El abuelo ya no está

El abuelo ya no está

Carmen acababa de regresar de otro viaje de trabajo, aún con la ropa puesta y sin tiempo de deshacer la maleta cuando recibió la llamada de su madre.

El tono de la voz de Teresa Ruíz era nervioso, aunque Carmen, por el agotamiento, no le dio importancia.

¿Cariño, ya has llegado a casa?

Hola, mamá. Sí, acabo de entrar por la puerta. Por fin. ¿Por qué me llamas? ¿Ha pasado algo?

Me alegro, hija. Me alegro de que hayas llegado bien.

Carmen notó enseguida que su madre quería decirle algo, pero vacilaba, como si dudase en cómo empezar o tuviese otra razón que Carmen no alcanzaba a adivinar.

«Seguro que otra vez anda con cotilleos del barrio y arde en deseos de contármelos todos», pensó. Pero en ese instante, no tenía ganas de escuchar nada de eso.

Su mayor deseo era tumbarse en la cama y dormir de un tirón, ya que en el tren no pudo pegar ojo.

En el compartimento de al lado viajaba un grupo de jóvenes que desde el atardecer no paraban de cantar y reír en voz alta. Cerca de la media noche, se montó un pequeño concierto improvisado, guitarra incluida, y hasta cantaron sobre ella:

«Por los campos florecían manzanos y perales,
Bajaban las nieblas sobre el río
Salía Carmen a la orilla,
A la orilla alta y empinada».

En otras circunstancias, igual hasta se habría reído, pero aquella noche soñó, sin suerte, que al menos se rompiera una cuerda de la guitarra.

Mamá, voy a descansar un poco del viaje, darme una ducha y luego te llamo, ¿vale?

Me temo que no vas a poder, suspiró su madre.

¿Cómo que no? ¿No puedo descansar? He estado fuera por trabajo, tengo derecho. No espero visita ni yo voy a visitar a nadie. ¿O acaso vienes tú sin avisar?

Carmen, el abuelo ya no está

Carmen se quedó pálida, agarrando el teléfono con fuerza, y se dejó caer lentamente en el sofá. No esperaba escuchar algo así.

Me ha llamado esta mañana la vecina, María Fernández, quería llevarle leche y se lo encontró allí, en el suelo, junto a la puerta, con la mano en el pecho, y ya sin respirar. Debió estar así toda la noche Habrá que ir al pueblo a enterrarlo, los vecinos ayudarán en lo que puedan. Carmen, ¿me oyes?

La noticia fue tan descolocante que Carmen no supo qué decir, solo logró un tenue «Sí…».

María Fernández llamó a los parientes del abuelo, pero ninguno quiere venir. Dijeron que si les hubiese dejado herencia todavía, lo pensarían, pero para perder tiempo y dinero, nada Y la casa, ya sabes, tampoco le importa a nadie desde hace años, Teresa hizo una breve pausa. Yo también, la verdad, no tengo muchas ganas de ir. Tu abuelo me dijo que no volviese a poner un pie en su casa, ni siquiera para el funeral. Y yo se lo prometí, ¿recuerdas? Así que solo confío en ti, hija. ¿Podrás ir tú y despedirlo como es debido?

Silencio.

Carmen alargó la mirada hacia la cómoda donde descansaba la última carta del abuelo, enviada hacía ya un mes y que no pudo recibir por estar de viaje. Era ya su tercera salida en los últimos seis meses, y seguramente no la última. La empresa había abierto sucursal en otra ciudad, y solo ella, sin hijos ni obligaciones, podía desplazarse.

Carmen, volvió a sonar la voz de Teresa. No quiero que la gente crea que olvidamos al abuelo. Era difícil, sí, pero era una persona, y contigo siempre se llevaba bien. ¿Se lo digo a María? ¿Vas al pueblo?

Sí, mamá. Iré. Pero

Carmen se levantó despacio, cogió la carta, la sostuvo un instante entre los dedos y la devolvió a su sitio.

No entiendo cómo ha podido pasar, mamá. En Año Nuevo lo vi bien, contento, no se quejaba de nada

Hija, una ya no tiene respuesta para esas cosas La edad, Carmen. Si muchos ni siquiera llegan a jubilarse, y tu abuelo ya rozaba los ochenta, que en paz descanse.

Carmen no podía salir de su asombro. Quería mucho a su abuelo, probablemente era la única que mantenía relación con él. Ni los demás parientes ni su madre se hablaban con él desde hacía tiempo.

Y es que Teresa y el abuelo nunca llegaron a tener buena relación, sobre todo después de la muerte de Andrés, el padre de Carmen. Él le achacó a Teresa que «agotó» a su hijo de tanto hacerlo trabajar por dinero, para reformas, para comprar casa en la playa, para una vida mejor.

