¡Hola, Svetlana! Disculpe, por favor, soy su vecina del piso de abajo.

– ¡Hola, Sonsoles! Perdón, soy tu vecina de abajo.
– Ahora bajo el volumen de la música, respondió la chica con una bata ligera. Tenía una copa de vino en la mano.
– No es por la música, tranquila. Han llamado del trabajo de mi marido, necesita irse urgentemente.
– ¿Le pasa algo de salud?
– No me han dicho, sólo que vaya cuanto antes. Ir con mi madre me llevaría mucho tiempo. ¿Te importaría quedarte un rato con mi hijo? Tiene siete años y medio, podría quedarse solo, pero me da palo dejarle. Ya estoy bastante nerviosa…
– Claro, dame un minuto para cambiarme y bajo.
– Es muy tranquilo, suele estar con la tablet o preguntando cosas.

***
La chica, ya en camiseta blanca y vaqueros, estaba sentada en la mesa con una taza de té, hablando por el móvil:
– Esa Muñoz de contabilidad es tontísima, tía. Se le nota un montón cómo tontea con Don Pedro.
En eso entró el niño con una tablet. Se oían las voces de un debate eran Jaime y Adán de “Cazadores de Mitos”, que discutían sin parar. El niño llevaba una camiseta con la frase: ¡El futuro es de los robots!
– Perdonad, te llamo luego. Estoy hoy de buena samaritana terminó la chica la conversación. Hola, soy tía Sonsoles. ¿Quieres un té?
– No, gracias. Yo soy Pablo. Mi madre me habló de ti. Eres guapa… Aunque mi madre dice que las guapas siempre son infelices. Y mi padre le dice que, según eso, o ella es fea o su matrimonio salió fatal.
– Vaya, qué graciosillos tus padres. Y gracias por lo de guapa, pero lo de infeliz…
– ¿Dónde está tu marido?
– Pues… Se fue a por tabaco. Hace tres años ya.
– Ah, vale. ¡Que te ha dejado!
– Madre mía, ¿tenéis algo más fuerte que té en esta casa? Estas conversaciones me pueden
– Creo que hay vino en el frigo.
– Gracias, pero como soy invitada, mejor me quedo con el té.
– Tía Sonsoles, deberías buscarte otro marido.
– Pablo, te espero a que crezcas. Y si no, ya veremos dónde buscar…
– ¿Pero qué buscas? Vi un programa tienes que visualizar claro lo que quieres.
– Pues pásame el enlace. Yo solo quiero uno que sea rico, guapo y buena persona. Que me quiera, que me cuide, que me lo dé todo
– ¿Y tú qué le das a él?
– ¿Cómo que qué? Yo también voy a quererle, salir a un spa, cuidar de mí
– Ya, pero ¿a ese hombre de qué le sirve? Si es listo, quiere a una compañera, no a una especie de okupa
– ¿Dónde dices que estaba el vino? La chica abrió la nevera, tiró el té por el fregadero y se sirvió una copa de vino.
– Vi otro programa de esposas de millonarios, todas acaban alcohólicas, en mansiones bebiendo solas.
– Eso, querido Pablo, se llama soledad. ¿Quieres una copa? ¡Es broma!
– ¿Sabes con quién me voy a casar?
– ¡A ver, que ya dije yo que conmigo!
– Es en serio.
– ¿Con quién?
– Con Maruja. Vamos juntos a robótica. Es lista, lista. Más que yo. En una competición nos fallaron dos módulos Bluetooth. Los nuestros no se detectaban y yo ya estaba en pánico, el robot ni andaba. Ella fue quien me tranquilizó, los llevó fuera, a un parquecillo cercano, y allí, sin interferencias, enseguida conectaron. ¡Literal, equipo ganador! Volvimos y ganamos el premio. ¡Confío en ella, me encanta!
La chica se bebió la copa de un trago. Se sirvió otra.
– Vaya, Maruja me ha robado al futuro marido ideal. ¿Me estás diciendo que tengo que buscar novio en el curro?
– Los fuertes te encuentran solos. Buscar pareja no es como buscar tomates en el mercado.
– No pillo tu filosofía, pequeño psicólogo.
– ¡Sigue mi consejo: hazte tú rica, guapa y buena! ¿Me entiendes ahora?
– ¿Y para qué quiero a nadie, entonces? Si fuera así, me iría de viaje, practicaría inglés, me apuntaría a baile, a clases de cocina ¡Hasta aprendería a hacer tacos!
– ¿Y eso qué te lo impide ahora?
– Que no tengo quien me pague todo, claro.
– Entonces, eres como una cucaracha, una parásita.
– Oye, tampoco te pases. Solo quiero ser feliz, como cualquier mujer.
– ¡Menos pelis y más vivir! Te vas a pasar la vida buscando a un tonto que ni existe
– ¡Basta ya, listillo! ¡Vete a tu cuarto, a dormir!
El niño se fue. Sonsoles tenía lágrimas en los ojos, terminó el vino. Llamaron al móvil, pero colgó. Justo en ese momento la puerta se abrió y entró la pareja, algo contentillos y felices.
– Sonsoles, mil gracias por quedarte, canturreó la vecina.
– Nada, encantada. Bueno, me he bebido vuestro vino
– Ningún problema, mujer.
– Veo que todo va bien entre vosotros, ¿no?
– Ay, él y sus colegas… ¡Unos cachondos! Hoy es nuestro aniversario del primer beso. He ido a su oficina y lo encuentro tumbado con una nota: “Soy la bella durmiente, bésame.” Hemos comprado vino y nos hemos ido al cine, como cuando salíamos en la universidad.
– ¿Os habéis puesto de acuerdo todos o qué? ¡Yo me voy!
– ¿Y qué tal se ha portado Pablo? preguntó la madre ya en el rellano.
– Fatal, fatal. ¿Le puedo cuidar más veces? ¡Hay que enderezarle!

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¡Hola, Svetlana! Disculpe, por favor, soy su vecina del piso de abajo.
Una anciana vivió sus últimas horas, y a su lado solo estaba una joven enfermera, cuando de repente notó algo inesperado