Peluso
¡Pili, que te has vuelto loca! ¡El Bedel te va a freír viva por esto!
Mari, ¿y qué hago con él? ¿Lo tiro? ¡Me da penilla! ¡Si está vivo!
Él estará vivito, pero de ti no pondría la mano en el fuego si se entera que lo dejas aquí.
Mari Carmen, que no exageres tanto, mujer. Si no es un tigre, es solo un gatito. ¿Le dejamos quedarse un poco, vale?
¿Por qué intentas convencerme? Mari reía, acariciando la diminuta cabecita del inquilino inesperado, ese minino pelirrojo que ni soñando esperaba encontrar en su habitación. ¿Te crees que yo no tengo corazón? ¿Dónde has pillado a este desgarbado? ¡Madre mía, qué escuálido! ¡Y parece enfermo, ni mantiene la cabeza derecha… Un tesoro, sí!
¡Te cuento! Pili le envolvía al cachorro con una bufanda kilométrica tejida por Mari. Salía de la guardia y pasé por el Retiro. Ahí estaba, tirado en el camino. No sé si salió de los arbustos o si lo plantaron ahí mismo. Tapado por la nieve que ni se veía. Si no fuera pelirrojo, ni lo encuentro. Lo recogí y estaba heladísimo. Pensé que ni respiraba, pero mira, seguía. Lo agarré y corrí todo el camino. Pili rió mientras calentaba leche en una taza de esmalte. Teresa la bedela me miró como si hubiese visto un fantasma. Ni cerró la boca.
Uff, prepárate para la visita. ¡Esa no te la perdona! ¿Te acuerdas cuando casi echa a Lidia solo por traer a una gata? Todo por “falta de orden” y que “aquí está prohibido tener animales”.
Maja, ¿tú no vas a delatarme? Pili preguntó con nervios al salir. Si viene cuando no estoy, escóndelo. Solo le caliento la leche y vuelvo enseguida.
Anda, tira ya Mari se llevó la bufanda con el minino del escritorio y volcó su labor de punto fuera de la cesta. ¡No he visto nada, no sé nada, no digo nada! entonó burlesca, cerrando la tapadera y guiñándole un ojo a Pili. Ve, tranquila.
En cuanto Pili se marchó, Mari se asomó a la cesta y negó con la cabeza:
Lo que me faltaba, suerte pelirroja… ¡Venga, que respires, chiquitín! Como te pase algo, Pili se va a tirar semanas llorando. ¿Y yo qué hago entonces?
El gato ni se inmutaba. Apenas respiraba, tumbado con los ojos cerrados, ignorando las frases de Mari.
La habitación caía en penumbras, y la muchacha ni ganas de encender la luz tenía. Le gustaba ese rato del atardecer. La tarde entera por delante, sin prisas. Nada que ver cuando tenía turno de tarde y solo quería meterse en la cama al llegar a casa. Ese día no, ese día era para leer, charlar con Pili, preguntarle cómo iban sus cosas con Miguel. Mari suspiró. Ella sí que tenía suerte; novio cariñoso, boda pactada… Mari, en cambio, no tenía “ni perro que le ladrase”. Total, ¿quién iba a querer a una chicarrona como ella? Pili era como una muñeca, mini mini, con trenzas hasta la cintura y ojos de sirenita. Preciosa. Y ella, Mari… pues una vascona. Como decía su abuela al verla poner orden de un plumazo entre tres hermanos. Aquellos gamberretes ahora ya mayores; el mayor acababa de casarse y ha encontrado una chica estupenda. Mari fue hace poco al pueblo, a la boda. Y ella, ella sola. Ni pretendientes a la vista. “Demasiado imponente” para los chicos de la ciudad, pensaba a veces. ¿Y dónde iba a encontrar un chicarrón que no se sintiera ridículo a su lado? Igual tenía razón la abuela llamándola para volver al pueblo… ¿Pero para qué? Si casi no quedan muchachos, y trabajo menos todavía. Solo el campo, y para eso no estudió. En la fábrica sí la valoraban. Incluso le habían dado vacaciones con viaje incluido. Mari sacudió la cabeza espantando melancolía. ¡Qué estrés le entró pensando en boda! Tiempo de sobra todavía, venga.
