La Doble de la Esposa

Copia de la esposa

¿Estás segura de que no te vas a agobiar? preguntó Marisa desde el quicio, con el bolso cruzado y una sonrisa confusa que a Olga jamás le había visto, ni en sus mejores ni en sus peores días. Que entiendo que no es cómodo, de verdad. Lo entiendo.

Marisa, por favor, para ya. Entra. Olga se apartó y le sujetó la puerta. La habitación está libre. Andrés no pone pegas. Todo bien.

Que Andrés no pone pegas repitió Marisa, y en ese repetir de palabras había más sorpresa que ironía, como si la mera existencia de las no pegas le pareciera significativa.

Si es que realmente casi nunca pone pegas añadió Olga, quitándose ya hacia la cocina. Descalza, anda. Las zapatillas, a la izquierda.

Y así empezó todo.

Olga tenía cincuenta y dos años ya, Marisa, su amiga de toda la vida universitaria, uno menos. Llevaban sin verse bien bien unos cinco años; alguna llamada, algún café rápido por el centro, esas cosas. Olga pensaba, sinceramente, que conocía a Marisa mejor que a la palma de su mano. Suficiente para abrirle la puerta sin darle muchas vueltas. Marisa estaba recién divorciada, su alquiler se acababa, los trámites del nuevo piso iban despacio. Dos o tres semanas, un mes como mucho. Solo necesitaba esperar, estar de paso, recomponerse.

Vivían en Segovia ni pequeña ni grande, con barrios que parecen todos uno solo y donde los dependientes ya te reconocen por la voz. El piso de Olga era de tres habitaciones, un tercero sin ascensor, ventanas a una calle tranquila. Andrés, su marido, trabajaba en una constructora; nada vistoso, pero un puesto apañado. Olga daba clases de Economía en un instituto técnico. Veintitrés años juntos. La hija, ya hacía tiempo viviendo fuera. El piso, espacioso y vivible, con todo en su sitio y ninguna prisa por cambiarlo.

Marisa se presentó con una maleta enorme y una caja. Desempacó en silencio, como si ni quisiera molestar. Los tres primeros días, Olga apenas la veía: salía temprano, volvía tarde, comía poco y parecía hablar menos aún. Andrés, la primera noche, preguntó solo:

¿Y esto para cuánto es?

Un mes respondió Olga.

Un mes repitió él, con exactamente el mismo matiz extraño que había usado Marisa al llegar.

Olga no le dio importancia. Nunca la daba a esos detalles o eso quería creer.

La primera alerta le llegó en la segunda semana. Entró una mañana al baño y vio su frasco de perfume, ese Gardenia en verde oscuro con tapón plateado, comprado toda la vida en la droguería de la Calle Real. Ya llevaba tres años con él, y siempre lo dejaba en la balda de la izquierda. Esa vez le vio en el borde del lavabo. Olga pensó que lo habría movido ella misma y lo devolvió a su sitio. Sin más.

Pero en la tercera semana vio algo más.

Desayunaban juntos, los tres. Olga hacía el café a su manera: un poco de agua fría, luego la caliente pero nunca hirviendo, que si no amarga. Andrés ya lo sabía y siempre decía lo bueno que le salía. Aquella mañana el café lo preparó Marisa, porque Olga estaba pegada al móvil. Y cuando Andrés lo probó, afirmó:

Oye, muy bueno.

Lo he hecho como lo hace Olga contestó Marisa. Se lo vi hacer y copié.

Olga la miró de reojo. Marisa le devolvió una sonrisa inofensiva, monísima. Olga también sonrió.

Pero se le quedó grabado. Sin saber por qué.

La semana pasó entre exámenes que corregir y horarios imposibles. Olga llegaba a casa y la encontraba calmada y reluciente. Marisa, por lo visto, tenía tiempo de limpiar y ordenar algo cada día. Andrés se acostumbró a esa maravilla antes de lo que esperaba Olga.

Hoy ha cocinado Marisa le dijo una tarde, como si diera una buenísima noticia. Sopa de alubias. Rica.

Si yo también la hago con alubias.

Sí, bueno. Parecida.

Olga no entró al debate quién lo hace mejor. Andrés no lo aclaró.

