Las compañeras y amigas de Svetlana la envidiaban: había conquistado a un hombre maduro y adinerado. Andrés le sacaba quince años y era el director de la empresa donde ella trabajaba.

A Lucía la envidiaban sus compañeras y amigas: había conquistado a un hombre maduro y acomodado. Alejandro le sacaba quince años y era el director general de la empresa donde ella trabajaba.

Acaba de llegar, y ya se va a casar con el jefe susurraban las voces en el despacho. Ha pasado de la nada a la cima.

Tal cual.

Lucía nunca quiso airear su relación con Alejandro. Su historia había comenzado antes de que ella entrara a trabajar en su empresa, y ni siquiera sabía en ese momento que él era el jefe cuando acudió a la entrevista, totalmente a ciegas. Aun así, la seleccionaron de inmediato para el puesto. Alejandro siempre aseguraba que él no había intervenido en la decisión y que todo lo llevó recursos humanos, escogiendo únicamente en función de experiencia y currículum.

Más tarde Lucía descubrió la verdad y rogó a Alejandro que mantuviese su relación en secreto. Pero lo secreto siempre termina por salir a la luz. El romance entre Alejandro y Lucía se hizo público, y pronto no había rincón en la oficina donde no se hablara del asunto, especialmente del viudo y la joven belleza.

Lucía jamás se jactó de su atractivo y estaba convencida de que merecía el puesto por méritos propios, no por sus ojos bonitos. Las malas lenguas, sin embargo, opinaban lo contrario.

No han pasado ni dos años desde que falleció Teresa y ya Alejandro está pensando en boda.

Teresa Fuentes había sido la anterior propietaria de la empresa y la primera esposa de Alejandro. Habían compartido una década juntos hasta que un accidente le arrebató la vida, dejándole a él la empresa y una herencia considerable.

Alejandro se volvió un soltero codiciado de Madrid, aunque al principio, tras la tragedia, se mostraba hermético y devastado por la pérdida, atrayendo si cabe más al género femenino.

Fiel como un caballero andaluz

¡Como un cisne! suspiraban algunas mujeres, lanzándole miradas llenas de anhelo.

No era Alejandro un galán clásico, ni el Don Juan del siglo. Lo que atraía era su cuenta bancaria. Sin embargo, Lucía sí se enamoró de él, y nunca por dinero.

De hecho, su primer encuentro fue de lo más mundano: él le atropelló el pie con el carrito de la compra en el supermercado del centro de Madrid. Le rompió las medias y le estropeó los zapatos de ante. Encima, la recriminó por intentar colarse en la cola.

Pero Lucía no se quedó callada. Le contestó con sangre fría, tanto que él terminó pagando sus compras e, incluso, corrió tras ella por todo el centro comercial para disculparse.

Por favor, discúlpame, ha sido un día horrible ¿Puedo ayudarte con las bolsas? le dijo Alejandro.

No, gracias. Vine en coche, me apaño sola respondió ella.

En realidad, Lucía no tenía coche. Esperó a que Alejandro la perdiera de vista y se fue a la parada del autobús. Pero, para bien o para mal, él pasó por allí y la sorprendió esperando.

Sube, anda.

No, gracias.

No me muevo de aquí hasta que subas insistió Alejandro, bloqueando el paso de los demás. Los que esperaban empezaron a rogarle a Lucía que entrara en el coche para no retrasar la fila.

Al final, se rindió. Alejandro resultó ser simpático, siempre que no empujaba carritos ni alzaba la voz. Lucía llegó a pensar que, en otras circunstancias, podrían ser amigos. Alejandro, en cambio, buscaba algo más. Se enamoró, a pesar de haber jurado, tras la muerte de Teresa, que jamás encontraría otra mujer a la altura de su esposa. Y apareció Lucía, completamente distinta a Teresa en aspecto y carácter, pero capaz de conquistarle por completo.

Acabó averiguando su dirección y cada día la esperaba a la puerta de casa. Ella, tras un tiempo de resistencia, aceptó salir con él. Después, entró a trabajar en su empresa. ¿Casualidad? Quizá.

Alejandro ignoraba las habladurías de la oficina. Él era feliz, no escondía lo que sentía. No la colmaba de obsequios caros, pero nunca le faltaba atención.

A Lucía le encantaba como la miraba. Aunque tampoco le disgustaban el piso enorme en el barrio de Salamanca, el coche último modelo y el futuro cómodo que él prometía. Así que, en poco tiempo, Lucía llevó sus cosas a su casa y conoció a la madre de Alejandro, doña Sofía Martínez.

Sofía era una mujer reservada, dedicada por completo a su hijo desde la muerte de Teresa. Cocinaba, limpiaba, planchaba camisas y llevaba la casa con mano suave, sin dejar de lado sus hábitos cuando llegó Lucía. A ella no le importaba, prefería no competir por el papel de dueña y se entregaba feliz a los platos que preparaba su suegra. Todo iba bien hasta que Alejandro propuso matrimonio.

Lucía no sabía gestionar que, aun siendo viudo, Alejandro siguiera llevando la alianza.

Siento una conexión con Teresa todavía confesaba él.

Lucía no soportaba esa lealtad y le exigió quitarse el anillo.

