El novio perfecto

Diario de Inés

Miércoles, 15 de mayo

¡Inesita! insistía mi madre. Rodrigo es un hombre muy respetado y, lo que no es poco, está más que asentado en la vida. Y, lo más importante, no tiene problemas de dinero, hija. Así que te asegura tu pisito de tres habitaciones en la calle Serrano, tu coche reluciente, y abrigos te van a sobrar. De visón, ¡imagínate! Tendrás el armario lleno. Es el candidato perfecto. Mejor que él no vas a encontrar. Y por más que lo pienso, hija, no entiendo por qué no aceptas su propuesta.

La verdad yo tampoco lo sé. Cuando Rodrigo, después de casi seis meses de invitarme a comer y llevarme flores, se declaró, me quedé en blanco. Supongo que me había acostumbrado a que los hombres de mi alrededor nunca llevaban nada a término, pura fachada y promesas como palacios construidos en el aire.

No voy de creída, pero de pequeña ya decían en el barrio de Salamanca que era la típica chica de todo en su sitio: ojos bonitos, pelo brillante, y ese toque de picardía que atraía miradas como la miel a las abejas. Los hombres me miraban por la calle, en los cafés de la Gran Vía, con esa intensidad tan madrileña, entre admiración y deseo.

Desde el colegio hasta la universidad, siempre fui el centro de atención masculina, y no dejó de ser así cuando entré a trabajar hace unos meses en una asesoría de la Castellana. Allí descubrí que todos los compañeros, sin excepción, me miraban como si no hubiesen visto a una mujer en años.

Lo lógico sería pensar que con tanto pretendiente resulta imposible estar sola. Entre invitaciones a cenar en El Paraguas, sesiones de cine en los Renoir o escapadas de fin de semana a la playa de Cádiz, opciones no faltaban.

Pero la diosa, como murmuraban a mis espaldas, cumplió treinta sin casarse todavía. A mi madre eso le traía de cabeza.

Inés, cariño se lamentaba mi madre, Carmen Álvarez, ¿hasta cuándo vas a hacerte la remolona? La belleza no dura toda la vida, hija. Como los yogures, tiene fecha de caducidad, así que o espabilas, o te ves cogiendo el último tren. Tienes treinta años ya, y ni marido ni hijos. Eso es un disparate.

Y yo le daba la razón, en el fondo. Pero ¿qué iba a hacer? Los hombres de mi vida nunca daban el paso. Les podía su libertad, o resulta que estaban casados en secreto. Otros sólo querían sumar una conquista más a sus listas interminables de amoríos.

Me admiraban, sí, pero todos buscaban lo mismo: relaciones ligeras como una noche de primavera en el Retiro, sin compromiso ni ataduras. Paseos para lucirse, cenas para presumir, viajes express al sur; eso, sin problemas. Pero cuando hablábamos de sentar cabeza, los caballeros desaparecían como por arte de magia.

Así que me planté. A uno que me propuso vernos una vez por semana, le contesté que prefería apuntarme al gimnasio, que eso al menos me rendiría más.

Y entonces apareció Rodrigo Ortega Molina, mi jefe en la oficina. Cuarenta y tantos y diciendo treinta y cinco, panza de quien ya no se priva del cocido, y ese aire distinguido de empresario madrileño siempre con americana y corbata sin apretar. Parecía el partido ideal: firmemente decidido a conquistarme.

Me sacaba a comer en el La Vaca y la Huerta de la esquina, me traía flores cada día y regalaba bombones que ni en las confiterías de San Ginés. Y, de repente, empezó a mandarme primas por buen desempeño, aunque yo hacía lo mismo que todos.

Inesita, ¿me invitas un día a tu casa? preguntaba él con ese tono meloso.

Y yo, medio riéndome, respondía que vivía con mi madre y si no le importaba, podía venir el viernes.

Pensé que con lo de mi madre perdería el interés como la mayoría. Pero Rodrigo, tozudo como él solo, no sólo no reculó sino que vino puntual, con una tarta de La Mallorquina en una mano y un ramo de rosas rojas en la otra. Y besó a mi madre la mano y le soltó un piropo que la dejó muda. ¡Madre del amor hermoso!, pensé yo, mirándole de reojo.

Desde entonces, Rodrigo venía a casa como Pedro por su casa. Incluso se atrevió a pedirme matrimonio, delante de mi madre, que estaba encantada y ya hacía planes en voz alta.

Yo, sin embargo, sentía que algo no encajaba. Vale, tenía a mi partido ideal: generoso, detallista, dispuesto a compartir todo Pero no me temblaba el pulso con él, no sentía mariposas. Vamos, que no estaba enamorada.

Inesita, que Rodrigo es el hombre que cualquier mujer querría. ¡Te cuida, te protege, te da estabilidad! insistía mi madre una y otra vez. Y su dinero tampoco molesta, claro ¡Anda, di que sí y deja de marear la perdiz!

Pero a mí me costaba asumirlo: ¿tenía sentido formar una familia sin amor? A veces, cuando mi madre recordaba a mi padre que le sacaba doce años me lo vendía como ejemplo de felicidad con diferencia de edad y todo.

