Ya no eres mi amiga

Ya no eres mi amiga

Lucía, ¿te pasa algo? ¿Estás bien? preguntó inquieta Clara, viendo a su amiga sentada frente a la mesa con cara seria, completamente ausente y sin prestarle atención. Era raro.

Clara la había invitado a casa para celebrar el fin de las reformas de su piso, pero Lucía parecía no alegrarse en lo más mínimo. Soltó a duras penas un simple: «Enhorabuena» y nada más.

Eso que, hacía apenas una semana, Lucía le había recordado que no se le ocurriera no invitarla a la inauguración.

Y ahora no solo estaba de mal humor, sino que ni una sola sonrisa le había dedicado. Más que parecer una invitada, parecía que le habían llevado a un velatorio.

¿Por qué estás tan callada?

No quiero darte la lata con mis cosas. Hoy deberías estar feliz, por fin has acabado la obra. Por cierto, te ha quedado muy bonito el piso; de verdad me gusta mucho.

¡Ay venga ya! Clara dejó su taza de té sobre la mesa. Cuenta qué te pasa que te veo preocupada.

Bah, ¿para qué meterte en mis líos?

¿Cómo que para qué? ¡Si somos amigas de toda la vida, desde el cole! Hay que ayudarse.

Y era cierto. Habían crecido juntas en el mismo edificio, aunque en portales distintos, y se conocían desde primero de primaria.

Después de bachillerato cada una tomó su camino, pero hacía un mes se reencontraron por casualidad haciendo la compra en el Mercadona.

¡Clara, eres tú! ¡No me lo creo! gritó Lucía, dando el espectáculo en plena tienda.

¡Hola, Luci! sonrió Clara. ¿Qué tal te va? ¿Vives por aquí o has venido de visita?

Echaron un buen rato poniéndose al día, recordando viejos tiempos, sus sueños. Lucía, como siempre, decía que quería encontrar a su príncipe azul. Clara solo soñaba con terminar la reforma del piso, que llevaba más de un año en obras. Por suerte, ya sólo le faltaba empapelar y poner un falso techo en el salón.

Por aquella conversación, Clara supo que Lucía se había mudado a la ciudad hacía medio año desde un pueblo de Toledo, y que alquilaba un piso. Lógico: más oportunidades aquí. Había encontrado trabajo de secretaria en una empresa pequeña, aunque a la uni no fue porque, como decía con retranca, «con el instituto tengo suficiente».

Así, después de varias quedadas para tomar café, Clara por fin la invitó a su casa para enseñarle el piso recién arreglado y compartir su alegría.

Pero no podía evitar notar que su amiga estaba más apagada que nunca.

Por eso le preguntó si le pasaba algo, y ya que estaba, ver si podía echarle una mano.

En fin… suspiró Lucía. ¿Y tú cómo me vas a ayudar? Es complicado.

No digas tonterías, explícate. No soporto verte así, y que encima te calles toda la tarde. Vamos, desahógate.

Está bien Lucía esbozó una leve sonrisa. El problema es el piso.

¿Problema? ¿Qué ha pasado?

Pues que el casero me ha dicho hoy que me sube el alquiler… ¡al doble! ¿Te imaginas? Si apenas llego a fin de mes, y encima la casa es una ruina: el wifi va fatal, la lavadora baila por toda la entrada cada vez que centrifuga, el grifo de la cocina gotea, las paredes están que se caen de viejas… Vamos, un desastre.

¿Y por qué alquilaste ese piso entonces?

Porque era lo que me podía permitir… costaba menos que otros en la zona. Pero ahora el dueño me quiere cobrar una burrada, y así, de hoy para mañana. Dice que si no me gusta, la puerta está abierta.

¿De verdad te lo ha dicho así? Clara no salía de su asombro.

Exacto. Y claro, ese dinero no lo tengo ni lo pienso pagar si lo tuviera. ¿De qué vivo entonces? Entre las uñas, el gimnasio, la piscina… hay que mantener el tipo, ya me entiendes. Y el sueldo no da. Vamos, ni hablar.

Pero, ¿firmaste contrato? Porque ahí debe poner algo, y podrías exigir que te respete el precio.

Bah, ¿qué contrato? Nada de papeles. Me dijo desde el principio que la casa le daba igual, que podía quedarme el tiempo que quisiera si pagaba cada mes. Esa fue toda la seguridad que tuve. Y ahora, a la calle. Más listo que el hambre el tío. No sé qué voy a hacer.

Tendrás que buscar otro piso y, esta vez, asegura que te hagan contrato.

