Charlas entre hombres

**Una conversación de hombres**

Verano, calor asfixiante y vacaciones. Miguel y Javier paseaban por el parque de la ciudad. El río regalaba una brisa fresca, mientras las frondosas copas de los árboles ofrecían sombra salvadora. La música sonaba de fondo, y las risas de los niños en los columpios llenaban el aire de alegría.

—Vamos al circuito de coches —propuso Javier.

A Miguel le tocaba volver a casa, pero la idea de caminar bajo el sol abrasador, con el asfalto ardiendo y el polvo pegajoso del aire, no le atraía en absoluto.

—Vale —contestó, resignado.

Los coches chocaban entre sí con un ruido sordo, sus parachoques de goma amortiguando los golpes. Un grupo de gente esperaba su turno junto a la valla, mirando con envidia a los afortunados que ya estaban dentro.

—¿Tantas ganas tienes de esperar? ¿No prefieres irnos? —Miguel dio un codazo a Javier sin apartar la vista de los coches.

—Déjate, vamos a esperar —suplicó Javier con mirada de cachorro abandonado.

—Bueno… —Miguel cedió, aunque con aire de superioridad.

Total, volver a casa seguía sin apetecerle. De pronto, en uno de los coches que pasaban, reconoció a su padre. Conduciendo con soltura, sonriendo y mirando hacia atrás cada dos por tres. Miguel siguió su mirada y vio a una mujer joven y guapa intentando alcanzarle con su propio coche. Se reía a carcajadas.

De repente, otro vehículo chocó contra el lateral del suyo. La risa de la mujer se cortó en seco, su cabeza se sacudió violentamente. *¡Te lo mereces!*, pensó Miguel con satisfacción. Su padre giró bruscamente para acercarse a ella, pero otros coches le bloquearon el paso. Más vehículos se sumaron al lío, atrapándole sin escapatoria. Mientras intentaban desenredarse, el tiempo se acabó y cortaron la corriente del circuito. Los participantes, protestando, salieron de los coches y se dirigieron hacia la salida.

Desde detrás de Javier, Miguel observó cómo su padre rodeaba la cintura de la mujer. No estaba seguro si le susurraba algo al oído o la besaba, pero lo hacía como si nadie más existiera, como si su hijo no estuviera allí.

Un sudor frío le recorrió la espalda. Arrancó a correr, alejándose del circuito.

—¡Eh! ¿Adónde vas? —le gritó Javier, intentando seguirle sin éxito—. ¡Espera!

—¿Qué mosca te ha picado? —preguntó, jadeando, cuando finalmente le alcanzó.

—Ninguna. Déjame —Miguel aceleró el paso, las manos hundidas en los bolsillos del pantalón corto—. Tengo que irme.

—Podríamos haber entrado en la siguiente tanda —refunfuñó Javier, confundido.

—Puedes quedarte —replicó Miguel, cortante.

Javier no quería montarse solo. Con un último vistazo nostálgico al circuito, siguió a su amigo.

De pronto, Miguel vio a un hombre que se parecía a su padre y torció hacia otro camino, casi corriendo. Javier apenas podía seguirle. Así, en silencio, llegaron a casa. Sin despedirse, Miguel se dirigió a su portal.

—Hasta luego —le dijo Javier a su espalda, encogiéndose de hombros.

Nada más abrir la puerta, el aroma de patatas fritas con cebolla envolvió a Miguel. Su madre estaba cocinando. Se quitó las sandalias y fue directo a la cocina.

—¡Huele que alimenta! —se sentó y cogió un trozo de pepino del bol de ensalada con los dedos.

—¡No robes comida! Y menos con las manos sucias —su madre negó con la cabeza—. ¿Qué tal el paseo?

—Normal —murmuró, perdiendo el apetito de golpe.

Su madre le miró con atención.

—¿Te pasa algo? ¿Por qué esa cara? Cuando llegue tu padre, cenamos.

—¿Dónde está? —preguntó Miguel, tenso.

—Le llamaron del trabajo.

—¿En domingo?

—¿Y qué? ¿Alguna queja? —su madre dejó el tenedor y se volvió hacia él.

—¿No te parece raro que últimamente trabaje demasiado? Antes no le llamaban los festivos —dijo, con voz cargada de rabia.

—Antes era un empleado normal. Ahora es subdirector —respondió ella, con una sonrisa condescendiente.

—Ajá, con despacho propio y secretaria personal —rezongó para sus adentros.

—Puede. ¿Por qué estás tan enfadado? ¿Hambre? —su madre sonrió—. Cuando comas, se te pasará.

—No tengo hambre —su voz quebró.

Se encerró en su habitación, se tiró en la cama, se puso los auriculares y subió el volumen al máximo. La música ahogó los pensamientos que le atormentaban. El enfado con su padre se desvaneció. Sin darse cuenta, se durmió.

Alguien le sacudió el hombro. Abrió los ojos y se quitó los auriculares.

—Levántate. La cena está lista —su padre lo miraba desde arriba.

No había ni rastro de vergüenza o culpa en su rostro. Como si no hubiera estado besando a una desconocida en el parque.

—¿Ya has vuelto del trabajo? ¿Qué pasó? —preguntó, incorporándose.

—¿Y a ti qué te importa? Unos documentos mal hechos, tuve que rehacerlos —su padre lo miró fijamente—. ¿Pasa algo?

Miguel le sostuvo la mirada, como un lobato enfurecido.

—Bueno, tu madre espera. Lávate las manos y ven —su padre salió sin decir más.

Miguel se lavó las manos y luego se quedó sentado al borde de la bañera, indeciso: ¿le acusaba o fingía que no había pasado nada?

—¿Te has ahogado? —le llamó su madre.

Salió arrastrando los pies y se sentó a la mesa. Las patatas ya estaban frías. Su padre hablaba de los documentos mal redactados, quejándose de que nadie hacía bien su trabajo… Su madre asentía.

Miguel clavó la mirada en el plato, sintiendo la de su padre sobre él.

—¿Té o zumo? —preguntó su madre al recogerle el plato.

—Zumo —gruñó.

Alzó la vista y se encontró con la mirada inquisitiva de su padre.

—¿Y tú qué has hecho hoy?

Le ardían las ganas de gritarle que lo sabía todo, que su excusa del trabajo era mentira. Pero se mordió la lengua. Le daba pena su madre.

Bebió el zumo de un trago, dejó el vaso con fuerza en la mesa y suspiró.

—Gracias, mamá —se levantó y salió sin mirar atrás.

El sol poniente entraba a través de la ventana de su habitación. Corrió las cortinas, se sentó en la cama y se quedó mirando el móvil. No quería pensar en su padre, en su traición, en qué hacer ahora.

Un rato después, su padre entró.

—¿Qué pasa? —preguntó en voz baja, frente a él.

—Te he visto —Miguel no apartó los ojos de la pantalla.

Su padre se sentó en la cama.

—Deja el móvil. Explícame, ¿qué viste? —pidió, cuando Miguel lo apartó con aire de fastidio.

—Engañaste a mamá. No estabas trabajando. Te vi en el parque. En el circuito. Con una mujer. ¿Es tu secretaria? —le clavó la mirada.

—¿Y qué?

La tranquilidad de su padre le sacaba de quicio.

—La abrazabas. La besabas —dMiguel se echó a reír de pronto, porque al fin entendió que la vida, aunque a veces doliera, seguía su curso como el río en verano, y que lo importante no era la tormenta, sino el arcoíris que siempre llegaba después.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

one + 3 =