Rodrigo también presionaba, y al final dije sí, resignada, por no ir contracorriente.

En pocos días, mi mano lucía un anillo de diamantes que costaba más que el coche de mi tía, y todo estaba listo para la boda: vestido reservado, menú cerrado en un salón para cien invitados y mi madre organizando hasta los centros de mesa.

Pero yo no sentía nada de ilusión. Ni sonrisas tontas, ni nervios bonitos. Sola con mis pensamientos, sólo me preguntaba si estaba cometiendo un error.

Piensa, Inés, piénsalo bien me decía mi amiga Pilar. No todos los días una se casa con un hombre seguro y cómodo. Dejémonos de cuentos de amor verdadero y príncipes azules; eso ya no existe. ¿Cuántas pueden permitirse un piso propio en Madrid y vacaciones en Punta Cana? Hazte un favor.

Y mi madre, venga a reforzar el mismo argumento: Rodrigo es lo mejor que veré en la vida.

*****

Y llegó el gran día. En el flamante coche nupcial, de camino al Registro Civil, yo sólo pensaba en el rostro de Rodrigo. Me repetía eso de que del rostro no se come, intentando ver su interior, como decía mi madre. Pero por mucho que buscaba, no encontraba nada. Todo su mundo me era ajeno.

Además, en los últimos días, Rodrigo se había puesto celoso y posesivo. En cada evento, le gustaba dejar claro que yo era suya. Todo me rechinaba por dentro.

Señor conductor, ¿podría ir un poco más rápido que llegamos tarde? le dijo Rodrigo al chófer.

Yo, en cambio, deseaba que el trayecto durara para siempre.

Y el destino, que tiene estas cosas, decidió intervenir: el coche frenó en seco y Rodrigo cayó al suelo de rodillas. Yo, por instinto, me sujeté fuerte al asiento.

¿Pero qué pasa? chillaba Rodrigo.

Lo siento, don Rodrigo, hay un gatito en la carretera. Parece desorientado.

¡Pues sigue adelante! Si se cruza es su culpa.

Rodrigo, por favor ¡Es un animalito!

Inés, lo importante es la boda. No un gato callejero.

Al ver por la ventanilla los ojitos asustados del gatito, lo comprendí todo. Cuando el conductor se preparaba para reanudar la marcha, yo, sin pensarlo, abrí la puerta, salí a la carrera, abriéndome paso entre coches y tacones.

¡Inés, vuelve, estás loca! gritaba Rodrigo.

Pero yo ya no le oía. Desatendí su mano cuando intentó pararme. Entre coches conseguí coger al gatito gris y lo abracé fuerte.

Rodrigo, al llegar a mi lado, exclamó:

Mira tu vestido, hecho una pena. ¿Qué pensarán los invitados cuando te vean así? ¿Merece la pena?

Si, Rodrigo, merece la pena salvar una vida. Si a ti no te importa, allá tú. Pero yo al menos tengo corazón.

Él sólo respondió con una mueca de sorna, lamentando el dinero perdido en el vestido.

El anillo terminó rodando por el asfalto; nunca había sentido un acto tan liberador.

Mientras Rodrigo y el chófer buscaban el anillo, yo salí del atasco con el gato en brazos. El móvil en el bolso vibraba: seguro que mi madre y Rodrigo querían saber qué demonios hacía, pero no contesté.

No estaba dispuesta a dejarme manejar nunca más.

En medio de mi huida con el gatito, un coche se detuvo a mi lado. El conductor, un hombre de sonrisa cálida, me dijo:

Sube, si no quieres que te alcancen.

Y, sin pensarlo, subí. Se llamaba Javier y pronto me contó que vivía solo, tenía terraza y muchas plantas. Si quieres, el gatito puede quedarse conmigo hasta que soluciones lo de tu madre, me propuso.

La confianza que sentí fue inmediata. El gatito se quedó una temporada con Javier y yo, cada tarde, iba a visitarles. Le llevaba comida, arena y juguetes, hasta que casi sin darnos cuenta, éramos una pequeña familia.

Cuando ya llevaba más de un mes buscando piso y la convivencia en casa de mi madre se volvió imposible sigue sin perdonarme, Javier me propuso irme a vivir con él.

Esta vez no lo dudé. Ni los ruegos, ni los mensajes de Rodrigo, ni los enfados de mi madre lograron que cambiara de idea.

Fui valiente por primera vez en mi vida, quizás porque aquel gatito asustado me lo recordó.

A los seis meses, Javier me pidió que nos casáramos. No fue una boda de revista del ¡Hola!, solo los amigos más cercanos y, por supuesto, el gato, al que llamamos Peluso.

Mi madre no vino, ni me llamó. Es su decisión.

Ahora solo sé que con Javier y Peluso he encontrado algo sencillo y real. Ya no busco príncipes ni sueños de niña. Ahora quiero vivir la verdad pequeña, sincera, normal. Y cuando Peluso se pone a ronronear cerca de nosotros por el piso, siento que todo está en su sitio.

A veces así es Madrid: una gran ciudad, millones de historias, pero solo una suerte de encontrar quien te acaricie el alma.

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