Pili volvió y empezó a buscar la jeringuilla para alimentar al pequeñín. El pobre no podía ni lamer la leche del platito, solo chocaba torpemente con su boquita. Al verla casi llorando, Mari dejó el libro y le quitó el gato:
Dame acá.
Llenó la jeringuilla, le abrió la boquita sin compasión y ordenó:
¡A ver si trabajas, que te han rescatado para algo, no para hacerte el remolón del hambre!
El minino tosía y resoplaba, pero se dispuso a comer.
Al pequeñajo lo llamaron Peluso. Teresa la bedela ni se olió nada durante casi un año, hasta que un día vio una centella pelirroja colarse por la ventana del primer piso.
¿Pero esto qué es?
Su grito puso el colegio mayor en pie.
¡Ay, Teresa, porfa! Si ni lo notabas… ¡Es buenísimo y hasta caza ratones!
¿¿Ratones?? Pero si aquí no hay ratones. ¡Esto es un ejemplo de residencia!
Ya. Mari, cruzada de brazos sobre el pecho, miró con un ojo medio cerrado a la bedela, y con el pie empujaba a Peluso a sus espaldas. Hasta los ratones aquí son de altos vuelos: gorditos y bien alimentados. Peluso me los deja cada mañana alineados junto a la cama. La próxima vez te los enseño. Lo mismo deberíamos invitar al director de la fábrica para presumir.
¡María, a ver si te piensas que esto es una gracia! Teresa rebajó el tono y encaró a Pili. ¿Fue cosa tuya? ¿Y cuando te cases, qué haces con él? ¿Te lo llevas?
Ni idea dijo Pili, cogiendo el gato. Me quiere, pero a quien adora es a Mari… Le va a costar dejarla sola.
¡Mírala, parece que hablas de un novio y no de un gato, hija! Teresa se rió por lo bajo. Pili, es un gato. Donde le den de comer, tan feliz.
No sabes tú… ¡Le pruebo de mil maneras y nada, siempre se va con Mari! le pasó el gato a su compañera y le echó el brazo a Teresa. ¿Podemos dejarle, entonces?
¡Vaya pilla eres! Teresa frunció el ceño y alzó el dedo. ¡Que ni se vea ni se oiga, capisci? Que si no, nos echan a todas.
Casaron a Pili por todo lo alto y Mari se quedó sola con Peluso. El tiempo se puso lento y triste. Teresa no se dio prisa en meterle una nueva compañera. Aquel edificio antiguo se iba quedando vacío: las chicas cruzaban los dedos por conseguir pronto un cuarto en la residencia nueva. La obra llevaba parando y arrancando años… Entre semana, Mari ayudaba a los obreros, paseaba por pasillos resonantes y soñaba cómo sería la vida allí. En una de esas incursiones, encontró o creía entonces que encontró a su destino.
Álex, como ella, venía de fuera. Se quedó con los padres “por ser el pequeño”. Cuando se quedó solo, emigró a Madrid. Sin piso ni planes, ni nada, pero mucho ánimo y muchas chicas alrededor, aunque él andaba buscando la dote y la casita, nada de amores sin más. Mari, claro, ni encajaba en su modelo. Pero no pudo evitar quedarse pasmado al verla pasar por el pasillo, tan altiva y guapísima.
Los torpes intentos de Álex hicieron gracia a Mari.
¡Válgame! ¡Qué hago yo con ese! ¡Si le doy en la cabeza, no le llego! se reía luego con Pili, que había ido de visita.
¡Mari! ¿Qué más da la altura? ¿Has visto qué buena pasta tiene?