Marisa por entonces trabajaba desde casa, algo de papeles, pero a Olga no le interesaba demasiado el detalle. Se pasaba el día en la habitación de invitados con el portátil, salía a la hora de comer, preparaba algo fácil. Y al llegar la tarde aparecía peinada y vestida. Pero no de estar por casa; vestida en serio. Olga se dio cuenta porque ella misma a esas horas ya estaba en pantalón flojo y jersey viejo; y sin darse cuenta, Marisa parecía mejor vestida en SU propia casa.

Un día, Andrés se sentó con Marisa en la tele. Olga estaba en el dormitorio, corrigiendo exámenes. A través de la pared se oía charla animada, sin silencios. Andrés contaba cosas, Marisa se reía. Su risa se parecía a la de Olga, pero con algo más blando, más redondo. Olga pensó, bueno, la risa es la risa. Y ya.

Pero al cabo de unos días, volvió a notar la sensación, esta vez sin poder hacer como que no.

Marisa se empezó a peinar distinto. Antes llevaba el pelo corto y moderno. Ahora lo dejaba crecer y se lo recogía hacia atrás, con esa vaga desidia de Olga. Olga lo advirtió frente al espejo del pasillo, con ambas reflejadas: ella delante, Marisa al fondo. Y algo en el espejo le hizo pensar en las fotos de familia, dos generaciones posando en el mismo sitio.

Te queda bien ese peinado le soltó Olga.

¿Sí? preguntó Marisa mirándose y colocando un mechón. Se lo vi a alguien y me dio por probar.

Otra vez ese te lo vi a ti. Ese copiar invisible, blando, sin maldad. Olga sonrió y se fue a la cocina. Por dentro, la que no sonreía era ella.

Llamó a su hija el domingo.

¿Qué tal vas, mamá?

Bien. Marisa está aquí de invitada, ¿te acuerdas de quién te hablé?

Ah, sí. ¿Sigue en casa?

Sí, sigue. Papeles, ya sabes.

Bueno. ¿Y papá qué tal?

Bien. Se lleva bien con Marisa.

Silencio.

¿Eso es bueno o malo? preguntó su hija.

Bueno contestó Olga. Es… bueno.

Colgó y se quedó un rato largo con el té frío, pensando en la frase se llevan bien. Palabras neutras que, sin embargo, ella había dicho con una cautela extraña, pisando suelo mojado.

En la quinta semana, Marisa pidió la receta del pastel.

Aquel que hiciste el finde pasado, con manzana y canela.

No la tengo apuntada, Marisa. Lo hago a ojo.

Pues explícamelo. Ya me las apaño.

Olga se lo contó, con detalle. Marisa tomó notas en el móvil. Tres días después lo horneó. Andrés comía diciendo bueno, y Olga no sabía si era porque estaba bueno, o porque ya ni distinguía quién lo hacía.

Aquella noche, al abrir el armario del recibidor, se topó con una chaqueta. Gris claro, con cinturón. Igual que la suya. Marisa claramente se había comprado una prácticamente igual. Olga la colgó junto a la suya y miró el par de chaquetas largo rato.

No le preguntó nada. Ni por miedo a la respuesta ni por vergüenza; era porque no tenía ni idea de cómo preguntar algo así sin sonar ridícula.

La carga en el instituto aumentó: auditoría a la vista, Olga con pilas de papeles. Andrés por las noches se quedaba más en el salón, Marisa también. Olga, detrás de la puerta, oía fragmentos de conversación. Cuando entraba, la charla proseguía, giraba un poco, ahora la metían en el turno pero siempre con la ligera sensación de estar incluida por cortesía, no como protagonista.

Un día, se lo soltó a Andrés, por fin. Por la noche, ya con Marisa encerrada en su cuarto.

Andrés, ¿no te parece que… Marisa me está imitando un poco?

Él la miró sin entender.

¿Quién, Marisa?

Sí. El peinado, la chaqueta, las recetas, hasta el perfume.

Eso es muy de amigas, ¿no? Se os pegan cosas. Normal.

Supongo dijo Olga. Supongo.

Él ya estaba mirando el móvil. Fin de la conversación, cierre automático.

Olga pasó buen rato en la oscuridad, dándole vueltas. Que sí, que las amigas copian, normal. Seguro que ella, alguna vez, le copió algo a Marisa. Normal. Repitió la palabra varias veces, como para fijarla. Normal. Pero no cuajaba.

