Llamé a la persona equivocada

No era el número correcto

¡Celia, hola! Perdona que llame tan tarde… Es que ya no sabía a quién recurrir…

Buenas noches, esto no es Celia respondió una voz masculina. ¿Has mirado la hora? Es la una y media de la madrugada.

Paloma, asustada, acercó la pantalla del móvil a los ojos y parpadeó atónita unos segundos. En la pantalla aparecía el nombre de “Celia”. Entonces, ¿de quién era esa voz?

“¿Será su marido? pensó Paloma, llevándose el móvil de nuevo a la oreja . Pero Jorge tiene otro timbre ¿Quién será? ¿Un amante, quizá? ¿Un compañero del trabajo? Aunque claro, un compañero que esté en casa de mi amiga a la una y media de la mañana… eso viene a ser lo mismo. ¿O será ella quien está en casa de él?”

Tenía tantas dudas que por un momento se bloqueó, pero decidió aclararlo por si acaso:

¿Está Celia cerca?

Aquí no hay ninguna Celia, estoy solo en el piso. Estaba durmiendo hasta que llamaste.

Perdona, de verdad empezó a disculparse Paloma . He marcado el número de mi amiga, que lo tengo guardado desde hace siglos, y por alguna razón he acabado hablando contigo. Perdona.

Paloma ya iba a colgar cuando, de repente, la voz preguntó:

¿Paloma, eres tú?

*****

Dos semanas antes, su jefe la había enviado a un curso de formación en Madrid.

No porque Paloma no cumpliera con su trabajo, al contrario, era una de las personas más responsables y eficientes del equipo. Lo que pasaba es que el jefe quería ascenderla y, para ello, tenía que obtener ciertos conocimientos extra.

Palomita, son solo quince días. Lo hago por ti.

Quince días no era tanto salvo porque debía pasarlos fuera de Salamanca.

A mi novio no le hará mucha gracia suspiró Paloma, imaginando la reacción de Marcos.

Son solo dos semanas, Paloma Seguro que lo entiende. No te vas un año.

Al final, aceptó. Un mejor puesto suponía más responsabilidad, sí, pero también un mejor sueldo. Así podría ahorrar para la boda, o para lo que fuera. Lo del anillo aún no había llegado, pero tarde o temprano lo haría.

No veo por qué tienes que hacer más cursos… protestó Marcos cuando ella le informó.

Siempre se puede mejorar sonrió Paloma. ¿Sobrevivirás estos días sin mí?

¿Qué remedio? respondió Marcos. Sobreviviré a base de tortilla y pizza.

Te dejaré unos tuppers preparados. Pero luego me ascienden y podré permitirnos más caprichos. Hay que ir, Marcos…

Venga, si hay que hacerlo

*****

Paloma llamaba todos los días a Marcos, le preguntaba qué tal estaba, qué había comido, cómo le había ido. Y, por alguna razón, eso le molestaba mucho a él.

Paloma, pareces mi madre, sinceramente. Que ya tengo una edad, déjame.

No te controlo, solo me preocupo. Porque me importas. Pero tú nunca preguntas nada de lo mío…

¿Y qué te voy a preguntar? ¿Si te han suspendido alguna asignatura en el curso? se reía él.

Buenas noches, Marcos.

Aquello fue al inicio de la segunda semana. A Paloma le dolió que la persona a la que más quería ni siquiera se interesase por ella. Pero, bueno, era amor, y por amor uno pasa por alto muchas cosas.

A veces solo quería que Marcos la escuchara, le preguntase cómo le había ido, cómo estaba, si había comido Pero él nada.

Y de sí mismo tampoco contaba mucho, como si tuviera otras cosas más importantes.

¿Pero qué cosas? Decía que salía con los amigotes al bar. Que si se iba tarde a casa porque estar solo le aburría.

¡Pero bien podría una llamadita para ella! Bajarse un minuto al portal y hablar

Paloma nunca le prohibía nada. Solo le pedía que no se pasara con las cañas.

