La muñeca rota

Muñeca rota

¡Marina, ha sido un auténtico encanto! Leonor es un milagro. ¡Y esa voz! En mi vida he oído nada más sublime. Y mira que sabes que suelo ir al Teatro Real, que en estas cosas tengo ojo casi de experta. ¡Tiene que cantar allí! ¡Allí! ¡Sin duda alguna!

Belén, gracias por pensar así sobre el talento de mi hija. Leonor lleva tanto tiempo persiguiendo esto Cuánto sacrificio, cuánto esfuerzo y al fin, Carmen.

¡Qué maravilla! Ahora que Leonor ha alcanzado tanto, ¿no crees que es momento de pensar en el futuro? Es un ruiseñor, cierto, pero no se puede pasar la vida yendo de rama en rama ¿Y el nido? ¿Y los polluelos?

No lo sé, Belén. Aún es joven, y lo de hoy es solo el primer paso en su carrera.

¡Ay, Marina! Teo está más que listo para casarse, y no sé cuánto más aguantará. Adora a Leonor. No sobrevive ni un día sin verla. Y parece que nos empeñamos en impedir su felicidad Belén Bores sacó un pañuelo de encaje del bolso y se secó las lágrimas . ¿Quiénes somos, Marina, para ponerles trabas?

María impartió un silencio. Sabía que de Belén no se deshacía una así como así, pero no deseaba continuar esa conversación. Ya la había tenido demasiadas veces.

Belén, amiga suya de la infancia, era tenaz como una liebre perseguida por galgos. Cuando quería algo, iba directa, arrasando con cualquier objeción. Y hay que admitirle mérito: María no recordaba un solo capricho, ni el más nimio, que se le hubiera resistido jamás.

Hasta su amistad empezó por el cumplimiento de un deseo. Y María aún recordaba aquella mezcla amarga de sorpresa y agravio vivísimo de aquellos días.

La muñeca, la bellísima Isabelita, como la había bautizado la pequeña Marina, se la había traído su padre de un congreso en Valencia. Rizitos de lino, ojos de un azul imposible, vestido exótico Marina la adoraba. Montaba con ella largas meriendas, le obligaba a mantener el protocolo que su madre la enseñaba.

Belén conoció la nueva muñeca una semana después de que entrase en la casa de su amiga. Y entonces, se desvaneció, pero no como otras veces, en un simple capricho. Isabelita se le resistió. Marina no pensaba cederla. Y Belén enfermó, pero de verdad: fiebre, llantos, delirio. Tan auténtica fue la pena que Marina misma acabó acercando la muñeca a casa de Belén. ¿Qué iba a hacer? Si la pobre muchacha sufría tanto

Apenas entregó la muñeca, Marina ya lo lamentó. Vio cómo a Belén se le secaban las lágrimas de golpe y cómo, por la pierna, arrastró a su vieja Catalina muñeca bizca y desmembrada y la arrojó al baúl de los juguetes:

¡Ahora vivirás aquí!

¿Por qué a Marina le impactó tanto esa escena? Ni ella misma hubiera sabido explicarlo. Sintió pena por la vieja Catalina, una compasión surgida de lo más hondo, y acabó suplicando a Belén que se la regalara. La otra ni pestañeó, ocupada con Isabelita. Catalina pasó a la estantería de Marina, con los brazos abiertos y los ojos saltones, ya sin pestañas.

Aquella muñeca se convirtió en un recordatorio de cómo hay quienes cambian de lealtad tan fácil como cambiar de abrigo. Marina sospechaba que las personas así no se limitaban solo a juguetes.

Pero Belén era la vecina de puerta, la única amiga. Nadie más de su edad vivía en la finca. Marina decidió que no era asunto para romper la amistad. Quien sabe, todo puede dar un vuelco Mejor ser cordiales.

La pequeña Marina llegó a ese piso de la calle Atocha tras la muerte del abuelo. Apenas lo recordaba, pero el nombre de Julián Pizarro se pronunciaba en la casa en susurros reverenciales. ¿Quién fue, a qué se dedicaba? Lo supo mucho después; son cosas de adultos.

