Diario personal, 18 de junio
Hoy vuelvo a escribir porque mi corazón y mi mente no encuentran sosiego. Esta semana decidí regresar al pueblo de Castilla-La Mancha, ese rincón perdido de la sierra, para visitar a mi tía Lucía. Ya no queda nadie más allí para mí: mis padres partieron hace años y los demás familiares se dispersaron por otras ciudades. Solo mi tía Lucía, la hermana menor de mi madre, sigue guardando la casa donde crecí.
Nada más acercarme a la verja oxidada, sentí el olor a tierra y a campo. Empujé la puerta y entré. Allí estaba ella, esperándome como si supiera que hoy era el día. Me abrazó con esa calidez suya tan particular y me regañó cariñosamente por no haber avisado. ¿Y por qué no has llamado antes, hijo? ¿Y Beatriz y los niños? preguntó, buscando a mi mujer y a mis hijos. No han podido venir, se han quedado en Madrid, le respondí, sabiendo que me echaba de menos entero, en familia.
Tía Lucía no tardó en preparar una buena comida: migas, queso manchego y ese pan crujiente que parece hecho solo para nosotros. Tras la sobremesa, se puso más seria y me dijo: Mira lo que he encontrado en el baúl del desván. Sacó un papel arrugado, amarillento por los años, y me lo entregó.
Al leerlo, sentí cómo el tiempo se detenía. Era un informe médico antiguo, de cuando caí gravemente enfermo con solo siete años. El médico aseguraba que, debido a aquella enfermedad, jamás podría tener hijos. Me temblaron las manos, pero tía Lucía intentó calmarme: Eso fue hace siglos, Pedro. Y mírate ahora, con dos hijos maravillosos. Ni caso a esos papeles viejos.
Aun así, aquella noche apenas pude dormir. Repasaba mi vida una y otra vez. ¿Sería posible? ¿Era yo un iluso todo este tiempo? Recordé a mi madre, que murió cuando yo aún era un niño, el poco tiempo que pasé después con mi padre hasta que la nueva esposa llegó y yo, sintiéndome extraño y ajeno en casa, empecé a dormir cada vez más en casa de mi tía Lucía. Ella siempre fue mi verdadero refugio y, de alguna manera, mi segunda madre.
Tras el servicio militar, ni me planteé volver al pueblo. En Madrid estaba el futuro, el trabajo como conductor, primero durmiendo en una residencia y luego, después de ganar experiencia, convertirme en transportista. No tardé en ahorrar lo suficiente para comprar mi propio piso.
Fue entonces cuando conocí a Beatriz. Antes incluso de casarnos, ella me confesó que estaba embarazada. No dudé. La vida juntos fue tranquila y, a los tres años de nacer nuestra hija, tuvimos un hijo. Cuando cumplí los cuarenta, invertí mis ahorros y abrí una pequeña empresa de transportes. Poco a poco creció y conseguimos vivir con holgura, sin lujos, pero tranquilos.
No podía dejar de pensar en aquel informe, así que tras la visita me fui a Madrid, directamente al médico. Tras varias pruebas, el diagnóstico se confirmó: biológicamente no debería haber tenido hijos. Volví a casa sin saber cómo actuar.
Al llegar me recibió Beatriz, como siempre preocupada. ¿Quieres comer algo?, preguntó. Negué y silenciosamente le entregué el informe del médico. Lo leyó con sorpresa.
¿Qué es esto, Pedro?
Un papel que dice que yo, en esta vida, no podía tener hijos.
Se quedó de piedra, sin palabras. Finalmente tomó aire y habló.
Pedro, eso tiene que ser un error, te lo juro.
No más mentiras. Dímelo todole exigí casi sin reconocer mi propia voz.
Entonces, Beatriz comenzó a narrarme algo que cambió mi forma de ver nuestra historia juntos. Resulta que antes de conocerme salió con un chico del instituto, Julián, y cuando nuestra relación empezó, ella ya estaba embarazada pero no estaba segura de quién era. Tenía miedo, no sabía cómo decírselo a sus padres y nuestro matrimonio fue, para ella, una salida.
Eso explica la primera hija, ¿y el niño? le pregunté, con las palabras pesando como piedras.
Las lágrimas le nublaron los ojos. Una vez, mientras trabajabas como transportista y pasabas días fuera, me crucé con Julián de nuevo, y no sé por qué, pero pasamos una noche juntos Nunca más volví a verle, y no he dejado de reprochármelo todos estos años. Pero Pedro, tú eres el amor de mi vida, de eso no tengo duda.
Me quedé allí, sentado, con la cabeza entre las manos, incapaz de reaccionar. Oía a Beatriz suplicándome: Pedro, no puedo vivir sin ti Pero no podía ni mirarla. Salí de casa sin volver la vista.
Pasé los días hundido en el trabajo, y los fines de semana corría al pueblo, al calor mudo de mi tía Lucía. Por las noches el insomnio me devoraba y una pregunta no dejaba de dar vueltas en mi cabeza: ¿Y si hubiera sabido la verdad desde el principio? Seguramente nunca habría formado la familia, ni sentido el temblor en las piernas al ver a mis hijos dar sus primeros pasos, ni la felicidad de los domingos en el parque. A veces, la ignorancia también trae felicidad.
El domingo vinieron mis hijos a buscarme al pueblo. Entraron con esa firmeza que da la juventud.
Papá, no sé qué ha pasado con mamá, pero desde entonces ni nos miras igual. ¿Es que tampoco quieres vernos a nosotros? dijo mi hija Sara entrando directa al salón.
Me dolió escucharla, y más aún escuchar a Pablo, mi hijo, casi suplicando:
Papá, vuelve a casa. Mamá no para de llorar, estoy preocupado por ella.
Y entonces Sara, algo emocionada, soltó:
Papá, dentro de poco seréis abuelos. No nos dejes ahora.
Los abracé, sintiendo que el corazón me dolía y me sanaba al mismo tiempo.
Esta sí que es una buena noticia
No nos iremos sin ti, papá, afirmó Pablo Basta ya de sufrir todos, ¿quién se separa después de tantos años por una sola discusión?
Les miré y supe que tenían razón. Vale, habéis ganado. Volvemos todos a casa.
Tal vez, pensé, todo esto es parte de nuestro camino para aprender a perdonar y a seguir adelante en familia. Cerré la maleta y, por primera vez en muchos días, sentí algo parecido a la esperanza.