“Al volver le hablaré de esto pensó ella . A lo mejor así lo entiende”.

*****

El tiempo en Madrid pasó rápido. Al día siguiente, terminaba el curso y, por fin, iba a volver con Marcos. Pero

Esa misma tarde le avisaron de que el último día de clases se cancelaba.

La profesora está ingresada, le explicaron. Mañana no hace falta que vengas. El certificado te lo mandaremos por correo electrónico.

¡Mejor! suspiró Paloma.

“Así mañana puedo volver antes a casa y pasar todo el día con Marcos”.

Él mismo se había pedido dos días libres. Uno para tener todo listo, limpiar el piso y tal. El otro para disfrutar de Paloma.

“¡Mejor aún, ahora tendremos uno extra!” pensó sonriendo. Iba a llamarle para contarle la novedad, pero cambió de idea. Se le ocurrió algo mejor: “¿Y si voy esta misma noche? ¡Qué sorpresa!”.

Entró en la web de ALSA y vio que justo en unas horas salía el último autobús a Salamanca.

Tarde sí, pero… merecía la pena por sorprender a su chico.

En un momento metió las cosas en la maleta, salió disparada del hotel y pidió un taxi. No podía borrar la sonrisa.

*****

La estación estaba a rebosar de gente.

Había empujones, gritos, un calor de humanidad pesada, pero a Paloma todo eso le daba igual.

Menudencias. Pronto estaría dando a Marcos la mejor de las sorpresas y aguantar un poco ese ambiente valía la pena.

“Todo por ver su cara cuando me vea”.

Según el panel, faltaba casi hora y media para su autobús. La taquillera ya le había anunciado que igual se retrasaba.

Paloma paseaba sin rumbo por la estación. Dentro picaba el calor, fuera el aire fresco despejaba el sueño.

Se dedicó a observar a la gente y a buscar algo en el entorno que le llamara la atención.

Lo halló en la valla exterior: tumbado junto a las rejas, un perro callejero la miraba con una tristeza infinita.

Sentí tal lástima por el pobre animal que decidí hacer algo bueno por él.

“Abandonado, seguro…” pensaba, mientras se acercaba a la cafetería de la estación a comprar una empanada.

¿Por qué tienes esa carita, amigo? ¿Nadie te quiere, eh? Toma, que te he traído algo.

El perro la miró con unos ojos caídos y movió la cola.

Era la única persona que aquel día se había acordado de él.

Anda, come dijo Paloma, dejando la bolsa enfrente.

El animal, cojeando, se acercó, olisqueó el paquete, levantó la vista para buscar su permiso, y al verle asentir, se lanzó sobre la empanada.

Yo, a menos de un metro, me sentía extraño. Me entró mucha pena. Ese perro era todo ternura, y pronto llegaría el frío…

Absorto en esos pensamientos, no noté la presencia del chaval que se me acercaba por detrás.

Solo lo sentí al notar un golpe fuerte en el hombro. Me giré, sorprendido. Lo primero que le quise decir fue: “¿Es que no hay sitio, chaval?”

La estación estaba casi vacía.

Perdona, estaba en las nubes, se excusó mientras me pisó el pie. Un pisotón que casi me hizo gritar.

¡Pero bueno!

El chico sonrió, pegándose demasiado, y estaba por irse cuando el perro, de repente, empezó a gruñirle y ladrar.

Justo entonces, apareció una empleada de la estación, con uniforme y escoba.

¡Ya lo veía venir! Por algo no hay que dejar pasar a estos perros. A ver, circulen, que lo echo fuera.

El chico desapareció rápido y yo me quedé con el perro, sujetándolo, porque estaba decidido a perseguir al desconocido.

Espere, ¿qué hace? me dirigí a la mujer, que levantaba la escoba amenazadoramente . ¡No le pegue! ¿Acaso está loca?