En los días siguientes Olga ya miraba a Marisa de otro modo. Atenta, buscando detalles. Advertía cosas sutiles antes invisibles. Por ejemplo, al hablar con Andrés, Marisa ladeaba la cabeza igual que ella. Decía pues exactamente, alargando las sílabas justo como Olga. Pedía té sin azúcar, cuando recordaba perfectamente que antes le echaba dos cucharadas. Ahora, ya no.

Ya no era casualidad. Era otra cosa.

Llamó a su amiga Nina, una compañera con la que a veces hablaba de lo humano y lo divino.

Nina, ¿tú has tenido alguna vez la sensación de que alguien… empieza a ser tú literalmente?

¿Cómo?

Que te copia. Peinado, gestos, hasta manías.

Eso tiene nombre dijo Nina rápida. Envidia silenciosa. Lo leí por ahí. Quiere tu vida, pero como no puede, la va cogiendo a pellizcos.

Olga calló.

¿Te ha salido alguien así?

No sé, Nina. Creo que no…

Pero ya sabía que sí.

La conversación con Marisa no fue idea suya, simplemente sucedió una tarde tomando el té juntas:

Olga, eres tan entera le dijo Marisa de repente. Te miro y pienso: así hay que vivir. Un piso bonito, trabajo fijo, un marido que te mira bien. Todo encajado.

Veinte años me llevó encajarlo, ¿eh? dijo Olga.

Lo sé, vaya si se nota. Andrés también

Se detuvo.

¿Andrés qué?

Que te valora. Me ha contado que vais bien, que os entendéis a la perfección.

Olga dejó la taza en la mesa.

¿Hablas con él sobre mí?

A veces. Charlando. Te pone por las nubes, ojo.

Eso es halagador respondió Olga, sin sentirlo nada halagador.

No supo por qué la incomodaba tanto. ¿El marido hablando bien de una con una amiga? ¿Qué tiene de malo? Nada. Pero era ese algo intangible. La intuición, esa en la que nunca había creído, ahora no la dejaba en paz, aunque palabras seguían sin salir.

En la sexta semana, Marisa pidió usar el perfume Gardenia.

El mío se acabó y no me da tiempo a pasar por la perfumería. ¿Te importa que lo use un par de veces?

Claro, cógelo.

Esa noche, Olga lo miró: quedaba menos de un tercio. Juraría que justo la semana anterior estaba mucho más lleno.

Guardó el frasco en un armario con un candadito viejo. Luego se miró al espejo. Estoy escondiendo un perfume de mi amiga. ¿En qué me he convertido?. Pero no lo sacó.

Andrés volvió esa noche sorprendentemente de buen humor curiosamente, coincidiendo con los días que Marisa estaba en casa. Trajo una tarta de la pastelería.

¡Hoy nos merecemos un capricho!

Marisa lo celebró igual que lo haría la propia Olga, ni más ni menos. Olga vio la escena desde la puerta de la cocina, observando cómo Marisa reaccionaba siempre perfectamente. Alababa el café en el momento adecuado, se reía como solo se debería reír uno Pequeñas (o no tan pequeñas) perfecciones de Olga, pero en versión más fresca y menos cansada. Sin veintitrés años de rutina.

Y Andrés, aunque no supiera ponerle nombre, lo notaba.

Olga se sumó, comió un trozo de tarta y charlaron de cualquier tontería. Todo parecía normal. Por dentro, sentía una extraña incomodidad. Como esa sensación de llegar a casa y notar que todo está donde toca, pero un poco fuera de sitio ni cambiado ni revuelto, simplemente desplazado un centímetro.

La oportunidad de una conferencia en Valladolid surgió de repente. Cuatro días. El director le preguntó el viernes, Olga aceptó el lunes. Dejar a Andrés a solas con Marisa cuatro días le cruzó la mente, para acto seguido reprocharse. Por favor: adultos, nada va a pasar. Me estoy rayando, se dijo.

Planeando la salida, habló con Andrés:

El viernes por la noche estaré de vuelta. Si hace falta, Marisa puede ayudar a preparar la cena, es apañada.

Ningún problema respondió él. Lo tenemos bajo control.

No me preocupo mintió ella.

Le miró bien. Le vio tranquilo, normal. Tras veintitrés años juntas, conocía cada arruga de esa cara. Ahora fue cuando le pareció un poco más ligera.