Pues no sé… Mari bajaba la mirada, seria. No lo sé, Pili.
A veces miraba a su amiga, cómo se levantaba despacio y acariciaba la barriga, ya muy redonda, de Peluso estirado en la cama.
¿Mucho peso? Mari le sacaba el tarro de miel, regalo de los hermanos.
¡Que no! Solo es raro; parece que estoy en la estación esperando un tren especial, como si la mejor parte de mi vida estuviera a punto de empezar. Deseando que llegue ya. Pili tomaba la miel, besaba a la amiga y saludaba al minino. ¡Cuídamela, Peluso!
Tal vez era la barriga de Pili, o la soledad prolongada, pero Álex empezó a frecuentar la habitación. Peluso le cogió una tirria de campeonato. Cada vez que entraba, bufaba, se erizaba, se lanzaba al alféizar y acechaba, preparado para saltar. Mari le mandaba fuera, sabiendo que luego pasaría la noche dando vueltas sin dejarse tocar ni comer. No entendía nada.
¿Le dará celos? decía encogida de hombros ante Teresa, a quien Peluso visitaba esos días en que Álex pasaba por la habitación.
A saber. O intuye algo. Anda con ojo, Mari, que igual ese intenta jugar y largarse cuando te necesite. ¿Y entonces qué?
No te preocupes, Teresa, no creo que haga eso.
Ay, hija… pero Teresa no insistía más. Mira tú misma.
Y razón no les faltaba.
Al principio, Mari no le hizo caso a sus “malos días”. Que si el kéfir amargo, que si las setas bastante sospechosas de la cuñada… Pero llegó una semana tras otra y nada se arreglaba. Solo hambre y sueño perpetuos. Al encontrar a Pili paseando a su bebé en el parque, soltó la noticia sin darse cuenta.
¡Ay, Mari! ¿Cómo lo has hecho, hija? ¿Y Álex lo sabe?
Ella se quedó helada, las neuronas en confeti. De pronto, recordó a Teresa: “Ojo, muchacha…”. Y esa vocecita le devolvió la compostura. Encajó la pregunta, apretó el paso y corrió a casa. Tocaba contárselo a Álex. Se acabó la buena vida: había que pensar en el futuro.
Y parece ser que le tocaba pensarlo… sola.
Lo siento, Mari. No puede ser. ¿Y yo cómo sé si el niño es mío? Así no juego. Álex zanjó la conversación dándole una patada al gato, que se le había lanzado al tobillo. ¡Fuera!
Peluso, girando como una cabra, logró quedarse prendido de la pierna del chico, y el grito de Álex a Mari le hizo esbozar media sonrisa:
Suéltale, Peluso. Te vas a empachar de veneno. Mejor largo por su lado.
Mari se quedó en la silla, tiesa, mirando la puerta cerrada. El minino no paraba de rodearla, hasta que por fin saltó a su regazo, ronroneando como si pudiera curar el alma. Y así estuvieron un buen rato, hasta que ella por fin lo bajó.
Ya vale de penas, chico, que quiero un té bien caliente.
Al hijo le puso solo “Mari”. Plantó cara a la chica de la administración cuando llegó el momento de registrar al bebé:
No tiene padre. Nunca tuvo. Con madre le basta, ¿no?
Pili preparó ajuar para el crío y Teresa, por gestiones e insistencias, sacó una buena sillita de paseo. Pero la residencia nueva seguía sin acabar y el director solo decía:
Si pudiera, pero no está en mi mano. De momento, a apañarse así. Ya veremos.
En la habitación hacía frío; daba igual cuántas mantas o plásticos pusiera Mari: el niño tiritaba y ella no echaba ya al gato, que había asumido al bebé como responsabilidad propia. Peluso se colocaba junto al pequeño, que se calmaba en cuanto sentía el calor peludo cerca. Mari, observando ese amor tan felino y tan suyo, solo reía y premiaba al gato con lo poco que podía permitirse. Menos mal que los hermanos echaban una mano, porque el dinero no bastaba ni para pipas. De Álex, ni noticias: desapareció y mejor así. No por rencor, sino porque ningún bien le traería.
