Olga está ahora mismo terminando de embotar pisto cuando suena la puerta y entra su pareja. ¡Ya estoy en casa! anuncia Sergio al entrar en la cocina y quedarse helado. ¿Pero qué es todo esto? ¿El qué? Estoy preparando pisto, lo que me pediste dice Olga, sonriendo mientras sigue con su tarea. Te pregunto qué es este desastre Sergio pasa la mano por el aire, indicando la cocina entera. ¿A qué te refieres, cariño? ¿Puedes explicarte? Olga está de verdad sorprendida. No te hagas la tonta. Sabes perfectamente a qué me refiero dice él, perdiendo la paciencia.
La cocina y el comedor
Olga, ¿has vuelto? ¡Qué alegría verte! dice Sergio, con la voz llena de esperanza, cuando ella aparece por la puerta.
No, sólo vengo a recoger las cosas que me quedan. Te lo dije: entre nosotros se ha acabado afirma Olga, fría y decidida.
Pero ¿cómo puede ser? ¡Si te quiero! No quiero que esto termine, te echo de menos, han sido días muy duros sin ti…
Una semana antes, algo había terminado de romperse entre ellos, algo que jamás debió pasar entre quienes comparten techo. Habían discutido fuertemente y Sergio perdió los nervios.
Todo empezó aquella tarde. Él volvió del trabajo y, nada más entrar en la cocina, le pareció ver el mismísimo caos.
Olga estaba cocinando el pisto, con boles y tarros por todas partes. En la vitro, una olla de casi diez litros lucía chorretones de tomate rebelde y, por todas las esquinas, había platitos de ajo, pimientos y otras verduras.
Olga seguía picando pimientos, como si no pasara nada.
Llevaban unos cuatro meses compartiendo piso. Antes, Sergio había disfrutado muchos años de la tranquilidad de la soltería. Por amor, decidió dejar su cómodo mundo para intentar formar un hogar, sin imaginar todas las implicaciones.
Ambos pasaban de los cuarenta cuando se conocieron. Olga tenía una hija adulta que ya trabajaba, y Sergio un hijo de diez años de una relación anterior, aunque apenas lo veía desde que su madre se mudó a otra ciudad.
Parecía el sueño: dar con esa persona con la que todo resultara tan cómodo como estar solo, pero acompañados.
Al principio, Olga pensó que Sergio era ese hombre. Dejó su piso de alquiler y se trasladó al de él cuando se lo propuso.
Olga se esforzaba por ser la compañera amable que siempre quiso ser, con la ilusión de que podrían ser felices juntos muchos años, quizás hasta envejecer juntos, aunque aún parecía muy lejano.
Los primeros meses vivía en una nube de entusiasmo: preparaba pequeñas delicias, a veces a costa de su propio agotamiento. Ella misma se sorprendía de tanta energía.
Sin duda era amor. ¿Si no, qué?
Con el tiempo, Sergio empezó a cambiar. Llegaba de trabajar enfadado, cada vez más irritable. Se quejaba por todo: si la taza seguía en el fregadero, si el suelo no estaba reluciente, si la cama no estaba hecha exactamente como él quería.
Una taza, el suelo, la cama… ¿importaba tanto? Con la casa limpia, la cena recién hecha y la persona que te quiere al lado ¿de verdad importaba más?
Olga también trabajaba, aunque volvía algo antes que él y, aun así, le daba tiempo a organizarlo todo y que él tuviera cena caliente al llegar.
Al principio no le dio importancia a las quejas, pensando que sería algo pasajero, que en cuanto se asentaran como pareja volvería todo a la calma. Pero el tiempo pasaba y Sergio seguía.
Para las conservas, Olga intentaba aprovechar los ratos en que Sergio no estaba, muchos fines de semana él se iba a casa de su hermana a arreglar el coche con su cuñado.
Sin embargo, ese día regresó antes de la cuenta y vio el caos que en realidad era solo trabajo y esfuerzo por tener varias conservas de pisto bien preparadas para el invierno, cubiertas con una manta.
Olga no entendía tanto enfado. ¿Cómo hacer conservas sin desorden? ¡Imposible!
Sergio, en cuanto acabe recojo todo.
¡Sí, ya! Eso dices, pero luego todo se queda igual. la increpa él.
¿Alguna vez he dejado así la cocina? ¿Por qué esa mala energía?
¡Porque aquí hace un calor insoportable y el olor a pimientos está por toda la casa!
¡Pues quédate en el salón! Pon la tele y relájate
¡Tengo hambre! ¿Qué hay hoy?
Ahora te caliento lo de ayer y te lo traigo. Espera un poco y estate tranquilo…
¿Otra vez pasta con filetes? Ya llevo tres días comiéndolo.