Se fue el miércoles temprano, tren y manuales en mano, café en vaso de cartón y paisaje castellano de fondo. El curso fue más aburrido de lo previsto, aunque útil. Por la noche, llamaba a Andrés.

¿Qué tal todo?

Bien, hemos cenado, todo bien.

¿Marisa está?

Sí, en su cuarto.

Vale. Buenas noches.

Buenas noches.

Todo en orden. Nada raro. Se acostó, cansada pero con la cabeza llena. Pensó varias cosas: el curso, su hija, la taza rota. Y luego, en Marisa. En las dos chaquetas grises del recibidor. En el perfume.

El jueves por la tarde, le llamó el director.

Oye, Olga, tú ya te sabes el temario del último día de sobra. Si quieres, vuelve ya y no pierdas un día allí, lo arreglo con los de organización.

A las nueve y media estaba en casa. El tren adelantó horario, no hubo tráfico en taxi. Ni se le ocurrió llamar al timbre, ya pensarían que Andrés dormía.

No dormía.

En el salón estaban encendidas dos velas, discretas, junto al sofá. En la mesa, platos bonitos, copas, algún aperitivo. Olía muy bien a Gardenia. El frasco estaba bajo llave, o sea que Marisa ya tenía el suyo propio.

Andrés en el sofá, Marisa sentada cerca. Vestía un vestido azul que Olga nunca había visto, pero el patrón y color eran los suyos favoritos. Pelo peinado con onda, manos juntas sobre las rodillas. Charlaban. Cuando Olga abrió, los dos alzaron la vista.

Tres segundos de pausa.

Te has adelantado dijo Andrés.

Veo que sí contestó Olga.

Dejó la maleta, colgó el abrigo, despacio, con movimientos milimétricos.

Olga, solo es una cena explicó Marisa. Hemos cenado, y…

Ya veo dijo Olga. Con velas.

Otra pausa.

Muy romántico añadió Olga, esta vez sin dramatismo. Se sorprendió de sonar tan plana.

Andrés se levantó.

No lo conviertas en…

Andrés le cortó Olga, bajísimo. No me digas que no lo convierta en nada.

Él calló. Marisa estudiaba el mantel.

Olga fue a la cocina, se sirvió agua y miró a la maceta de geranio que regaba siempre los miércoles. Recordó que el miércoles había estado fuera. El geranio seguía regio.

Lo ha regado Marisa, pensó.

Volvió al salón.

Marisa dijo, ¿puedes buscarte otro sitio para mañana?

Marisa levantó la vista.

Olga, sé que esto parece…

¿Puedes buscarte otro sitio? repitió, sin subir el tono.

Mañana me voy prometió Marisa.

Genial.

Olga cogió la maleta, se metió en su dormitorio y cerró, sin llave. Se tumbó entera encima del edredón, vestida, a mirar el techo. Del otro lado, oía cómo recogían la mesa. Después, silencio. Luego, la puerta de la habitación de invitados.

Andrés, esa noche, no fue al dormitorio. El ruido sordo del sofá en el salón lo delató. No hacían falta aclaraciones.

Por la mañana, Olga se levantó antes. Cafetera en marcha, primera en la cocina. Los viernes la ciudad amanece despacio. Una mujer paseaba al perro, palomas en la cornisa de enfrente. Rutina total.

Andrés apareció a las ocho, asomándose al marco.

Tenemos que hablar dijo.

Sí aceptó Olga.

No pasa nada con Marisa.

Puede ser.

No, Olga, no hay nada.

Andrés siguió mirando por la ventana. No hablo de eso. Hablo de lo que vi ayer, y de lo que llevo viendo mes y medio ya.

¿Y qué es?

Se giró.

Que en mi casa ha ido entrando alguien que poco a poco se ha convertido en mí. Peinado, perfumes, recetas, chaquetas, gestos Y un marido que lo ve, y al que le gusta. Porque es yo, pero sin cansancio, sin rutina, sin veintitrés años encima.

El se quedó callado.

No te hago una pregunta añadió ella. Es solo lo que he visto.

Dramatizas dijo él, por fin.

Puede aceptó. Pero ahora me voy al instituto. A la vuelta, quiero que en la habitación de invitados ya no quede nada suyo.

Olga…

Y otra cosa dijo ya poniéndose el abrigo: Confianza ciega. Supongo que eso me define. Tenía demasiada. Con los dos.

