Cuando mi vecino llamó a la puerta a las diez de la noche, llevaba en la mano una llave que no era suya.

Cuando mi vecino llamó a la puerta a las diez de la noche, sostenía una llave desconocida en la mano.

Yo estaba sola en la cocina, lavando los platos. Había tenido un día largo y lo único que deseaba era silencio. Al abrir la puerta, él se quedó en el umbral mirándome de forma extraña.

¿No es esta tu llave? preguntó.

Miré la llave metálica que tenía. Era igualita a la mía.

No dije. La mía está aquí.

Se la mostré.

Frunció el ceño.

Entonces, ¿por qué esta abre tu puerta?

Al principio creí que bromeaba. Pero su expresión era muy seria.

¿Cómo que la abre? pregunté.

Hace media hora respondió. Vi entrar a una mujer. Pensé que eras tú, pero después te vi en el balcón.

El corazón me retumbó en el pecho.

Llevo dos años viviendo sola. Tras el divorcio, prometí no soportar más costumbres ajenas, ruidos de otros ni llaves que no fueran sólo mías.

¿Cómo era? pregunté.

Pelo oscuro… unos cuarenta años… llevaba bolso.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Nadie, salvo yo, tenía la llave de este piso.

Excepto una persona.

Mi exmarido.

Pero él se mudó hace dos años. Y la llave que le di, me la devolvió. O eso dijo.

¿Seguro que entró aquí? le pregunté.

La vi perfectamente aseguró. Giró la manilla y entró.

Me volví hacia la puerta del fondo. Dentro todo estaba en calma.

Demasiado en calma.

Espérame aquí le dije.

Pero él negó con la cabeza.

Ni hablar, no te dejo sola.

Entramos despacio. El salón estaba igual. La lámpara encendida, tal y como la dejé.

Pero sobre la mesa había algo que antes no estaba.

Un vaso.

Mi vaso.

Con agua dentro.

Me detuve en seco.

Yo no he bebido agua susurré.

El vecino se acercó y lo tocó.

Está templado.

En ese momento, se oyó un leve ruido en el pasillo, como si algo se moviera.

Nos quedamos congelados.

¿Hay alguien ahí? gritó mi vecino.

Nadie contestó.

Se adelantó, y yo le seguí. La puerta del dormitorio estaba entreabierta.

Notaba mi pulso resonando en los oídos.

Él abrió la puerta de golpe.

La habitación estaba vacía.

Pero el armario estaba abierto, y mi ropa revuelta.

Encima de la cama había algo pequeño.

Un sobre.

Me acerqué y lo cogí. Solo tenía escrito un nombre.

El mío.

Lo abrí con los dedos temblorosos.

Dentro había una nota.

Solo una frase.

Cuando quieras hablar, ya sabes dónde encontrarme.

La letra me resultó familiar.

Mi exmarido.

El vecino me miró, inquieto.

¿Tiene él una copia?

Negué despacio.

No debería.

Me senté en la cama, tratando de ordenar las ideas. La última vez que le vi fue en el juzgado. En aquel momento estaba demasiado tranquilo, casi demasiado.

Incluso me dijo entonces:

Algún día, volveremos a hablar.

Pensé que solo eran palabras vacías.

Pero ahora alguien había estado en mi casa.

Sentado en mi mesa.

Bebiéndose mi vaso de agua.

Y rebuscando entre mi ropa.

El vecino seguía en la puerta mirando la nota.

Esto no es normal.

Lo sé.

De pronto recordé algo. Fui al armario junto a la puerta de entrada y lo abrí.

Allí guardaba la llave de repuesto.

Y… ya no estaba.

Sentí un escalofrío al comprenderlo.

No había hecho copia.

Simplemente nunca había devuelto la llave.

Y yo le creí.

El vecino murmuró:

Va siendo hora de cambiar la cerradura.

Miré la nota una vez más.

Luego la rompí en dos.

No dije. Va siendo hora de cambiar algo más.

Y en ese momento comprendí que hay veces en la vida en las que, para sentirse realmente a salvo, no basta con cambiar la cerradura: hay que aprender a cerrar el paso a aquello y a quienes no te dejan avanzar.

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Cuando mi vecino llamó a la puerta a las diez de la noche, llevaba en la mano una llave que no era suya.
¡Así se cuida a los mayores! Mi hermano ha venido de Estados Unidos.