De acuerdo Si te incomoda, me lo quitaré.

No estamos casados. No quiero salir con alguien que parece seguir casado explicó, y Alejandro aceptó.

El asunto quedó olvidado hasta el día del gran paso. En un restaurante elegante, música en directo, una copa de Ribera del Duero y, en el fondo, una caja con el anillo: una joya de familia, con un diamante espectacular.

Lucía casi se atragantó al ver el anillo en su copa.

¿Te casarías conmigo? preguntó Alejandro, intentando deslizarle el anillo al dedo. Ella apartó su mano.

No.

¿Cómo que no? balbuceó él.

No voy a ponerme ese anillo.

¡Es una joya única de la familia! Ni te imaginas cuánto vale replicó Alejandro, enrojeciendo.

Me da igual lo que valga. No quiero llevar algo que antes llevaba tu difunta esposa.

¿Por qué?

Porque trae mal fario.

¡No digas tonterías!

¿Qué sigue? ¿Me pongo también su vestido? Tu madre me ha dicho que todavía lo guarda.

El vestido se puede comprar nuevo, pero no pensaba gastar en anillos teniendo esta joya irrepetible. Mira el trabajo y el oro

No quiero nada de segunda mano. Ni en ti ni en mí zanjó Lucía.

¿Es tu última palabra? preguntó él, frunciendo el ceño.

Sí. Lo siento.

Lucía se levantó de la mesa. El ambiente se heló.

Habrá que darnos un tiempo dijo Alejandro.

Me parece lo mejor.

Lucía salió. Él no la detuvo. La orquesta siguió tocando, el camarero sirvió el plato fuerte y el anillo se quedó en su caja.

Al día siguiente, ella evitaba verle en el trabajo, y él apenas salía de su despacho. Al atardecer, Lucía fue a casa de sus padres, quienes la aconsejaron romper el compromiso y buscarse a alguien de su edad.

Eres guapa y lista. ¿Para qué quieres un viudo quince años mayor?

Lucía no supo qué decir. Por un lado, Alejandro tenía muchas virtudes, pero por otro, sentía vértigo ante el fantasma persistente de su esposa.

La situación se mantuvo unos días. Alejandro no llamaba, Lucía evitaba cruzarse con él, hasta que pidió la baja por enfermedad. La oficina se llenó de rumores sobre la ruptura. La actitud sombría y cortante de Alejandro, que ni siquiera exceptuó a su madre de sus reproches, encendía los cuchicheos.

A Sofía todo aquello le apenaba. Veía que Alejandro sufría y que no sabía cómo recomponer la situación. Así que fue a buscar a Lucía a su casa.

¿Doña Sofía? dijo Lucía, sorprendida al abrir la puerta.

Buenas, hija, ¿cómo estás?

Nada grave, un poco de fiebre.

¿Por eso te fuiste a casa de tus padres? ¿No querías contagiarnos? bromeó ella, entornando los ojos.

No exactamente respondió con un leve rubor, apartando la mirada.

Anda, vuelve con nosotros. Alejandro se está volviendo loco sin ti.

Pues no lo parece protestó, apretando los labios.

Es muy orgulloso, ni siquiera me ha contado lo que pasó. ¿En serio van a dejarlo por eso, si se quieren?

No podría ponerme el anillo que llevó su esposa. Necesitaría venderlo y comprar otro. No quiero heredar energía ajena, y menos aún la de una relación anterior.

Te entiendo perfectamente. De hecho, creo que Alejandro aún no está listo para casarse. No ha dejado ir a Teresa y se aferra a todo recuerdo. Pero te quiere, Lucía, eso es indudable.

Pero no se puede construir un futuro sobre el pasado de otro musitó ella. Gracias por venir, Sofía, me alegra haberla visto.

Doña Sofía se fue con el alma encogida. Aquello no era por un anillo. El pasado de Alejandro pesaba demasiado.

Al acabar la baja, Lucía tuvo que volver a la oficina, pero solo sentía ganas de no cruzarse con Alejandro. Durante ese tiempo, él no había dado señales. El dolor y el orgullo pesaban demasiado en el ambiente como una losa. Decidió entonces presentar su carta de dimisión y buscar otro camino profesional.

Alejandro la firmó, sin mirarla siquiera, todo callado y con la expresión dura.

Ya eres mayorcito, pero te comportas como un niño le dijo Lucía en el umbral.

La culpa es tuya. Nadie antes me había negado nada.

Lucía no contestó. Reparó, justo cuando recogía el papel, en el anillo en la mano de Alejandro, brillando cuando firmaba su marcha.

«He hecho lo correcto. Jamás dejará atrás a Teresa», pensó Lucía, al recoger sus cosas. Una inmensa ligereza le invadió el pecho, sin dudas ya. Mientras tanto, Alejandro siguió enfadado y frustrado, incapaz de entender por qué Lucía no aceptó la vida y la mano de quien parecía el partido perfecto en Madrid.

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Las compañeras y amigas de Svetlana la envidiaban: había conquistado a un hombre maduro y adinerado. Andrés le sacaba quince años y era el director de la empresa donde ella trabajaba.
Ir tada atėjo algos diena.