Ay, mira que no… contestó sorprendida la barrendera. Ese animal ha ladrado y ha ido contra la gente.

Solo porque ese idiota me ha empujado, por eso ladró. No iba a morder a nadie.

Pero ladró, ¿verdad? Este tipo de animales no pueden estar aquí. Imagínese que es rabioso… ¿Sabe el riesgo?

No tiene rabia. Es un buen bicho. Mírele los ojos Además, cojea. ¿A dónde va a ir ahora?

Pues nada, si fuera tuyo… otra cosa sería.

¡Es mío! dije en voz alta.

Tanto el perro como la barrendera me miraron sorprendidos. Sobre todo el perro.

¿Cómo que tuyo?

Que lo adopté, vaya.

Si era callejero

Era. Ahora ya no. Me lo llevo. Si lo toca, llamo a su jefe o a la policía.

¡Vaya con el listo! refunfuñó. Pues que le pongas un bozal. Y ni se te ocurra dejarlo aquí. Mañana le llama a los de la perrera. ¿Entendido?

Entendido, entendido contesté con aplomo.

Cuando se fue, entonces me di cuenta de lo que acababa de hacer.

¡Ahora qué! ¿Cómo dejarlo ahí? Ya lo había prometido.

“¿Y qué dirá Marcos cuando me vea llegar con un perro desde Madrid?”, pensé. Lo iba a flipar.

Algo se me ocurrirá le susurré al animal. Solo falta que me dejen subir contigo al bus… Por cierto, el bus

Miré el reloj. Faltaban diez minutos.

Vamos, amigo. Ahora somos un equipo.

El perro meneó la cola, cojeando tras de mí.

Prométeme que vas a portarte bien, ¿eh? ¡No me busques líos o nos echan del bus y nos vamos andando!

Ya en la terminal, busqué el billete. Saqué el bolso, y al abrirlo, sonó algo metálico al caer.

Miré y eran las llaves. No entendí cómo habían caído. Miré dentro y me quedé helado.

El forro estaba rajado. Pero lo peor: no tenía ni el móvil ni la cartera, donde tenía el efectivo, las tarjetas y ¡el billete!

¡Madre mía, lo que me faltaba! exclamé nervioso. ¿Cómo ha pasado esto?

Y de repente lo comprendí todo.

“¡El chico ese! El que me daba empujones y pisotones. Todo era para robar. Con razón el perro ladraba. Lo intuía o lo vio. ¿Y ahora qué? ¿Cómo vuelvo a Salamanca sin dinero ni billete?”

Miré al perro, que bajó la cabeza, apesadumbrado, creyendo haber sido el culpable.

No, amigo, tú no tienes la culpa. Al revés, querías defenderme. Lástima no darme cuenta antes

*****

El autobús llegó, con un retraso de quince minutos. Pero ya daba igual.

No tenía ni cómo marcharme, ni billete, ni nada. Me acordé de que en la maleta llevaba un antiguo Nokia con una SIM vieja, por si acaso, pero ¿de qué servía llamar a Marcos? ¿Me vendría a buscar? Estaba por verse.

¿Y el perro? Difícil que quisiera meterlo en su coche. Y yo ya no lo podía dejar atrás. Pero tampoco estaba por discutir.

Quedarme allí tampoco era una solución, ni por mi seguridad ni por los empleados.

Mientras pensaba, se acercó el bus. No había más viajeros.

El conductor asomó la cabeza:

¿Vas a subir o no, guapa?

Me han robado el billete. Y la cartera.

Jo, qué faena saltó del bus . ¿Y qué vas a hacer?

No sé Esperar aquí toda la noche. Por la mañana pediré para un bocata.

No digas tonterías. Sube, te llevo gratis. El bus va medio vacío. Así charlamos.

Imposible

¿Charlamos?

No, viajar es que tengo aquí al perro. He prometido no dejarlo. Si se queda aquí, mañana lo llevan a la perrera.

Pues que suba también. Va vacío. Os llevo a los dos.