Se fue, suave, sin portazo.

En el instituto, dos clases seguidas, lista y firmas, té en la sala de profes con Nina, que contaba no sé qué. Olga asentía a destiempo. Nina entendía todo solo con mirar, no hacía falta preguntar.

Volvió a casa a media tarde. La habitación estaba reluciente, perfectamente hecha; Marisa se había esfumado sin dejar rastro. Solo una pequeña peineta blanca en la balda del baño. Olga la cogió, la tiró.

Andrés estaba en el sofá leyendo el móvil.

Ya se ha ido.

Ya lo sé contestó.

¿Y ahora qué?

Se quitó el abrigo, fue directa a la cocina. No sabía ni qué cocinar, por moverse.

Olga Andrés fue tras ella. Llevamos veintitrés años juntos. Esto no se termina así

Sí puede. Espera. Déjame espacio.

¿Cuánto?

No sé. Unos días. Tengo que pensar.

Los días se estiraron en semana. Compartían piso como dos inquilinos educados: cero dramas, menús separados, él en el salón, ella en el dormitorio. Andrés intentaba a veces empezar conversación; Olga respondía seco, sin resentimiento, solo evitando lo que no podía decir en voz alta. Las palabras se le apelotonaban, y temía que, al abrir la boca, saliera algo que no quisiera.

Pasó la semana recordando cómo empezó todo: por dejar entrar a Marisa sin preguntar. Amiga en apuros, lo normal. Cuando notó el primer click y por qué lo dejó sin nombre. Como le había dicho Nina: una envidia sigilosa, una copia blanda, ladrillito a ladrillito. Sin crueldad, probablemente sin intención; solo alguien que no tenía suficiente con su propia vida y fue tomando la ajena por parcelas. Por recetas, por perfumes, por chaquetas prestadas.

Pero lo que más dolía ya no era Marisa. Era Andrés.

Podía no haberse dado cuenta de nada. O haberlo visto y avisado. O no haberle hecho caso a la mejorada, como lo llamaba Olga por dentro. Pero no: se dejó llevar. Trajo tartas, se río, puso velas en la cena sin su mujer. Seguramente ni vio problema.

Al inicio de la segunda semana, Olga llamó a su hija.

Mamá, ¿qué te pasa?

¿Qué?

Te noto distinta.

A lo mejor tu padre y yo nos separamos dijo por primera vez en voz alta.

Silencio largo.

¿Por Marisa?

No solo. Marisa ha hecho de espejo, más bien.

¿Y qué había?

No lo sé explicar. El hábito. De vernos, pero sin vernos. Ella vino, empezó a hacerse pasar por mí pero más atenta, más fresca. Y le gustó a él.

Mamá…

No llores. Solo te explico.

¿Te quedarás sola?

Por un tiempo sí. Y está bien. Yo decido que está bien.

La palabra bien ahora sí parecía significar algo.

La conversación final con Andrés fue un domingo tarde.

Creo que debemos separarnos dijo Olga, sin rodeos.

Él calló largo rato.

¿Ya está decidido?

No lo sé. Pero necesito espacio. Saber quién soy sin ti, ni esta casa, ni todo lo demás.

Por las velas, ¿no? Olga, era solo una cena.

Andrés, no tiene que ver con las velas, no seas simple. Lo de las velas fue solo el último detalle. Llevaba meses viendo todo y diciéndome normal, y no era normal.

No sé qué he hecho tan mal.

No es culpa. Solo, que has dejado de verme. Si me hubieras visto, habrías notado que una extraña ocupaba mi sitio. Solo eso.

Él no supo qué responder.

La casa la venderemos, o te compro la parte, lo que sea. Pero no ahora, poco a poco.

¿Dónde vas a vivir?

Alquilando algo. Aquí o donde sea. No lo he pensado.

Empezar de cero a los cincuenta y dos… suspiró él, y no estaba claro si era pena por él o por ella.

Pues sí confirmó Olga. A los cincuenta y dos. Otros empiezan después.

Se levantó para ir a la cocina y, de paso, entró en el baño. Sacó de su escondite el frasco de Gardenia. Lo sostuvo. Después lo llevó al cubo de la basura y lo dejó allí. No lo tiró de golpe, lo posó con mimo, como quien deja algo que ya no le hace falta.