Mucho más tarde, descubrió que su abuelo era agente de inteligencia. El hilo llegaba hasta ese día en que el padre de Marina, reputado cirujano madrileño, murió también de repente, quedando ella y su madre solas.

Ahora nos valemos solas, Marianita. No sé cómo, pero habrá que hacerlo

¿Por qué?

Siempre seguí a tu padre. Y antes que él, a tu abuelo. Él decidía todo: viajes, compras, vestuario Tras él, tu padre.

¡Mamá! ¡Eso no puede ser! ¿Por qué lo aguantaste?

Qué remedio, hija. Y tampoco está mal que los hombres asuman responsabilidades. Yo entré en casa de los Pizarro sin más que lo puesto. De lavapiés, hija, nacida de madre soltera. En ese entonces era un escándalo Esto parecerá extraño, pero fui casi agradecida de que me dejaran marchar.

Mamá

El orfanato fue el único hogar que conocí. Me trataron bien; duro, pero con cariño. Nos enseñaban a estar preparados para el mundo. El verdadero amor es el miedo por el hijo, ese instinto de protegerlo. Si no temes por su dolor, no hay amor.

¿Tú temías por mí?

Mucho, hija. Y tu padre no lo entendía bien; él era de otra escuela.

¿Y cómo era esa escuela?

La de hacerte fuerte, decidir por ti misma. No era raro en su familia: tu abuelo perdió a su madre con siete años, y tu padre, con seis. Criados por sus abuelas. Ambas historias, tan calcomanías Algo del destino había ahí.

Ambos estudiaron en la Academia Militar, pero tu padre la dejó para ser médico. El abuelo no protestó; “Si lo dice un hombre, que lo haga”, decía, aunque fuese solo un chaval.

Y papá fue médico

Un médico excelente; tú lo sabes.

¿Dónde os conocisteis?

Por casualidad, en Gran Vía. Rompí un tacón y lloraba por los rincones; eran mis únicos zapatos presentables, y no, ni siquiera eran míos.

¿Cómo?

Éramos seis en un cuarto en la residencia. Tres pares de zapatos decentes. Todo comprado a fuerza de ahorrar entre varias. Si el pie era grande, mejor, porque uno pequeño no entra. Se llenaban con algodón, todo fuera por ir elegante. Y perder un par era una tragedia. Por eso tu padre me salvó el día que llevó mi zapato al zapatero, convenció al hombre de que arreglase el tacón y me acompañó a casa.

¿Y por qué debería temer él?

Ay, Marina en Lavapiés no aceptaban forasteros. A veces había bronca. Pero tu padre enseguida cayó bien. Bastaron unos minutos de charla y ya parecían amigos de toda la vida. Tenía ese don.

¿Y el abuelo? ¿Te aceptó?

No de inmediato. Observaba, en silencio, pero no me rechazó. Solo dijo: “Tu elección”, cuando tu padre me llevó a casa y me cogió de la mano. Me llamaba por mi nombre y de usted. Eso cambió cuando tú naciste. Fue entonces cuando para él fui Olguita.

Vivía en la casa, pero cuando nació la niña mi mundo dio vueltas. No tenía idea de bebés. En el hospital algo me enseñaron, pero, con todas las recomendaciones en los libros, me sentía inútil. El abuelo no soportaba criadas, y ellos se arreglaban de sobra en las tareas del hogar, si el tiempo alcanzaba. Yo también servía para las faenas, aunque nada sabía de bebés, por eso me costó tanto. No tenía leche, tú no parabas de llorar. Estaba agotada. Tu padre tampoco podía con el hospital.

Hasta que el abuelo ayudó. Un día, después de una mala noche, me quitó la niña y dijo: “Vete a dormir, muchacha. Yo me encargo”. Dormí en el sillón hasta el amanecer. Cuando desperté, casi no podía recordar dónde estaba la niña de lo dormida que estaba. El abuelo la tenía como una profesional, bañadita, envuelta Me sentí fatal. Pero él, sabio y bueno, me hizo sentir parte de la familia. Me llamó hija y aquello para mí fue un milagro.