¿De verdad? ¿No hay problema?

Claro. Sube, que hace frío. ¿Te ayudo con la maleta?

*****

El viaje fue ameno, charlando con el conductor. El perro, tumbado en el suelo, descansaba vigilándonos, tranquilo.

Por fin atisbé la estación de Salamanca. Bajé, agradeciendo al conductor su gesto.

¿Quieres dinero para un taxi? preguntó él.

Tranquilo, voy a llamar a mi novio y vendrá.

Suerte, y ojo la próxima vez. Ahora con este perrazo nadie intentará nada raro.

Desde luego.

Salí de la estación, y para pasar desapercibida, saqué el Nokia y llamé a Marcos.

¿Quién es? contestó malhumorado . ¿Qué quieres?

Marcos, soy Paloma… Te llamo del móvil viejo. ¿Puedes venir a buscarme a la estación?

¿Paloma? ¿Qué estación?

Marcos… Soy yo, Paloma, no hay otra Estoy en la estación, vuelvo de Madrid. Quería darte una sorpresa pero me han robado todo. Ven a por mí, por favor. Estoy sola, con una maleta y… un perro. Es una larga historia.

¿Un perro? ¿No tendrás otra cosa mejor que hacer?

Marcos, luego te explico. ¿Puedes venir o no?

Silencio.

Emm… Mira, lo siento. Ahora mismo no puedo.

¿Cómo?

Es que he bebido un poco, no puedo coger el coche. Lo siento.

¿Y me tengo que ir andando, o qué?

Quédate en la estación hasta la mañana. Faltan pocas horas. Después coges un bus o el tranvía.

¿Me estás oyendo? No tengo un euro. Ni en efectivo, ni en la tarjeta. ¿Te cuesta tanto venir a buscarme?

No grites, Paloma. Si lo hubieras dicho no pasarían estas cosas.

¡Era una sorpresa!

Ya, pero ahora me echas la culpa. No puedo hacer nada.

¿Por qué?

Porque no estoy en casa. Estoy en casa de Pablo. Después del bar me he quedado a dormir aquí. Él y su mujer están en la otra habitación, no puedo despertarlos. Llama mañana y vemos.

Colgué de golpe.

Si me sorprendió lo poco que le importé, no es palabra suficiente. Llevábamos seis meses viviendo juntos y más de un año y medio saliendo, pero jamás pensé que me dejara tirada así.

¿Irme andando en tranvía? mascullé furioso. ¿Para qué quiero a alguien así? Llamaré a Celia, ella sí me ayudaría.

Busqué su contacto y marqué.

Celia, hola. Perdona que llame tan tarde, es que no sé a quién más acudir

Buenas noches, esto no es Celia contestó otra voz masculina. ¿Sabes la hora que es? Una y media.

Me asusté, miré el teléfono. Ponía “Celia”.

“¿Será su marido? pensé . Pero Jorge tiene otra voz ¿un amante? ¿un compañero? Pero que esté en casa de mi amiga a estas horas es lo mismo ¿o está ella en casa de él?”

Decidí confirmar:

¿Está Celia?

Aquí no hay ninguna Celia. Estoy solo. Dormía hasta que llamaste.

Perdón Llevo su número años guardado y no sé cómo ha pasado esto

Estuve a punto de colgar cuando, de repente, oí:

¿Paloma, eres tú? Vi el número ahora, es tuyo.

¿Óscar?

Sí, soy yo. ¿Por qué llamas ahora? ¿Qué ha pasado?

No entendía cómo apareció su número, yo estaba buscando a Celia. Miré el teléfono: era mi viejo Nokia, y allí, hacía años, guardaba el número de Óscar, aquel antiguo novio que, aunque cortamos hace diez años, nunca llegué a borrar.

No sé por qué nunca lo borré. Sentía algo cuando lo veía escrito allí, aunque ahora estaba con Marcos.