Sí, ya… ¿y de donde saco yo un sitio decente en una semana? Los precios parecen de mansiones en la Castellana. Al final me veo tirada en la calle…

Clara la miró pensativa, dándose cuenta de que el marrón era serio. Ella misma había pasado años recorriendo alquileres mediocres en ciudades que no conocía, hasta que sus padres vendieron su piso grande en Alcalá de Henares y le dieron el dinero para comprarse uno propio. Así evitó pedir hipoteca o seguir mudándose de aquí para allá. No quería cargarles más con sus cosas, decidió apañarse sola.

Ahora por fin tenía su propio piso de dos habitaciones, recién reformado. Ya solo faltaba amueblar el salón, pero todo lo había invertido en la obra.

Oye, Luci… Si necesitas lugar para quedarte una temporada, vente aquí mientras encuentras algo se le ocurrió a Clara. Es temporal, claro.

¿En serio? los ojos de Lucía se iluminaron. Pensé que no querrías, con la casa recién puesta…

No me importa, lo único que el salón está vacío y no tengo mueble, solo una cama plegable.

¡Perfecto! aceptó Lucía encantada. Voy a recoger mis cosas y vuelvo.

En realidad, Clara pensaba que Lucía se mudaría en unos días, pero no, a la hora y poco ya estaba de vuelta con dos maletas enormes y…

Mira, Clara, hemos llegado, entraba Lucía, sonriendo.

¿Hemos? ¿Tus cosas… y?

No, yo y Remedios.

¿Remedios? Clara se quedó pensando. ¿Quién es Remedios? ¿Una amiga?

Es mi gata. Tranquila, buena es, no rompe nada, ni araña ni mea fuera del arenero. Mi madre está enferma y no puede cuidarla, así que la tengo yo.

¿Tu madre? ¿Está mala? ¿Por qué no me dijiste nada?

Bah, nada grave. Cosas de la edad. Ya sabes, a todos nos toca.

Pero tu madre es joven… Es de la quinta de la mía y acaba de jubilarse.

Pues mira, le ha tocado ahora. Solo necesita descansar, por eso tengo yo a Remedios.

Clara no entendía mucho, pero no quiso ser borde.

Vale, trae a la gata. sonrió forzada.

*****

El recibimiento fue complicado. Cuando Clara intentó acariciar a Remedios, la gata le soltó un arañazo, chilló y se escondió bajo la cama.

Necesitará acostumbrarse dijo Lucía, algo avergonzada.

No pasa nada, se curará, respondió Clara, poniéndose agua en la herida.

Voy a dejar mis cosas y me acuesto, que mañana madrugo.

¿Y la gata?

Que se quede bajo la cama, mañana saldrá y ya está.

Lucía no contó a Clara el verdadero motivo del desahucio: que la culpa fue de la gata, que destrozó la casa anterior cortinas, muebles, paredes y tuvo que pagar una compensación al casero, quien la echó con una semana de plazo. Con la suerte de que Clara terminaba la reforma y la invitó justo a tiempo.

*****

Pasó una semana y Remedios se adaptó, pero se mostró de todo menos dócil. Por las noches, armaba una jarana tremenda, jugando al fútbol con el pienso que le compró Clara, porque según Lucía a la gata las pastas y el arroz no le gustaban.

Lucía ni se inmutaba con el ruido (ya estaría acostumbrada), pero Clara no lograba dormir de un tirón. Además, Remedios desarrolló especial pasión por meterse en el armario de la habitación de Clara y dejar toda su ropa llena de pelo.

Al principio Clara tenía paciencia, incluso simpatía por la gata, pero la situación era cada vez peor.

Oye Lucía, ¿cómo vas con lo de buscar piso? preguntó con cautela dos meses después, durante la cena.

Nada nuevo contestó Lucía, encogiéndose de hombros. ¿Te estás cansando de tenernos aquí? Si casi nunca estoy en casa.

Ese es el problema pensó Clara, tú nunca estás, pero yo tengo que limpiar, dar de comer a la gata, y recoger sus accidentes cuando no puede usar el baño porque estoy dentro… y encima si abro, la muy lista intenta morderme los tobillos al salir.

No es eso, pero esto era algo temporal. ¿No será mejor recurrir a una agencia si no encuentras nada?

¿Y pagarle una pasta al agente? ¡Ni loca! No todo el mundo tiene marido con BMW, Clara.

¿Y qué piensas hacer? Yo también quiero mi espacio…

Seguir buscando. Ya encontrarás sitio, seguro.

Ojalá antes que después, pensó Clara, mientras esquivaba a Remedios, que casi la hacía tropezar chillando porque le pisó la cola.

*****

Un mes más y Clara ya no podía más. No dormía bien, tenía que limpiar cada día y Lucía se pasaba la vida de manicura en manicura, en el gimnasio o saliendo por las noches.

Hasta que una noche, cuando Clara planeaba la charla decisiva, Lucía se adelantó nada más cruzar la puerta.