Sobre todo porque adoraba a su nieta. Siempre creí que esperaba un nieto, pero no, él estaba encantado con una niña. Y tú sabes que esa foto de tu abuelo atándote un lacito lo dice todo. El abuelo era un hombre de otros tiempos, un oficial íntegro, de honor y patria, y en aquellos días, ese mundo suyo empezó a desaparecer. No creo que quisiera luchar contra lo ineludible

¿Por qué?

Al final de su vida, de tanto dolor, me pedía perdón todo el tiempo. Decía que nos dejaba solas. Aunque hizo todo para asegurarse de que sobreviviéramos. Me impulsó a estudiar, aunque yo solo quería ser madre otra vez. Me obligó, y se lo agradezco. Ahora da miedo, porque solo me tienes a mí, pero saldremos adelante, hija. Lo aprendí de él. Hay trabajo, piso y la vivienda de tu abuelo ahora vacía para cuando tú te cases. No pude alquilarla; me duele pensar en otra gente tocando sus cosas. Lo manejaremos solas, mientras pueda.

Marina agradecía ese empeño materno. Solía ir a casa del abuelo, ordenaba libros, limpiaba, leía sus notas, sentía que la escuchaba.

Olimpia Prados, la madre, reflexionó un tiempo y buscó otro empleo con ayuda de un viejo amigo del suegro. Su nueva plaza en la sanidad pública en Madrid, pequeña pensión de la orfandad y trabajo, bastaron un tiempo. Marina iba creciendo y la madre cada vez pensaba más en su futuro.

Olimpia falleció cuando Leonor tenía solo diez años. Marina no permitió que el duelo la arrastrase. La niña la necesitaba demasiado.

Belén se quedó como amiga de la familia, aunque con mudanza a una urbanización donde su esposo tenía taller de arte. Su hijo Teo, también artista. Por eso, Belén insistía: Leonor debía casarse “dentro del círculo”.

¡La gente con talento debe unirse siempre! ¿Para qué rebajarse? A mí me importan nietos sanos, listos. ¿Estás de acuerdo, Marina?

María callaba. Nunca le habló de su propia historia. Mejor escuchar que contar la vida.

No le hacía gracia Teo como yerno para Leonor. No, y no iba a discutirlo con Belén. ¿Para qué perder una amistad? La otra nunca lo entendería.

Leonor, por su parte, era como una rana tenaz, se empeñaba en nadar, salir a flote, aprender a base de obstáculos, como su madre y abuela. Su padre, rubio risueño, murió tras nacer ella; ese hombre solo vivía en relatos y fotos. La frase que marcó su niñez fue: “Tu padre estaría orgulloso”.

Y la certeza de que su madre la apoyaría en todo la hizo exigente consigo misma; debía escoger bien el camino, sabiendo que ella caminaría junto a Marina, la mujer que nunca la abandonaría.

Lo que no previó Leonor fue enamorarse de Teo, ese amigo de toda la vida.

¿Y cómo? No supo. Un día, de repente, quiso verlo más.

Teo era ligero, alegre, contagioso, todo lo que a Leonor le faltaba. Le regalaba planes locos y viajes. Aunque ella no sabía esquiar, a él le daba igual; la equipaba y decía:

¿No puedes? ¡Lo harás todo!

A ella le importaba mucho ese empuje. Había tenido mucho elogio materno y de abuela, pero aún así, nunca era suficiente.

La primera visita a Sierra Nevada fue divertida. Buena cuadrilla, Teo la hacía centro de atención.

Eso sí, el esquí no le gustó ni gota. Se sentía torpe y con miedo. Teo no la entendió, bromeaba, y acabó disgustado al saber que no quería probar más.

¿Para qué viniste?

Porque tú estabas aquí Leonor se contuvo de llorar.