No pasa nada, no me da tiempo a todo. Las conservas no se hacen solas, tú mismo querías pisto, ¿recuerdas? Estoy agotada, hoy he bajado al mercado dos veces para coger todos los ingredientes y cargada como una burra. Hace calor aquí, pero tú sólo sabes quejarte.
¡No me hables así! responde más enfadado aún.
¡Tú eres el que me habla mal! Solo estoy intentando calmarte, ¡basta ya!
¡Estoy harto de todo!
Fue entonces cuando a Olga se le acabó la paciencia.
¿Pero de qué exactamente? ¿De llegar y tener la cena hecha? ¿De dormir en sábanas limpias? ¿De que te reciba con una sonrisa? ¿O soy yo la que te sobra, te molesta que viva aquí? Dímelo claro.
Eso, ¡me tienes harto tú y tu pisto y tus cenas!
¿Y sabes qué? Tú también me tienes harta, todo el día gruñendo y desanimando. ¡Eres un pesimista! No recoges tus cosas y luego me pides orden, no friegas y me echas en cara el jaleo de la cocina, mientras cocino. Te pedí ayuda para cargar las verduras, pero preferiste irte con tu cuñado. ¡El que está hasta el cuello de esto soy yo! grita Olga perdiendo el control.
Sergio no soportaba que le replicaran, o quizás le dolió tanto verla de esa manera que cruzó una línea que nunca debe cruzarse.
Olga pensó en contestar, pero luego se dio cuenta de que aquello no iba a funcionar. Era mejor marcharse sin más.
Se acabó lo nuestro. anunció, saliendo de la cocina.
Olga hace la maleta con las manos temblando por la rabia y la tristeza. Lo poco que puede, lo mete en dos bolsas, se pone unos vaqueros y se marcha del piso.
Sergio lo ve todo, pero no la detiene ni le pide perdón.
Aquella noche, Olga duerme en casa de una amiga. Al día siguiente alquila un piso para ella sola y se traslada. El desembolso es grande: alquiler, gastos de la inmobiliaria, esos pequeños enseres básicos que faltan cuando te mudas a un sitio nuevo.
No se planteó volver con Sergio, por lo menos durante los primeros tres días Luego le inunda la melancolía. Piensa en la discusión, en las palabras y gestos Eran dos personas buenas, pero aquello no podía perdonar. Aun así, le sigue pesando en el alma.
Sergio ni llama ni la busca. Solo le manda un mensaje aquella noche:
¿Y el pisto, qué hago con él?
Haz lo que quieras, me da igual contesta Olga seca, dolida.
Le sabe mal porque invirtió dinero y esfuerzo. Un rato más y todo habría estado listo. Todo acabó mal.
Intenta convencerse de que en el fondo esperaba que Sergio recapacitara, viniera al menos a pedir perdón, o que la llamara. Pero eso no pasa.
Una semana después, se ha adaptado a vivir sola otra vez. Decide pasar por el piso de Sergio a recoger lo que queda y devolverle las llaves.
Podría hacerlo mientras él está en el trabajo, pero prefiere ir si está él, para enfrentar por última vez la realidad.
Le avisa media hora antes con un mensaje. Sergio abre, parece apenado, le pide que vuelva, dice que la ama pero son solo palabras. Si realmente la quisiera, ¿habría aguantado una semana en silencio? ¿No habría hecho nada por arreglarlo?
Olga se contiene. Sabe que tiene que ser firme. Si le perdona esto, volverá a ocurrir.
Déjalo, Sergio. No te mientas ni me mientas más a mí. Si de verdad me quisieras, habrías hecho algo más.
Perdón, te lo juro. No sé qué me pasó ese día… exclama.
Pues ahí te quedas, yo vine a por mis cosas.
Olga pasa firme junto a él y empieza a meter lo que falta: champús y cremas del baño, su té favorito, la taza rosa que le regaló su hija, la manta que le trajo su hermana una Navidad.
Sergio intenta disculparse, pero a ella ya no le queda interés.
Una semana de silencio lo ha dejado claro. Quien ama, lucha; él sólo lloriquea.
Cuando acaba de recoger todo, pide un taxi. Sergio intenta impedirle marcharse:
No te vayas, por favor. Si te vas, mi vida se queda vacía.
La mía contigo también se evaporaría. responde Olga y, con un leve empujón, se despide para siempre.
Olga cierra la puerta, dejándolo aturdido, sin entender nada. Quizá nunca entienda qué falló. Nunca más se vuelven a ver, aunque antes juraban amor y proyectos de vida.
Olga sube al taxi mirando por la ventanilla. Llueve suave, casi otoño, igual que su ánimo. De repente recuerda que siempre ha amado el otoño y que, en dos semanas, será su cumpleaños.
Todo va a ir bien se susurra, con una sonrisa, y sabe que, aunque duela, el mundo sigue y el futuro siempre ofrece otra oportunidad.