Puso el hervidor de agua.

Días después, todo lo hizo meticulosamente: llamó a una agencia inmobiliaria, preguntó por alquileres. Habló con una abogada. Se pasó por casa de Nina y le contó el resumen. Nina, sin sorprenderse ni exagerar, respondía sí del modo que solo saben decir los buenos amigos.

En la cocina de Nina, entre té y lluvia otoñal tras el cristal…

¿Le tienes rencor?

¿A Marisa? Casi nunca. Me enfada no haberlo visto antes; llamarlo normal cuando no lo era.

Confiar no es culpa.

Confianza ciega esa soy yo.

No ciega, solo confianza. Diferente.

Quizá.

¿Y a Andrés?

Andrés sí me enfada, pero es otra rabia: baja, tranquila. Acabará yéndose.

¿Planes?

Alquilo un piso. Cambio el corte de pelo. Y el perfume, ya no más Gardenia.

Sensato.

Y aprender a distinguir qué me gusta a mí, no lo de siempre.

Eso lleva tiempo.

Tengo de sobra.

Nina trajo más té. Fuera, lluvias menudas pero no frías, solo grises. Olga pensó que, semanas atrás, sabía perfectamente cómo era su vida: el piso, Andrés, el trabajo, la taza, el frasco en la balda izquierda. Todo en orden. Hasta que lo ordenado dejó de pesarle tanto.

Y no sentía vacío, ni vértigo. Solo una extraña libertad, como quien se quita un abrigo viejo y nota que ya le quedaba pequeño solo que todavía no lo sabía.

¿Sabes? dijo a Nina. Por primera vez en años no sé qué me espera. Y puedo vivir con ello.

Se puede aprobó Nina con una sonrisilla. Gran palabra.

Una semana más tarde, Olga encontró piso en el barrio del Acueducto. Un apartamento luminoso, vista al parque, algo caro pero manejable. Lo visitó, caminó por el parqué y pensó: aquí, sí.

Me quedo dijo a la casera.

¿Por mucho tiempo?

No lo sé. Un año, y luego ya veremos.

La casera asintió.

En casa (todavía suya), Olga empezó a separar cosas sin prisas. Libros, vajilla, ropa. A la bolsa, lo prescindible. Encontró una blusa que no usaba desde hacía tres años y decidió darla en donación.

La chaqueta gris con cinturón también la regaló. Se compró una azul marino distinta, otro corte. Se miró al espejo: ni rastro de Marisa. Bien.

De Marisa, ni rastro ni contacto. Ella mandó un Ojalá puedas perdonarme, Olga. Lo siento, a lo que Olga no contestó. Y no era por no perdonar, sino porque no tocaba. O no sabía en qué punto estaba.

Andrés seguía en el piso, las palabras justas. Había una amargura sutil, pero también descanso. Él, perdido, quizá sin saber aún todo lo que había cambiado.

El viernes previo al traslado, Olga fue a por perfume. Miró, olió medio mostrador y desechaba todos. Una dependienta jovencita con paciencia digna de monumento terminaba por sacar una botellita: Cedro Plata.

El aroma no tenía nada que ver: ni floral ni dulzón, algo amaderado y cálido. Justo eso, algo ajeno a su rutina. Por eso lo escogió.

Bien elegido sonrió la dependienta.

Ya veremos dijo Olga.

La mudanza le ocupó medio día. Nina ayudó con cajas, Andrés también, aunque sin dramatismos. Fueron transportando las cosas, diligentes y silenciosos. En la nueva casa, todo fue adquiriendo sitio; nuevos lugares, elegidos por ella, solo por ella.

Por la noche, ya sola, abrió el frasco de Cedro Plata y se puso unas gotas. El olor le supo raro, desconocido. No malo, simplemente diferente. Se lo olió de nuevo y pensó: ya me acostumbraré. O quizá no haga falta.

Fuera, ya noviembre, el parque bajo las últimas hojas y los faroles encendidos demasiado pronto. Puso agua a hervir, encontró la taza sin fisuras y se fue a la ventana.

El móvil empezó a vibrar. Era su hija.

¿Qué, mamá? ¿Ya instalada?

En ello.

¿Y miedo?

Olga miró los faroles allá fuera.

No, cielo dijo, sonriendo por fin. Sabes… no tengo miedo.

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