La familia de Mari cayó en tropel al recibirla recién salida del hospital.
¡Menudo mofletes! ¡Un chicarrón, como su madre! decían.
Mari se le llenaron los ojos de lágrimas (y eso sí era raro) al sentirse tan comprendida. Ni un reproche; al contrario, la mujer de su hermano mayor le susurró en la cocina:
Bien hecho en quedártelo. Ahora nunca estarás sola. Ya aparecerá un buen hombre, Mari. No todos son unas malas piezas. Y al chiquillo… ay, entre todos tiramos. No lo dudes.
Y sí que cumplieron. Cada dos semanas, hermanos de visita y canastos llenos. Mari los deshacía y se limpiaba las lágrimas, emocionada. Al final, ¿qué necesita una persona? Saber que tiene a los suyos, que hay quien la quiere de verdad, y que nunca va a faltar un hombro para su hijo. Eso es familia.
La guardería fue un martirio. Iván enfermaba un día sí y otro no, y Mari corría como un galgo del trabajo a casa. Si no llega a ser por Teresa y Pili, vuelve al pueblo. Pero tenía claro que vivir allí con la familia de su hermano tampoco le convencía. Mejor seguir el aguante.
Por las noches, sentada junto a la cuna ardiendo del pequeño Ivan, Mari pensaba en Álex, y en que no todo el mundo encuentra a alguien decente. Ahora al menos tenía claro lo que esperaba de la vida: nada de teatros ni palabras bonitas. Quería a alguien que le hiciera un té y la mandara dormir, diciendo “Tranquila, yo cuido al crío”. Que los llevase al parque el domingo, les comprara un globo, elogiase su sopa y acabara colgando esa estantería maldita que llevaba meses estorbando en la esquina. Que estuviera. Sin más.
Con eso le bastaba. Eso era una familia.
El sueño la vencía a ratos, con la cabeza caída sobre la mesa junto a la cuna, de cualquier manera.
Y una noche todo cambió, la vida dio un vuelco y hasta los puntos suspensivos encontraron su sitio en el relato complicado de Mari, que por fin tuvo pinta de venir con final feliz.
Iván llevaba tres días con fiebre. No bajaba, por más que Mari lo intentaba. La pediatra vecina de la puerta de al lado les hacía visitas diarias y solo podía decir:
Paciencia, todo lo que estás haciendo está bien. Hay que esperar. Tiene defensas el chaval.
Mari solo se despegaba del niño a ratos; él lloraba, se le dormía entre los brazos, volvía a quejarse, tirando de la oreja. Teresa trajo un cazo con caldo y, al ver al niño, besó la frente empapada:
¡Se está asando!
La fiebre no cede. Por mucho que lo intento.
Pues mejor, según dicen. Si sube, está peleando la enfermedad. Así lo dicen los médicos.
Ya, pero me parte el alma verle llorar. Tan pequeño, tan indefenso.
Esto pasará. Pero si te desquicias, solo tienes que empeorar la cosa. Comed y descansa un poco, hija. Que mañana será otro día.
Mari asintió, fue a preparar un paño, y Teresa se fue en silencio.
Peluso se metió en la cuna y distraía a Iván con el rabo, dándole al peque tiempo para relajarse. En cuanto se calmó, Mari decidió dejarlo dormir. Cogió la olla y salió a la cocina a calentar el caldo. Entonces oyó un ruido seco, algo roto… y el llanto de Iván. Soltando todo, corrió a la habitación. Al abrir, se quedó helada. Allí, lanzándose con furia, Peluso luchaba a muerte con una rata enorme. El gato giraba como un trueno naranja, pero ya venía malparado: una oreja destrozada, el costado sangrando. Mari le iba a dar con la banqueta, pero Peluso, en un saltito, se le enganchó al cuello al bicho y, cuando al fin lo soltó, ya había vencido.