Andrés, aunque maestro, acabó trabajando en turnos de obra por contentar a su mujer. Vivía fuera la mayor parte del año, apenas pasaba por casa, y cuando volvía, era siempre con regalos y dinero.

Hasta que un día el corazón no soportó más la fatiga.

En el entierro, el abuelo lloró desconsolado, un llanto que ponía los pelos de punta. «No deberían los padres enterrar a sus hijos», decían todos los que lo consolarían luego.

Desde entonces, el abuelo dejó de tener contacto con Teresa, y le impidió volver a su casa.

Pues mejor, tampoco me apetecía, respondió ella por aquel entonces. Lo siento, pero el hombre debía traer dinero a casa. Para eso es el hombre de la familia. Si tenía problemas de salud, nunca me lo dijo.

El abuelo a punto estuvo de arrojarle un leño en aquella discusión.

Desde entonces, solo Carmen seguía en contacto. De pequeña iba a pasar los veranos al pueblo; más tarde, ya adulta y ocupada, mantenían correspondencia por carta.

Porque el abuelo, Francisco Ruíz, rehuía de móviles, ordenadores o cualquier modernidad. Por eso, todo el mundo lo tomaba por excéntrico, incluso sus propios parientes.

Se le fue la cabeza murmuraban las ancianas en el banco de la plaza. Normal, perdió a la mujer, al hijo ¿cómo no va a trastornarse?

En el último mes la gente empezó a notar que hablaba solo, pero no solo, sino con un gato. Nadie lo había visto jamás. Eso sí, su fiel vecina, María Fernández, notaba algo raro.

Tras terminar la llamada, Carmen estuvo largo rato mirando una mancha en la pared, hasta que estalló en lágrimas.

Había querido ir al pueblo ese verano y no pudo. Primero un viaje, luego otro, después un tercero

Su jefe, de hecho, parecía incansable, y ante sus quejas siempre le decía sonriendo:

Por ley, Carmen Ruíz, puedo enviarte. Si quieres marcharte, no te retengo. ¿En qué otro sitio vas a cobrar lo que aquí?

Y era cierto, por eso Carmen aguantaba. Algún día acabarían las comisiones y volvería a la rutina.

Pero no dejaba de dolerle el desapego. Nadie piensa en la vida de quienes siempre están moviéndose. Como si los demás no tuvieran derecho a descansar

*****

En el cementerio, todo siguió el curso habitual: tras el último clavo en la tapa de madera forrada en terciopelo granate, los hombres bajaron el féretro y lanzaron sobre él puñados de tierra.

Las flores frescas, las coronas, la nueva sepultura «¿De verdad esto es todo? pensaba. ¿Estaba y ya no está?»

Solo quedaba el convite fúnebre, donde se bebería orujo y se hablaría del difunto, lo bueno, lo malo, lo humano.

Y así, a través de esos recuerdos, el abuelo viviría un poco más. Ya no en este mundo, sino en la memoria de quienes le conocieron.

Una vez acabada la comida y el último trago, la gente del pueblo fue yéndose.

Y Carmen se quedó sola, con una sensación amarga, a medias de repudio, a medias de soledad.

«No llegué a tiempo Quise verle antes de que se fuese, y no llegué»

Para distraerse, se puso a limpiar. Abrió todas las ventanas, fregó el suelo de madera, quitó polvo de todas las esquinas, barrió telarañas, guardó los restos de comida en la nevera.

El aire era más ligero.

La casa del abuelo, de aspecto sencillo y rural, tenía una calidez especial pese a la falta de lujos.

Carmen salió al porche y aspiró el aire impregnado de césped y manzanos en flor.

El huerto, dividido en hileras perfectamente alineadas, estaba aún vacío; tal vez el abuelo ya sabía que no llegaría la siembra. Los manzanos y arbustos de grosellas y frambuesas florecían vigorosos. El abuelo nunca tenía la tierra sin aprovechar y cuidaba el campo hasta el final.

«¿Quién se hará cargo de esto ahora?» suspiró.

¿Sentada bajo el manzano, llamó a su madre para contarle que el abuelo ya estaba enterrado?

Has hecho bien, Carmen. Aunque complicado, era una persona al fin y al cabo.

Pero si era buena gente, mamá. Solo le tocó vivir más penas que alegría. No le guardes rencor. Amaba a papá, y en parte, te dijo cosas por un dolor que no supo digerir.

Venga, hija, no le guardo nada. Descansará en paz. ¿Cuándo piensas volver a la ciudad? ¿Hoy mismo o mañana? ¿No tienes miedo de estar ahí sola?

De momento no vuelvo. Pedí unos días libres y quiero quedarme. El pueblo es tranquilo y necesito desconectar del bullicio. Además, quedan los nueve días del luto. Quizá podrías venir

¿A esa distancia yo? Ni tiempo tengo, con la huerta en marcha. ¿No recuerdas que es plena temporada?