Recuerdo la vez que Marcos me pilló el móvil y me montó una escena de celos por “los mensajes de Óscar”. Para terminar la discusión, le mentí diciendo que lo borré.

La verdad: solo lo había cambiado de nombre. Por “Celia”. Y ahora, por fin, le había llamado diez años después.

¿Paloma, qué te pasa? su voz fue más suave. Cuéntame qué ha pasado, sabes que te lo noto en el tono.

Y es cierto, Óscar siempre notaba mis estados de ánimo aunque fuera por teléfono.

Y le conté absolutamente todo lo que me había pasado: el curso, el robo, el perro, el conductor amable, cómo Marcos me había dejado tirada proponiéndome volver en tranvía sin dinero.

Pero yo sí tengo pesetas dijo, bromeando.

¿Cómo dices?

Quería hacer una gracia Me refería a mi viejo coche, un SEAT 124, el de mi padre, la “peseta” de toda la vida. Te paso a buscar a la estación y te llevo donde tú quieras. Y el perro, claro.

¿De verdad?

De verdad. Media hora. No te muevas y si hay problema, llama.

Vale…

“Hay que ver… El hombre con el que vivía ni se digna a venir, y alguien con quien rompí hace una década sí. Algo debo estar haciendo mal eligiendo pareja…” pensé.

Y así, con solo un número mal marcado, mi mundo cambió.

Mientras abrazaba a mi nuevo compañero de cuatro patas, llegó Óscar conduciendo su viejísimo pero entrañable SEAT. Con ese gesto confirmó su promesa de “amarme solo a mí”.

Solo quería ayudar, sin esperar nada a cambio.

*****

¿Y qué pasó después?

Pues Paloma rompió con Marcos.

No solo por no ir a buscarla, sino porque, al llegar a casa, encontró una botella de cava en el cubo de basura y unos largos cabellos rubios en las sábanas. Ni ella ni Marcos los tenían

Todo quedó claro.

Cuando Marcos trató de justificarse, Jacinto así llamaba ahora al perro le gruñía como si le quisiera arrancar los pantalones.

Al poco tiempo, yo Paloma paseaba por el Parque de los Jesuitas con Óscar. Mientras charlábamos como en los viejos tiempos, Jacinto y Linda (la perra de Óscar), cojeando ambos, hacían buenas migas.

Linda, para que lo sepáis, la había recogido Óscar de la calle un año antes, también atropellada, y él la cuidó y la salvó.

Lo más importante es que Paloma y Óscar se reencontraron y parecen dispuestos a darse una segunda oportunidad. Además, Jacinto está encantado con su nueva amiga.

Ese fue mi relato. Si os gustó, no olvidéis dar un like.Pasó un año desde aquella noche. Un año en el que Paloma aprendió que los caminos a veces dan vueltas insospechadas para llevarnos justo donde necesitamos estar. Cambió los anillos imaginados por tardes soleadas en el parque, aprendió a confiar en los silencios cómodos y en las risas espontáneas, y dejó de buscar números en la agenda para buscar atardeceres en las calles.

Un día, mientras Jacinto y Linda perseguían la misma pelota y Óscar, sonriente, le tendía una mano sin juicios ni reproches, Paloma supo que la vida, como una vieja agenda telefónica, a veces guarda tesoros bajo nombres equivocados. Y que quizás la felicidad no era tanto dar con el número correcto, sino con la persona que, aunque no te esperes, siempre viene a recogerte cuando más lo necesitas.

Jacinto ladró, con ese gruñido alegre suyo, y Paloma se abrazó a Óscar, cerrando los ojos por un instante. Ahora tenía todo lo que nunca pensó recuperar: un corazón tranquilo, una segunda oportunidad y la certeza de que los finales felices, a veces, empiezan con un error de dedo.

Y así, entre paseos, viejos coches y nuevas lealtades, Paloma entendió que equivocarse de número no siempre es un error: a veces, es el mejor acierto de tu vida.

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