Oye, Clara, que conocí a un chico en un bar y me ha dicho que me vaya a vivir con él. Se llama Javier.

¡Genial! Te ayudo con las cosas si quieres.

No hace falta. Solo que… verás, Javier no quiere gatos ni de broma. Él tiene el piso recién reformado.

¿Quieres que me quede con Remedios por ti?

Eso, ¿te importa? Si os lleváis fetén

¡Sí me importa, Lucía! Quiero estar sola una temporada, ya te lo dije. Llévate a la gata contigo, o, no sé, llévala con tu madre. ¿Cómo está por cierto?

Fatal, peor si cabe. Llevarle la gata es imposible.

Pues aquí tampoco puede quedarse, así que recoge todo y llévate también a Remedios. Esto ya ha durado demasiado.

Lucía se fue muy ofendida, repitiendo: Nadie te quiere, Remedios, ni mi madre, ni mi mejor amiga. Solo yo.

Lucía tenía además una deuda por recibos de la comunidad que nunca pagó. Pero Clara prefirió no decir nada más. Bastante tenía.

Por fin estaba sola en su piso nuevo, salvo por los arañazos en la pared. Menos mal que la gata solo se ha cebado con una pared. Ya la empapelaré otro día, pensó Clara.

La historia, sin embargo, no terminó ahí.

*****

Al día siguiente, al bajar la basura, Clara vio la jaula de Remedios abierta junto a los contenedores y a la gata merodeando, perdida, maullando desconsolada. Al verla, Remedios corrió hacia Clara, maulló de alegría y saltó hacia ella.

¡Pero bueno, Remedios! ¿Qué haces aquí? ¿Dónde está Lucía?

En ese momento se acercó una vecina mayor con un cuenco de comida.

Hola, hija. ¿No te la llevas tú? Porque la dejó aquí una mocita ayer mismo, ni puerta cerró ni nada. Le dije que no se puede dejar así a un animal, pero ni caso.

Clara cogió a Remedios, ignoró su enfado hacia Lucía, y se la llevó a casa. Sin una palabra. Aunque por dentro hervía de rabia.

¿Cómo puede dejar así a la pobre gata? ¿Por qué no se la llevó a su madre?

Ya en casa, Clara soltó a Remedios que, feliz, empezó a brincar por todos lados.

Quiso suspirar, pero se sorprendió sonriendo al ver la alegría de la gata. Entonces, lo primero que hizo fue llamar a Lucía. Diez veces. No respondió.

Buscó el teléfono de la madre de Lucía a través de la suya. Su madre, extrañada, le pasó el contacto.

Al llamar, la madre de Lucía le confesó que estaba bien de salud y que Lucía le había mentido más de una vez.

Además, me quitó dinero de la cuenta y se compró un gato de raza. Todo para luego cansarse y dejarme el marrón a mí. Cuando se fue de la ciudad se la llevé, porque ya no podía más.

Clara entendió entonces toda la historia.

*****

Al mes siguiente, Clara, ya más tranquila, compró por fin el sofá para su salón, y Remedios lo hizo suyo en cuanto pudo.

¿Te gusta, eh? sonrió Clara.

Miau… contestó la gata, dándole un zarpazo cariñoso al sofá.

A Clara le costó, pero terminó entendiéndose con la gata. Hicieron un trato: comida y caricias a cambio de no destrozar la casa ni dejar regalitos en el suelo. Sorprendentemente, Remedios cumplió.

Empezaron a convivir en auténtica paz, cada una respetando el espacio de la otra.

Cuando Clara llegaba, Remedios la esperaba en la puerta, mirándola como preguntando: ¿Has traído comida? ¿Hoy toca película y mimos?

Sí, he traído. Sí, veremos peli. Pero primero, cenamos.

De Lucía, ni Clara ni Remedios quisieron acordarse, porque no merecía la pena. Pero, medio año después, la vida vuelve a dar vueltas: una noche Lucía apareció suplicando otra vez asilo.

Lo siento, Lucía. Aquí ya somos dos, y no necesitamos a un tercero. Estamos muy bien así.

¡Pero esa gata es mía! ¡La pagué yo!

Con dinero de tu madre.

¿Cómo?

Lo que oyes: con el dinero de tu madre. Y además, la abandonaste en la basura. ¿Te acuerdas?

Eso no se hace entre amigas.

Tienes razón. Por eso ya no eres mi amiga. No puedo confiar en quien es capaz de traicionar y abandonar así.

Lucía se marchó para siempre, y Clara y Remedios no volvieron a saber de ella. Aunque con el tiempo, la fortuna le sonrió a Clara: conoció a un chico, Daniel, que empezó a visitarla. Remedios todavía lo tenía a prueba, pero por ahora, parecía buen chaval.

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