Haz lo que quieras, pero que sepas: aquí también está la tumba de papá y no has venido desde el día del entierro.

El abuelo tenía que haberle enterrado en Madrid, no aquí. Pero bueno, hija, ya empezó mi serie favorita. Hablamos luego, ¿vale? Llámame si tienes noticias.

Carmen sonrió. Su madre siempre encontraba una excusa cuando no sabía qué decir.

De nuevo en la casa, hizo una infusión con hojas secas de grosellero, menta y melisa que halló entre los estantes del abuelo, la tomó y se fue a dormir.

Antes de acostarse, encontró la carta que aún olía a humo y campo. Era una carta extraña De ordinario, el abuelo siempre le hablaba de sí, pero en esa insistía en contarle historias sobre un gato.

Nunca recordaba que hubiera tenido animales. Siempre fue más bien indiferente con ellos, quizá hasta poco amigo.

Por eso Carmen releó la carta ya en la calma de la noche:

«¿Te puedes imaginar, nieta? Resulta que Negrito, así lo he llamado, adora la leche. Decían que los gatos adultos no la beben, pero ayer se tomó media botella. Tengo que pedirle mañana a la vecina que traiga más. Menuda se va a llevar, porque siempre me dura una semana lo que ahora me dura dos días. Eso sí, no logro que se acerque, apenas lo he visto. Un bulto negro corriendo hacia el cobertizo, nada más. Lo busqué de día y de noche siempre igual. Solo siento su mirada clavada en la espalda. Cuando vengas, igual lo puedes pillar, o a lo mejor juntos tenemos suerte. Debe haber sufrido mucho, por eso no se fía de la gente».

Eso era solo un extracto de todo lo que Francisco contaba de su amigo felino. Pero Carmen no había visto gato alguno tras varios días en la casa, ni rastro en el jardín.

Aunque, cierto era, durante el día tuvo la sensación extraña de sentirse observada, tal como describía el abuelo.

«Se lo preguntaré a María Fernández», pensó Carmen.

*****

Despertó antes del alba. Por las rendijas de la persiana se colaba la luz tímida y se oía el alboroto de los gorriones y el cacareo de los gallos en los corrales vecinos.

Un típico amanecer de pueblo.

Carmen abrió la ventana de par en par y escuchó los sonidos tan lejanos a su vida en Madrid.

Recordó su infancia, cómo hacía nidos de pájaros con el abuelo, y que debía ir a ver a la vecina para preguntar por el gato

¿Qué gato dices? se sorprendió María Fernández.

No lo sé, una carta del abuelo solo habla de Negrito y de leche. Pero no me mencionó nunca nada antes.

Pues mira, ahora que lo dices, hace cosa de un mes, tu abuelo empezó a hablar con un gato. Yo pasaba por el lado y le oía hablar, intentado convencerle de que se acercara. Pero yo, mirando desde la verja, no veía nada. Al día siguiente igual, y así cada día. Le contaba cosas de su vida, de su mujer, de tu padre. Y siempre le llamaba Negrito. Pero te juro, Carmen, que ni yo ni nadie lo vimos nunca. Y mira que voy a menudo a llevarle leche, pastas o para charlar. Le preguntaba y se reía: Cuando lo cace te lo enseño, decía. Yo creo que tu abuelo, pobre, perdió la cabeza un poco. Porque si hubiera habido gato, lo habríamos visto, ¿no crees?

Supongo Pero dudo que el abuelo estuviera loco. Puede que el gato se esconda bien, o quizá nos falta una pieza. ¿No ha desaparecido ningún otro gato?

Nada, ni uno, y gato negro no hay ninguno en esta aldea.

Carmen volvió al jardín y se dedicó a organizarlo, mientras su cabeza giraba sin parar alrededor del gato invisible.

«Muy raro todo. Si existía, ¿dónde se ha metido?»

Sin saberlo, en ese mismo instante, el gato negro la observaba desde su escondite. Había sentido afinidad por la joven desde que la vio y pensaba que tenía algo familiar Quizás por compartir la bondad del abuelo.

Aunque le costaba confiar. Había sufrido de pequeño la crueldad de los humanos y, tras varios palos, se acostumbró a esconderse.

Así fue como acabó en el huerto de Francisco, que le inspiró confianza, con voz amable y manos lentas.

El gato, al que el abuelo bautizó como Negrito, escuchaba todas las historias que le contaba sentado bajo el manzano o haciendo cosas del campo. A él también le daba pena ese hombre mayor, aunque nunca se atrevió a dejarse coger.

Y cuando Francisco faltó, el instinto le avisó casi al instante Vagó toda la noche hasta la puerta, maullando apenas perceptible. Pero el abuelo ya no volvería a salir.

