y cómo me entiendo con él si no escucha nada? preguntó Don Álvaro.
Te mira mucho, ¿no? Aprende de ti por la vista, por la expresión explicó el veterinario. Lo tuyo, entonces, es aprender lenguaje de gestos para comunicarte. ¿No pensabas quedártelo?
Don Álvaro miró al perro, que le devolvía una mirada seria y confiada.
Pues creo que sí, me lo quedo. No será fácil que alguien quiera a un perro sordo. Yo lo encontré, yo lo cuido. Además, tendré tiempo libre con la jubilación. Ya está decidido.
Has hecho lo correcto, Álvaro. Es un perro inteligente y será tu mejor amigo. Te lo aseguro.
Lo sé, pero qué pena que quienes lo tuvieron antes lo abandonaran así por ser sordo.
Algunos no tienen corazón; pero convéncete, el que sale ganando eres tú. Ahora, ¡a tomar un café y te cuento el abecé de los perros sordos!
***
Medio año después, Don Álvaro y Chico se entienden casi sin palabras. Chico responde no solo a gestos sino a la expresión facial de su dueño.
Le sigue a todas partes, sus ojos brillan de alegría.
Todavía no mandaron a un nuevo guarda, así que Don Álvaro sigue vigilando el bosque como siempre, y Chico le ayuda muchísimo.
Más de una vez han descubierto trampas y lazos para conejos o zorros. ¿Pero qué tendrá la gente en la cabeza?, protesta Don Álvaro no aprendemos a convivir con la naturaleza…
Nunca atrapó al furtivo, aunque después de cada hallazgo, Pedro andaba más triste de lo habitual por el pueblo. Comentó por ahí, tras una copa, que ya no pisaría el bosque y que, si Encarnita quería un cuello de piel, que se fuera al mercado.
Don Álvaro, al oírlo, sonrió. Así en el bosque habría un furtivo menos.
Y está tranquilo sabiendo que, si alguien quiere romper la paz del bosque, estarán listos para intervenir.
Mientras tanto, la vida sigue y, gracias al vínculo que han forjado Don Álvaro y su perro Chico, han aprendido que la verdadera amistad no entiende de palabras, ni de oídos, ni de viejas heridas, y que todo ser vivo merece una segunda oportunidad y un poco de compasión.
La vida a veces nos da sustos, pero también nos enseña a mirar a los ojos, comprender y cuidar al prójimo sea persona o animal , porque el lazo creado con amor es, sin duda, el más fuerte de todos.







