Galina abrió la puerta sigilosamente y entró en casa, por si acaso las madres estaban descansando… ¡Pero nada de eso! Desde la cocina llegaban voces altas, las madres discutían otra vez. Estaban tan absortas en la disputa que ni se percataron de su llegada.

María abrió la puerta de casa con sumo cuidado y entró tratando de no hacer ruido, por si sus madres estaban descansando Pero nada más lejos de la realidad. Desde la cocina llegaban voces altisonantes: las señoras, una vez más, estaban en plena discusión. Estaban tan enfrascadas en su riña que ni siquiera notaron la llegada de María.

Madres llamaba María tanto a su madre, Carmen Álvarez, que acababa de cumplir 82 años, como a su suegra, Jacinta Robles, la cual la superaba por dos años, con sus 84. María tampoco era ya joven: a sus 59 años seguía trabajando de enfermera en el consultorio del centro de salud del pueblo. Hoy había sido un día especialmente agotador: los operarios de dos secciones de la fábrica local estaban pasando revisiones médicas, con muchas pruebas de sangre para la sífilis. Lo único que deseaba María era cenar algo y tumbarse, pero no había suerte, las madres habían decidido montar una nueva batalla.

Tres años antes, María había perdido a su marido. Su única hija vivía lejos y visitaba rara vez. Así que, cuando su hermana le pidió hacerse cargo de su madre, María no dudó en aceptar; viajó a Madrid y se la trajo consigo.

En casa de su hermana había poco espacio: la hija de ella se había casado y se habían instalado en el piso de los padres, un modesto piso de dos habitaciones, y aquello era ya un lío. En cambio, María tenía un piso amplio de tres habitaciones solo para ella.

A su madre le encantó el cambio: una casa pequeña pero coqueta de madera en las afueras, solo ocho vecinos, en la planta baja, con todo tipo de comodidades. Podía salir al patio a tomar el aire o sentarse al sol en un banco. Eso sí, no había otras mujeres mayores con las que conversar.

Vivieron madre e hija en paz durante dos años, hasta que María tuvo que traer también a su suegra de un pueblo de Ávila. Jacinta ya no podía valerse sola y su vieja casita amenazaba ruina. Había tenido tres hijos, pero la vida cruelmente se los quitó a todos, sobreviviéndolos a todos.

María pensó que podría ser buena idea que ambas ancianas se hicieran compañía. Jacinta fue, por primera vez en años, a hacerse análisis médicos. Descubrieron que tenía diabetes, le recetaron pastillas, una dieta y cardioprotectores.

María cedió a ambas la habitación grande que un día fue de su hija. Todo fue cordial la primera semana, y luego… todo empezó a animarse. Discutían por cualquier cosa: por el sitio del bastón (ambas usaban uno), porque una roncaba y la otra se tiraba algún pedete por la noche. Todo motivo era válido. Terminaban siempre quejándose a María, que, ¿a quién más iban a acudir?

María intentó apaciguar los ánimos separándolas: cedió su propio cuarto a Jacinta y se fue ella al salón. Así bajaron las peleas al menos, durante unos días. Pronto las abuelas salían de sus habitaciones y reanudaban las trifulcas.

La madre de María había sido cocinera en un comedor escolar, su suegra, lechera en una vaquería.

Pues mira quién comenta, tú que te has pasado la vida con la barriga llena y bajo techo, engordando por la comida gratis de la cantina. ¡Sé bien cómo hacíais allí las croquetas, todo pan y apenas carne! Y la nata, aguada ¿Que no vivías bien tú? Yo, en la granja, a las cinco de la mañana ya estaba ordeñando vacas, solía iniciar Jacinta.

También vosotras de la granja robabais leche y nata. Y no creas que en la cocina era fácil respondía Carmen. Traían dos medias reses congeladas y, hasta que las despedazabas, te dejabas las manos y la espalda. ¿Por qué no estudiaste y te marchaste a Madrid en vez de pasarte la vida entre vacas y estiércol?

Así, cada día. Y tras cada discusión, se tomaban su pastilla de Corvalol o en versión española, Valeriana y se quejaban del corazón. María temía seriamente que algún día se atizaran con los bastones.

¿Y hoy por qué discutís? preguntó María.

Por fin, ambas se giraron hacia ella.

Ella ha comido dos caramelos y tú dijiste que le podía dar un soponcio, y no hace más que zamparse caramelos y esconder los papeles bajo la almohada, se quejó la madre, señalando a la suegra.

Y tú has roto un tarro de leche y no llegaste a sacar todos los trozos de cristal, así que los has dejado ahí, replicó Jacinta.

María resopló y decidió tomar las riendas.

Mirad, queridas mías, ha llamado mi hermana. Los jóvenes se van a mudar y la casa queda más despejada. Mamá, volverás a Madrid con ella, y Jacinta, como tu casa en Ávila está ya en ruinas, te quedas conmigo. Ya no puedo más, os voy a separar. Si no, me vais a volver loca, zanjó María.

Las dos ancianas callaron y se marcharon cada una a su rincón. Durante tres días, reinó el silencio. Pero luego reaparecieron, más humildes.

No quiero irme a Madrid, aquí estoy bien. Cuando me tienes que pinchar, me pinchas, aquí el aire es limpio. No me mandes lejos, gimió Carmen, con lágrimas en los ojos.

No volveremos a pelear, palabra, créenos por esta vez. Me siento sola sin Carmen, y me sentiría culpable, suplicó Jacinta.

Y, de verdad, las discusiones cesaron. Entendieron a la fuerza que poco tenían que repartirse, más allá de años duros y batallas propias. La vida ya les había enseñado que el tiempo compartido, aunque a veces complicado, es un tesoro.

Desde entonces convivieron en paz, veían interminables telenovelas, y por las tardes se las relataban a María. En verano se sentaban al sol en la plaza, charlando con los vecinos. Y después, un día, se marcharon tranquilamente, una detrás de la otra, con medio año de diferencia

La vida, pensó María, a veces solo necesita paciencia y un poco de cariño para enseñarnos el verdadero valor de la compañía y el perdón.

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Galina abrió la puerta sigilosamente y entró en casa, por si acaso las madres estaban descansando… ¡Pero nada de eso! Desde la cocina llegaban voces altas, las madres discutían otra vez. Estaban tan absortas en la disputa que ni se percataron de su llegada.
‘Aquí limpias los baños’ – afirmó una compañera de clase. Cinco minutos después, entró a mi entrevista y se puso pálida.