Me llamo Fernando y tengo 49 años. Trabajo como enfermero en el turno de noche del Hospital General de Madrid. Llevo trabajando allí dos décadas; he visto más cosas de las que puedo contar.
Me divorcié hace ocho años. Tengo un hijo, Alejandro, que acaba de cumplir dieciséis. Vive conmigo. Es un buen chaval. Responsable, aplicado, siempre correcto. Nunca ha dado problemas.
Bueno, en realidad tengo que corregirme. Me dio uno. El peor de mi vida; aunque no fue culpa suya.
Hace seis meses, Alejandro empezó a quejarse de dolores de cabeza. Al principio pensé que serían cosas de la vista, que quizá necesitaba gafas. Lo llevé a un oftalmólogo en el centro de salud. Su visión era perfecta.
Los dolores persistieron. Luego, empezaron náuseas por las mañanas. Imaginé que algo de la comida del instituto le sentaba mal. Empecé a prepararle bocadillos y fruta para llevar, pero nada cambiaba.
Una mañana le encontré en el baño, vomitando. Tenía el rostro blanco como la cera. Me dijo que estaba mareado, que todo le daba vueltas.
Le llevé corriendo a Urgencias, allí mismo en el hospital donde trabajo. Le hicieron análisis, pruebas varias. Todo salía bien. El médico de guardia dijo que probablemente sería el estrés: los adolescentes somatizan mucho la presión de los estudios, me comentó.
Pero llevo veinte años entre bata blanca y pacientes. Sabía, en el fondo, que aquello no era estrés.
Insistí en hacerle más pruebas. El médico me miraba como si exagerara, pero al final aceptó y le pidió un TAC.
Recuerdo ese día perfectamente. Martes. Yo estaba trabajando, había pasado ya la mitad de la noche, cuando me llamaron del hospital donde Alejandro se había hecho la tomografía. Necesitamos hablar con usted urgentemente. Venga lo antes posible.
Dejé mi turno y fui conduciendo por las calles de Madrid a toda prisa. Me hicieron pasar a una consulta pequeña. Había un neurólogo al que no conocía, unos cincuenta años, gesto serio.
Señor, hemos encontrado algo en la tomografía de su hijo me dijo. Es un tumor cerebral. Necesitamos hacer más pruebas para determinar el tipo y la extensión.
El mundo se me cayó encima. Yo, que durante años he sido el portador de malas noticias para otras familias. Yo, que he visto morir pacientes. Creía estar preparado para todo. Nada me preparó para oír esas palabras sobre mi hijo.
Los días siguientes fueron un infierno. Resonancias, biopsias, reuniones con oncólogos. Términos que conozco de memoria, pero que entonces me sonaban a condena.
Glioblastoma multiforme, grado IV. Agresivo. Inoperable por dónde está. Le esperarían sesiones de quimio y radioterapia para intentar frenarlo, pero el pronóstico no era esperanzador.
Cuando el oncólogo nos lo explicó, Alejandro estaba a mi lado. Mi chaval. Mi niño. Escuchando que tenía cáncer terminal.
¿Me voy a morir? preguntó Alejandro, con una calma que me partió el alma.
El doctor le miró con esa piedad contenida que yo mismo he tenido que usar muchas veces.
Vamos a hacer todo lo que podamos para que tengas más tiempo respondió.
Más tiempo. No te vas a curar, ni vas a estar bien. Solo más tiempo.
Esa noche, Alejandro me abrazó y me dijo: Papá, no llores. Vamos a pelearlo.
Y empezamos a luchar. Quimioterapia cada dos semanas. Alejandro perdió el pelo, perdió peso, vomitaba siempre. Pero nunca se quejaba. Nunca preguntaba ¿por qué a mí?. Seguía sonriendo siempre.
Sus amigos venían a verle. Al principio a menudo, luego cada vez menos. Es duro enfrentarse a la enfermedad con dieciséis años.
Hubo uno que no falló nunca. Daniel. Son amigos desde primaria en el colegio público. Daniel venía diariamente tras las clases. Le contaba cotilleos del cole, traía deberes, jugaban a la Play aunque Alejandro no podía sujetar bien el mando.
Una tarde preparaba la cena cuando oí su conversación desde la puerta entreabierta.
¿Tienes miedo? preguntó Daniel.
Siempre contestó Alejandro. Pero no se lo digo a mi padre. Ya tiene bastante con esto.
¿A qué tienes más miedo?
A dejar solo a mi padre. A que sufra. A no poder despedirme bien. A que sienta que es culpa suya.
Tuve que irme a mi cuarto para que no oyeran cómo me quebraba.
El tratamiento no funcionaba. El tumor seguía creciendo. Los médicos me hablaron de cuidados paliativos; tocaba centrarse en la calidad de vida.
¿Cuánto tiempo? Nadie lo sabe. Quizá tres meses, quizás seis, tal vez menos.
Esta mañana Alejandro me pidió ir al instituto. Hacía semanas que no iba, pero quería ver a sus compañeros, sentirse uno más aunque fuera por unas horas.
Le llevé. Le ayudé a bajar del coche. Está tan delgado, tan frágil. Sus amigos le rodearon con abrazos, su tutora favorita fue a saludarle. Le vi sonreír; durante un ratito, no era el chico con cáncer, era solo Alejandro.
Cuando fui a recogerle, estaba agotado, pero feliz.
Gracias, papá me dijo en el coche. Por traerme, por todo lo que haces. Gracias por ser el mejor padre del mundo.
Eres el mejor hijo que podría tener le respondí.
Papá dijo tras un silencio, cuando yo ya no esté, quiero que seas feliz. Que sigas adelante, que no te quedes llorando siempre por mí.
Alejandro, no hables de eso
Tenemos que hablarlo, papá. Sabemos lo que va a pasar. Prométeme que vas a estar bien. Que vas a recordarme con alegría, no solo con tristeza.
Le prometí. Aunque no sé si podré cumplirlo.
Esta noche duerme en su cuarto. He pasado hace un rato a verle. Tan en paz cuando duerme. Tan pequeño aún. Mi niño.
Mañana vendrá la enfermera de paliativos. Pasado, tenemos oncología para ver los últimos resultados, aunque ya sabemos lo que dirán.
Me he sentado en el salón con un café que se ha enfriado. Miro las fotos en la estantería: Alejandro de bebé, en su primer día de cole, en su cumple de los diez, hace seis meses, sano, totalmente ajeno a todo lo que vendría.
No sé cómo se sobrevive a enterrar a un hijo tan joven. Pero por él lo voy a intentar. Estaré fuerte mientras me necesite. Le sonreiré siempre que me mire. Haré que sus últimos días sean lo mejor posible.
Cuando ya no esté no lo sé. Eso será para después. Ahora solo importa estar aquí, con él.
¿Cómo se le dice a un hijo cuánto se le quiere cuando sabes que el reloj se acaba? ¿Cómo se comprime una vida entera de amor en los días que quedan?
Hoy he aprendido que el amor de padre no tiene tiempo, ni condiciones. Solo se da. Y con eso, al menos, Alejandro siempre estará conmigo.