Vale, entonces, bien.

Al final del viaje, Teo le pidió matrimonio rodeado de amigos brindando con cava. Leonor dijo sí, pero lloró después contemplando el anillo. Era caro, bonito. Belén no escatimaba.

Ella organizó la boda y todo. Solo les tocó a Leonor y Mariana elegir vestido y limpiar la antigua casa del abuelo, donde vivirían.

Las preguntas llegaron tras un año casados. Leonor cantaba, Teo pintaba, pero a Belén aquello no le servía.

¡Leonor tiene que darme nietos ya! ¿A qué esperar, si aún podemos ayudar? Ellos que creen, pero que no lo dejen todo para mañana.

María no sabía qué responder. Sabía que Leonor deseaba ser madre, pero el problema ni era de Leonor ni de salud. Era Teo que se oponía rotundamente.

No le digas nada a mi madre. ¡No hace falta que sufra! Se ha obsesionado con niños ¡Sólo de pensarlo, me superan esos diablillos rompiéndome el taller, trabajando sin parar! ¡No es para eso para lo que vine a este mundo! ¡Quiero vivir, no desperdiciar mi tiempo en tonterías!

Golpe duro para Leonor. Intentó convencerlo, pero fue en vano.

Quiero lograr algo en la vida, Leonor. Quiero ser grande, y tú deberías comprenderlo mejor que nadie. Para nosotros, el arte lo es todo. Mi madre acertó al elegirte, ¿no es lista?

Sobre la inteligencia de Belén, Leonor ni replicó; hace tiempo que evitaba encontrarse con la suegra, sabía que nada bueno obtenía.

Leonor, no lo entiendo. Teo quiere ser padre, tú solo piensas en arias. ¿Es que no tienes nada de mujer? ¡No se puede vivir así!

Leonor no respondía. No iba a obligar a su marido a confesar la verdad a su madre, ni a justificarse delante de nadie.

¡Marina, haz que tu hija se revise! ¿Cuánto hay que esperar?

Y entonces lo imposible: un viaje más trajo su ruina. Teo andaba irritable, incómodo. Cuando Leonor confesó su miedo a esquiar, él estalló:

¿Para qué necesitas monitor? ¡Te enseño yo! Eres una cobarde.

¿Por qué no se negó? ¿Pensó que la paz era mejor que una buena pelea?

Despertó en un hospital, con María de vuelta a su lado, habiendo logrado entrar en la UCI como por arte de magia.

Mamá

No hables, Leonor, por favor. Todo irá bien. Estoy aquí.

¿Y Teo?

María apartó la vista, incapaz de decirle que Teo había regresado a Madrid con un simple ¿qué esperan de mí?, yo no soy médico, tengo una exposición pendiente, esto es mala suerte.

Leonor lo supo mucho más tarde, ya retirada en la clínica donde Marina trabajaba, decidida a sanarla a toda costa.

El pronóstico era terrible. Marina no lo aceptaba. Antes de salir de casa, miraba las fotos del abuelo y sus padres y susurraba:

¡No me rendiré jamás! ¡No es lo que me enseñasteis! Es lo único que me queda, y la cuidaré siempre.

Teo tampoco cedió:

Por favor, piensa, la quieres, ¿no?

La quise, sí. Pero no puedo volver. Pasaré la vida culpable, ella nunca me perdonará. Solo tengo una vida y no quiero gastarla así.

Marina dejó de pelear por mantener el matrimonio de su hija. Centró toda su energía en devolverle a Leonor la salud.

Fueron meses de dolor y esfuerzo, pero Leonor sorprendió a los médicos: primero se puso en pie, luego caminó. Cada paso, mirando a su madre: ¡Eso es, mi niña! ¡Papá estaría orgulloso!

