Habla, madre, habla…

Habla, mamá, habla

Ahora, por las mañanas, suena el móvil. Esa cajita negra cobra vida: se ilumina, la música alegre suena y aparece la voz de mi hija, como si estuviera justo aquí:

¡Mamá, buenos días! ¿Estás bien? ¡Bravo! ¿Preguntas o deseos? ¡Fenomenal! Pues te mando un beso. ¡Cuídate, cuídate!

La cajita se apaga y queda en silencio. Yo, vieja Ramona, me quedo observándola, sin terminar de acostumbrarme. Parece una tontería una caja de cerillas. Sin ningún cable. Está ahí, callada, y de repente se pone a cantar y a brillar, y la voz de mi hija:

¡Mamá, buenos días! ¿Estás bien? ¿No te has planteado venir ya? Cuida, cuida ¿Preguntas? Besos. ¡Cuídate!

Y eso que hasta Madrid, donde vive mi hija, hay más de cien kilómetros y no siempre es fácil llegar, sobre todo con mal tiempo.

Pero este año el otoño ha sido largo y templado. Cerca de la aldea, las hierbas de los cerros ya se han teñido de marrón, mientras que los álamos y los sauces junto al Tajo siguen verdes, y en los patios las peras y cerezas parecen de verano todavía, aunque hace tiempo que deberían arder en rojos y granates tranquilos.

Las aves migratorias tardan en irse. Los gansos se marchan despacio hacia el sur, llamándose por el cielo brumoso y lluvioso con ese suave ón-ón ón-ón

Aunque de aves poco puedo contar, si la abuela Ramona, encorvada y enjuta por la edad pero aún ágil, no logra decidirse a marchar.

Pienso, pero no termino le decía a la vecina. ¿Me voy, no me voy?… ¿Y si sigue el buen tiempo? Dicen en la radio que el clima anda raro. Ya estamos en Adviento y las urracas no vienen al patio. Calor, calor Navidad y Epifanía. Después hay que pensar en las semillas. ¿Para qué irme, si al final tengo que volver?

La vecina suspiraba, pues quedaba mucho para la primavera y los plantones.

Aunque yo, convencida, saco otro motivo de la faltriquera el teléfono móvil.

¡Móvil! repetía con orgullo, usando la palabra de mi nieto madrileño. ¡Qué arte! Móvil. Pulsas un botón y, enseguida, María. Otro botón, y sale Nicolás. Llamas a quien quieras. ¿Y por qué no vivir aquí? ¿Por qué irme y abandonar la casa, el corral…?

Esta conversación se repetía: con los hijos, con la vecina, pero sobre todo conmigo misma.

Estos últimos años, solía marchar a pasar el invierno con mi hija en Madrid. La edad pesa, es difícil encender la chimenea cada día y acarrear agua del pozo, con el barro o el hielo. Si te caes, ¿quién te levanta?

La aldea, antes llena de vida, se vació después de que cerrara el antiguo cortijo. Se fueron todos, quedaron solo ancianos y algún borracho. Ni pan traen ya, ni hablar del resto. Es duro para un viejo pasar el invierno, por eso me iba con mi gente.

Pero dejar la casa, el nido de tantos años, cuesta mucho. ¿Qué hago con los animales: el Perico, el gato y las gallinas? ¿Darlos a los vecinos…? Y también me duele la casa. Que los borrachos entren y se lleven lo que queda.

Y tampoco es fácil, a estas alturas, acostumbrarse a rincones nuevos. Aunque los hijos sean los nuestros, todo es distinto. De visita, pero vigilando.

Por eso dudo: ¿Me voy, no me voy? Ahora, además, han traído el móvil para ayudar. Me explicaron mil veces los botones: cuáles pulsar y cuáles dejar. Mi hija llama desde Madrid, por las mañanas.

Suena la música, la luz brilla en la caja. Al principio, pensé que vería el rostro de mi hija ahí, como en una mini-tele. Solo el voz, lejana y corta:

¡Mamá, buenos días! ¿Estás bien? Muy bien. ¿Algún problema? Pues fantástico. Un beso, cuídate.

No da tiempo a decir nada; la cajita ya se apaga y silencia.

Los primeros días, solo me admiraba de ese milagro. Antes, en la aldea, teníamos teléfono en la oficina del cortijo. Todo era normal: cables, el auricular grande y podía hablar largo. Ese teléfono desapareció con el cortijo. Ahora, apareció el móvil. Y gracias a Dios.

¡Mamá! ¿Me oyes? ¿Estás bien? Besos.

No da tiempo ni a abrir la boca, el móvil ya se apaga.

Pero qué cosa es esta refunfuñaba. No es teléfono, es un pajarillo. Chilla, y ya está Y aquí

Pero aquí, en la vida de la aldea y de los viejos, hay mucho que contar.

¡Mamá, me oyes?

Sí, sí ¿Eres tú, hija? Tu voz parece un poco rara, ronca. ¿Estás mala? Cuídate, ponte un pañuelo de lana, que los madrileños vais de modernos; tú ponte uno, que te miren. Más vale salud. He tenido un sueño feo ¿Por qué será? Vi en el patio un animal. Vivo. Justo en la puerta. Cola de caballo y cuernos, la cabeza de cabra. ¿Qué será eso? ¿Qué significa?

¡Mamá! sonó su voz severa desde el móvil Habla de lo necesario, no de cabras. Ya te explicamos: tarifa.

Perdona, hija me disculpé, acordándome de los avisos: el móvil es caro y hay que ser breve, solo lo importante.