Ahora, observaba a Carmen con la mezcla de cautela y curiosidad con que miran los animales a quienes todavía no deciden si son amigos o enemigos.

Solo cuando se cumplieron los nueve días de luto, Carmen, sin esperarlo, divisó al fin algo negro en el jardín. Los humanos se habían ido, y el gato se descuidó durante un instante, suficiente para que ella le pillara la mirada.

¡Así que eres tú, Negrito! ¡Tenías razón, abuelo! ¡Acércate, que quiero conocerte!

Pero en cuanto dio un paso, el gato huyó y no volvió a mostrarse.

No tengas miedo, Negrito, no muerdo. Mañana me tengo que ir, y me gustaría que te acercaras.

María Fernández, que venía con una bolsa de empanadillas para Carmen, oyó la conversación desde la tapia. Miró por encima pero solo vio a Carmen; el gato siguió invisible.

«Vaya, primero el abuelo, ahora la nieta hablando sola con un gato invisible ¿Será contagioso lo de perder la cabeza?», pensó temblorosa mientras regresaba a su casa.

Por la tarde, unas nubes negras armaron un silencio extraño, interrumpido solo por el nervioso cacareo de las gallinas y el rumor lejano del trueno.

¡Se avecina tormenta! murmuró Carmen mirando al cielo.

No se equivocaba: en minutos un viento áspero y un chaparrón caerían sobre la aldea. Justo al pensar esto, sintió las primeras gotas en la cabeza.

Llamó varias veces al gato para refugiarse, pero él no apareció.

Negrito, mientras, se arrimaba al suelo de su guarida, temblando de miedo. La tormenta le asustaba aún más que las personas.

*****

La lluvia tamborileó incesante en el tejado, a intervalos fuertes y suaves. Se hizo de noche y Carmen, revolviéndose en la cama, tardó en dormirse.

De repente, un trueno la arrancó de golpe de su letargo. Jamás había oído un estruendo semejante, acompañado de relámpagos que iluminaban la estancia.

Y entonces, entre cortinas agitadas, vio una pareja de ojos ardiendo en la repisa de la ventana.

¡Virgen del Carmen! gritó, encogida en la cama.

Segundos después, una sombra negra y empapada cruzó la habitación, se metió en el armario, volvió a salir y se ocultó bajo la cama.

«¡Negrito!», adivinó.

Tuvo que armarse de paciencia para hacerle salir, pero lo logró. Secó con esmero al gato y lo invitó a acostarse con ella. Y mientras los truenos y relámpagos rugían fuera, ambos se dieron calor mutuamente, y así el miedo se fue deshaciendo entre las mantas.

*****

Carmen despertó con la claridad y el sonido incansable de los pájaros. Observó al gato en el alféizar, intentando abrir la ventana.

¿A dónde vas, amigo? le preguntó sonriendo.

El gato la miró, como pidiendo disculpas por haberse mostrado tan vulnerable la noche anterior.

¡Miau! maulló, arañando.

Te doy desayuno y luego decides: quedarte aquí o venirte conmigo a Madrid. Seguro que el abuelo querría que te llevase, y yo también. Pero tú eliges.

Tras darle de comer, lo dejó salir, y empezó a hacer el equipaje.

Ya en el porche, listo para regresar, encontró al gato esperándola, restregándose en sus piernas. Eligió irse con ella, porque con Carmen, el mundo era menos aterrador, y estaba listo, por fin, para dejar de esconderse.

Sabía que lo harías sonrió Carmen.

María Fernández se quedó boquiabierta al verla llegar con el gato en brazos.

¿Es él? ¿El mismo?

El mismo. Así que no digas más que mi abuelo estaba loco. Simplemente era un gato muy tímido, asustado; pero de locos, nada. Ahora estará bien.

Menos mal Yo cuidaré de la casa mientras tú no vengas, no te preocupes. ¿Volverás?

Por supuesto. Ahora, además, seremos dos.

Eso está bien. Toma, te he preparado empanadillas para el viaje. Que tengáis buen camino.

Gracias por todo, María.

Ya subida en el autobús, Carmen miró el cielo, y por un instante le pareció que una nube tenía el perfil amable de su abuelo.

Incluso Negrito, acurrucado en el regazo, se pegó al cristal como si también lo viera.

Aquel rostro sonriente y familiar les guiñó un ojo antes de desvanecerse entre las nubes. Y aunque quizá solo fuera un espejismo, eso ya no importaba.

Lo único importante es que Carmen sabía que su abuelo no se había ido del todo. Seguía vivo en su memoria y en su corazón y allí, en algún lugar, seguro sonreía porque su nieta y su inusual amigo, finalmente, habían aprendido a no temer ni la soledad ni la tormenta.

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