Pero la voz se apagó. Sin saber por qué: operaciones, frío, las horas de pavor, o los gritos en la nieve solitaria. Quizás fue eso lo que atrajo al monitor al caer la noche y la salvó. Que el marido ni la echara en falta, Leonor lo comprendió en el hospital. Cuando Marina intentó darle explicaciones, solo le cubrió las manos con las suyas y susurró: Mamá, ya lo sé. Me han tirado. Nadie quiere una muñeca rota Ya no soy Catalina

¡No serás Catalina! ¡No lo permitiré! gritó Marina, tan fuerte que entró corriendo la enfermera de guardia. Perdone no era mi intención.

No pasa nada. ¿Necesitas algo, Leonor?

No, gracias. Todo va bien ¿Verdad, mamá?

Ni lo dudes.

Poco después, en el Retiro, una joven atractiva, cojeando apenas, parará su carrito junto a una vereda, sostendrá la mano de un niño pequeño:

¡A por todas, campeón! El mundo te espera, no corras mucho que mamá no te sigue. ¡Dame la mano!

El pequeño camina formal a su lado. Y pronto, lanzará los brazos abiertos al ver llegar a la abuela:

¡Mis tesoros! ¡Cuánto os he echado de menos!

Leonor abrazará a su madre:

¿Qué tal el viaje? ¿Descansaste?

Mucho. No te imaginas a quién vi.

¿A quién?

A Belén

¿Y cómo está?

Sufriendo. Nada le sale. Teo sin rumbo, ella sintiéndose vieja, sin esperanzas de nietos.

¿Y tú?

Nada, Leonor. Le dejé en paz, no le conté que te casaste ni que pronto tendré otro nieto. Me da pena.

A mí también Cuánta gente extraña hay, mamá, ¿verdad?

Cada uno su historia, hija. Pero, ¿hablamos de cosas alegres? ¿Quién es este guapo? ¿Me enseñas el diente nuevo? ¡Vaya! ¿Seguro que tiene los justos? ¿No son demasiados?

¡Ay, mamá! ¡Qué exagerada! Está en lo normal

Leonor tomará la mano de su madre, la apoyará en su vientre y sonreirá:

¿Te doy una noticia?

¿Buena?

¡De las mejores! ¡Que vas a ser abuela doble! ¿Qué te parece?

¡Madre mía!

¿No te alegras?

Hija, perdona, ha sido la sorpresa ¡Estoy muy feliz! No sé si puede alguien tener demasiada felicidad

No lo sé. Solo sé que la merecemos. Sobre todo tú, mamá.

¿Sí?

Sí. Y yo no soy Catalina

Claro que no. Te lo prometíY mientras el niño reía atrapando burbujas de aire en la luz de la tarde, Marina pensó en la vieja Catalina, vigilando todavía, en alto, en alguna estantería olvidada, y sonrió comprendiendo, al fin, que las muñecas rotas también enseñan a amar. Sus ojos buscaron aquellos de su hija, ya sin sombra ni cristal. Igual que aprendió de su madre y su abuelo, y ellos de los suyos: de las pérdidas se teje el coraje, y de los huecos, la ternura.

Se sentaron juntas en el banco, el pequeño entre ambas, y la tarde pareció latir para ellas, llena de promesas humildes y risas pequeñas.

Mamá susurró Leonor, acomodándose el pelo mientras vigilaba a su hijo, ¿me cantarás algo?

La mujer carraspeó, buscando en la memoria la melodía que arrullaba sueños antiguos, y empezó a tararear suave, sin voz de soprano, pero con el amor intacto. Leonor cerró los ojos y apoyó la cabeza en su hombro.

Y así, entre canciones inventadas y caricias sinceras, comprendieron que ningún futuro escrito, ni el anhelo de otros, podía torcer el destino cuando se andaba rodeado de quienes nunca te abandonarían.

La tarde caía despacio sobre el Retiro, y en el aire flotaba la promesa de días nuevos. Allí, roto el miedo, Leonor, Marina y aquel hijo luminoso supieron que nunca más volverían a ser muñecas sin dueño. Por fin, había llegado el tiempo de reír, cantar y, sobre todo, vivir sin cuentas pendientes.

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