Pero, ¿qué es lo importante en la vida? Sobre todo para la gente mayor Y es que, de verdad, soñé esa cosa: cola de caballo y cara de cabra.

Ya van pasando los días. Mi vida sigue igual: levantarme, limpiar, soltar las gallinas al patio, dar de comer y beber a la pequeña familia animal y tomar algo yo misma. Después hago tareas, una tras otra. Como se dice: aunque la casa sea pequeña, nunca deja que estés quieta.

El corral grande, que alimentó a mucha familia: huerta, el rincón de patatas, la pradera. Cobertizos, gallinero, cocina de verano de adobe, sótano. Valla y cerca. La tierra, que hay que cavar poco a poco mientras dure el buen tiempo. Y la leña, cortando con la sierra manual. El carbón está carísimo, no se puede comprar.

Day tras day, todo va despacio. El día gris, blandito. On-ón on-ón los gansos siguen volando al sur, bandadas que volverán en primavera. Y aquí en la aldea, en la tierra, reina un silencio de cementerio. Los que se marcharon no vuelven ni en primavera ni en verano. Las casas y patios parecen distanciarse, como cangrejos esquivos.

Pasó otro día. Por la mañana, el frío apretó un poco. Árboles y hierbas, cubiertos de escarcha esponjosa. Salí al patio y miré la belleza, contenta, aunque debería mirar al suelo. Caminando, tropecé, caí y me golpeé fuerte con la raíz de un árbol.

El día empezó torcido y siguió igual.

Como siempre, el móvil brilló y sonó la música alegre.

Buenos días, hija Apenas puedo decirte que estoy viva. Hoy me caí, le conté No sé si fue el pie o el suelo resbaladizo. ¿Dónde? En el patio. Fui a abrir el portón, que había quedado cerrado por la noche. Allí, al lado, está el peral morado. Ese que te gusta. Es dulce, hago compota para vosotros de esa perita. De no ser por ti, lo hubiera quitado hace tiempo. Junto al peral…

Mamá respondió la voz lejana Habla claro, no sobre perales dulces.

Es lo que te digo. Allí la raíz salió como una culebra. Yo andaba sin mirar. Y la gata tontorrona se puso bajo mis pies. Esta raíz Llevo años pidiendo a Víctor que la quite, por favor. Está justo en el camino. El peral morado…

Mamá, háblame claro. De ti, no del peral. Recuerda: móvil, tarifa. ¿Te duele algo? ¿Has roto algo?

Creo que no, entendí todo al fin. Me pongo hojas de col.

El resto del diálogo se cerró allí. Lo demás tuve que contestar para mí misma: “¿Me duele, no me duele…? Todo me duele, cada hueso. He vivido demasiado”.

Rechazando los pensamientos amargos, me dediqué a lo de siempre, en casa y patio, pero preferí estar bajo techo, que no volviera a caerme. Luego me senté junto a la rueca: lana suave, hilo de oveja, el girar monótono de la vieja máquina. Y los pensamientos, como el hilo, se van estirando y estirando. Afuera, el día otoñal parece crepúsculo. Hace frío. Debería encender la chimenea, pero apenas queda leña. Quizá tenga que pasar el invierno aquí.

A su tiempo, encendí la radio, esperando noticias del tiempo. Pero tras un breve silencio, salió por el altavoz una voz dulce, de mujer joven:

¿Os duelen los huesos?

Tan oportunas y sinceras esas palabras, que respondí sin pensar:

Ay, hija, me duelen sí

¿Manos y piernas te molestan? como adivinando, preguntaba la voz amable.

No hay alivio Cuando era joven, ni lo notaba. Entre vacas y cerdos, y qué calzado Luego, siempre en botas de goma, invierno y verano. Así que ahí sigue ese dolor

¿Te duele la espalda? la voz acariciaba, como hipnotizando.

Me duele, hija Toda la vida cargando sacos y carros de paja. ¿Cómo no va a doler? Así es la vida

La vida fue dura, de verdad: guerra, orfandad, trabajo en el campo.

La voz cálida siguió y siguió, hasta callarse. Y yo, vieja, me puse a llorar por dentro, riñéndome: “Mira que eres tonta ¿Por qué lloras?”. Pero el llanto alivió.

Y entonces, inesperadamente, en plena hora de la comida, sonó la música y el móvil se iluminó, despertando de golpe. Me asusté:

¡Hija, hija! ¿Qué pasa? ¿Alguien está mal? Me he sobresaltado, no llamas a la hora. No te enfades conmigo, hija, sé que es caro, mucho dinero. Pero de verdad, por poco me mato. Allí, junto al peral Me detuve: Ay, otra vez con el peral Perdón, hija

Desde lejos, cruzando cientos de kilómetros, llegó la voz de mi hija:

Habla, mamá, habla

Eso hago. Hoy todo está resbaladizo. Y la gata corretea y la raíz sale al paso, del peral. Todo molesta ya, hija. Quitaría el peral, pero te gusta. Secarlo y hacer como antes Otra vez me enredo Perdón, hija. ¿Me oyes?

En la lejana ciudad, mi hija me oía y hasta me veía, imaginando, con los ojos cerrados, a su madre, pequeña y encorvada, con el pañuelo blanco. Y sintió, de repente, lo frágil y poco seguro de todo: la conexión, la imagen.

Habla, mamá me pidió, temiendo solo una cosa: que este hilo de voz y de vida se rompiera, quizá para siempre.

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