Mi héroe, suelta ya, chico… Ya está, ya está.
El gato gimió como un crío, dejó la rata y se arrastró como pudo hacia la cuna, donde Iván berreaba aún. Y allí, Mari vio la pesadilla: otra rata, más pequeña pero igual de repugnante. Agarró al niño en volandas y, entre gritos, pidió ayuda por el pasillo.
Al cabo de una hora, con Iván envuelto en la manta más gruesa, Mari fue a casa de Teresa, que le dio las llaves de su piso y prometió cuidar al gato.
¡Esto es una vergüenza, ratas aquí! ¡Pero si justo ayer fumigamos! Teresa maldecía, frustrada por no poder evitar esos problemas en un edificio ya tan viejo.
Limpió bien la habitación de Mari, llevó a Peluso a su garita e intentó curarle las heridas.
¡Menudo héroe, Peluso! Por algo no te quise echar yo. Como tú, no hay dos.
El gato ni se movía, apenas respiraba. Ni comer quiso, y Teresa frunció el ceño preocupada. Al entregar su turno fue con la noticia a Mari:
¿Te quedas un rato con Iván? Mari, inquieta. ¿Dónde hay veterinarios por aquí?
En Doctor Esquerdo, cruzando la acera, encontrarás uno. ¡Corre!
Mari literalmente voló hasta la residencia. Peluso, tendido en la alfombra, no reaccionaba.
¡Aguanta, Peluso! ¡Ya llego, espera!
Pegó tal salto hasta la clínica que la ayudante apenas tuvo tiempo de reaccionar:
¡Necesito al mejor, pero YA!
La chica la mandó a sentarse en el pasillo. Mari no le perdía ojo al gato, casi contando sus respiraciones. Por fin, la puerta se abrió y, agachando la cabeza para entrar, apareció un titán de dos metros.
¿Aquí qué pasa? la voz grave paralizó a Mari, que tardó unos segundos en reaccionar.
Al ver su cara de apuro, él tomó al gato con un movimiento suave y lo exploró.
Madre mía, ¿quién le ha dado tal paliza?
Ratas.
No es callejero, está bien cuidado.
Es mío.
¿Y lo saca a la calle?
No, esto ha sido en mi cuarto.
¡Increíble!
¿Va a dejar de preguntar y va a ayudarle? ¡Está muy mal! ¡Salvó a mi niño! Haga algo, por favor…
No hace falta gritar. Soy Andrés, encantado. ¿Y tú?
María.
Muy bien. Me alegro de conocerte, pero no tolero los gritos. Mejor con calma.
Y el veterinario sonrió:
¡Vamos a salvar a este campeón! Tranquila.
Unos años después, el gran gato pelirrojo entrará en la habitación de los niños, hará su ronda y se meterá en la cuna junto a Iván, mientras la pequeña Lucía, sintiendo el cuerpo mullido y cálido, pondrá unos dedos en el pelaje. Peluso cantará su extraña nana y la niña dormirá profundo, ajena a que tras él entrarán sus padres. Mari tapará a Iván, recolocará el calcetín de Lucía y abrazará el hombro de su marido:
Menuda niñera, ¿eh Andrés?
Inmejorable. Andrés rascará tras esa oreja medio desfigurada. Y pensar que casi lo pierdes. Menudo oro de gato.
Ya lo creo. Si es que brilla de lo especial que es.
Peluso empujará la mano de Mari, se estirará a gusto al lado de Lucía y echará una pata por encima de ella. Mari apagará la lamparita y, de la mano de su marido, cerrará la puerta. Sus hijos jamás temieron la oscuridad; Peluso siempre estuvo ahí para vigilar. Y con él, todo era luz.






